CAPÍTULO 43
Valerie miró la pantalla de su ordenador mientras los números del último informe de gastos se fundían unos con otros.
Llevaba seis horas seguidas repasando cifras, y el café que Lexe le había llevado hacía tiempo que se había enfriado. La oficina estaba casi vacía, como solía estar a esas horas de la tarde-noche, cuando solo quedaban los más dedicados (o los más desesperados por impresionar al jefe).
Aston salió de su despacho y se apoyó contra el marco de la puerta, con esa sonrisa que desde hacía unas semanas reservaba solo para Valerie.
Desde que habían comenzado a salir, aquellos momentos a solas se habían convertido en pequeños oasis durante sus ajetreadas jornadas laborales.
—¿Todavía estás trabajando? —preguntó, avanzando hacia su escritorio.
En la oficina mantenían la profesionalidad ante los demás, pero a puerta cerrada nunca se sabía qué podía pasar. Eran como animales en celo, no se podían quitar las manos de encima. No había sala en la planta en la que no hubieran estado.
—Estos informes no se revisan solos —respondió Valerie con una sonrisa cansada, estirando los brazos por encima de su cabeza.
Aston se acercó por detrás y comenzó a masajear suavemente sus hombros tensos.
—Mmmm, justo lo que necesitaba —murmuró Valerie, inclinando la cabeza mientras los dedos de Aston trabajaban sobre los nudos en su cuello.
Aston se inclinó para besarla en la sien, un gesto tierno que se había vuelto habitual entre ellos.
—¿Tienes pasaporte a mano? —preguntó contra su pelo.
—¿Perdona? —Valerie se giró para mirarlo, confundida por el cambio de tema.
—Pasaporte, Val. —Los ojos de Aston brillaban con algo parecido a entusiasmo—. Ese librito azul que permite cruzar fronteras.
—Sé lo que es el pasaporte —respondió ella—. Está en casa, ¿por qué? —dijo, entrecerrando los ojos con una sospecha—. Aston Cavendish, ¿qué estás tramando?
Él sonrió, esbozando una de sus sonrisas devastadoras.
—Acabo de recibir una llamada de Beaumont. Está en París. Las negociaciones con Groupe Devereaux se han complicado —explicó, sentándose en el borde del escritorio—. Si no estoy allí mañana por la mañana, podemos perder la adquisición.
—¿En serio? ¿Cuándo sales?
Aston tomó sus manos entre las suyas, acariciando con su pulgar el interior de su muñeca, ese punto que había descubierto que la hacía estremecer.
—En tres horas. Y quiero que vengas conmigo.
Valerie parpadeó, procesando sus palabras.
—¿A París? ¿Los dos? —Una sonrisa comenzó a formarse en sus labios.
—Como mi asistente personal, por supuesto —aclaró él, guiñándole un ojo—. Beaumont dice que Émilie Devereaux estará en la reunión y necesito tu perspectiva ahí dentro. Y como mi novia... —Su voz se suavizó—… quiero compartir contigo mi ciudad favorita.
El corazón de Valerie dio un vuelco. La idea de París, con Aston, era embriagadora.
—¿Y cómo justificamos eso ante Recursos Humanos? —bromeó, aunque ambos sabían que su relación no era un secreto en la empresa.
Después de algunos días de rumores, habían decidido ser abiertos al respecto, estableciendo límites profesionales claros que habían apaciguado cualquier preocupación sobre conflictos de interés.
—Oficialmente, eres mi asistente acompañándome a una reunión muy importante —respondió él, encogiéndose de hombros—. Extraoficialmente... —se inclinó para besarla suavemente—… eres la mujer con la que quiero pasear bajo la Torre Eiffel.
Valerie sonrió contra sus labios.
Aquella dualidad en su relación (jefe-empleada y pareja) había resultado sorprendentemente fácil de manejar, a pesar de las reticencias iniciales de Valerie.
—¿Cuándo salimos? —preguntó, imaginando ya el viaje en su cabeza.
—En tres horas. El jet está preparándose. —Aston se puso de pie, sacando su teléfono.
—¿Tres horas? —Valerie se levantó de un salto—. ¡Aston! Necesito pasar por casa para…
—Lexe te está esperando para llevarte y que hagas la maleta. —La interrumpió con una sonrisa de satisfacción—. Ah, y mete ese conjunto azul de encaje que tanto me gusta.
Valerie entornó los ojos.
—Eres incorregible.
—Lo sé. —Aston la atrajo hacia sí, rodeando su cintura con los brazos y la besó brevemente—. El coche está abajo, esperándote. Entonces, ¿vienes conmigo a París, Val?
La forma en que lo preguntó, como si realmente tuviera dudas de su respuesta, enterneció a Valerie. Por muy seguro que pareciera en la sala de juntas, en su relación Aston siempre le daba espacio, siempre se aseguraba de que cada paso fuera una decisión compartida.
—Contigo, iría a cualquier parte —respondió con sinceridad—. Al fin del mundo si fuera necesario.
La sonrisa que iluminó el rostro de Aston valía más que todos los viajes a París del mundo.
El Gulfstream G650 de Cavendish Industries era una oficina voladora envuelta en lujo. Espacioso, con sillones de cuero, hilo musical…
Aquella era la primera vez que volaban juntos, y a Valerie se le notaba en los ojos.
—¿Contenta? —preguntó Aston, observándola mientras ella miraba por la ventanilla cómo Nueva York se hacía cada vez más pequeña bajo ellos.
—Nerviosa, creo —confesó Valerie, volviéndose hacia él—. París significa tanto para ti... Me preocupa no verla como tú la ves.
Aston tomó su mano sobre la mesita que los separaba.
—La verás a través de mis ojos —dijo con suavidad—. Y yo la redescubriré a través de los tuyos.
Ese tipo de comentarios la sorprendían.
El Aston que el mundo conocía (estratega, implacable, con todo bajo control) era muy diferente al hombre que se mostraba en la intimidad: atento, a veces vulnerable, y… romántico.
Una vez que alcanzaron la altitud necesaria, las azafatas les sirvieron una cena ligera que parecía salida de un restaurante con estrellas Michelin.
Mientras comían, discutieron los detalles de la situación con Groupe Devereaux, mezclando lo profesional con momentos de complicidad personal.
—Es una empresa familiar con más de cien años de historia en la alta costura —explicó Aston, mostrándole algunos documentos en su tablet—. Émilie es la sexta generación. Su padre murió el año pasado y ella se ha hecho cargo, pero las finanzas no están en su mejor momento.
—Pero ¿por qué están dudando ahora? —Valerie repasó mentalmente las comunicaciones recientes—. El acuerdo parecía cerrado la semana pasada.
—Émilie está preocupada por lo que llama el «alma» de la empresa. —Aston hizo un gesto con las manos—. Tienen talleres artesanales en la Provenza y Lyon donde realizan técnicas de bordado y tejido que se remontan siglos atrás. Teme que optimicemos costos en detrimento de ese patrimonio.
Valerie asintió, recordando los detalles del plan de integración.
—Creo que puedo ayudar en la negociación —dijo, inclinándose para tomar su tablet—. Ya sabes que me gusta preservar ese tipo de tradiciones.
Aston sonrió, recordando cómo se había entusiasmado Valerie durante su visita a una antigua fábrica de relojes la semana pasada, maravillándose con las técnicas artesanales que se negaban a desaparecer en la era digital.
—Por eso eres perfecta tanto para este trabajo como para mí —dijo, inclinándose para darle un beso en los labios—. Ves valor donde otros solo ven costos.
Trabajaron durante la siguiente hora, ajustando la presentación y preparando respuestas para posibles objeciones.
La facilidad con que pasaban de ser pareja a jefe-empelada y viceversa era algo que ambos valoraban en su relación, ya que mal gestionado, podría ser una fuente de disputas contante.
Cuando terminaron con la preparación, Aston se levantó para servir dos copas de vino tinto.
—Propongo un brindis —dijo, entregándole una copa a Valerie—. Por nuestro primer viaje como pareja.
—¿No cuenta Santa Mónica? —bromeó ella, recordando el fin de semana improvisado que habían disfrutado, cuando Aston había cancelado todas sus reuniones del viernes para sorprenderla con una escapada.
—Santa Mónica fue perfecto —respondió él, sentándose junto a ella en lugar de frente, eliminando la barrera de la mesa entre ellos—. Pero París es... diferente. Es una parte de mí que quiero compartir contigo.
Había una vulnerabilidad en su voz que no mostraba a menudo. Valerie apoyó una mano en su mejilla.
—Estoy deseando conocer esa parte de ti —dijo con suavidad.
Aston giró el rostro para besar su palma.
—¿Sabes? Nunca he llevado a nadie a mis lugares secretos en París —confesó—. Ni siquiera a Vanessa.
—¿Por qué? —preguntó Valerie.
Los ojos de Aston se encontraron con los suyos.
—Nunca he querido compartir tanto de mí con alguien como contigo, Val —dijo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, con el peso de todo lo que implicaban. No habían llegado aún al punto de declaraciones de amor eterno ni promesas, pero ambos sabían que lo que tenían era diferente, más profundo que cualquier relación anterior.
El resto del vuelo transcurrió entre conversaciones, planificación para la reunión y momentos de intimidad y complicidad.
En algún momento, Valerie se quedó dormida con la cabeza apoyada en el hombro de Aston. Cuando despertó, sintió sus dedos acariciando suavemente su pelo.
—Lo siento —murmuró, incorporándose y pasándose una mano por la cara—. No pretendía quedarme dormida.
Aston sonrió.
—Me gusta verte dormir —confesó—. Es el único momento en que dejas de pensar en números.
—Mira quién habla —replicó ella, dándole un golpecito juguetón en el brazo—. El hombre que se despierta a las tres de la mañana para revisar los mercados asiáticos.
— Touché . —Aston se inclinó para besarla brevemente—. Quizás ambos necesitamos aprender a desconectar más.
—¿Es eso lo que vamos a hacer en París? ¿Desconectar? —preguntó Valerie, levantando una ceja.
—Después de cerrar el trato con Devereaux —precisó él—. Primero negocios, luego... —Sus ojos se oscurecieron ligeramente—… todo el placer que puedas soportar.
La promesa en su voz envió un escalofrío por la columna de Valerie.
La voz del piloto anunció que comenzarían el descenso hacia Le Bourget, interrumpiendo el momento. Mientras el avión aterrizaba, Aston entrelazó sus dedos con los de Valerie.
—Bienvenida a mi París —dijo.
Un elegante Bentley negro los esperaba en la pista. El conductor, un hombre de mediana edad con expresión impasible, abrió la puerta trasera para ellos.
—Bonjour, Monsieur Cavendish. Bienvenue à Paris —saludó con un acento impecable.
—Merci, Adrien —respondió Aston, sorprendiendo a Valerie con su fluido francés.
Aston la ayudó a entrar en el vehículo, con su mano en la parte baja de su espalda. Un gesto protector que siempre la hacía sentir especial.
Una vez dentro del coche, Aston presionó un botón y un panel divisorio subió silenciosamente, aislándolos del conductor. Inmediatamente atrajo a Valerie hacia sí, besándola con una intensidad que la dejó sin aliento.
—He estado conteniéndome durante todo el vuelo —murmuró contra sus labios.
—Había una tripulación completa observándonos —le recordó ella, aunque sus manos ya se habían enredado en su pelo.
—Como si no supieran ya que estamos juntos. —Aston sonrió antes de besarla nuevamente, de una forma más dulce aquella vez—. Pero tienes razón, debemos mantener cierta imagen profesional.
Con reticencia, se separó ligeramente de ella, aunque permaneció con su mano entrelazada.
—La reunión es en la sede de Groupe Devereaux, en Avenue Montaigne —explicó Aston, volviendo al modo negocios, aunque sus ojos aún brillaban con promesas llenas de sensualidad para más tarde—. Tenemos aproximadamente cuarenta minutos para repasar los últimos detalles.
Y así, sin más ceremonia, París quedó relegada al otro lado de las ventanillas tintadas, mientras ellos se sumergían de nuevo en gráficos e informes financieros.
Valerie trató de concentrarse en los documentos, pero no podía evitar lanzar miradas furtivas a la ciudad que pasaba a su lado, apenas visible: un fragmento de la Torre Eiffel aquí, un destello del Sena allá.
Aston, que notó su distracción, apretó su mano.
—Te prometo que después tendremos tiempo para todo —dijo—. Ahora mismo, necesitamos estar preparados para Émilie.
Valerie asintió, volviendo a centrarse en los documentos.
El coche finalmente se detuvo frente a un edificio elegante de piedra caliza con grandes ventanales. Las oficinas centrales de Groupe Devereaux tenían el mismo aire de distinción atemporal que sus diseños de alta costura.
Antes de salir del vehículo, Aston tomó el rostro de Valerie entre sus manos.
—¿Lista, socia? —preguntó, usando el apodo que le había puesto y que utilizaba en casos como aquel.
—Lista —respondió Valerie, sintiendo esa adrenalina que precedía a una negociación importante.
Aston le dio un último beso rápido.
—Cuando esto termine, París es toda nuestra.
Salieron a la luz de la mañana parisina, transformándose momentáneamente en el implacable CEO y su brillante asistente personal, mientras Valerie se preguntaba qué secretos de Aston le revelaría la Ciudad de la Luz.