La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 45
72%

CAPÍTULO 45

La suite que compartían en Le Bristol era más grande que el apartamento de Valerie en Nueva York.

La opulencia y el lujo de aquel espacio la dejó momentáneamente sin palabras.

Atravesaron juntos el salón con suelos de mármol, cortinajes de seda y muebles Luis XVI, mientras Aston observaba sus reacciones con evidente placer.

—¿Te gusta? —preguntó, deslizando un brazo alrededor de su cintura, mientras contemplaban la vista panorámica de los tejados parisinos desde los ventanales.

—Es... abrumador —confesó Valerie, apoyándose instintivamente contra él—. En el buen sentido de la palabra.

—Espera a ver el dormitorio —murmuró Aston contra su pelo, guiándola a través de unas puertas dobles.

La habitación principal contaba con una inmensa cama con dosel que dominaba el espacio, flanqueada por ventanas que ofrecían una vista diferente pero igual de impresionante de la ciudad.

El baño, todo en mármol blanco y grifería dorada, albergaba la bañera que Aston había mencionado, y que efectivamente era lo bastante grande para dos personas.

Valerie se giró hacia él con una sonrisa.

—Creo que te has quedado corto con la bañera. Podríamos invitar a todo el departamento de finanzas.

—Por favor, no lo hagas —respondió Aston, atrayéndola hacia él—. Tengo planes muy específicos para esta bañera que definitivamente no incluyen a Phil de contabilidad.

Valerie se echó a reír, rodeando su cuello con los brazos.

—¿Y qué planes son esos, señor Cavendish?

Aston inclinó la cabeza, y sus labios rozaron los de Valerie.

—Son más prácticos que teóricos —dijo.

El beso que siguió fue lento, profundo, cargado con la tensión acumulada durante la reunión, donde habían mantenido la relación jefe-empleada impecable (y las ganas que se tenían a raya).

Valerie notó cómo las manos de Aston se deslizaban por su espalda, acercándola más a él.

—Tenemos reserva para cenar en dos horas —murmuró Aston contra sus labios.

—Eso es mucho tiempo —respondió ella, ya desabotonando su camisa.

—Eso mismo pienso yo.

Con un movimiento fluido, Aston la levantó en brazos, arrancándole una exclamación de sorpresa que rápidamente se transformó en risa mientras la llevaba hacia la cama.

Más tarde, envueltos en los lujosos albornoces del hotel después de estrenar tanto la cama como la famosa bañera, compartían una botella de champán junto a la ventana. El sol ya casi se había puesto sobre París, bañando la ciudad en tonos dorados y rosas.

—Ahora entiendo por qué la llaman la Ciudad de la Luz —comentó Valerie, apoyada contra el pecho de Aston, mientras contemplaban el espectáculo.

—Técnicamente, el apodo viene de la Ilustración, no de esto —respondió él, besando su hombro desnudo—. Pero prefiero tu interpretación. Me gusta más.

Valerie se giró en sus brazos para mirarlo.

—Siempre me sorprende todo lo que sabes —dijo con sinceridad—. A veces olvido que hay mucho más en ti que el brillante hombre de negocios.

Una expresión melancólica cruzó brevemente el rostro de Aston.

—A veces yo también lo olvido —confesó—. O lo olvidaba, hasta que apareciste tú.

Habían tenido aquella conversación antes, en fragmentos: cómo Aston sentía que había enterrado partes de sí mismo para convertirse en el hombre que era (para llevar a cabo su venganza, aunque eso no se lo había confesado a Valerie), cómo Valerie había sido la primera persona en años, quizá desde Lexe, que veía más allá de la fachada de Diablo que decían que era.

—¿Por eso querías traerme a París? —preguntó ella—. ¿Para mostrarme esas partes de ti?

Aston asintió. Sus ojos estaban fijos en el horizonte parisino.

—Aquí fui... diferente. Más libre, más auténtico. Quería que conocieras a ese Aston también. —La miró con intensidad—. Quiero que conozcas todas mis versiones, Val. Las buenas y las no tan buenas.

Valerie puso una mano en su mejilla, conmovida. En el tiempo que llevaban juntos, habían compartido mucho, pero ella sabía que Aston aún mantenía partes de sí mismo encerradas, protegidas. Heridas del pasado que apenas comenzaba a revelar.

—Quiero conocerlas todas —respondió.

El momento fue interrumpido por el discreto timbre del teléfono de Aston, avisando que debían prepararse para la cena.

—Será mejor que nos vistamos —dijo, aunque parecía reacio a moverse—. El lugar donde vamos a cenar es... especial para mí. Quiero llegar a tiempo.

Treinta minutos después, Valerie daba los últimos toques a su atuendo: el vestido negro que había metido rápidamente en la maleta, elegante pero no ostentoso, era perfecto para una cena parisina.

Cuando salió del vestidor, encontró a Aston esperándola en el salón, impecable con un traje oscuro sin corbata, sosteniendo una pequeña caja.

—Estás radiante —dijo, recorriéndola con los ojos de arriba abajo.

—Tú tampoco estás mal —respondió ella en tono cómplice, acercándose para ajustar ligeramente el cuello de su camisa.

Aston tomó su mano, y depositó un beso en su palma antes de entregarle la caja.

—Un pequeño detalle para nuestra primera noche en París.

Intrigada, Valerie abrió la caja para encontrar un delicado collar de platino con un pequeño colgante: una miniatura perfecta de la Torre Eiffel, pero con un toque único: pequeños diamantes incrustados que brillaban como luces.

—Es... precioso —susurró, conmovida por el detalle.

—Lo mandé hacer especialmente para ti —explicó Aston, tomando el collar para colocarlo alrededor de su cuello—. La Torre Eiffel se ilumina cada hora durante cinco minutos. Los diamantes del colgante representan esas luces.

Valerie se giró para mirarse en un espejo, tocando el colgante con reverencia.

—Es perfecto, Aston. Gracias.

Aston la abrazó por detrás, y sus ojos se encontraron a través del reflejo.

—Quiero que siempre te recuerde este momento —dijo.

Valerie se giró en sus brazos para capturar sus labios y besarlo.

—Como si pudiera olvidarlo —susurró.

En lugar del Bentley, un taxi parisino los esperaba fuera del hotel. Ante la mirada curiosa de Valerie, Aston explicó:

—Quiero mostrarte el París real. Sin cristales tintados ni chóferes esperando.

El taxista los llevó a través del centro de París, cruzaron el Sena y comenzaron a subir por calles cada vez más estrechas y empinadas.

—Montmartre —dijo Valerie, reconociendo el barrio bohemio del que Aston le había hablado.

—Mi antiguo vecindario —confirmó él, entrelazando sus dedos con los de ella—. Viví aquí casi dos años.

El taxi se detuvo finalmente en una calle estrecha, frente a un edificio antiguo sin ningún letrero visible.

Aston pagó y condujo a Valerie hacia una pequeña puerta de madera oscura. Tocó dos veces, hizo una pausa, y tocó tres veces más. La puerta se abrió, revelando a un hombre mayor con un chaleco de terciopelo de color burdeos.

—Monsieur Cavendish! Quelle surprise! —exclamó, abrazando a Aston con genuino afecto—. Ça fait tellement longtemps!

—Trop longtemps, Marcel —respondió Aston, devolviéndole el abrazo sin reservas—. J'ai amené quelqu'un de très spécial ce soir. Ma petite amie, Valerie.

Los ojos de Marcel se iluminaron cuando se posaron en ella, evaluándola con una amable curiosidad.

—Ah! Enfin une femme digne de notre Aston! —exclamó, tomando su mano y besándola galantemente—. Enchanté, mademoiselle. Entrez, entrez!

Les condujo por un pasillo oscuro que desembocaba en un espacio sorprendente: una antigua bodega reconvertida en un restaurante íntimo.

Velas en botellas de vino iluminaban las mesas de madera.

El techo abovedado de piedra estaba cubierto de enredaderas y pequeñas luces.

Un viejo piano descansaba en una esquina, donde un hombre de edad avanzada tocaba suavemente melodías de jazz francés.

—¿Qué es este lugar? —susurró Valerie, mientras Marcel los guiaba hacia una mesa apartada.

— Le Refuge —respondió Aston—. Mi santuario durante los años que viví aquí. No aparece en ninguna guía, no tiene página web, y solo puedes entrar si conoces a alguien que ya haya estado aquí.

—Y es el primer lugar al que has querido traerme en París —observó Valerie, entendiendo el significado del gesto.

Aston asintió. Sus ojos cálidos cayeron sobre ella mientras apartaba su silla.

—Quería compartir una parte de mi historia que nunca he compartido con nadie más.

Marcel les llevó dos copas de vino sin preguntar y desapareció hacia la cocina. No había menús.

—Aquí no se elige —explicó Aston ante la mirada confusa de Valerie—. Marcel cocina lo que siente que necesitas esa noche.

La cena fue una experiencia que Valerie sabía que recordaría toda su vida.

Platos sencillos, pero perfectamente hechos, fueron apareciendo: una sopa de cebolla con una profundidad de sabor que nunca había experimentado, un confit de pato tan tierno que se deshacía al tocarlo, verduras de temporada cocinadas con hierbas frescas.

Todo acompañado por vinos que Marcel seleccionaba personalmente para cada plato.

Pero más impresionante que la comida era ver a Aston completamente relajado, como nunca lo había visto en Nueva York. Reía abiertamente con las anécdotas de Marcel, compartía historias de sus días como estudiante, y la miraba con una calidez que hacía que su corazón se derritiera.

—Nunca te había visto así —comentó Valerie durante un momento de tranquilidad—. Tan... libre.

—Es lo que París hace conmigo —respondió Aston, tomando su mano sobre la mesa—. O tal vez eres tú, en París.

Durante el postre, un delicado tarte tatin con crème fraîche , Marcel se unió a ellos brevemente, sentándose con la familiaridad de un viejo amigo.

—Valerie, ¿sabías que nuestro Aston era un artista magnífico? —dijo en un inglés con un fuerte acento.

Valerie miró a Aston, quien parecía ligeramente incómodo.

—Marcel...

—No, no, ella debe saber —insistió el francés, ignorando su protesta—.

Tenía un don extraordinario. Sus pinturas capturaban el alma, no solo la apariencia.

—Se volvió hacia Valerie—. Le dije que era un crimen abandonar ese talento por los negocios, pero quería ser millonario... —El hombre hizo un gesto de disgusto.