La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

El lunes por la mañana llegó con una mezcla de lluvia ligera y un sol tímido que parecía no decidirse a salir del todo. Casi igual que Valerie, que su mente era una confusa combinación de euforia, vergüenza y pánico absoluto.

En su Honda Civic, con la radio sonando de fondo sin que realmente prestara atención a la música, Valerie iba recitando posibles diálogos mientras se adentraba en el tráfico matutino de Manhattan.

—Buenos días, señor Cavendish —ensayó en voz alta, intentando que su tono sonara profesional pero no distante—. No, así suena como si nada hubiera pasado entre nosotros.

Frenó ante un semáforo y tamborileó con los dedos sobre el volante. Un taxista a su izquierda la miró con curiosidad al verla hablar sola.

—Hola, Aston —probó con otro tono, más informal, y de inmediato sacudió la cabeza—. No, demasiado íntimo. ¡Dios! ¿Por qué tiene que ser tan complicado?

La bocina del coche de atrás la sobresaltó, indicándole que el semáforo había cambiado a verde mientras ella estaba perdida en su debate interno.

—¡Ya voy, ya voy! —murmuró, acelerando—. Como si tú tuvieras que enfrentarte a tu jefe después de haber... después de haber...

¡Joder!

Ni siquiera podía completar la frase en voz alta.

La noche del viernes seguía reproduciéndose en su mente como una película en bucle: cómo Aston había salido del coche como una bala y se había enfrentado al tipo del bar, el mosqueo que se había pillado después, el beso en plena calle…

Y luego, su apartamento.

La forma en que sus manos habían recorrido cada centímetro de su piel, cómo sus labios habían encontrado lugares que ni ella misma sabía que podían provocar tanto placer.

La mirada en sus ojos cuando finalmente estuvo dentro de ella, como si él también estuviera sorprendido por la intensidad de lo que estaban compartiendo.

—¡Concéntrate en la carretera, Valerie! —se regañó, dando un volantazo para esquivar un bache—. A este paso, el problema no será cómo saludar a Aston, sino si llegarás viva a la oficina.

Ajustó el espejo retrovisor y se encontró con su propio reflejo: mejillas sonrojadas, ojos brillantes a pesar de la noche casi en vela, y una expresión de absoluto terror. ¿Cómo demonios iba a mantener la compostura frente a él?

«Quizás debería actuar como si nada hubiera pasado — pensó—. Profesional, eficiente, distante.»

Pero entonces recordó la forma en que Aston la había mirado al despertarse el sábado por la mañana, con una ternura que jamás había visto en él.

—A lo mejor debería fingir que estoy enferma —murmuró, considerando seriamente dar la vuelta y volver a casa.

Pero esa opción desapareció cuando se dio cuenta de que ya estaba entrando en el garaje subterráneo del edificio. Su cuerpo parecía haber tomado la decisión por ella.

Mientras aparcaba en su plaza reservada, respiró hondo varias veces, intentando calmar el latido acelerado de su corazón.

—Vamos, Valerie, eres una mujer adulta —se dijo a sí misma—. Tuviste sexo con tu jefe. No eres la primera ni serás la última. Solo... actúa normal.

Con esa frágil determinación, salió del coche, alisó su falda negra y se dirigió hacia el ascensor, repasando mentalmente posibles respuestas para diferentes escenarios.

Escenario uno: Aston actuaba como si nada hubiera pasado. Solución: seguirle la corriente.

Escenario dos: Aston sugería que había sido un error. Solución: estar de acuerdo dignamente mientras su corazón se hacía añicos.

Escenario tres: Aston quería continuar lo que habían empezado. Solución... ¿qué solución? ¿Estaba preparada para una relación con su jefe? ¿Qué dirían sus compañeros? ¿Qué pasaría con su carrera profesional dentro de la empresa?

—Mierda, mierda, mierda —murmuró mientras el ascensor bajaba.

George la saludó con su habitual amabilidad.

—Buenos días, Valerie —dijo el veterano guardia con una sonrisa—. El jefe ya ha llegado, por cierto. Hace unos veinte minutos —añadió en tono cómplice.

Valerie sintió que su estómago daba un vuelco. Había esperado tener al menos unos minutos para prepararse mentalmente. Más aún.

—Gracias, George —respondió, logrando mantener la voz más o menos estable—. Qué... eficiente.

—Como siempre, ya le conoce —asintió George—. Aunque hoy parecía estar de buen humor. Incluso me preguntó por mi nieto. Nunca lo había hecho.

Valerie asintió distraídamente, sintiendo que su pánico aumentaba. Y aumentaba. Y aumentaba.

¿Aston de buen humor? ¿Preguntando por familiares de empleados? ¿Qué significaba eso?

El ascensor pareció subir más rápido que nunca, y cuando las puertas se abrieron en la planta 70, Valerie sintió que las piernas le temblaban.

Caminó hacia su escritorio con lo que esperaba fuera un paso normal, aunque le pareció que estaba andando como un robot con las articulaciones oxidadas.

Apenas había dejado su bolso en el cajón cuando su teléfono sonó. El fijo, no su móvil. La línea directa con el despacho de Aston se iluminó.

Su corazón dio un salto y se quedó atascado en algún punto de su garganta.

Respiró hondo y contestó con lo que esperaba fuera un tono profesional.

—¿Sí, señor Cavendish?

Hubo un par de segundos de silencio.

—Buenos días, señorita Scott. —La voz de Aston sonaba tan serena como siempre, aunque había algo diferente, un matiz que no lograba identificar—. ¿Podría venir a mi despacho, por favor? Necesito discutir algunos asuntos pendientes del viernes.

—Por supuesto, señor. Ahora mismo.

Valerie colgó y se miró rápidamente en el pequeño espejo que tenía en su bolso. Se pasó una mano por el pelo y comprobó que no tuviera pintalabios en los dientes. Luego tomó la tablet, como un escudo entre ella y lo que fuera que le esperaba en ese despacho.

El trayecto de su escritorio hasta la puerta de Aston nunca le había parecido tan largo. Cada paso era un esfuerzo consciente para no tropezar con sus propios pies.

Llamó suavemente con los nudillos y esperó a escuchar el familiar «adelante» antes de entrar.

Y allí estaba él.

Aston Cavendish, sentado tras su imponente escritorio, con la luz de la mañana iluminando su perfil como si fuera un maldito anuncio de perfume caro.

Llevaba un traje azul marino que le sentaba tan bien que debería de estar penado por la ley, y tenía una expresión indescifrable mientras revisaba unos documentos.

Alzó la mirada cuando entró, y Valerie sintió que se le cortaba la respiración. ¿Cómo era posible que alguien tuviera unos ojos tan intensos? ¿Tan…?

¡Por todos los Santos!

—Buenos días, señor Cavendish —dijo Valerie en un tono excesivamente formal.

—Por favor —dijo Aston, señalando la silla frente a su escritorio.

Valerie asintió con un gesto rígido, evitando su mirada mientras se sentaba en el borde de la silla, como si Aston fuera un guepardo y ella estuviera preparada para salir corriendo en cualquier momento.

—Gracias, señor Cavendish —respondió, manteniendo la mirada fija en la tablet—. ¿Qué necesita revisar?

Aston guardó silencio unos segundos, y ella pudo sentir su mirada estudiándola.

Fijó su vista en el borde del escritorio, contando mentalmente de uno a mil para distraerse.

—Los contratos con la empresa alemana —dijo finalmente—. Necesito coordinar una videoconferencia para esta tarde, si es posible.

—Por supuesto, señor —respondió Valerie automáticamente, haciendo anotaciones en su tablet sin realmente procesar lo que escribía—. ¿A qué hora le viene mejor?

Aston ladeó un poco la cabeza.

—¿Tiene pensado mirarme en algún momento, señorita Scott? —dijo, utilizando la misma formalidad que ella.

La pregunta, formulada en un tono entre divertido y curioso, la pilló completamente desprevenida. Valerie alzó la vista como un acto reflejo y se encontró directamente con la mirada de Aston. El sonrojo fue inmediato e imparable, extendiéndose desde su cuello hasta la raíz del pelo.

—Yo... lo siento, señor Cavendish —balbuceó, sintiendo que sus mejillas ardían—. Estaba concentrada en... en las notas.

Los labios de Aston se curvaron en una leve sonrisa que hizo que el corazón de Valerie se saltara un latido. O dos. Eran los mismos labios que habían explorado cada centímetro de su cuerpo, que habían susurrado su nombre como una plegaria en la oscuridad...

—¿Está usted bien, señorita Scott? —preguntó, y había un destello de diversión en sus ojos que solo intensificó la vergüenza de Valerie—. Está... distinta esta mañana.

—¿Yo? No, no. Estoy perfectamente bien, señor Cavendish —respondió ella apresuradamente—. Totalmente profesional y concentrada. Como siempre. Absolutamente normal.

«Dios, Valerie, cierra la boc a» , pensó, horrorizada por su propio parloteo.

Aston se reclinó en su silla, observándola con una expresión que claramente estaba llena de diversión.

—¿«Totalmente profesional y concentrada»? —repitió, con una ceja ligeramente arqueada—. Interesante elección de palabras.

Valerie sentía que se estaba hundiendo en arenas movedizas.

—Sobre la videoconferencia… —intentó redirigir la conversación, aferrándose a su tablet como si fuera un salvavidas—, ¿prefiere que la programe para media mañana o quizás para la tarde?

Aston la observó durante unos segundos más, con una expresión que parecía estar a medio camino entre la risa y algo más cálido.

—Señorita Scott —dijo finalmente, inclinándose ligeramente hacia adelante—, ¿le importaría decirme qué le sucede exactamente?

—No me sucede nada, señor Cavendish —insistió, aunque su voz sonó demasiado aguda incluso para sus propios oídos—. Estoy perfectamente bien.

Aston cruzó los brazos sobre el pecho, en un gesto que dejaba claro que no le creía en absoluto.

—Valerie —dijo, usando su nombre de pila por primera vez en la conversación, lo que le provocó a Valerie un escalofrío que le recorrió toda la espalda—, no me has mirado desde que has entrado, has usado la palabra «profesional» tres veces, y estás agarrando esa tablet con tanta fuerza que me da miedo que la rompas. Está claro que algo te sucede.