CAPÍTULO 35
Valerie cerró la puerta del despacho de Aston con manos temblorosas, aferrando el móvil contra su pecho como si fuera un talismán.
Su corazón latía tan fuerte que podía sentir el pulso en las sienes, y la sensación de irrealidad que la envolvía era tan intensa que le daba miedo despertar en cualquier momento, sudorosa y decepcionada en su cama.
Pero no era un sueño.
La llamada del doctor Mercer había sido real. Las palabras «tratamiento experimental», «completamente financiado» y «la próxima semana» resonaban en su cabeza como un coro de ángeles.
Con pasos apresurados y mirada dispersa, recorrió el pasillo principal de la planta ejecutiva, apenas consciente de las miradas curiosas que le lanzaban al pasar.
Su habitual compostura se había evaporado, reemplazada por una urgencia casi primitiva: necesitaba un lugar tranquilo, necesitaba llamar a su padre, necesitaba compartir este rayo de esperanza que había caído como un meteorito en sus vidas.
Se detuvo frente a la puerta de la sala de reuniones pequeña, la que solían utilizar para videoconferencias con clientes menores.
Miró a través del panel de cristal: estaba vacía. Giró el picaporte y entró, cerrando rápidamente la puerta tras ella y bajando las persianas para tener mayor privacidad.
La estancia olía ligeramente a café.
Valerie se dejó caer en una de las sillas de cuero, aspirando profundamente mientras intentaba calmar el temblor de sus manos. Tenía que serenarse antes de llamar a su padre; no quería asustarlo.
«Respira, Val. Respira —se dijo a sí misma, realizando aquel ejercicio de respiración que había aprendido durante la universidad para controlar sus ataques de ansiedad antes de los exámenes finales—. Uno, dos, tres, inhala. Uno, dos, tres, exhala.»
Cuando finalmente sintió que podía hablar sin que su voz se rompiera, desbloqueó el móvil y pulsó el nombre de su padre en la lista de contactos. Mientras esperaba, tamborileó con los dedos sobre la mesa, una costumbre nerviosa que había heredado de él.
Un tono. Dos tonos. Tres...
—¿Valerie? —La voz de Henry Scott sonaba cansada, pero alerta—. ¿Pasa algo, cariño? Es raro que me llames a esta hora del día.
El simple sonido de su voz, esa voz que había sido la banda sonora de su infancia, que le había leído cuentos y cantado nanas, que le había regañado en su adolescencia y la había consolado en las desilusiones adultas, hizo que las lágrimas volvieran a asomar.
—Papá… —logró articular, luchando por mantener la compostura—. Papá, acabo de recibir una llamada del doctor Mercer.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, el tipo de silencio cargado que se produce cuando alguien está preparándose para recibir malas noticias.
Valerie casi podía visualizar a su padre: sentado en su sillón favorito junto a la ventana del salón, con ese gesto de resignación estoica que había adoptado desde el diagnóstico.
—¿Qué ha dicho? —preguntó finalmente, con una calma que partía el corazón.
Valerie respiró hondo, apretando el teléfono con fuerza.
—Te han aceptado, papá. Te han aceptado en el programa de tratamiento experimental.
Otro silencio, aquel más profundo, como si el tiempo mismo se hubiera detenido.
—¿Qué? —La voz de Henry sonaba incrédula, casi asustada—. Pero ayer mismo me dijiste que habían rechazado mi solicitud. Que no cumplía con todos los criterios.
—Lo sé, lo sé —asintió Valerie, aunque su padre no podía verla—.
Yo también estoy confundida. Pero el doctor dice que ha aparecido una fundación, Segundo Amanecer se llama, que está financiando tratamientos experimentales para casos como el tuyo.
Van a cubrir todos los gastos, papá. Absolutamente todo.
Se produjo un sonido extraño al otro lado de la línea, una especie de exhalación entrecortada que Valerie nunca había escuchado antes.
—¿Papá? —preguntó, preocupada—. ¿Estás bien?
—Sí, sí —respondió él, pero su voz sonaba diferente, ahogada—. Es solo que... no me lo esperaba.
Y entonces, para asombro de Valerie, escuchó algo que no había oído desde el funeral de su madre: su padre estaba llorando.
No eran sollozos de pena, sino el llanto contenido y roto de un hombre que llevaba demasiado tiempo siendo fuerte, de alguien que se había resignado a lo inevitable y ahora, de pronto, volvía a tener esperanza.
—Oh, papá —susurró Valerie, mientras sus propias lágrimas comenzaban a fluir por sus mejillas—. Lo sé. Lo sé.
Durante unos segundos, ninguno habló. Solo estaban ahí, conectados a través del teléfono, compartiendo un momento de vulnerabilidad tan raro como precioso. El sonido de sus respiraciones entrecortadas llenaba la línea de teléfono, más elocuente que cualquier palabra.
—¿Cuándo…? —preguntó finalmente Henry, con voz más firme, como si estuviera haciendo un esfuerzo consciente por recuperar la compostura—. ¿Cuándo empezaría el tratamiento?
—La próxima semana —respondió Valerie, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. El doctor Mercer quiere verte el lunes para realizar las pruebas preliminares y preparar todo. Dice que, si todo sale según lo previsto, podrían empezar ya el tratamiento el miércoles o jueves.
—Tan pronto —murmuró Henry—. Parece... irreal.
—Lo sé —asintió Valerie, secándose las lágrimas que seguían cayendo—. Yo misma todavía no me lo creo. Hace unas horas estaba destrozada, sin saber cómo iba a ayudarte, y ahora... —Su voz se rompió.
—Ahora tenemos una oportunidad —terminó de decir su padre, y había algo en su tono, una chispa de energía, que Valerie no había escuchado en meses—. Una oportunidad real.
—Sí —sonrió Valerie, mientras una nueva oleada de lágrimas rodaba por sus mejillas—. Una oportunidad.
Se produjo un breve silencio, más ligero que los anteriores, como si ambos estuvieran procesando la magnitud de lo que acababa de ocurrir.
—Esa fundación —dijo de pronto Henry—. ¿Segundo Amanecer, has dicho? Nunca he oído hablar de ella.
—Yo tampoco —admitió Valerie—. El doctor Mercer no me ha dado muchos detalles, solo que es una organización filantrópica que financia tratamientos experimentales para pacientes que no pueden acceder a ellos por otras vías. Según parece, revisaron tu caso y decidieron financiarlo por completo.
—Parece demasiado bueno para ser verdad —comentó Henry, con ese tono ligeramente escéptico que siempre había caracterizado su forma de enfrentar la vida—. ¿No hay letra pequeña? ¿No tendré que participar en algún documental o prestarme para un experimento alienígena?
Valerie no pudo evitar soltar una carcajada entre lágrimas. Ahí estaba su padre, el verdadero Henry Scott, con su humor seco y su sarcasmo intactos a pesar de la enfermedad, a pesar de todo.
—No, papá, no hay trampa —respondió, sintiendo una oleada de cariño tan intensa que casi dolía—. Solo quieren ayudar. A veces las cosas buenas simplemente ocurren, incluso a gente como nosotros.
—Ajá —respondió él, aunque Valerie podía detectar una sonrisa en su voz—. Será la primera vez en la historia de los Scott, entonces.
—Siempre hay una primera vez para todo —replicó ella, reclinándose en la silla con una sensación de ligereza que no había experimentado en meses—. ¿No es eso lo que siempre me decías cuando era pequeña?
— Touché , calabacita —respondió Henry, utilizando aquel viejo apodo de la infancia que siempre la hacía sentir segura—. Tu viejo padre ha sido derrotado por sus propias palabras.
Valerie sonrió, imaginándolo en casa, probablemente con esa antigua bata azul que se negaba a tirar a pesar de estar descolorida, sentado con el teléfono en una mano y con la otra acariciando distraídamente a Marmalade, el gato que habían adoptado tras la muerte de su madre.
—Papá —dijo de repente, recordando—. ¿Podrías llamar tú a Ceci? Estoy en el trabajo y no me puedo entretener más, pero quiero que ella lo sepa cuanto antes.
—Claro, cariño —asintió Henry—. La llamaré en cuanto colguemos. ¿Tú hablarás con ella más tarde?
—Por supuesto —confirmó Valerie—. Cuando salga del trabajo, la llamaré por teléfono.
Se produjo un breve silencio, y cuando su padre volvió a hablar, su voz tenía un tono diferente, más sobrio y emocionado a la vez.
—Valerie, cariño... —comenzó, y se detuvo, como buscando las palabras que explicaran lo que sentía—. No sé cómo expresar lo que siento ahora mismo. Toda esta semana he estado... preparándome, supongo. Mentalizándome para lo inevitable. Y ahora...
—Lo sé, papá —respondió ella suavemente—. Lo sé.
—No es solo por mí —continuó Henry—. Es por vosotras. La idea de dejaros, de no estar ahí para cuando me necesitéis... —Su voz se quebró ligeramente—. Dios, ni siquiera podía pensar en ello sin sentir que me ahogaba.
Valerie cerró los ojos con fuerza, intentando contener una nueva oleada de lágrimas.
—No vamos a pensar ya en eso —dijo con firmeza—. Ahora tenemos esperanza. Tenemos un plan. Y estamos juntos en esto, como siempre.
—Como siempre —repitió Henry, y Valerie pudo escuchar la sonrisa en su voz—. Los Scott contra el mundo.
—Los Scott contra el mundo —confirmó ella, recordando aquel viejo lema familiar que su padre había acuñado tras la muerte de su madre, cuando él, Valerie y Ceci se habían unido como nunca para superar la pérdida.
—Debo volver al trabajo —dijo Valerie, consciente del tiempo que llevaba encerrada en la sala de reuniones—. Mi jefe ha sido muy amable dejándome salir para llamarte, pero no quiero abusar.
—Por supuesto —dijo Henry—. Ve, cariño. Yo llamaré a tu hermana ahora mismo. Y Valerie...
—¿Sí?
—Gracias —dijo—. Por estar siempre ahí. Por no rendirte nunca. Por ser... tú.
Valerie sintió una punzada de emoción tan intensa que por un momento le impidió hablar.
—Te quiero, papá —logró decir—. Más que a nada en el mundo.
—Y yo a ti, calabacita —respondió él—. Más que a nada.
Después de colgar, Valerie cogió aire y lo soltó en forma de suspiro.
Al salir de la sala de reuniones, se dirigió de vuelta al despacho de Aston con paso ligero, casi flotando.
Se detuvo un momento antes de llamar a la puerta, respirando hondo para componerse.
Eran muchas emociones que digerir, y por mucho que Aston Cavendish hubiera mostrado una inusitada comprensión, seguía siendo su jefe, y ella era su empleada.
No podía entrar dando saltos de alegría como una colegiala, aunque fuera lo que quisiera hacer.
Pero cuando levantó la mano para tocar, se dio cuenta de que estaba sonriendo. Era una sonrisa radiante, y por una vez no intentó controlarla. Dejó que la sonrisa estuviera allí, sincera y deslumbrante, mientras golpeaba suavemente la puerta con los nudillos.
—Adelante —sonó la voz de Aston desde el interior.
Valerie entró. Estaba exactamente donde lo había dejado, sentado tras su imponente escritorio. Pero había algo distinto en él, una especie de tensión expectante que Valerie habría notado de no estar tan absorta en su propia felicidad.
—Señor Cavendish —dijo—. Siento la interrupción. ¿Continuamos con la redacción del correo electrónico?
Aston la observó un instante, y algo en su mirada, algo cálido, hizo que Valerie se preguntara si se estaba perdiendo alguna cosa.
—Por supuesto, señorita Scott —respondió Aston.
Valerie tomó asiento frente al escritorio, lista para retomar el trabajo, pero con la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, todo iba a estar bien.
Su padre tenía una oportunidad.
Y eso era todo lo que importaba.
Mientras cogía su tablet para continuar con la redacción del email, no pudo evitar pensar en aquella extraña y maravillosa fundación, Segundo Amanecer, que había aparecido de la nada para cambiar sus vidas.
Algún día, se prometió, cuando todo aquello pasara y su padre estuviera mejor, encontraría la forma de agradecérselo.
De devolverles de algún modo ese regalo incalculable que les habían hecho.