CAPÍTULO 37 #2
Dio un paso más hacia el hombre, quien, a pesar de su embriaguez, pareció sentir instintivamente que se encontraba frente a alguien peligroso.
—Te sugiero que te largues —continuó Aston—. Ahora.
El hombre, en lo que probablemente fue la decisión más estúpida de la noche (y de su vida), eligió ese momento para adoptar una postura aún más agresiva.
—¿Y si no quiero? —lo desafió, hinchando el pecho—. ¿Qué vas a hacer, niño bonito con traje caro? ¿Llamar a papá?
Valerie vio cómo algo cambiaba en los ojos de Aston. Un destello frío, oscuro, que hizo que se preguntara quién era realmente el hombre detrás de la fachada de empresario implacable.
—No —respondió Aston. Su voz se convirtió en un susurro mortífero—. Lo que haré será esto.
Se acercó aún más, hasta que estuvo a centímetros del rostro del hombre, y comenzó a hablar en voz tan baja que Valerie apenas podía distinguir las palabras.
Lo que fuera que estuviera diciendo tuvo un efecto inmediato: el color abandonó gradualmente el rostro del hombre, cuya actitud desafiante se desmoronó como un castillo de naipes bajo una tormenta.
Cuando Aston terminó de hablar, dio un paso atrás, y su rostro compuso nuevamente una máscara de fría indiferencia.
—¿He sido claro? —preguntó, con el tono de quien sabe perfectamente que lo ha sido.
El hombre asintió enérgicamente, y su anterior bravuconería se evaporó por completo.
—S-sí —balbuceó—. Perfectamente claro. Yo... yo ya me iba.
—Excelente decisión —respondió Aston, con una sonrisa glacial—. Y si alguna vez te vuelvo a ver cerca de estas chicas, o si llego a saber que las has molestado de cualquier manera... te aseguro que no querrás descubrir lo que pasará entonces.
No hizo falta más. El hombre retrocedió varios pasos, casi tropezando con sus propios pies, antes de darse la vuelta y salir corriendo calle abajo como si todos los demonios del infierno lo persiguieran.
Valerie y Dee permanecieron inmóviles, procesando lo que acababa de ocurrir.
El alivio de verse libres de su acosador se mezcló con un nuevo tipo de tensión al encontrarse repentinamente frente a un Aston Cavendish claramente enfadado.
Cuando se volvió hacia ellas, su expresión estaba lejos de ser la de un caballero de brillante armadura satisfecho tras rescatar a dos damiselas en apuros. Sus ojos, normalmente fríos y calculadores, ardían con una ira apenas contenida que hizo que Valerie se encogiera instintivamente.
¿Qué le pasaba?
—Subid al coche. Ahora —ordenó en un tono que no admitía ninguna réplica ni ninguna pregunta.
Valerie intercambió una mirada rápida con Dee, quien parecía dividida entre el asombro y la cautela.
Sin decir palabra, ambas se dirigieron hacia el vehículo cuya puerta trasera permanecía abierta, como la boca de alguna criatura fantástica.
Al acercarse, Valerie pudo apreciar mejor el automóvil. No era un coche cualquiera; era una bestia de metal pulido y líneas elegantes que gritaba exclusividad y poder. Un Mercedes Maybach Pullman, si no se equivocaba, aunque sus conocimientos sobre vehículos de ultra lujo eran limitados.
Al subir, el interior confirmó sus sospechas sobre la naturaleza excepcional del vehículo.
No era simplemente el asiento trasero de un coche; era un pequeño salón de opulencia.
Asientos de cuero de color crema dispuestos como en una limusina, dos enfrentados a otros dos, separados por suficiente espacio para estirar cómodamente las piernas.
La iluminación ambiental, suave y tenue, creaba una atmósfera que en otras circunstancias habría resultado acogedora, pero que ahora solo servía para intensificar la tensión que flotaba en el aire.
Valerie y Dee tomaron asiento juntas en uno de los lados, mientras Aston entraba después y ocupaba uno de los asientos frente a ellas.
La puerta se cerró con un sonido amortiguado que pareció sellar su destino.
Desde el asiento del conductor, separado por una barrera de cristal parcialmente abierta, Valerie reconoció a Lexe. A pesar de la hora y la situación, su apariencia era tan impecable como siempre, con su traje negro sin una sola arruga y su expresión formal y neutra.
—Buenas noches, Lexe —lo saludó.
Su voz se escuchaba extrañamente pequeña en el silencioso interior del vehículo.
—Buenas noches, señorita Scott —respondió él con educación.
Sus ojos se encontraron brevemente con los de ella a través del espejo retrovisor, antes de volver a centrarse en la carretera.
El motor ronroneó suavemente mientras el coche se incorporaba al tráfico de Manhattan. Dentro del habitáculo, el silencio era tan denso que podría haberse cortado con un cuchillo.
Valerie tragó saliva, sintiendo la garganta seca.
Se atrevió a mirar a Aston y casi deseó no haberlo hecho.
Su postura era rígida, los hombros estaban tensos bajo el impecable traje, y su mandíbula tan apretada que podía ver un pequeño músculo palpitando en su sien.
Sus ojos, fijos en algún punto más allá de la ventanilla, parecían estar conteniendo una tormenta.
A su lado, Dee estaba inusualmente quieta.
Valerie podía sentir la tensión en el cuerpo de su amiga, pero también algo más: una especie de fascinación atónita.
Sus ojos recorrían el interior del vehículo, deteniéndose en los detalles lujosos, en Lexe, y finalmente en Aston, a quien observaba como quien contempla un fenómeno natural peligroso pero hipnótico.
El silencio se prolongó, pesado y cargado de preguntas que nadie formulaba y palabras que nadie decía.
Valerie consideró romperlo, decir algo, cualquier cosa: un agradecimiento, una explicación, incluso una broma para aliviar la tensión. Pero cada vez que abría la boca, las palabras morían en su garganta ante la intensidad de la mirada de Aston.
Así que permanecieron en silencio, los tres, mientras el lujoso vehículo se deslizaba por las calles de Nueva York como un tiburón negro a través de aguas oscuras.
La ciudad pasaba como una serie de luces borrosas más allá de las ventanas tintadas, creando destellos que iluminaban ocasionalmente sus rostros, revelando expresiones congeladas en diversos estados de tensión.
Dee, incapaz de mantener su asombro para sí misma a pesar de la atmósfera que se respiraba, rozó discretamente el muslo de Valerie con la mano y le dirigió una mirada de reojo. Valerie solo pudo responder con una ligera sacudida de cabeza y un encogimiento casi imperceptible de hombros.
Pero nada de ese lujo podía suavizar la tensión que emanaba del hombre sentado frente a ellas. Aston, con su traje perfecto y su furia silenciosa, parecía llenar el espacio no solo con su presencia física sino con algo más, algo intangible pero igualmente abrumador.
Poder.
Control.
Y una seguridad en sí mismo tan absoluta que resultaba casi intimidante.