La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

La noche se había refrescado bastante cuando Valerie y Dee salieron del bar.

Una suave brisa nocturna las recibió, trayendo consigo el aroma característico de las calles de Nueva York: una extraña mezcla de asfalto húmedo, comida callejera y ese indefinible olor urbano que solo las grandes ciudades poseen.

—Bueno, esta noche ha sido... revitalizante —dijo Valerie, inhalando profundamente mientras se ajustaba la cazadora.

El aire fresco resultaba agradable después del calor y la densidad del ambiente dentro del bar.

—Te lo dije —respondió Dee con una sonrisa de satisfacción, comprobando su teléfono—. A veces solo necesitas una noche de baile, unos cócteles y charlas profundas para recordar que existe un mundo más allá de las hojas de cálculo y las facturas médicas.

Valerie sonrió, sintiéndose más ligera que cuando habían entrado en el bar unas horas antes.

A pesar del altercado con el hombre ese, la noche había resultado ser exactamente lo que necesitaba: un respiro, un paréntesis en la montaña rusa emocional que se había convertido su vida.

—Gracias, Dee —dijo con sinceridad, enlazando su brazo con el de su amiga mientras echaban a andar por la acera—. Tenías razón. Necesitaba esto.

—Por supuesto que tenía razón —replicó Dee—. Siempre la tengo. Es mi otro superpoder, además de conocer a todos los porteros de los bares de moda de la ciudad.

Valerie rio, sacudiendo la cabeza ante el incorregible carácter de su amiga.

La calle estaba relativamente tranquila para ser un viernes por la noche en el SoHo; los grupos de noctámbulos parecían haberse concentrado en otras zonas o dentro de los locales.

Unas pocas parejas pasaban a su lado, y algunos taxis circulaban buscando potenciales clientes entre los que, como ellas, terminaban su noche.

—¿Pedimos un Uber? —preguntó Dee, volviendo a mirar su teléfono—. Parece que hay varios a unos cinco minutos de aquí.

Valerie afirmó con la cabeza, aunque una parte de ella estaba disfrutando del paseo nocturno.

—Sí, será lo mejor —respondió—. No sé tú, pero a mí estos tacones están empezando a pasarme factura. No termino de acostumbrarme nunca.

Estaban tan absortas en la conversación y en la búsqueda de transporte que no notaron la figura que emergió de las sombras unos metros detrás de ellas. No fue hasta que una voz familiar, notablemente más rasposa, rompió la relativa calma de la noche.

—Mirad quiénes están aquí. Las princesas demasiado buenas para bailar conmigo.

Un escalofrío recorrió la espalda de Valerie al reconocer la voz. Se giró lentamente, con Dee imitando su movimiento, para encontrarse con el mismo hombre del bar.

Su aspecto era aún más desaliñado, con la camisa parcialmente desabrochada y el pelo despeinado. Sus ojos mostraban un brillo peligroso, mezcla de alcohol y algo más oscuro que hizo que las alarmas se dispararan en la mente de Valerie.

—¿Nos está siguiendo? —murmuró Dee entre dientes. Su voz sonaba tensa—. ¿Qué demonios le pasa a este tío?

—Ignóralo —respondió Valerie en voz baja, tirando del brazo de Dee para continuar caminando—. Solo sigue andando y pide ese Uber ya mismo.

Aceleraron el paso, pero el sonido de zapatos sobre el pavimento les indicó que el hombre las seguía. Con cada segundo que pasaba, la distancia entre ellos parecía acortarse.

—¡Hey! ¡No me ignoréis, zorras! —gritó. Su voz resonó en la calle semidesierta—. Solo quiero hablar. ¿Es mucho pedir?

Valerie sintió cómo el miedo comenzaba a asentarse en su estómago, pesado y frío.

Miró a su alrededor, buscando algún establecimiento abierto donde pudieran refugiarse, algún grupo de personas al que pudieran unirse. Pero la calle parecía haberse vaciado repentinamente, como si el universo estuviera conspirando para dejarlas solas con aquel individuo cada vez más amenazante.

—Está borracho —susurró a Dee, acelerando aún más el paso—. Y creo que algo más que borracho.

—¿Dónde está ese maldito Uber? —masculló Dee, mirando nerviosamente su teléfono mientras caminaban a paso rápido.

El hombre, irritado por la forma en que lo estaban ignorando, aumentó también su velocidad.

Antes de que pudieran reaccionar, se había colocado frente a ellas, bloqueándoles el paso.

Su rostro, ya claramente visible bajo la luz de una farola, mostraba una expresión que hizo que a Valerie se le helara la sangre.

—Solo quiero ser amable —dijo el hombre, arrastrando las palabras y extendiendo los brazos en un gesto que pretendía ser conciliador, pero que resultaba amenazante—. ¿Por qué os estáis haciendo las difíciles?

—Apártate —dijo Dee con firmeza, aunque Valerie pudo detectar un ligero temblor en su voz—. Estás borracho y nosotras solo queremos irnos a casa.

El hombre soltó una risa seca.

—La noche es joven, preciosas —respondió, dando un paso hacia ellas—. Podríamos divertirnos mucho los tres juntos. Tengo un piso cerca...

—No nos interesa —interrumpió Valerie, intentando que su voz sonara más firme de lo que en realidad sentía—. Por favor, déjanos pasar.

Intentaron rodearlo, pero el hombre se movió para bloquearles el paso nuevamente. Aquella vez, en un movimiento rápido que tomó a ambas por sorpresa, alargó el brazo y agarró a Dee por la muñeca.

—¡Vamos, no seáis así! —exclamó, tirando de ella hacia él—. Solo un trago más. Os prometo que seré un caballero.

—¡Suéltala! —gritó Valerie, aferrándose al otro brazo de Dee e intentando liberarla del agarre del hombre.

Dee reaccionó por instinto, lanzando un manotazo que impactó directamente en la mejilla del hombre.

—¡No me toques, imbécil! —exclamó con rabia.

El golpe, aunque no fue muy fuerte, fue suficiente para que él la soltara, más por la sorpresa que por el dolor. Sus ojos se entrecerraron peligrosamente, y por un momento, Valerie temió que respondiera con violencia.

—Maldita perra —gruñó, tocándose la mejilla enrojecida—. ¿Quién te crees que eres?

—Alguien que sabe defenderse —respondió Dee, retrocediendo para colocarse junto a Valerie—. Ahora, déjanos en paz antes de que llame a la policía.

Sacó su teléfono como para enfatizar la amenaza, pero el hombre, en lugar de amedrentarse, soltó una carcajada desagradable.

—¿La policía? —se mofó—. ¿Y qué les vas a decir? ¿Que un hombre amable quiere invitaros a tomar algo? No habéis visto nada todavía, cariño.

El tono con el que pronunció la última palabra envió un escalofrío por la espina dorsal de Valerie. Aquel hombre no estaba jugando, y la situación se estaba volviendo cada vez más peligrosa.

—Vámonos —murmuró a Dee, tirando de su brazo para cruzar la calle, esperando encontrar una vía de escape.

Pero el hombre, sorprendentemente ágil a pesar de su estado, se movió rápidamente para interceptarlas nuevamente. Su mirada se centró en Valerie.

—Tú eres la calladita, ¿eh? —dijo, acercándose tanto que ella pudo oler el alcohol en su aliento—. Las calladitas son siempre las que esconden más sorpresas.

Antes de que Valerie pudiera reaccionar, sintió la mano del hombre aferrándose a su antebrazo con la fuerza suficiente para dejarle marca.

—¿Qué tal si tú y yo nos vamos a un lugar más privado? Tu amiga puede venir si quiere, o puede irse a casa a jugar con sus muñecas.

—¡Suéltame! —exclamó Valerie, intentando liberarse del doloroso agarre.

—¡Déjala en paz, cabrón! —gritó Dee, empujando al hombre con toda la fuerza que pudo reunir.

El empujón lo hizo tambalearse ligeramente, aflojando su agarre lo suficiente para que Valerie pudiera soltarse. Pero en lugar de retroceder, el hombre pareció enfurecerse más.

—¿Sabéis que os pasa a las zorras como vosotras? —espetó, con una expresión que había perdido cualquier rastro de falsa amabilidad—. Que os creéis demasiado buenas para cualquiera, cuando en realidad no sois más que un par de pu...

Lo que fuera a decir quedó interrumpido por el sonido de un potente motor que se acercaba a toda velocidad.

Valerie, Dee y el hombre se volvieron instintivamente hacia el origen del ruido, justo a tiempo para ver cómo un imponente coche de alta gama oscuro frenaba bruscamente junto a la acera, con un chirrido de neumáticos que pareció rasgar el aire de la noche.

Durante un segundo, nadie se movió.

El vehículo, un enorme Mercedes Maybach Pullman negro de líneas elegantes y carrocería intimidante, salió de la nada.

La puerta trasera del coche se abrió con un movimiento fluido, y Valerie contuvo el aliento en la garganta al ver quién emergía del interior.

Aston Cavendish.

Pareció materializarse como una aparición, como si el universo hubiera respondido a una plegaria no formulada.

Vestía un traje de tres piezas de color carbón.

Estaba impecable a pesar de la hora intempestiva.

Su rostro, perfectamente cincelado y usualmente inexpresivo, mostraba algo que Valerie nunca había visto en él: una furia fría y controlada que resultaba infinitamente más aterradora que cualquier explosión de rabia.

Se movió con la gracia fluida de un depredador, con pasos medidos y precisos mientras se acercaba a ellas.

Sus ojos, duros como el acero, se posaron brevemente en Valerie y Dee, evaluando en una fracción de segundo si estaban heridas, antes de centrarse por completo en el hombre que las había estado acosando.

—¿Hay algún problema aquí? —preguntó con una voz engañosamente suave, pero cargada de una autoridad que hizo que el aire alrededor pareciera crepitar con tensión.

El hombre, momentáneamente desconcertado por la repentina aparición, se recompuso rápidamente y adoptó una postura desafiante.

—Nada que te importe, amigo —respondió, arrastrando ligeramente las palabras—. Solo estamos teniendo una conversación privada, así que ¿por qué no te largas por donde has venido?

Aston sonrió. No fue una sonrisa agradable. Fue el tipo de sonrisa que un lobo podría dirigir a un conejo estúpido que acababa de sugerir un duelo.

—Me temo que eso no va a ser posible —respondió con calma—. Verás, estas damas son conocidas mías, y parece que no están disfrutando de tu... conversación. Ni compañía.