CAPÍTULO 38 #2
—¿Y quién es usted para juzgar mi buen juicio?
—replicó, herida y enfadada a partes iguales.
Quizá se estaba jugando el puesto de trabajo.
Al fin de cuentas, aquel hombre era su jefe, pero le daba igual—.
Aparece de la nada, me «rescata» como si fuera algún tipo de caballero de brillante armadura, ¿y ahora cree que tiene derecho a sermonearme sobre cómo debería vivir mi vida?
Algo cambió en la expresión de Aston. Un músculo palpitó en su mandíbula, y sus ojos adquirieron un brillo peligroso.
—Quizás si no necesitara ser rescatada con tanta frecuencia, no tendríamos esta conversación —dijo con mordacidad.
—¡Yo no necesito que me rescaten! —protestó Valerie—. Sé defenderme sola.
Tal vez fueran los cócteles que se había tomado los que le hacían hablar así, o tal vez se le había ido la cabeza, pero se había olvidado por completo con quién estaba discutiendo.
El silencio que siguió a su exclamación fue revelador. Aston desvió brevemente la mirada hacia la ventana, como si las luces de la ciudad que desfilaban al otro lado fueran de pronto fascinantes.
—Solo digo —continuó, en un tono más controlado— que parece tener un talento especial para encontrarse con impresentables.
Valerie lo miró boquiabierta, incapaz de decidir si sentirse halagada porque aparentemente había estado prestando atención a su vida o indignada por su insinuación.
—¿Y qué sugiere exactamente, señor Cavendish? —preguntó, con un sarcasmo que no intentó disimular—. ¿Que contrate guardaespaldas? ¿Que deje de salir? ¿Que me encierre en una torre de marfil?
Los ojos de Aston volvieron a centrarse en ella con una intensidad que casi la hizo retroceder en el asiento.
—Sugiero que tenga más cuidado —respondió con una calma que chocaba con la tormenta que Valerie podía ver en sus ojos—. Que sea consciente de que hay peligros reales ahí fuera. Que no todas las situaciones pueden resolverse con buenas intenciones y optimismo.
Había algo en su tono, una nota de... ¿preocupación? ¿Miedo, incluso? que hizo que parte de la indignación de Valerie se disipara.
Algo le hizo preguntarse si había más tras aquella ira apenas contenida, algo que no estaba viendo.
Antes de que pudiera responder, el coche se detuvo suavemente. Valerie miró por la ventanilla y se sorprendió al comprobar que habían llegado a su edificio. El trayecto se había consumido en aquella acalorada discusión sin que ella apenas se diera cuenta.
—Hemos llegado, señorita Scott —anunció Lexe desde el asiento delantero, en un tono que sugería que había estado haciendo un esfuerzo sobrehumano por ignorar la discusión que se desarrollaba detrás de él.
Valerie asintió, y de repente fue muy consciente de lo rápido que latía su corazón, de lo acaloradas que sentía las mejillas. Respiró hondo, intentando calmarse. A pesar de todo, no quería que las cosas terminaran así.
Aston la miró en silencio durante unos segundos, y algo indefinible pasó por sus ojos. Luego, con un movimiento fluido, abrió la puerta de su lado y salió del coche.
Valerie parpadeó, confundida. Pero antes de que pudiera reaccionar, su propia puerta se abrió. Y ahí estaba Aston.
Se recolocó el vestido y finalmente se apeó del vehículo.
La noche estaba fresca, con una ligera brisa que agitaba suavemente su pelo suelto.
Las luces de la ciudad creaban un telón de fondo a su alrededor: farolas que proyectaban círculos dorados sobre la acera, ventanas iluminadas en los edificios cercanos, ocasionales faros de coches que pasaban. El mundo seguía girando, ajeno a la tensión que palpitaba entre Aston y ella.
Para su sorpresa, Aston cerró la puerta del coche y comenzó a caminar hacia la entrada del edificio. Valerie se dejó acompañar, demasiado desconcertada para protestar.
Se detuvieron frente a la puerta.
Aston estaba increíblemente cerca de ella, y su presencia era tan abrumadora como siempre.
Bajo la luz de la entrada, su rostro mostraba líneas más suaves, pero sus ojos seguían ardiendo con esa mezcla de emociones que Valerie no podía descifrar por completo.
El silencio entre ellos se extendió. Valerie se encontró de nuevo mordisqueándose el labio inferior, un acto reflejo ante la tensión.
—Gracias por traerme a casa —dijo finalmente, mirando a Aston.
—Tenía que asegurarme de que llegara sana y salva, con usted nunca se sabe —respondió él.
Valerie frunció el ceño. Lo decía en serio. El muy…
—No era necesario que me acompañara hasta la puerta, no me voy a perder —dijo en tono sarcástico.
—Yo no estaría tan seguro de ello —aseveró Aston.
—¡Es usted insufrible! —exclamó Valerie, incapaz de contener la frustración que había comenzado a burbujear de nuevo en su interior.
Una ceja oscura se elevó en el rostro de Aston.
—Y usted, una imprudente —replicó con calma, aunque Valerie pudo detectar un ligero temblor en su voz, como si estuviera haciendo un esfuerzo monumental para mantener el control.
—¡Y usted exasperante! —continuó ella, dando un pequeño paso hacia él, empujada por una emoción que no podía nombrar del todo.
—Y usted, una obstinada —respondió Aston. Su voz descendiendo a un tono más grave, más íntimo—. ¡Y deje de morderse el labio! ¡Me está volviendo loco!
Valerie ni siquiera tuvo tiempo de registrar la orden cuando el mundo a su alrededor pareció detenerse.
Con un movimiento rápido y ágil, Aston acortó la distancia entre ellos. Una de sus manos se deslizó hasta su nuca, enredándose en las ondas de su pelo, mientras la otra se posaba firmemente en su cintura. Y entonces, sus labios estaban sobre los de ella.
No fue un beso tentativo, ni dulce, ni exploratorio. Fue una tormenta desatada tras demasiado tiempo contenida. Fue fuego y hielo, furia y deseo, todo mezclado en una explosión de sensaciones que atravesó a Valerie como un rayo.
Los labios de Aston eran firmes, pero sorprendentemente suaves, y se movían sobre los suyos con una intensidad que le robó el aliento.
Su barba de un día raspaba deliciosamente contra la piel sensible alrededor de su boca, enviando pequeñas descargas eléctricas a través de su cuerpo. El aroma de su colonia (exclusiva, con notas de cedro y cuero) la envolvió, embriagándola casi tanto como el beso mismo.
En un primer momento, Valerie se quedó paralizada por la sorpresa.
Pero entonces, como si un interruptor se hubiera activado dentro de ella, sus manos cobraron vida propia.
Una se aferró al cuello de la camisa de Aston, tirando de él hacia ella, mientras la otra se deslizaba hacia su cuello.
Sus dedos se hundieron en el pelo corto y sorprendentemente suave de su nuca.
Y respondió al beso con igual ferocidad, abriendo sus labios para él, dejando que su lengua se encontrara con la suya en una danza primitiva que nada tenía que ver con la razón o la lógica. Era puro instinto, pura necesidad, algo que había estado creciendo entre ellos desde tiempo atrás.
Aston gruñó contra su boca, un sonido bajo y gutural que reverberó a través del cuerpo de Valerie, encendiendo fuegos en lugares que no sabía que podían arder así.
La mano en su cintura se deslizó hacia la parte baja de su espalda, presionándola más contra él, hasta que cada centímetro de su cuerpo parecía estar en contacto con el suyo, separados únicamente por capas de tela que de repente parecían demasiado gruesas, demasiado molestas.
El mundo a su alrededor se esfumó.
No existía la calle, ni el coche esperando discretamente a unos metros, ni los ocasionales transeúntes que pasaban junto a ellos. Solo existía ese momento, ese beso que parecía desafiar todas las leyes de la física, expandiendo y contrayendo el tiempo a voluntad.
Valerie sintió que sus rodillas se debilitaban, y si no hubiera sido por las manos firme de Aston agarrándola, podría haberse caído. Cada nervio en su cuerpo estaba vivo, electrificado, respondiendo a un nivel de deseo que nunca había experimentado antes. Ni siquiera con Marcus.
Cuando finalmente se separaron, fue solo por la necesidad imperiosa de coger aire.
Los ojos de Valerie permanecieron cerrados durante un segundo más, prolongando la sensación embriagadora que la recorría de pies a cabeza.
Al abrirlos, se encontró con la intensa mirada de Aston. Sus ojos azules, normalmente fríos como el hielo ártico, ardían con un fuego que la dejó sin aliento. Su mirada se había oscurecido hasta parecer casi negra, con las pupilas dilatadas por el deseo.
La respiración de ambos era entrecortada, sus pechos subían y bajaban al unísono y pequeñas nubes de vapor se formaban en el aire fresco de la noche neoyorquina.
Se miraron en silencio, aún demasiado cerca.
Sus alientos se mezclaban en el pequeño espacio entre sus bocas.
El pulgar de Aston acarició suavemente el labio inferior de Valerie, un gesto sorprendentemente tierno que contrastaba con la ferocidad del beso que acababan de darse.
Durante un instante, pareció que iba a decir algo. Sus labios se separaron ligeramente, pero luego volvieron a cerrarse, como si las palabras fueran insuficientes para expresar lo que acababa de suceder entre ellos.
El tiempo parecía haberse suspendido sobre sus cabezas, como si el universo contuviera la respiración, esperando a ver qué sucedería a continuación.
Y en ese momento, con el sabor de Aston aún en sus labios y su cuerpo todavía vibrando por su toque, Valerie tragó saliva, repentinamente consciente de que estaban en plena calle, frente a su edificio, expuestos a la vista de cualquier persona que pasase.
Y, sin embargo, no podía alejarse de él.
No podía dejar de mirarlo.
Su cuerpo parecía magnetizado, incapaz de separarse más allá de esos pocos centímetros que les permitían respirar.