La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 34
55%

CAPÍTULO 34

Al día siguiente, mientras Lexe llevaba a Aston al despacho, le informó de los avances.

—Buenos días —lo saludó, alargando el brazo para darle una carpeta—. Todo está arreglado, como pediste.

—¿Tan pronto? Impresionante, Lexe, incluso para ti —dijo, tomando la documentación.

—Algunas llamadas a altas horas de la noche y la magia del dinero pueden hacer maravillas —respondió él con una ligera sonrisa—. BioNexus Therapeutics ha aceptado incluir al señor Scott en su programa. Comenzarán los preparativos para el tratamiento inmediatamente.

Aston asintió, satisfecho.

—¿Y la coartada? —quiso saber.

—He coordinado todo con el doctor Mercer.

Él llamará personalmente a la señorita Scott hoy por la mañana para informarle de que, tras una reevaluación del caso de su padre y debido a nuevos fondos disponibles de una fundación anónima, han decidido incluirlo en un programa especial que cubrirá todos los gastos del tratamiento.

—¿Una fundación anónima? —Aston arqueó una ceja.

—La Fundación Segundo Amanecer —explicó Lexe con un brillo divertido en los ojos, mirándolo a través del espejo retrovisor—.

Una organización completamente ficticia que, según los documentos que he creado, se dedica a financiar tratamientos experimentales para pacientes con cáncer en situaciones económicas difíciles.

Aston no pudo evitar esbozar una leve sonrisa ante su meticulosidad. Si en algo era bueno Lexe, aparte de hacer hablar a alguien a puñetazos, era en los detalles. No se le escapaba nada. Ni dejaba nada al azar.

—Impresionante.

—Gracias. —Lexe inclinó ligeramente la cabeza—. Ya he preparado toda la documentación necesaria, incluyendo un sitio web bastante convincente para la fundación, por si acaso la señorita Scott decide investigar.

—Has pensado en todo —comentó Aston, hojeando los documentos de la carpeta—. Como siempre.

—Es mi trabajo, Aston —respondió Lexe—. Además, la señorita Scott se lo merece. Ya sabes que me cae bien, pero aparte de eso, creo que es una chica que lo ha pasado bastante mal.

—Sí, no ha tenido una vida fácil —comentó Aston.

Lexe volvió a mirar a Aston por el espejo retrovisor.

—Lo que has hecho por su padre es realmente admirable —dijo.

Aston alzó la vista, sorprendido por la sinceridad de Lexe.

—Como dije, es lo correcto.

—Sí, pero no todos harían lo correcto, especialmente cuando implica tal cantidad de dinero y ningún beneficio personal aparente. —Lexe hizo una pausa llena de significado—. Dice mucho de ti como persona, más allá del empresario implacable que todos creen conocer.

Aston se movió ligeramente en el asiento, incómodo ante el inesperado elogio personal.

—No te pongas sentimental, Lexe. No te sienta bien.

Lexe sonrió, advirtiendo el intento de Aston por desviar la conversación.

—Claro. Solo pensé que debías saberlo.

A media mañana, Aston estaba en su despacho dictando un correo electrónico a Valerie. El acuerdo con los inversores de Alemania estaba casi cerrado, pero faltaban algunos detalles por pulir y la comunicación debía ser precisa, elegante y, sobre todo, convincente.

—Y añada que estamos dispuestos a considerar un incremento del cinco por ciento en nuestra oferta inicial, pero solo si… —Aston hizo una pausa, buscando las palabras exactas—…, solo si se comprometen a mantener el personal actual durante al menos dieciocho meses tras la adquisición.

Valerie asentía, tomando notas en su tablet con eficiencia. A pesar de la evidente preocupación por su padre, seguía siendo profesional y meticulosa en su trabajo, algo que Aston no podía dejar de admirar.

—¿Quiere que incluya una referencia a la cláusula siete del acuerdo preliminar? —preguntó ella, sin levantar la vista de su pantalla—. Creo que reforzaría nuestra posición.

Aston consideró la sugerencia, impresionado una vez más por su agudeza.

—Sí, buena idea. Cite específicamente el segundo párrafo.

De repente, el teléfono de Valerie comenzó a sonar insistentemente.

Ella lo miró, dispuesta a silenciarlo como dictaba el protocolo durante las reuniones con Aston, pero al ver el nombre en la pantalla, su rostro cambió por completo. Un rubor intenso cubrió sus mejillas mientras sus ojos se abrían con una mezcla de esperanza y temor.

—Lo siento, señor Cavendish —dijo, con una voz ligeramente temblorosa—. Es... es el médico de mi padre. ¿Le importa si...?

Aston, que sabía exactamente quién llamaba y por qué, mantuvo una expresión de sorpresa educada.

—Por supuesto, señorita Scott. Adelante, conteste —respondió con un gesto tranquilizador que hizo con la mano.

—Gracias —murmuró ella, levantándose rápidamente de la silla y alejándose unos cuantos pasos para tener algo de privacidad.

Con manos temblorosas, deslizó el dedo por la pantalla para responder.

—¿Hola? ¿Doctor Mercer? —Su voz sonaba contenida, como si estuviera preparándose para recibir otro golpe, otra mala noticia.

Rezó para que no fuera así.

Aston fingió revisar unos documentos en su escritorio, pero en realidad estaba pendiente de cada cambio en el rostro de Valerie, en cada inflexión en su voz.

Sabía qué noticias recibiría y, a pesar de su habitual dominio de las emociones, sentía una anticipación que rayaba en el nerviosismo.

—Sí, soy yo —continuó ella, y luego se quedó callada, escuchando atentamente.

Aston observó cómo su expresión pasaba de la tensión a la confusión, y luego, poco a poco, a algo que solo podía describirse como incredulidad mezclada con esperanza.

—¿Está… está seguro? Pero... pero ayer me dijo... —Valerie se interrumpió, llevándose una mano a la boca—. ¿Una fundación?

Sus ojos comenzaron a brillar con lágrimas contenidas mientras seguía escuchando, asintiendo ocasionalmente como si el doctor pudiera verla.

—¿Todo el tratamiento cubierto? ¿Completamente? —Su voz se quebró ligeramente—. Oh, Dios mío... No sé qué decir... Gracias, doctor. Gracias.

La transformación en su rostro fue casi mágica.

La carga de preocupación que había estado llevando durante semanas pareció disolverse ante los ojos de Aston, reemplazada por una esperanza que brillaba de una forma tan intensa que casi iluminaba todo el despacho.

—¿Cuándo podría comenzar? —preguntó, mordiéndose el labio inferior—. ¿La próxima semana? Eso es... eso es maravilloso.

Aston bajó la mirada hacia sus documentos, permitiéndose una pequeña sonrisa de satisfacción. Todo había salido según lo planeado. Lexe había hecho un trabajo excepcional, como siempre.

—Sí, sí, por supuesto —prosiguió Valerie—. Estaré allí con él. Muchas gracias, doctor. No sabe lo que esto significa para nosotros.

Cuando finalmente colgó, se quedó inmóvil un momento, como si no pudiera procesar completamente lo que acababa de escuchar. Luego, casi sin darse cuenta, se volvió hacia Aston con una expresión que combinaba incredulidad, alegría y algo que parecía agradecimiento.

—¿Señor Cavendish? —dijo, apresurándose a secar sus lágrimas, ligeramente avergonzada de que la hubiera visto en aquel estado—. Lo siento, yo...

Aston levantó la vista de sus documentos, componiendo su mejor expresión de curiosidad.

—¿Buenas noticias, señorita Scott? —preguntó.

Y entonces ocurrió.

Valerie sonrió. Una sonrisa tan radiante, tan llena de esperanza y alegría, a pesar de las lágrimas, que Aston sintió una chispa extraña en el fondo del pecho, como si algo que había estado dormido durante mucho tiempo de pronto se estuviera despertando.

—Mi padre… —dijo Valerie, y su voz temblaba fruto de la emoción que apenas podía contener—.

Van a admitirlo en el programa del tratamiento experimental.

—Intentó recomponerse, pero la alegría era demasiado abrumadora para poder dominarla—.

Una fundación... una fundación llamada Segundo Amanecer va a cubrir todos los gastos. Todos.

Las lágrimas comenzaron a desbordarse, resbalando por sus mejillas mientras intentaba mantener la compostura.

—Lo siento —se disculpó, secándose rápidamente las lágrimas con el dorso de la mano—. No debería estar así en el trabajo. Es poco profesional.

—No se disculpe, señorita Scott —respondió Aston con una suavidad inusual en su voz—. No tiene por qué disculparse por algo así.

—Es que... no puedo creerlo —continuó Valerie, sacudiendo ligeramente la cabeza—. Ayer todo parecía perdido y hoy... Estoy deseando llamar a mi padre para contárselo. Va a ser... —Su voz se quebró nuevamente.

Aston se levantó de la silla.

—Llámelo ahora —dijo.

—Pero tenemos que seguir con la redacción del correo electrónico.

—El correo electrónico a Alemania puede esperar un rato más.

Valerie lo miró con una mezcla de sorpresa y gratitud, como un cachorrito con los ojos brillantes.

—¿Está seguro?

—Sí —asintió Aston—. Hay cosas más importantes que los negocios, señorita Scott.

Valerie se quedó unos segundos mirándolo.

—Gracias —dijo con una sinceridad que iba más allá de la simple cortesía profesional—. Gracias, señor Cavendish.

Y sin añadir nada más, salió apresuradamente del despacho, para dirigirse a algún rincón tranquilo donde pudiera hablar con su padre en privado.

Cuando la puerta se cerró tras ella, Aston se permitió algo que rara vez hacía: esbozar una sonrisa, un gesto que reflejaba la satisfacción más profunda que había experimentado en mucho tiempo.

Se acercó a la ventana, observando la ciudad que se extendía bajo el cielo de la otoñal mañana, pero sin verla realmente.

La imagen de Valerie, de su rostro transformado por la alegría y la esperanza, permanecía grabada en su mente. Y por extraño que pareciera, era una de las cosas más hermosas que había contemplado jamás.

Suspiró, permitiéndose saborear esa sensación desconocida en su pecho.

No era la satisfacción de cerrar un negocio multimillonario, ni el placer de adquirir otra empresa o superar a un rival.

Era algo diferente, algo más puro y simple: había hecho algo bueno, algo que realmente importaba, y ver la alegría en el rostro de Valerie había sido toda la recompensa que necesitaba.

Y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió… humano.