La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 40
65%

CAPÍTULO 40

El amanecer se filtraba tímidamente entre las cortinas, desbordando su suave luz sobre las sábanas revueltas.

Valerie despertó lentamente, inmersa en ese dulce momento entre el sueño y la vigilia en que la realidad parece difusa, mezclada con fragmentos de sueños.

Había un peso cálido contra su espalda, un brazo firme rodeando su cintura, y por un instante de confusión, su mente adormilada no logró ubicar aquellos elementos.

Entonces, los recuerdos de la noche anterior inundaron su consciencia como una cascada: el beso en la acera, el ascensor, las manos de Aston sobre su piel, los susurros y promesas intercambiados en la penumbra de su habitación.

Los suspiros, los jadeos, los gemidos… Un escalofrío de placer recorrió su columna vertebral.

Se giró con cuidado, intentando no despertar a su acompañante, y se encontró cara a cara con Aston Cavendish durmiendo en su cama.

La imagen era tan surrealista que tuvo que contener una risita de incredulidad.

El poderoso, intimidante e inalcanzable Aston Cavendish parecía casi vulnerable mientras dormía.

Las líneas de preocupación que habitualmente marcaban su frente se habían suavizado, y sus labios, usualmente apretados en una línea severa, estaban ligeramente entreabiertos.

Su pelo, siempre meticulosamente peinado, caía desordenado sobre la frente, dándole un aspecto juvenil que contrastaba con su habitual aura de autoridad.

Valerie se permitió observarlo, memorizando cada detalle de ese Aston desconocido para el resto del mundo: la curva exacta de sus pestañas contra sus mejillas, la sombra de barba incipiente en su mandíbula, la pequeña cicatriz casi imperceptible cerca de su ceja izquierda que nunca había notado antes.

Como si sintiera su mirada, los párpados de Aston comenzaron a agitarse. Valerie consideró fingir que seguía dormida. De repente fue consciente de su pelo despeinado y de su expresión somnolienta, pero antes de que pudiera cerrar los ojos (o taparse con la sábana), Aston ya había abierto los suyos.

Azul.

Un azul imposible, como el cielo en un día perfecto de verano.

Esos ojos que la habían intimidado desde el primer día en la oficina, ahora la miraban con una mezcla de somnolencia y algo más cálido, más íntimo.

Durante un instante eterno, ninguno habló. Se limitaron a contemplarse mutuamente, como si ambos estuvieran procesando el hecho de estar despertando juntos.

—Buenos días —murmuró finalmente Aston.

Su voz, que sonaba ronca por el sueño, envió un escalofrío por la espina dorsal de Valerie.

—Buenos días —respondió ella, sorprendida por la timidez repentina en su propia voz.

¿Dónde estaba la Valerie audaz y descarada? Aparentemente, escondida bajo las sábanas, cohibida por la intimidad de aquel momento que estaban compartiendo.

Una sonrisa lenta, casi perezosa, se dibujó en los labios de Aston. Era una sonrisa que Valerie nunca había visto en él: relajada, auténtica, sin un ápice de la ironía que solía caracterizar sus expresiones.

—¿Llevas mucho tiempo despierta? —preguntó Aston, estirando ligeramente su brazo libre.

—No mucho —confesó Valerie—. Estaba... bueno, viéndote dormir, supongo. —Frunció la nariz—. Madre mía, suena espeluznante cuando lo digo en voz alta.

La sonrisa de Aston se ensanchó.

—Yo hice lo mismo anoche —admitió, para sorpresa de Valerie—. Te quedaste dormida casi inmediatamente. Y yo me quedé despierto un rato, solo mirándote.

Un rubor intenso subió por el cuello de Valerie hasta sus mejillas. La imagen de Aston observándola mientras dormía, completamente vulnerable e inconsciente, debería haberla incomodado. En cambio, encontró algo extrañamente tierno en su confesión.

—¿Y no roncaba ni babeaba? —bromeó para aligerar la intensidad del momento.

Aston fingió considerarlo seriamente, entrecerrando los ojos como si estuviera haciendo una evaluación profesional.

—Hubo algunos sonidos que podrían clasificarse como ronquidos suaves —dijo con fingida seriedad—. Y posiblemente una pequeña mancha de baba en la almohada.

—¡Mentiroso! —exclamó Valerie, dándole un golpe juguetón en el hombro—. ¡Yo no ronco!

—¿Cómo puedes estar tan segura? —contraatacó Aston, atrapando su mano y entrelazando sus dedos con los de ella—. Nunca te has escuchado dormir, por definición es imposible.

Valerie entrecerró los ojos, intentando parecer ofendida, pero la sonrisa traicionera que tiraba de las comisuras de sus labios arruinaba el efecto.

—Nadie se ha quejado nunca —dijo, levantando la barbilla en un gesto desafiante.

—Tal vez eran demasiado educados para mencionarlo —sugirió Aston, y había algo en la forma en que dijo «eran», en pasado, que hizo que el corazón de Valerie diera un pequeño salto.

—O tal vez estás intentando confundirme para que no diga que tú sí roncas —replicó, decidida a seguir el juego.

—Yo no ronco —declaró Aston con absoluta convicción—. Los Cavendish no roncamos. Está en los genes.

Valerie no pudo contener la carcajada que escapó de su garganta.

—¿Los Cavendish no roncáis? ¿Eso es un hecho científicamente comprobado?

—Por supuesto —asintió Aston, serio—. Hay estudios extensos sobre ello. Puedo enviarte los enlaces.

La risa de Valerie se intensificó, y Aston se unió a ella. Su risa grave se mezcló con la suya en una armonía que llenaba la habitación.

Con un movimiento ágil, Aston la atrajo más cerca. El calor de su piel contra la suya reavivó el fuego que habían compartido durante la noche, y la risa de Valerie se transformó poco a poco en un suspiro cuando los dedos de Aston comenzaron a acariciar perezosamente su espalda.

—Podríamos quedarnos aquí todo el día —murmuró Aston contra su pelo. Su aliento le provocó escalofríos—. Pedir comida, ver películas...

—Mmmm, suena tentador —respondió Valerie, dejando que sus propios dedos exploraran la firmeza de los músculos de su pecho—. Pero primero necesito un café. Mi cerebro no funciona sin cafeína por la mañana.

Aston asintió.

—Es una necesidad de los más comprensible. Yo también soy bastante inútil sin mi dosis matutina de café.

Valerie arqueó una ceja, incrédula.

—¿El gran Aston Cavendish admitiendo una debilidad? Debería grabarlo.

Él entrecerró los ojos con una falsa indignación.

—Retiro lo dicho. Puedo funcionar perfectamente sin café. De hecho, soy capaz de dirigir una empresa multinacional, correr un maratón y resolver ecuaciones diferenciales, todo antes del desayuno.

—Por supuesto que sí —afirmó Valerie, dándole palmaditas condescendientes en el pecho—. Y yo soy la reina de Inglaterra.

En un movimiento rápido que la tomó por sorpresa, Aston rodó sobre ella, atrapándola bajo su cuerpo, y apoyó los brazos a ambos lados de su cabeza para no aplastarla con su peso. Sus rostros quedaron a escasos centímetros de distancia, mientras sus respiraciones se mezclaban.

—En ese caso, Su Majestad —murmuró con una sonrisa traviesa—, permítame presentarle mis respetos.

Y con esas palabras, bajó la cabeza para capturar sus labios en un beso que comenzó suave pero que rápidamente se intensificó, enviando oleadas de calor a través del cuerpo de Valerie.

Sus manos encontraron el camino hacia su pelo, enredándose en los mechones oscuros, atrayéndolo más cerca, siempre más cerca.

Las manos de Aston no se quedaron quietas, recorrieron las curvas de Valerie con una familiaridad recién adquirida pero que ya parecía natural, como si hubieran estado acariciándose durante años en lugar de horas.

Valerie respondió con el mismo entusiasmo. Sus cuerpos se movían en una suerte de danza que habían perfeccionado durante la noche anterior. La necesidad de café quedó momentáneamente olvidada, reemplazada por una sed más urgente, más primaria.

Fue solo cuando el estómago de Valerie gruñó cuando se separaron, jadeantes y con las mejillas enrojecidas.

Aston la miró con una mezcla de diversión y deseo que hizo que su corazón se acelerara aún más, si eso era posible.

—Creo que esa es una señal para que vayamos a desayunar —comentó, depositando un último beso en la punta de su nariz antes de rodar a un lado, permitiéndole respirar.

—Mi cuerpo me traiciona —se quejó Valerie con un puchero exagerado—. Justo cuando las cosas se ponían interesantes —se lamentó.

—Necesitamos reponer fuerzas, hemos perdido muchas calorías esta noche —dijo Aston en tono travieso.

Se sentó en la cama y se pasó una mano por el pelo, intentando controlar los mechones desordenados.

Valerie no pudo evitar admirar la vista que tenía delante: Aston Cavendish, sentado en su cama, con el torso desnudo y el pelo despeinado, hablando de desayunar como si fuera lo más natural del mundo.

La normalidad de la escena contrastaba tanto con lo insólito de la situación que casi le provocaba vértigo.

—Tienes razón —dijo finalmente, apartando las sábanas y levantándose—. Café primero, todo lo demás después.

Buscó en el suelo algo para cubrirse.

Encontró la camisa de Aston y se la puso sin pensar.

Le quedaba ridículamente grande, como un vestido corto.

Las mangas colgaban mucho más allá de sus manos.

Al darse cuenta de lo que había hecho, miró a Aston con una disculpa en los labios, pero las palabras murieron en su garganta al ver la expresión de su rostro.

La miraba con una intensidad que le cortó la respiración. Sus ojos la recorrieron de pies a cabeza.

—Definitivamente te queda mejor a ti que a mí —comentó.

Valerie sintió cómo un rubor intenso subía por sus mejillas, pero se obligó a mantener la compostura, haciendo una pequeña reverencia teatral.

—Es el último grito en moda parisina —bromeó, dirigiéndose hacia un baúl que había contra la ventana y del que sacó sus pantuflas de conejito rosa—. Camisa de hombre y... ¡tarán! ¡Pantuflas de conejito!

Completó su atuendo con sus ridículas zapatillas de estar por casa con forma de conejos rosas, que tenían orejas largas y todo. Eran completamente infantiles, totalmente inapropiadas para una mujer adulta, pero absolutamente adorables.

La carcajada de Aston resonó en la habitación.

—¿Qué demonios es eso? —preguntó entre risas, señalando sus pies.