La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 42 #2
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CAPÍTULO 42 #2

Ante la mención de la tablet, Valerie aflojó sus manos, sin ser consciente de la presión estaba ejerciendo. El uso de su nombre de pila y el tono de complicidad con que Aston lo había pronunciado había derribado algo en sus defensas.

Soltó un largo suspiro de derrota, dejó la tablet sobre su regazo, y finalmente levantó la mirada para enfrentarse a él.

—Es que... no sé cómo comportarme —admitió, sintiendo que las palabras salían en tropel—.

Después de lo que... bueno, después del viernes.

No sé qué protocolo seguir, o si hay algún protocolo para esta situación, que probablemente no lo hay porque no creo que muchas personas acaben en esta situación, aunque supongo que algunas sí, pero no yo, obviamente, y ahora estoy divagando, lo que es terriblemente poco profesional y...

—Respira, Valerie —la interrumpió Aston, y había una calidez en su voz que la hizo detenerse—. Solo respira.

Ella obedeció, tomando una bocanada de aire que necesitaba desesperadamente.

—Lo siento —murmuró—. Es que estoy muy nerviosa.

No sé qué piensas... —se detuvo y se corrigió—…

qué piensa usted de lo que pasó. Y muchos tíos después de...

bueno, después de acostarse con una mujer, le dicen que todo ha sido un error para quitársela de encima, y yo entendería si usted pensara eso, porque soy su asistente personal y las complicaciones en el trabajo son lo último que necesita, y...

—Valerie —volvió a interrumpirla Aston, aquella vez con un tono más firme pero suave—. Primero, deja de tratarme de «usted». No me gusta nada, y segundo: lo último que pienso es que lo que ha sucedido entre nosotros haya sido un error.

Valerie alzó la vista, sorprendida. Sus grandes ojos castaños se abrieron con una mezcla de incredulidad y esperanza.

—¿Ah, no?

—No —confirmó Aston, y una sonrisa lenta se extendió por su rostro, una sonrisa que rara vez mostraba en la oficina.

El sonrojo de Valerie, que había comenzado a disminuir, regresó con una nueva intensidad.

—Oh —fue todo lo que pudo decir.

Aston se levantó de la silla y rodeó el escritorio hasta apoyarse en el borde, justo frente a ella, tan cerca que Valerie podía oler su aftershave , el mismo aroma, entre otros, que había inundado sus sentidos la noche del viernes.

Aston mostraba en los labios una sonrisa.

—¿Por qué estás sonriendo? —le preguntó Valerie, que no entendía nada.

—¿Sabes qué encuentro encantador? —preguntó él, con un tono que Valerie nunca le había escuchado usar en la oficina. Un tono íntimo, casi juguetón.

Valerie negó con la cabeza.

—La forma en que te sonrojas —respondió Aston, alzando una mano para acariciar levemente su mejilla roja como un tomate—. Cómo tus mejillas adquieren ese tono rosado cuando estás nerviosa. Es... adorable.

Si Valerie hubiera tenido la capacidad de sonrojarse más, lo habría hecho. En su lugar, sintió que su corazón latía con tanta fuerza que temía que él pudiera oírlo.

Joder, lo sentía en la garganta.

—No sé qué decir —confesó, encontrando finalmente su voz—. Todo esto es tan... nuevo para mí. Nunca había estado en una situación así, Aston.

—Me alegra saber que no te has liado con todos los jefes que has tenido —bromeó él, con su característico humor.

—No te rías —le reprochó Valerie.

Envidiaba su templanza. Sí, la envidiaba, porque ella estaba echa un flan.

Aston la observaba con una mezcla de ternura y diversión, que hacía que se sintiera al mismo tiempo vulnerable y segura.

Extraño, pensó Valerie.

—Si tienes problemas para saber cómo comportarte delante de mí —dijo Aston, inclinándose ligeramente hacia ella—, yo te voy a dar algunos apuntes.

Antes de que Valerie pudiera preguntar a qué se refería, Aston se había inclinado completamente y sus labios estaban sobre los suyos.

Fue un beso deliberadamente lento, exploratorio, como si estuviera redescubriéndola.

Las manos de Valerie, que habían estado agarradas a los reposabrazos de la silla, se movieron casi por voluntad propia para sujetarse a la solapa de su chaqueta.

Cuando se separaron, ella estaba sin aliento, y con la mente en blanco, y Aston la miraba con una intensidad que parecía quemarla.

—¿Qué tal así? —preguntó con una sonrisa que combinaba satisfacción y una pizca de arrogancia que, inexplicablemente, solo lo hacía más atractivo.

Qué cabrón era.

—Creo... creo que podría funcionar —respondió Valerie, encontrando finalmente un atisbo de su propio sentido del humor—. Aunque tal vez necesite practicar más para estar segura.

Aston soltó una pequeña carcajada, un sonido que Valerie rara vez había escuchado y que le provocó una oleada de calor que no tenía nada que ver con la vergüenza.

—Me encantaría facilitarte todas las prácticas que necesites —respondió, bajando la voz a un tono que prometía mucho más que simples besos—, pero quizás no en medio de mi despacho con las persianas abiertas.

Nunca se sabe dónde puede haber ojos indiscretos.

Aunque te aseguro que no me importaría follarte contra el cristal.

Valerie sintió que el rostro le ardía. Se hubiera abanicado la cara si hubiera tenido un abanico a mano.

¡Santo Dios, y toda la Corte Celestial!

Y eso que Aston tenía fama de frío. Pero de frío no tenía nada. Ella lo sabía bien.

Valerie sintió una mezcla de nerviosismo y anticipación. Era perturbador y emocionante a la vez, como estar al borde de un precipicio sabiendo que vas a saltar de todos modos.

Abrió la boca para contestar, pero el teléfono de Aston sonó en ese momento.

Él miró la pantalla y frunció el ceño.

—Lo siento, tengo que atender esta llamada —dijo con evidente frustración—. Es Lexe, y no llamaría si no fuera importante.

Valerie asintió, incorporándose con la tablet en una mano y alisando su falda con un gesto inconsciente con la otra.

—Por supuesto, señor... Aston —corrigió, probando cómo sonaba su nombre en sus labios en aquel nuevo contexto—. Programaré la videoconferencia para las tres, si te parece bien.

Aston sonrió, y había algo casi depredador en esa sonrisa que hizo que un escalofrío de placer recorriera la espalda de Valerie.

—Perfecto, señorita Scott —respondió, jugando con la relación jefe-empleada, con un brillo en los ojos que prometía que su encuentro privado sería muy diferente—. Y tal vez podríamos discutir algunos... asuntos extras después del horario de oficina.

Valerie afirmó con la cabeza, sintiendo que recuperaba la complicidad con Aston mientras se dirigía hacia la puerta.

—Estaré encantada de concertar esos asuntos en su agenda, señor Cavendish —respondió por encima del hombro en tono travieso.

La risilla de Aston la siguió mientras salía, cerrando la puerta tras ella.

Cuando regresó a su escritorio, todavía tenía el sabor de Aston en sus labios y la promesa de esos «asuntos extras» en su mente.