La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 39 #2
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CAPÍTULO 39 #2

Sus labios seguían a sus manos, explorando, saboreando, venerando. Había algo casi reverencial en la forma en que la tocaba, como si ella fuera algo precioso, algo digno de ser apreciado en toda su complejidad.

Valerie no se quedaba atrás.

Sus manos recorrían la extensión del cuerpo de Aston, maravillándose ante cada músculo, cada relieve, cada cicatriz con historia, cada reacción que lograba arrancarle.

Descubrió que un toque ligero justo debajo de su oreja lo hacía estremecer, que cuando besaba el hueco de su garganta su respiración se volvía irregular, que cuando sus uñas se deslizaban suavemente por su espalda, un sonido casi animal escapaba de su garganta.

Cada descubrimiento era un triunfo, un secreto compartido, un paso más.

Las palabras fueron reemplazadas por suspiros, gemidos, y pequeñas exclamaciones de sorpresa y placer. Sus cuerpos comunicaban lo que las palabras no podían: deseo, necesidad, conexión, asombro.

En algún momento, mientras la noche avanzaba y Nueva York continuaba su vida más allá de las ventanas, Aston miró a Valerie con una intensidad que la atravesó hasta el alma.

Empezó su camino besándole la piel hasta llegar a su ombligo. El aroma a perfume se mezcló con el embriagador aroma del sexo y el de la excitación cuando Aston le pasó la lengua por la tripa.

Valerie gimió y se retorció bajo él.

Aston fue más abajo. Las medias y los zapatos, que todavía los tenía puestos, le excitaron de una manera que nunca había experimentado.

¿Qué estaba haciendo aquella chica con él?

Se deshizo de todo y se dedicó a su clítoris. Metió los dedos entre la tela del tanga, y lo acarició haciendo movimientos circulares.

Valerie gimió.

Aston se mantuvo así un rato, mientras dejaba una estela de besos en la parte interna del muslo.

Le separó un poco más las piernas y se acomodó entre ellas.

Cuando por fin deslizó la lengua por su sexo ya húmedo, el placer asaltó a Valerie, que gritó y volvió a retorcerse. De pronto, el tanga empezó a estorbar a Aston. Impaciente, lo agarró con las manos y de un tirón lo rasgo.

Por fin.

El sabor de Valerie le hizo jadear de placer. Dios, aquello era como un puto elixir. Mientras los gemidos de Valerie llenaban la habitación, Aston se sumergió en su clítoris.

El orgasmo le llegó con rapidez. Valerie levantó las caderas y Aston, aferrándose a sus muslos, hundió la lengua dentro de ella, hasta que Valerie se desplomó, temblando y gimiendo.

—Oh, joder —jadeó.

Aston se quitó los bóxer, la última prenda que le quedaba, y Valerie pudo ver su grandiosa erección.

Sonrió para sí. Aston Cavendish era el tío más perfecto que había conocido en su jodida vida. ¡Santo Dios!

Él dejó caer los calzoncillos al suelo y cogió la cartera del pantalón para sacar un preservativo.

—Tomo la píldora —dijo Valerie.

—Yo estoy sano —comentó él.

No hicieron falta más palabras. Aston lanzó la cartera hacia un lado, sin sacar el condón, y escaló por el cuerpo de Valerie hasta tumbarse sobre ella.

Apoyó los brazos a ambos lados de su cabeza, se inclinó y la besó mientras se deslizaba entre sus muslos. Valerie enroscó los brazos alrededor de su cuello y profundizó el beso.

—Valerie, abre los ojos —le pidió Aston, al ver que los tenía cerrados.

Ella los abrió y lo miró asombrada de la ternura que había en su mirada azul.

Valerie advirtió el deseo en el rostro de Aston cuando la penetró. Notó su tamaño y su calor. Él se levantó un poco y volvió a entrar, y ella se deshizo de placer.

Aston se deslizó aún más dentro.

—¿Estás bien? —le preguntó a Valerie.

—Perfectamente —respondió ella.

Y para demostrárselo, agarró sus nalgas y las apretó con firmeza contra ella.

Aston no pudo evitar sonreír.

Subió y volvió a bajar, empujando con suavidad. Valerie jadeó.

Lo que siguió fue una fusión perfecta. Ambos se movían juntos como si hubieran sido creados el uno para el otro, encontrando un ritmo que los llevó a cotas de placer que Valerie jamás había experimentado.

El tiempo perdió significado. Podrían haber sido minutos u horas. Todo lo que existía era ese momento, solo ese momento. Y ellos. Nada más.

Con un gruñido, Aston embistió hasta dentro, todo lo que pudo.

Cuando finalmente alcanzaron el clímax juntos, fue como una supernova, una explosión de sensaciones tan intensas que por un momento Valerie temió desmayarse.

El nombre de Aston escapó de sus labios como una plegaria, mientras él enterraba su rostro en su cuello, y su cuerpo temblaba contra el de ella.

Permanecieron así, abrazados, jadeantes, con los corazones latiendo al unísono y la respiración jadeante, durante lo que pareció una eternidad.

Después, poco a poco, la realidad comenzó a filtrarse de nuevo: el sonido distante del tráfico, el zumbido de la nevera en la cocina, la bocina de un taxi impaciente.

Aston se movió primero, rodando ligeramente hacia un lado para no aplastar a Valerie con su peso, pero manteniéndola cerca, con uno de sus brazos firmemente alrededor de su cintura.

Valerie se acurrucó contra él, y apoyó su cabeza en el hueco de su hombro, encajando perfectamente, como si ese espacio hubiera sido diseñado específicamente para ella.

—Wow —murmuró, incapaz de articular algo más elocuente (aunque eso ya era suficiente).

Sintió la vibración de la risa de Aston contra su mejilla.

—Sí —estuvo de acuerdo él, depositando un beso en su frente—. Definitivamente, wow.

Valerie dejó escapar una pequeña risilla.

Se quedaron en silencio durante un rato, disfrutando de la cercanía del otro, de la piel, del calor compartido, de esa intimidad postcoital que tenía su propia magia.

—¿En qué piensas? —preguntó Valerie finalmente, trazando círculos sobre el pecho de Aston con la punta de sus dedos.

Él la miró, con una expresión dulce en el rostro, tan diferente de su habitual máscara de dureza.

—En que nunca me hubiera imaginado que terminaría esta noche así —respondió sinceramente—. Cuando vi a ese tipo agarrándote, yo... —Se detuvo, como buscando las palabras que expresaran lo que sentía—. Joder, Valerie, le hubiera roto las piernas. La idea de que alguien pudiera hacerte daño...

Su voz se apagó, pero no era necesario que terminara la frase. Valerie podía sentir la tensión que había aparecido en sus músculos tan solo con el recuerdo.

—Por eso estabas tan enfadado —murmuró, entendiendo finalmente qué le pasaba—. No era solo por la imprudencia.

Aston asintió, mientras sus dedos trazaban suavemente la línea de su columna.

—Una parte de mí quería encerrarte en una torre de marfil, como dijiste —admitió—. Protegerte de todo, de todos.

—Eso sería bastante aburrido —respondió Valerie con una pequeña sonrisa, apoyando la barbilla en su pecho para mirarlo mejor—. Además, me gusta mi libertad.

—Lo sé —dijo él, y había una nota de admiración en su voz que calentó algo dentro de Valerie—. Es una de las cosas que más me gustan de ti. Tu espíritu, tu independencia.

—¿Una de las cosas? —preguntó ella, arqueando una ceja juguetonamente—. ¿Hay más?

Aston sonrió, mostrando sus perfectos dientes. Una sonrisa que hizo que el corazón de Valerie saltara.

—Muchas más —respondió él, inclinándose para besarla en los labios—. Pero tenemos toda la noche para discutirlas.

Valerie sonrió contra sus labios, sintiendo una felicidad burbujeante expandirse dentro de ella.

—«Toda la noche» suena bien —murmuró—. Muy bien, de hecho.

Y mientras volvían a perderse en un beso que prometía ser el principio de otra ronda de sexo, Valerie pensó que la realidad había superado con creces cualquiera de sus fantasías.