La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 36 #2
58%

CAPÍTULO 36 #2

—Es hora de bailar —declaró Dee, ignorando su advertencia y tomándola de la mano—. Y no aceptaré un no por respuesta.

Antes de que pudiera protestar, Valerie se encontró en medio de la pista de baile, rodeada de gente en movimiento y envuelta en una nube de perfumes mezclados.

Al principio se movió con rigidez, demasiado consciente de sí misma, pero poco a poco, alentada por la sonrisa de Dee y ayudada por el efecto desinhibidor del alcohol, comenzó a dejarse llevar por el ritmo.

Fue como si algo se descongelara dentro de ella.

El movimiento, la música, las luces... todo se combinó para crear un momento de liberación que no sabía que necesitaba tan desesperadamente.

Durante unos minutos, no era la hija de un hombre enfermo de cáncer, ni la hermana mayor responsable, ni la trabajadora agotada. Era solo Valerie, una chica de veintiséis años bailando con su mejor amiga un viernes por la noche.

—¡Esa es mi chica! —gritó Dee por encima de la música, girando alrededor de ella con movimientos fluidos.

Valerie rio, con un sonido auténtico y despreocupado que hacía tiempo que no escuchaba salir de su propia garganta. Se sintió ligera, casi eufórica, como si hubiera dejado una carga invisible en algún punto del trayecto entre su piso y aquella pista de baile.

Estaban en medio de la canción Blinding Lights de The Weeknd cuando Valerie sintió una presencia a su espalda, demasiado cerca para su comodidad.

Se giró para encontrarse con un hombre de unos treinta y tantos años, vestido con una camisa demasiado ajustada que parecía gritar «miradme». Su rostro, atractivo de una manera convencional, mostraba una confianza excesiva en sus posibilidades.

—Hola, preciosa —dijo, inclinándose hacia ella para hacerse oír por encima de la música—. Te he estado observando, bailas muy bien.

Valerie retrocedió instintivamente, creando un poco de espacio entre ellos.

—Gracias —respondió escuetamente, volviéndose hacia Dee con una mirada que pedía ayuda.

Dee captó la señal inmediatamente y se acercó, colocándose junto a Valerie en un claro gesto de solidaridad.

—Estamos teniendo una noche de chicas —le explicó Dee al hombre con una sonrisa educada pero firme—. Gracias por el interés.

El hombre, sin embargo, no parecía dispuesto a captar la indirecta. Amplió su sonrisa, revelando unos dientes perfectamente blanqueados. Demasiado blanqueados, quizás.

—Vamos, preciosa, solo un baile —insistió, dirigiéndose específicamente a Valerie y prácticamente ignorando a Dee—. Te prometo que no te arrepentirás.

—En serio, gracias, pero no —respondió Valerie, intentando mantener un tono cordial pero distante—. Solo queremos disfrutar de la noche.

—Una noche que sería mucho mejor con algo de compañía masculina —replicó él, dando un paso hacia adelante y colocando una mano en la cintura de Valerie.

Ella se tensó, apartando su mano con un movimiento firme.

—No estamos interesadas —dijo con más contundencia, sintiendo cómo la irritación comenzaba a reemplazar a la incomodidad inicial.

—Oh, vamos, no seas así —insistió él, sin perder la sonrisa—. Solo quiero charlar un poco, conocernos. Me llamo Brian.

—Y yo me llamo «No Interesada» —intervino Dee, colocándose entre el hombre y Valerie—. En serio, tío, captas las indirectas tan bien como un pez capta el concepto del fuego.

El hombre entrecerró los ojos, mirando a Dee como si acabara de notar su presencia.

—Estaba hablando con tu amiga —dijo, intentando rodearla para volver a acercarse a Valerie—. ¿Por qué no dejas que ella decida?

—Y yo estoy hablando contigo —respondió Dee, sin cortarse un pelo— Y mi amiga ya ha decidido —dijo, sin moverse—. Dos veces, de hecho. Pero parece que tienes problemas de comprensión o de oído.

Valerie tomó a Dee del brazo, incómoda con la situación que se estaba dando.

—Vamos a tomar algo más —sugirió, intentando alejarlas de la escena.

Pero mientras se giraban para marcharse, el hombre volvió a interponerse en su camino.

—Vamos, solo un baile —insistió. En aquella ocasión en un tono menos amable y más demandante—. No seas estirada.

Fue como si algo se rompiera dentro de Dee.

Valerie la conocía lo suficiente para reconocer los signos: la ligera elevación de su ceja izquierda, la forma en que se enderezó, la sonrisa peligrosa que apareció en sus labios. Dee iba a estallar.

—Disculpa —dijo Dee con una falsa dulzura que hizo que Valerie se preparara para lo que venía—.

¿Eres sordo o imbécil? Porque te estamos diciendo educadamente que no estamos interesadas desde hace diez minutos, y sigues aquí, invadiendo nuestro espacio personal, como un perro que no entiende que no debe comerse los zapatos.

El rostro del hombre se transformó, pasando de la confianza excesiva del principio a una especie de indignación ofendida en cuestión de segundos.

—¿Perdona? —balbuceó, dejando claro que no estaba acostumbrado a ese tipo de rechazo directo.

—Parece que es ambas cosas —continuó Dee, sin dar tregua—.

Sordo e imbécil. Una combinación verdaderamente letal para las interacciones sociales.

Mira, voy a explicártelo con palabras simples: No.

Estamos. Interesadas. Ni en bailar contigo, ni en hablar contigo, ni en respirar el mismo aire que tú, si podemos evitarlo.

Así que, por favor, lleva tu colonia excesiva y tu ego inflado a otra parte de este bar.

Valerie contuvo la respiración, dividida entre la admiración por la audacia de Dee y la preocupación por cómo reaccionaría el hombre. Alrededor de ellas, algunas personas habían comenzado a prestar atención a la escena.

El hombre miró a Dee con una mezcla de incredulidad y rabia, antes de dirigir su atención a Valerie.

—Tu amiga es una jodida perra —escupió.

—Y tú eres un acosador que no entiende un simple «no» —respondió Valerie, cansada de aquel tipo—. Así que, sí, prefiero estar con ella que contigo cualquier día de la semana.

Las personas cercanas que habían estado observando la escena comenzaron a murmurar entre sí, y algunas incluso asintieron en apoyo a Valerie y a Dee.

Superado en número, y expuesto, el hombre finalmente dio un paso atrás.

—Como queráis —murmuró, con un desdén mal disimulado—. Hay chicas mucho más agradables en este lugar.

—¡Buena suerte para que encuentres alguna! —gritó Dee mientras se alejaba—. ¡Y quizás deberías invertir en un audífono!

Cuando el hombre finalmente desapareció entre la multitud, Dee se volvió hacia Valerie.

—¿Estás bien? —preguntó. Su expresión de enfado fue reemplazada instantáneamente por preocupación.

Valerie afirmó con la cabeza, notando una extraña mezcla de alivio y adrenalina.

—Por fin —suspiró, pasándose una mano por el cuello—. Gracias. Yo nunca habría sido tan... contundente.

—Para eso están las amigas —respondió Dee con una sonrisa—. Para sacarte de fiesta y para espantar a imbéciles que no entienden el significado de la palabra «no».

—Creo que necesito otra copa después de esto —admitió Valerie, al sentir que el subidón de adrenalina comenzaba a disiparse.

—Secundo la moción —acordó Dee, enlazando su brazo con el de Valerie—. Y esta vez, busquemos una mesa un poco más apartada.

Encontraron un rincón relativamente tranquilo al fondo del local, con una pequeña mesa y sillones de terciopelo azul que ofrecían un oasis de calma en medio del bullicio del bar.

Dee fue a buscar las bebidas mientras Valerie se dejaba caer en uno de los sillones, sorprendida de lo agotador que podía ser divertirse después de tanto tiempo sin salir.

—Un «Dulce Venganza» para ti —anunció Dee al regresar, colocando frente a ella un cóctel de un vibrante color rojo—. El barman ha dicho que es perfecto para celebrar haberse librado de moscones pesados.

Valerie se echó a reír, tomando la copa.