CAPÍTULO 36
La vida de Valerie se había convertido en una rutina implacable: trabajo, casa, facturas, y vuelta a empezar.
Una especie de ruleta de hámster sin fin.
Los días se sucedían unos a otros en una monótona secuencia que solo variaba en la intensidad del cansancio que sentía al final de la jornada. Y poco más.
Era viernes por la tarde, y Valerie estaba sentada en el sofá, leyendo un libro, con una taza de café frío olvidada en la mesa auxiliar.
El sonido del timbre la sobresaltó, sacándola de golpe de la historia que tenía entre las manos.
Con un suspiro, se levantó y se dirigió a la puerta, sabiendo perfectamente quién estaba al otro lado.
—¡Sorpresa! —exclamó Dee con una sonrisa radiante al abrir. Su pelo estaba recogido en una coleta alta tirante, y llevaba un vestido corto de color burdeos que hacía resaltar su piel aceitunada—. ¡He venido a rescatarte de la monotonía!
Valerie no pudo evitar sonreír ante el entusiasmo contagioso de su amiga, a pesar del cansancio que pesaba sobre sus hombros.
—Dee, te dije que tenía que trabajar este fin de semana —respondió, haciéndose a un lado para dejarla entrar—. Tengo que terminar unos informes para el lunes y...
—Y yo te dije que necesitas un descanso antes de que tu cerebro explote y tengamos que recogerlo del techo con una espátula —interrumpió Dee, entrando al piso como un torbellino de energía y aromas florales—. Mira esas ojeras, pareces un oso panda.
Valerie se llevó instintivamente las manos a la cara, consciente de su aspecto desaliñado. Llevaba el pelo recogido en un moño descuidado, y vestía unos pantalones de chándal desgastados y una camiseta vieja de la universidad que había visto mejores días.
—Gracias por el cumplido —murmuró con ironía, cerrando la puerta tras su amiga—. Pero en serio, Dee, no estoy de humor para salir. No he dormido bien en días, y tengo tanto trabajo pendiente que...
Dee la interrumpió colocando un dedo sobre sus labios.
—Shhh, detente ahí mismo —dijo, con una seriedad exagerada—. ¿Sabes qué día es hoy?
—Viernes —respondió Valerie, arqueando una ceja.
—No es solo un viernes —dijo Dee, como si estuviera revelando un secreto de estado—. Es el séptimo aniversario de cuando nos conocimos en aquella horrible fiesta universitaria donde me salvaste de aquel tipo que no entendía el concepto de espacio personal.
Valerie recordó la escena con una sonrisa que emergió de sus labios de forma involuntaria.
—¿Llevamos la cuenta de eso? —preguntó, sorprendida.
—Por supuesto que sí —respondió Dee, fingiendo indignación—. Y la tradición dice que, en este día sagrado, las dos amigas deben salir, emborracharse moderadamente y quejarse de los hombres mientras bailan hasta que les duelan los pies.
—No recuerdo haber pactado esa tradición —replicó Valerie, aunque su tono se había suavizado.
Dee la miró fijamente, cambiando su expresión a una más seria.
—Val, llevas semanas sin salir de este apartamento excepto para ir al trabajo o al hospital —dijo, tomando sus manos—. No puedes dejar que todo lo que ha pasado te consuma por completo. Necesitas respirar, aunque sea por una noche.
Dee tenía razón, por supuesto.
Desde el diagnóstico de su padre y la ruptura con Marcus, había convertido su vida en una sucesión de responsabilidades y obligaciones, olvidándose de que también necesitaba momentos para sí misma.
—No sé, Dee —dudó—. No me siento cómoda saliendo a divertirme cuando mi padre está...
—Tu padre sería el primero en decirte que salgas y te diviertas. Además, pronto va a empezar el tratamiento experimental —interrumpió Dee en un tono suave—. De hecho, cuando hablé con él ayer...
—¿Hablaste con mi padre? —preguntó Valerie.
—Claro que sí —respondió Dee como si fuera lo más natural del mundo—. Sabes cuánto lo quiero. Lo llamé para ver cómo estaba y, casualmente, le mencioné que planeaba secuestrarte esta noche. ¿Y sabes qué me dijo?
Valerie negó con la cabeza.
—Dijo, y cito textualmente: «Por favor, saca a mi hija de ese apartamento antes de que se convierta en parte del mobiliario» —declaró Dee con una perfecta imitación del tono de Henry Scott—. «Esa chica necesita bailar y reír un poco, sobre todo desde que rompió con Marcus».
Valerie notó que una sonrisa se estaba formando en sus labios. Sonaba exactamente a algo que su padre diría. Sí, desde luego que sí.
—Está bien —accedió finalmente con un suspiro—. Una hora, dos como máximo.
—¡Sí! —exclamó Dee, dando pequeños saltos de emoción—. Ahora, vamos a convertirte en algo que no asuste a los niños pequeños.
Antes de que Valerie pudiera protestar, Dee la arrastró hacia la habitación y comenzó a hurgar en su armario con la determinación de un arqueólogo en busca de un tesoro perdido.
—¿En serio, Val? —preguntó, sosteniendo una blusa de flores de aire medieval—. ¿Cuántos años tienes, cincuenta y cinco?
—Es cómoda —se defendió Valerie, cruzándose de brazos.
—También lo es un pijama de franela, pero no lo llevarías a un bar —replicó Dee, descartando la prenda—. Ah, esto está mejor.
Sacó un vestido negro ajustado que Valerie había olvidado que tenía. Era un vestido que había comprado para la fiesta de empresa del año pasado y que solo había usado una vez.
—No sé, Dee —dudó, mirando la prenda con escepticismo—. Es un poco...
—Perfecto —terminó su amiga con firmeza—. Es elegante, sexy sin ser excesivo, y te hace parecer la mujer poderosa y segura de sí misma que eres cuando no estás escondida bajo capas de preocupación.
Valerie cogió el vestido, sintiendo la suave tela entre sus dedos. Hacía tanto tiempo que no pensaba en sí misma como algo más que la hija de un paciente con cáncer, la hermana mayor responsable, la novia protectora, la empleada eficiente...
—De acuerdo —dijo—. Pero si vamos a hacer esto, necesito una ducha primero.
—¡Esa es mi chica! —celebró Dee, empujándola hacia el baño—. Yo mientras tanto seguiré buscando accesorios. ¡Esta noche vamos a triunfar!
Una hora y media después, Valerie apenas se reconocía en el reflejo del espejo. El vestido negro realzaba unas curvas que había olvidado que tenía bajo los trajes de chaqueta y los pantalones anchos.
Dee había insistido en maquillarla, aplicando sombras sutiles que hacían que sus ojos castaños parecieran más grandes y expresivos. Y su pelo, generalmente recogido, caía en ondas suaves sobre sus hombros.
—Joder —murmuró, girando ligeramente para verse desde otro ángulo—. Casi parece que sé lo que estoy haciendo.
—Pareces una diosa —declaró Dee con satisfacción—. Una diosa que necesita desesperadamente una copa y algo de música.
El taxi las dejó frente a un local en el SoHo cuya modesta fachada contrastaba con la vibrante energía que emanaba de su interior.
The Velvet Room , rezaba un pequeño letrero de neón azul sobre la entrada.
Una fila de personas vestidas con elegancia esperaba para entrar, pero Dee, con la confianza de alguien que conoce todos los secretos de la ciudad, saludó al portero por su nombre y las condujo directamente al interior.
—¿Cómo es que conoces a todo el mundo? —preguntó Valerie, mientras se abrían paso entre la multitud.
—Es mi superpoder —respondió Dee con un guiño—. Eso, y mi capacidad para detectar el bar más cercano en cualquier situación de emergencia.
Valerie se echó a reír.
El interior del local era una maravilla, con una iluminación tenue que alternaba con destellos de luz azulada, música lo suficientemente alta para sentirla vibrar en el pecho, pero no tanto como para impedir mantener una conversación, y una decoración que mezclaba elementos vintage con toques modernos.
—Vamos a por una copa —sugirió Dee, tomando a Valerie de la mano—. Y luego, cuando el alcohol haya disuelto esa capa de tensión que llevas encima, bailaremos hasta que te olvides de tu nombre.
Se abrieron paso hasta la barra, donde Dee pidió dos cócteles con nombres que Valerie nunca había escuchado.
Mientras esperaban, Valerie observó lo que había a su alrededor con una mezcla de curiosidad y ligera incomodidad.
Había pasado tanto tiempo desde la última vez que había salido de fiesta que se sentía como una extraña en un país extranjero, insegura de las costumbres locales.
—Relájate —dijo Dee, notando su tensión—. Solo estamos aquí para divertirnos un poco. No hay expectativas, no hay presiones. Solo tú, yo, y la promesa de una resaca de moderada a grande mañana.
Valerie soltó una risa sonora, viendo cómo parte de la tensión inicial abandonaba sus hombros.
—Gracias, Dee —dijo sinceramente—. Probablemente lo necesitaba más de lo que quería admitir.
—Para eso estamos las amigas —respondió Dee, levantando su copa recién servida—. Por nosotras, y por una noche sin números, hospitales o responsabilidades. Ah, y sin jefes mandones —añadió.
—Por nosotras —sonrió Valerie, chocando suavemente su copa con la de su amiga.
El primer sorbo del cóctel envió una onda de calor por su garganta, seguida de notas frutales y un toque de especias. Era fuerte, pero delicioso.
—¿Qué es esto exactamente? —preguntó, mirando el líquido ambarino con curiosidad.
—Un «Olvida tus Problemas» —respondió Dee con una sonrisa traviesa—. Al menos así lo ha bautizado el barman cuando le conté un poco sobre nuestra situación.
—Suena prometedor —comentó Valerie, tomando otro sorbo—. Y peligroso.
—La mejor combinación —aseguró Dee, guiñándole un ojo.
Encontraron un pequeño espacio libre en una mesa alta cerca de la pista de baile y se instalaron allí, observando a la gente bailar mientras conversaban.
Por primera vez en semanas, Valerie se permitió hablar de cosas triviales: el último episodio de la serie que seguían juntas, el ridículo corte de pelo del jefe de Dee, los zapatos imposiblemente altos de una mujer que se tambaleaba peligrosamente en la pista de baile.
Para cuando terminaron el segundo cóctel, Valerie se sentía más ligera, como si hubiera dejado parte de sus preocupaciones en la puerta del local. La música había cambiado a un ritmo más energético, y Dee la miraba expectante.
—No lo digas —advirtió Valerie, reconociendo esa mirada.