CAPÍTULO 38
El silencio dentro del Mercedes Maybach Pullman era tan denso que casi podía tocarse con los dedos.
Valerie tenía la sensación de que hasta el más mínimo sonido (el crujido del cuero al moverse, el susurro de la tela al rozar) resultaba amplificado en aquel espacio hermético.
Nueva York desfilaba tras los cristales tintados: un espectáculo de luces, sombras y siluetas que parecía ocurrir en una dimensión paralela, ajena a la tensión que reinaba en el interior del vehículo.
Aston permanecía sentado frente a ella.
Su postura era rígida, su mandíbula estaba tensa como la cuerda de un violín a punto de romperse, y sus ojos ardían con una intensidad que Valerie encontraba difícil de sostener.
No había pronunciado una sola palabra desde aquella orden breve que las había hecho subir al coche, pero su silencio gritaba más que cualquier discurso.
A su lado, Dee se retorcía discretamente los dedos. Un gesto que Valerie sabía que era por nerviosismo, aunque su amiga rara vez se sentía intimidada por nada ni nadie. En aquel momento, sin embargo, lanzaba miradas furtivas a Aston con una mezcla de curiosidad, admiración y cierto temor.
Finalmente, cuando el silencio amenazaba con volverse insoportable, Aston giró ligeramente la cabeza hacia Dee. El movimiento, aunque sutil, pareció romper un hechizo.
—¿Dónde vive usted, señorita...? —preguntó con voz grave y controlada.
—Dee. Deanna Watts —respondió ella rápidamente. Su tono oscilaba entre el nerviosismo y la fascinación—. Vivo en Williamsburg, en Bedford Avenue, cerca del Metropolitan.
Aston asintió brevemente y dirigió una mirada hacia el cristal que separaba el compartimento trasero del conductor.
—Lexe, primero a Bedford, por el Metropolitan —ordenó, con una calma que contrastaba con la tensión evidente en cada músculo de su cuerpo.
—Sí, señor —respondió Lexe desde el asiento del conductor, ajustando la dirección con un giro suave que apenas se percibió dentro del vehículo.
El coche modificó su trayectoria, dirigiéndose hacia el puente que los llevaría a Brooklyn. El silencio volvió a instalarse, aunque ligeramente menos opresivo.
Dee se aclaró la garganta, intentando reunir el valor para hablar.
—Esto... gracias —dijo finalmente. Su voz también sonaba inusualmente pequeña en el espacioso interior del vehículo—. Por… rescatarnos de ese tipo.
Aston la miró un instante, con una expresión que Valerie no pudo descifrar por completo. ¿Sorpresa? ¿Inspección? Lo que fuera, desapareció tan rápido como había surgido.
—No hay nada que agradecer —respondió en tono neutro, como si lo que hubiera hecho formara parte de su rutina diaria.
Dee asintió, aparentemente insegura de cómo continuar la conversación.
Lanzó una mirada de auxilio a Valerie, pero ella estaba tan desconcertada como su amiga. ¿Cómo había aparecido Aston justo en ese momento? ¿Por qué estaba tan enfadado? Las preguntas se agolpaban en su mente, pero ninguna encontraba el camino hacia sus labios.
El resto del trayecto a Williamsburg transcurrió en un silencio ocasionalmente interrumpido por las indicaciones que Dee daba para llegar exactamente a su edificio.
Cuando finalmente el imponente vehículo se detuvo frente a una construcción reformada con la fachada pintada de granate (uno de tantos almacenes reconvertidos en apartamentos en el barrio), Dee pareció aliviada y reticente a partes iguales a abandonar aquella extraña situación.
—Es aquí —confirmó, señalando la entrada iluminada con un farolillo.
Lexe salió del coche con movimientos elegantes y precisos para abrirle la puerta. Dee se volvió hacia Valerie, inclinándose para darle un beso en la mejilla.
—Ya hablaremos —murmuró contra su oído, en un tono que prometía un exhaustivo interrogatorio en cuanto tuviera ocasión. Y se separó, dedicándole una mirada silenciosa.
—Gracias de nuevo —añadió en voz más alta, dirigiéndose a Aston, mientras se deslizaba fuera del vehículo—. Y buenas noches.
Aston respondió con un gesto casi imperceptible de la cabeza.
Cuando la puerta se cerró tras Dee, el silencio dentro del coche pareció intensificarse, como si la presencia de su amiga hubiera estado actuando como un amortiguador entre Valerie y la furia contenida de Aston.
—¿Su dirección sigue siendo la misma, señorita Scott? —preguntó Lexe desde el asiento delantero. Su voz profesional rompió momentáneamente la tensión.
Valerie parpadeó, como saliendo de un trance, y se dio cuenta de que había estado mordisqueándose el labio inferior.
—Eh, sí... Upper West Side, en la 76 con Columbus —le recordó a Lexe, agradecida por tener algo que decir, aunque solo fuera su dirección.
El coche se puso en marcha de nuevo, deslizándose por las calles de Brooklyn de regreso a Manhattan.
El puente de Williamsburg se extendió ante ellos. Sus luces se reflejaban en las aguas oscuras del East River. En otro contexto, con otra compañía, habría sido una vista romántica. Pero en aquel momento era todo menos romántico.
—Deje de morderse el labio.
La voz de Aston, grave y con un matiz que Valerie no había escuchado antes, la sobresaltó. No había sido una petición; había sido una orden.
Y, sin embargo, había algo en la forma en que la miraba (sus ojos fijos en su boca, un destello de algo primitivo en sus pupilas) que hizo que un escalofrío recorriera su columna vertebral.
Instintivamente, liberó su labio inferior de entre sus dientes, consciente de la humedad en él, de la ligera hinchazón provocada por su nervioso mordisqueo.
Tragó saliva, intentando reorganizar sus pensamientos.
—Yo... gracias —dijo finalmente. Las palabras salieron apresuradamente—. Por defendernos. Ese hombre estaba...
—¿Sabe lo que podría haber pasado? —la interrumpió Aston. Su voz salía controlada, pero vibrando con una intensidad que la hizo encogerse ligeramente—. ¿Tiene idea de lo que ese hombre podría haberles hecho si yo no hubiera aparecido en ese preciso momento?
Valerie parpadeó un par de veces, desconcertada por la repentina explosión. Por un instante se preguntó si ese era el mismo Aston Cavendish que conocía, el hombre de hielo con expresiones cuidadosamente controladas y palabras medidas.
—Nosotras intentamos...
—¿Qué hacíais en esa parte de la ciudad a estas horas? —continuó él, como si no la hubiera oído—. Y solas. Sin ningún tipo de protección. ¿Tiene idea de lo peligroso que es?
La confusión inicial de Valerie comenzó a transformarse en indignación.
¿Protección? ¿A qué se refería exactamente?
¿Acaso se pensaba que todo el mundo podía pagarse un par de guardaespaldas?
Además, no estaban en una zona particularmente peligrosa, y aunque habían pasado miedo, no entendía por qué Aston reaccionaba como si hubieran cometido una imprudencia temeraria.
—Mire, agradezco que haya intervenido, de verdad, pero no puede hablarme como si fuera una niña irresponsable —dijo, encontrando finalmente su voz—. Ese hombre empezó a molestarnos dentro del bar, intentamos quitárnoslo de encima, pero decidió seguirnos. No fue nuestra culpa.
Aston la miró como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.
—Precisamente porque no es una niña debería ser consciente de los peligros.
Sobre todo en una ciudad como Nueva York —replicó con dureza—.
Un hombre os acosa en un bar y ¿vuestra solución es salir a la calle?
¿Sin pedir ayuda al personal del local? ¿Sin llamar a un taxi para que os recogiera en la misma puerta?
Valerie sintió que el calor le subía a las mejillas. Una parte de ella reconocía que Aston tenía un punto de razón (solo un punto), pero su tono condescendiente y acusatorio estaba sacándola de sus casillas. Él no era nadie en su vida para echarle la bronca.
—No necesito que me dé lecciones sobre cómo moverme por la ciudad en la que he vivido toda mi vida —respondió. Su voz tembló ligeramente por la emoción—. Y, sinceramente, no entiendo por qué está tan enfadado. ¿No debería estar enfadado con el tipo que nos ha acosado, en lugar de con nosotras?
Los ojos de Aston se estrecharon peligrosamente.
—Le aseguro que estoy mucho más cabreado con él.
De hecho, con gusto le hubiera arrancado la cabeza —dijo con una vehemencia que hizo que Valerie se preguntara exactamente qué le había susurrado al hombre para hacerlo huir de aquella manera—.
Pero eso no elimina el hecho de que vuestra imprudencia os puso en peligro —continuó—.
Un peligro que podría haberse evitado con un mínimo de precaución.
—¿Imprudencia? —repitió Valerie. La indignación ganó terreno en su interior—.
¿Cree que es imprudente salir con una amiga a divertirse?
¿Tomar algo en un bar? ¿Caminar por las calles de Nueva York?
Disculpe, pero no puedo vivir mi vida escondida por miedo a que algún imbécil decida que tiene derecho a acosarme.
Aston la miró como si no pudiera creer lo que estaba oyendo.
—No se trata de vivir escondida —respondió con impaciencia—. Se trata de tomar precauciones básicas. De ser consciente del entorno. De tener un plan B por si las cosas se complican. De llevar un espray de pimienta. De...
—¡Ya no soy una niña! —exclamó Valerie, interrumpiéndolo. Su voz resonó en el interior del vehículo, sorprendiéndola incluso a ella misma por su ímpetu—. No necesito que me digan cómo debo comportarme o a dónde puedo ir. ¡Joder, tengo veintiséis años!
Un destello de algo, tal vez frustración, cruzó el rostro de Aston tan rápido que Valerie no estuvo segura de haberlo visto realmente. Cuando habló de nuevo, su voz era engañosamente suave.
—La edad no siempre trae consigo el buen juicio, señorita Scott.
La formalidad con la que pronunció su apellido fue como una bofetada.