La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 39
63%

CAPÍTULO 39

—Quieres... —Las palabras se atascaron en su garganta. Valerie jamás había sido tímida, pero algo en la intensidad de Aston la hacía sentirse vulnerable, expuesta—… ¿quieres subir?

La pregunta flotó entre ellos.

No era una invitación casual, y ambos lo sabían.

Aston la estudió unos segundos, que parecieron extenderse hasta el infinito. Su rostro era una máscara impenetrable. Valerie sintió que su corazón se detenía, esperando una respuesta que parecía no llegar nunca.

—Sí —contestó finalmente.

Su voz sonaba más ronca de lo habitual, apenas un susurro grave.

Una sola sílaba.

Una palabra tan simple, tan cotidiana.

Y, sin embargo, en ese momento, contenía universos enteros.

Valerie asintió, incapaz de formar frases coherentes.

Con dedos ligeramente temblorosos, buscó las llaves en su bolso. Se giró hacia la puerta, consciente de cada centímetro de piel donde sentía la presencia de Aston a su espalda. No la estaba tocando, pero podía percibir su calor, su energía, la fuerza gravitacional de su presencia.

La cerradura cedió con un clic que pareció resonar en el silencio de la noche.

Valerie empujó la puerta y ambos entraron. El vestíbulo del edificio estaba iluminado con una luz tenue y cálida, creando una atmósfera íntima que intensificaba la sensación de estar cruzando un umbral, no solo físico sino metafórico.

—Vivo en el quinto —murmuró, dirigiéndose hacia el ascensor.

Aston asintió, siguiéndola en silencio. La tensión entre ellos era casi palpable, electrizante, como el aire antes de una tormenta.

Valerie presionó el botón del ascensor, observando cómo los números descendían lentamente mientras el elevador bajaba a recogerlos. Cinco... cuatro... tres...

—Oye, ¿Lexe? —dijo de repente.

—Lexe estará bien —comentó Aston.

—Vale —dijo Valerie.

Aquel pequeño diálogo le dio unos segundos para respirar, para ordenar sus pensamientos que parecían estar en una licuadora emocional.

Sus miradas se encontraron, y una pequeña sonrisa se dibujó en la comisura de los labios de Aston. Una sonrisa que Valerie nunca había visto antes: algo más suave, más dulce, más auténtico que sus habituales gestos.

El ascensor llegó con un suave ding que sobresaltó ligeramente a Valerie.

Las puertas se abrieron, revelando el pequeño espacio iluminado. Entraron, y ella presionó el botón del quinto piso. Cuando las puertas se cerraron, el mundo exterior quedó definitivamente atrás. Por lo menos, aquella noche.

En el pequeño cubículo del ascensor, la presencia de Aston parecía magnificarse.

Era demasiado alto, demasiado ancho de hombros, demasiado...

todo. Valerie podía oler su colonia, esa mezcla sofisticada de maderas y especias que había llegado a asociar con él.

Podía ver el ligero movimiento de su pecho al respirar, el pulso visible en su cuello, la tensión en sus manos.

Quería tocarlo.

Quería lanzarse sobre él como una adolescente descontrolada y continuar ese beso que la había dejado temblando en la acera.

Pero algo la detenía. Una parte de ella (quizás la última voz de la razón) le recordaba que era Aston Cavendish. Su jefe. El hombre con reputación de frío y despiadado. El hombre que, hasta hace unos minutos, la regañaba como a una niña irresponsable.

El hombre que besaba como si el mundo estuviera a punto de acabarse.

«¡Joder!»

El ascensor se detuvo, las puertas se abrieron con otro suave ding .

Valerie salió primero, guiando el camino por el pasillo hasta su apartamento. Cada paso parecía resonar como si tuviera peso propio, como si estuviera dirigiéndose hacia algo que nada ni nadie habría podido evitar.

Cuando llegaron a su puerta, Valerie volvió a buscar las llaves, maldiciendo para sus adentros por el temblor de sus manos, que hacía que la tarea se volviera casi imposible.

Finalmente logró abrir, entrando en la penumbra de su casa.

—Adelante —dijo, encendiendo la luz de la entrada—. No es una mansión en los Hamptons, pero...

—Es perfecto —la interrumpió Aston, cerrando la puerta tras él.

El clic de la cerradura fue como un sello final. Estaban solos, realmente solos. Sin la ciudad como testigo, sin el mundo exterior como barrera.

Valerie se giró para mirarlo.

Mierda, no podía estar más nerviosa de lo que estaba. El corazón se le iba a salir por la boca.

¿Qué se suponía que debía hacer ahora? ¿Ofrecerle algo de beber? ¿Charlar sobre el clima? ¿O simplemente...?

No tuvo que decidir. En dos zancadas, Aston había eliminado la distancia entre ellos. Sus manos enmarcaron el rostro de Valerie con una delicadeza sorprendente, en contraste con la intensidad de su mirada, y sus labios encontraron los suyos nuevamente, pero ese beso fue diferente al de la calle.

Si aquel había sido una explosión, una liberación de toda la tensión acumulada, este era una exploración, un reconocimiento mutuo. Más lento, más profundo, más consciente.

Sus labios se movían en perfecta sincronía, como si hubieran estado besándose toda la vida.

Las manos de Valerie se deslizaron por los brazos de Aston, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo la tela del traje. Ascendieron hasta su cabeza, y sus dedos se enredaron en los mechones de su pelo, acercándolo más, siempre más.

Aston respondió profundizando el beso. Su lengua se deslizó entre los labios de ella, explorando, saboreando. Un pequeño gemido escapó de la garganta de Valerie, sorprendiéndola incluso a ella misma por lo necesitada que sonaba.

Sin romper el beso, comenzaron a moverse torpemente por el apartamento, chocando ocasionalmente con muebles, riendo suavemente contra los labios del otro cuando Valerie se golpeó la cadera contra el borde de una mesa.

—Te has hecho daño?  —le preguntó Aston, preocupado.

Valerie sonrió.

—No —respondió.

Y ambos se echaron a reír.

La risa se transformó rápidamente en suspiros cuando Aston aprovechó la pausa para trazar un sendero de besos por su mandíbula, descendiendo por su cuello.

—Aston... —susurró ella. Su nombre sonaba como una súplica y una afirmación al mismo tiempo.

Él respondió con un sonido gutural contra su piel, enviando vibraciones que recorrieron todo su cuerpo.

Las manos, que habían permanecido en su rostro y en sus hombros, comenzaron a descender, trazando la curva de su espalda, deteniéndose en su cintura, aferrándose a ella con una firmeza como si se tratara de un salvavidas.

Valerie dejó que sus propias manos vagaran por Aston, explorando la amplitud de sus hombros, la firmeza de su pecho. A través de la ropa podía sentir el calor de su cuerpo, el ritmo acelerado de su corazón que hacía eco del suyo propio.

Con pasos entrecortados por los besos y las caricias, llegaron por fin a la habitación. La luz de la ciudad se filtraba por la ventana, bañando todo con un resplandor dorado, y creando un ambiente casi irreal.

Aston se detuvo en el umbral, separándose ligeramente de Valerie para mirarla. Sus ojos recorrieron su rostro como si quisiera memorizar cada detalle, cada rasgo, cada expresión.

—Eres preciosa —murmuró, con una sinceridad tan visceral que Valerie sintió que algo se expandía dentro de su pecho, una emoción tan intensa que casi dolía.

Esbozó una sonrisa tímida.

Al verla sonreír, Aston sonrió también.

Y después volvió a besarla, aquella vez con una nueva intensidad que la dejó sin aliento.

Sus manos se deslizaron bajo su blusa. Sus dedos cálidos contra la piel desnuda de su espalda le provocaron escalofríos de placer.

Valerie respondió desabotonando su camisa, botón por botón, revelando gradualmente la piel bronceada y los músculos definidos que había intentado no imaginar demasiadas veces.

Cuando sus dedos rozaron accidentalmente la piel desnuda de su abdomen, Aston inhaló bruscamente.

Un sonido que envió una oleada de satisfacción a través de Valerie.

Saber que podía afectarlo de aquella manera, que podía hacer que ese hombre siempre controlado perdiera, aunque fuera un poco de ese control, era embriagador.

Mientras las prendas iban cayendo al suelo, una tras otra, entre besos y caricias cada vez más atrevidas, una sombra cruzó la mente de Valerie.

Un nombre, un rostro, un recuerdo.

Vanessa.

El pensamiento la hizo detenerse. Sus manos se congelaron mientras desabrochaba el cinturón de Aston.

—¿Qué pasa? —preguntó él, notando inmediatamente su cambio de actitud.

Valerie tragó saliva, odiándose por arruinar el momento, pero incapaz de continuar.

—Vanessa —dijo simplemente.

Nada más pronunciar su nombre, Valerie pensó que había cometido un error catastrófico. Que Aston se vestiría y se iría, o peor, que admitiría que estaba engañando a su novia con ella.

Pero entonces, para su sorpresa, Aston sonrió. Una sonrisa pequeña.

—Vanessa y yo ya no estamos juntos —respondió—. Hace días que rompimos.

—Oh —musitó Valerie.

Y sintió alivio. Aston era libre. No estaba haciendo nada malo, no estaba siendo la «otra», no estaba...

—¿Te importa? —preguntó Aston, interrumpiendo sus pensamientos. Había un brillo especial en su mirada.

Valerie consideró mentir, decir que solo era curiosidad. Pero algo en la forma en que la miraba la animó a ser honesta.

—Sí —admitió—. Me importa.

La sonrisa de Aston se ensanchó, transformando su rostro.

Se inclinó para besarla, un beso sorprendentemente tierno que contrastaba con la pasión desenfrenada de minutos antes.

—Bien —murmuró contra sus labios—. Porque a mí también me importa.

Cualquier sombra se disipó.

No había nada que se interpusiera entre ellos. Solo estaba ese momento, esa noche, esa conexión que había estado creciendo, transformándose, evolucionando…

Se dejaron caer en la cama en una maraña de extremidades y respiraciones entrecortadas.

Las sábanas, frescas contra la piel acalorada, pronto se calentaron con el calor de sus cuerpos.

La luz de la ciudad creaba un juego de luces y sombras sobre ellos, destacando un hombro aquí, una curva allá, un rostro transformado por el placer.

Las manos de Aston parecían estar en todas partes a la vez, trazando caminos de fuego sobre su piel, descubriendo lugares que Valerie no sabía que podían ser tan sensibles.