La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

La reunión se había extendido a lo largo de más de cinco horas. Lo que debía ser un simple cierre de acuerdo se había convertido en una negociación completa desde cero.

Émilie Devereaux, una mujer elegante de unos cuarenta años, había cuestionado cada cláusula, cada punto, cada promesa.

Valerie había observado a Aston manejar la situación con una mezcla de firmeza y diplomacia que, aunque había presenciado muchas veces en Nueva York, siempre la impresionaba.

Hablaba en francés la mayor parte del tiempo, cambiando al inglés solo cuando quería que ella entendiera algo concreto o cuando le pedía que explicara algún concepto técnico.

El punto de inflexión llegó cuando Émilie, frustrada, había preguntado en un inglés con acento:

—¿Cómo puedo estar segura de que no destruirán lo que mi familia ha construido durante generaciones? Para ustedes somos solo números en una hoja de cálculo.

Antes de que Aston pudiera responder, Valerie había intervenido:

—Madame Devereaux, permítame mostrarle algo.

Con manos firmes, había abierto su portátil y le había mostrado un análisis que había preparado semanas atrás: un estudio detallado sobre cómo los métodos artesanales de Devereaux, lejos de ser un lastre financiero, constituían su verdadera ventaja competitiva en un mercado saturado de producciones en masa.

—La autenticidad no se puede fabricar —había explicado Valerie—. En una era de falsificaciones y copias, sus técnicas centenarias son su verdadero tesoro. Sería una locura empresarial deshacernos de ellas.

Algo había cambiado en la expresión de Émilie entonces. Sus rasgos se habían suavizado.

Las siguientes dos horas habían sido más fluidas, más distendidas, y para cuando llamaron a los abogados para revisar los documentos finales, la atmósfera en la sala era casi cordial.

Ahora, de vuelta en el Bentley, Valerie se permitió finalmente relajarse contra el asiento de cuero.

—No puedo creer que hayamos cerrado el trato —suspiró, quitándose los tacones que habían comenzado a torturarla en la cuarta hora de reunión.

Aston la observaba con una expresión de orgullo y algo más, algo cálido y personal que reservaba solo para ella.

—Has estado brillante ahí dentro —dijo, atrayéndola hacia sí para que se recostara contra su pecho—. La forma en que conectaste con Émilie... Beaumont lleva meses intentándolo sin éxito.

—Solo dije la verdad —respondió Valerie, cerrando los ojos y disfrutando del calor de su cuerpo—. Además, tú hiciste la mayor parte del trabajo. Tu francés es impecable.

—Años de práctica —murmuró él, besando su pelo—. Y la motivación adecuada. Quería impresionar a una chica.

Valerie levantó la cabeza para mirarlo con una ceja arqueada.

—¿Ah sí? ¿A qué chica? —curioseó.

—A una artista francesa. Mi profesora de pintura. —Aston sonrió ante la expresión de Valerie—. Tenía cuarenta y cinco años y estaba casada. Pero era la única que me trataba como a un estudiante normal, no como a Aston Cavendish.

Valerie se relajó, apoyando nuevamente la cabeza en su pecho.

—Cuéntame más sobre esa época —pidió.

Aunque habían compartido muchas historias en el poco tiempo que llevaban juntos, París seguía siendo un territorio mayormente inexplorado en la biografía de Aston.

Él comenzó a hablar mientras el coche avanzaba por las calles parisinas, bañadas por la luz dorada del atardecer. Le contó cosas sobre su pequeño apartamento en Montmartre, sobre cómo había llegado a París huyendo de la vida en Boston, sobre su breve pero intensa inmersión en el mundo del arte.

Valerie escuchaba, absorbiendo tanto sus palabras como los fragmentos de la ciudad que se dejaban ver a través de la ventanilla: cafés llenos de gente, edificios con sus elegantes balcones, parisinos caminando con esa mezcla particular de prisa y displicencia.

—¿A qué hora tenemos que volver a Nueva York? —preguntó finalmente, recordando que esto seguía siendo, al menos oficialmente, un viaje de negocios.

Aston sonrió con esa expresión en la cara que ella había aprendido a leer como «tengo una sorpresa».

—Sobre eso... —comenzó, mientras sus dedos dibujaban círculos perezosos en su hombro—. He reprogramado el vuelo para pasado mañana.

Valerie se incorporó, sorprendida.

—¿Pasado mañana? Pero pensé que solo sería una reunión y alguna que otra visita rápida...

—La reunión de negocios ha terminado —respondió Aston—. Ahora empieza la parte personal del viaje. He estado planeando esto desde que sabía que tenía que venir a Francia, Val. Quería mostrarte mi París.

El corazón de Valerie dio un vuelco.

—No sé si he traído ropa suficiente para dos días —comentó con una sonrisa.

—Puedes comprar aquí lo necesites —comentó Aston—. Aunque, si dependiera de mí, no necesitaríamos mucha ropa —le guiñó un ojo.

Valerie se sonrojó, dándole un golpecito juguetón en el pecho.

—Dios, no puedo contigo.

—Y por eso te gusto. —Había un matiz de pregunta bajo su afirmación.

En respuesta, Valerie se inclinó para besarlo en los labios.

—Sí, por eso y por mil razones más.

El Bentley giró en ese momento, y por la ventanilla Valerie vio la fachada majestuosa de Le Bristol Paris , uno de los hoteles más lujosos de la ciudad.

—¿ Le Bristol ? —preguntó, impresionada.

—Solo lo mejor para nosotros —respondió Aston mientras el coche se detenía—. Además, su suite tiene las mejores vistas de París. Y la bañera... —Sus ojos azules brillaron con picardía—… es lo suficientemente grande para dos.

Valerie esbozó una sonrisa, sintiendo esa mezcla de anticipación y felicidad que Aston provocaba en ella.

—¿Cuáles son los planes para esta noche, entonces? —preguntó mientras el conductor abría la puerta.

Aston salió primero y le tendió la mano para ayudarla.

—Descansar un par de horas, cenar en un lugar muy especial, y luego... —Su voz se volvió más profunda—… improvisaremos.

Mientras entraban al opulento vestíbulo del hotel, Aston mantuvo su mano entrelazada con la de Valerie. Ya no eran el CEO y su asistente; eran simplemente una pareja en París, y los días que iban a venir prometían ser mágicos.