CAPÍTULO 45 #2
Lo necesitaba, más bien, pensó Aston, para llevar a cabo su venganza. De otro modo sería imposible acabar con los Blackguard.
—Valerie conoce esa historia, Marcel —intervino Aston en tono suave.
—Sí, pero no he visto tus obras —respondió ella, interesada—. Nunca me las has mostrado.
Marcel se levantó con sorprendente agilidad para su edad.
—Ven conmigo, ma chérie. Te mostraré lo que Aston no quiere que veas.
Aston puso los ojos en blanco, pero no protestó cuando Marcel guio a Valerie hacia una habitación trasera.
Las paredes estaban cubiertas de arte, principalmente de artistas locales, pero en un rincón especial había tres pinturas enmarcadas: escenas parisinas capturadas con una sensibilidad que le cortó la respiración.
El estilo era inconfundible: líneas precisas pero expresivas, sombras que daban profundidad y una emoción que casi podía tocarse en cada escena.
—Aston… —murmuró, reconociendo su firma en la esquina.
—Los únicos que conservo —dijo Marcel con orgullo—. Me los regaló antes de volver a América. Le dije que los guardaría hasta que volviera para reclamar su verdadero destino.
Cuando regresaron a la mesa, Valerie miró a Aston con nuevos ojos.
—Tienes mucho talento —dijo con sinceridad—. ¿Por qué nunca me lo habías contado?
Aston tomó un sorbo de vino antes de responder.
—Ese talento... pertenece a otra vida, a otro Aston.
—Pero sigue siendo parte de ti —insistió Valerie.
Aston la miró durante un largo rato, como considerando algo importante.
—Hay algo que quiero mostrarte mañana —dijo finalmente—. Quizás entonces lo entenderás mejor.
La velada continuó entre conversaciones cada vez más personales, con Marcel apareciendo ocasionalmente para compartir anécdotas embarazosas sobre un joven Aston, que hacían que Valerie riera y que él fingiera indignación.
Era casi medianoche cuando finalmente salieron de Le Refuge . Las calles de Montmartre estaban tranquilas, iluminadas por farolas antiguas que proyectaban un resplandor dorado sobre los adoquines.
—¿Te apetece caminar un poco antes de volver al hotel? —preguntó Aston, rodeando la cintura de Valerie con el brazo.
Ella afirmó con la cabeza, agradeciendo haber optado por zapatos cómodos.
Subieron por calles empinadas, mientras Aston le señalaba lugares significativos de su pasado: el café donde solía desayunar, la tienda donde compraba sus materiales de pintura, el pequeño cine que proyectaba películas clásicas los domingos.
Finalmente, llegaron a una plaza elevada desde donde se veía todo París extendido como un manto de luces.
— Sacré-Cœur —dijo Valerie, reconociendo la basílica blanca que se alzaba detrás de ellos.
—La conoce todo el mundo —asintió Aston—. Pero ven por aquí.
La guio por un sendero lateral que conducía a un pequeño mirador, apartado de los pocos turistas que aún quedaban a esa hora. Desde allí, la vista era aún más impresionante, con la Torre Eiffel brillando a lo lejos con su espectáculo de luces de la hora en punto.
—Este era mi lugar secreto —confesó Aston, abrazándola por detrás mientras ambos contemplaban las vistas—. Venía aquí a pensar, a veces a pintar.
Valerie se recostó contra él, sintiendo su calor en la brisa fresca de la noche.
—Gracias por compartirlo conmigo.
—Compartir mi vida contigo es lo más fácil que he hecho nunca —respondió Aston. Su voz vibró contra su espalda—. Y lo más aterrador —añadió casi de forma involuntaria, como poniendo voz a sus pensamientos.
Valerie se giró en sus brazos para mirarlo. Tenía el ceño fruncido.
—¿Por qué aterrador? —preguntó.
Aston guardó silencio unos segundos. Su rostro estaba parcialmente iluminado por el resplandor de las luces de la ciudad.
—Porque nunca había tenido tanto que perder —confesó finalmente.
Las palabras flotaron entre ellos, con todo el peso de lo que implicaban. No era una declaración directa de amor, pero se acercaba más que cualquier cosa que hubieran dicho hasta ese momento.
Valerie puso una mano en su mejilla. Sus ojos castaños vibraban.
—No me voy a ir a ninguna parte, Aston.
El beso que siguió fue diferente a cualquiera que hubieran compartido antes: fue vulnerable, fue casi desesperado, como si Aston estuviera tratando de comunicar con él lo que aún no podía expresar con palabras.
Cuando se separaron, Aston apoyó su frente contra la de ella.
—Deberíamos volver al hotel —murmuró, aunque parecía reacio a moverse—. Mañana quiero mostrarte mucho más.
El regreso al hotel lo hicieron en un silencio cómplice, con las manos entrelazadas, deteniéndose ocasionalmente para robarse un beso o señalar algún detalle de la ciudad.
En la intimidad de su suite, hicieron el amor nuevamente (porque lo que hicieron fue el amor). Aquella vez con una intensidad que rayaba en la reverencia, como si el haber compartido secretos y vulnerabilidades hubiera profundizado su conexión física también.
Más tarde, mientras Valerie descansaba con la cabeza sobre el pecho de Aston, escuchando el ritmo constante del latido de su corazón, él acariciaba distraídamente su pelo.
—¿Valerie? —murmuró. Su voz sonaba profunda, inmersos en la oscuridad.
—¿Sí? —respondió ella, ya medio dormida.
—Creo que me estoy enamorando de ti.
Las palabras, dichas en el amparo de la noche parisina, lejos de sus vidas cotidianas, hicieron que Valerie se despertara completamente.
Se incorporó sobre un codo para mirarlo, aunque en la penumbra apenas distinguía sus rasgos.
—Yo también me estoy enamorando de ti, Aston —respondió.
Valerie pudo sentir más que ver su sonrisa, al tiempo que él la atraía de nuevo hacia sí, besando su frente con ternura.
—París definitivamente ha sido una buena idea —murmuró, mientras el sueño los reclamaba a ambos.