La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 40 #2
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CAPÍTULO 40 #2

Valerie levantó la barbilla con dignidad, aunque no pudo evitar sonreír. Sabía cuál sería la reacción de Aston a sus zapatillas.

—Son conejos, muchas gracias. Y son extremadamente cómodas.

—Es algo... —Aston parecía estar buscando la palabra adecuada—… inesperado. Nunca habría imaginado a la eficiente Valerie Scott, mi asistente personal, en pantuflas de conejito rosa.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí, Cavendish —respondió ella con un guiño, dirigiéndose hacia la puerta—. La cocina es por aquí. Espero que te guste el café fuerte porque es lo único que sé hacer.

Aston se levantó, poniéndose rápidamente los bóxers antes de seguirla.

Valerie intentó no mirar demasiado, pero era difícil no apreciar el cuerpo de Aston: músculos definidos, piel bronceada, y ese aire de confianza despreocupada que parecía emanar incluso estando casi desnudo en una casa que no era la suya.

La cocina de Valerie, a sus ojos, era pequeña pero funcional, con encimeras de granito y electrodomésticos básicos.

Nada que ver con lo que seguramente Aston estaría acostumbrado, pensó con una punzada de inseguridad que rápidamente apartó.

Él no parecía estar juzgando su espacio; al contrario, se movía por la cocina con naturalidad, como si ya la conociera.

—¿Dónde guardas el café? —preguntó, abriendo un par de armarios al azar.

—Armario de la izquierda, segunda repisa —indicó Valerie, sacando dos tazas—. ¿Quieres tostadas? Es prácticamente lo único que tengo para desayunar, me temo. No esperaba... visita.

La última palabra quedó flotando entre ellos, cargada de un significado extraño.

«Visita.»

Como si Aston fuera un conocido casual que había pasado a saludar, en lugar del hombre con el que había compartido la noche más intensa de su vida.

—Unas tostadas suenan perfectas —respondió él, encontrando el café y comenzando a preparar la cafetera con movimientos que sugerían costumbre—. Si quieres puedo salir a comprar algo más después.

La escena, la facilidad con la que se movían juntos en aquel reducido espacio, coordinándose sin necesidad de palabras, era como si hubieran estado haciendo aquello durante años, en lugar de ser su primera mañana juntos.

—¿Sabes? —comentó Valerie, mientras colocaba el pan de molde en la tostadora—. Estas pantuflas me las regaló mi hermana para Navidad.

—¿Tu hermana pensó que necesitabas un par de conejos mutantes en tus pies? —preguntó Aston con una sonrisa burlona, apoyándose contra la encimera mientras esperaba que el café se hiciera.

—No te burles —le advirtió Valerie—. Son las zapatillas más cómodas y calentitas del mundo. Seguro que tú usas un pijama de cuadros y unas zapatillas de estar por casa super serias y super aburridas.

Aston arqueó una ceja, cruzándose de brazos en un gesto que, con los bóxers como única vestimenta, resultaba más cómico que intimidante.

—¿Me estás llamando aburrido? —preguntó, fingiendo indignación.

—Sí —respondió Valerie sin pestañear. Y una sonrisa traviesa bailó en sus labios—. Un completo aburrido. Apuesto a que tus pantuflas tienen inscritas las letras «A.C.» en cursiva.

Aston negó con la cabeza, dejando escapar una risotada.

—Para tu información, no uso pantuflas. Y mi pijama no es de cuadros.

—¿No? —preguntó Valerie—. Déjame adivinar... ¿seda negra? ¿Algodón egipcio de color gris oscuro?

—No uso pijama —respondió simplemente Aston, y un brillo travieso asomó a sus ojos.

Valerie sintió que sus mejillas se calentaban nuevamente, y se concentró en sacar las tostadas que acababan de saltar.

—Oh… —fue todo lo que pudo decir. De repente, su mente se llenó de imágenes de Aston durmiendo entre sábanas de seda sin...

—Ahora quién es la pervertida —comentó él, advirtiendo su rubor.

Valerie le miró de reojo, parecía tremendamente satisfecho consigo mismo.

—Cállate y sirve el café —dijo, lanzándole una servilleta que Aston atrapó en el aire con facilidad.

Desayunaron en la pequeña mesa de la cocina, sentados en las sillas. Aston era tan alto que su rodilla rozaba la de Valerie.

La conversación fluyó fácilmente, saltando de temas triviales a anécdotas personales, descubriendo pequeños detalles el uno del otro.

Era sorprendente lo fácil que resultaba hablar, reír juntos.

Aston miró su reloj y suspiró.

—Tengo una reunión a la una —dijo—. Debería irme pronto para tener tiempo de pasar por casa y cambiarme.

Valerie asintió, ignorando la pequeña punzada de decepción que notó. Era sábado, pero por supuesto que Aston Cavendish tenía reuniones incluso en fin de semana. El mundo real comenzaba a filtrarse en la burbuja que habían creado durante aquellas horas compartidas.

—Claro —respondió, esforzándose por mantener un tono ligero—. Yo tengo... cosas que hacer también.

No tenía absolutamente nada que hacer, pero su orgullo le impedía admitirlo.

Aston la miró fijamente, como si pudiera ver a través de su pequeña mentira.

—Te veo el lunes, ¿vale?

—Vale.

Se vistieron en un silencio lleno de complicidad.

Cuando Aston terminó de abotonarse la camisa (que ahora tenía un ligero aroma al perfume de Valerie), ella lo acompañó hasta la puerta.

Había una extraña tensión en el aire, una incertidumbre sobre cómo despedirse.

Aston resolvió el dilema tomando el rostro de Valerie entre sus manos y besándola en los labios. Un beso que Valerie quiso pensar que guardaba alguna promesa. Fuera lo que fuera, tuvo que resistir el impulso de tirar de su corbata para mantenerlo allí. Con ella.

Con una última sonrisa, Aston se metió en el ascensor, y Valerie cerró la puerta tras él, apoyándose contra la madera con un suspiro que era mitad satisfacción, mitad incredulidad.

¿Realmente había pasado la noche con Aston Cavendish?

Caminó de vuelta a la habitación, y notó los pequeños signos de su presencia: la almohada con la marca de su cabeza, la toalla que había usado colgando en el baño, la taza de café en el fregadero.

Sí, definitivamente había pasado. No había sido un sueño.

Una sonrisa lenta, radiante, comenzó a extenderse por su rostro, iluminándolo por completo. Sentía una ligereza casi ridícula, como si pudiera flotar.

Era consciente de que probablemente parecía una adolescente después de su primer beso, pero no podía evitarlo. Ni siquiera quería evitarlo.

Se dejó caer en la cama, abrazando la almohada donde Aston había dormido, inhalando su aroma que aún permanecía allí. Su mente repasaba cada momento, cada palabra, cada caricia, grabándolos en su memoria.

De repente, se incorporó de golpe.

—¡Tengo que contárselo a Dee! —exclamó en voz alta, cogiendo el teléfono de la mesilla—. ¡Se va a volver loca!