CAPÍTULO 33
El silencio en el despacho de Aston solo era interrumpido por el suave repiqueteo de sus dedos sobre el teclado y un ocasional suspiro cuando revisaba documentos particularmente tediosos.
La reunión con los inversores de alemanes había sido productiva, pero ahora tenía que lidiar con el papeleo resultante, algo que detestaba casi tanto como las reuniones infructuosas.
Sin embargo, a diferencia de otras tardes, su mente no estaba completamente enfocada en los números que llenaban su pantalla.
Cada pocos minutos, sus pensamientos derivaban hacia cierta asistente de pelo castaño y ojos expresivos de color avellana que ahora mismo estaba sentada en su escritorio, probablemente luchando por mantener la compostura mientras su mundo personal se desmoronaba.
El discreto golpe en la puerta fue un alivio bienvenido.
—Adelante —dijo, alzando la vista de la pantalla.
Lexe entró con su habitual mesura, llevando una carpeta bajo el brazo. Su rostro, como siempre, era una máscara de formalidad, pero Aston, que lo conocía desde hacía años, podía detectar un leve indicio de preocupación en su mirada.
—Aston, tengo la información que me pediste —anunció, cerrando la puerta tras él—. Completa.
Aston le indicó con un gesto que tomara asiento frente a él.
—¿Qué has averiguado?
Lexe se sentó, abriendo la carpeta.
—El padre de la señorita Scott, Henry Scott, padece un carcinoma hepatocelular en estadio avanzado —comenzó, consultando sus notas—.
Fue diagnosticado hace aproximadamente seis meses.
Los tratamientos convencionales han mostrado una eficacia limitada, y su condición se ha deteriorado progresivamente.
Aston asintió, manteniendo su expresión neutral.
—¿Y sobre el tratamiento experimental?
—Se trata de una inmunoterapia de última generación combinada con una terapia dirigida molecular —explicó Lexe—.
Está siendo desarrollada por BioNexus Therapeutics en colaboración con el Hospital Memorial Saint Luke’s.
Los resultados preliminares son prometedores: en casos similares al del señor Scott, han logrado reducir el tamaño de los tumores en un 70% de los pacientes y detener completamente la progresión en otro 25%.
—Eso suena bastante esperanzador —comentó Aston, reclinándose ligeramente en su sillón.
—Lo es —confirmó Lexe—. Especialmente considerando que hablamos de pacientes que no respondieron a los tratamientos convencionales.
La supervivencia media de los participantes se ha extendido de seis meses a años, y algunos continúan con buena calidad de vida incluso después, llegando a una recuperación total.
Aston tamborileó con los dedos sobre su escritorio, procesando la información.
—¿Por qué rechazaron al padre de la señorita Scott?
Lexe consultó nuevamente sus notas.
—El programa experimental admite un número limitado de participantes por ciclo: solo cinco plazas estaban disponibles en esta ronda.
El comité utiliza un sistema de puntuación basado en varios factores: edad del paciente, estadio de la enfermedad, pronóstico general, otras enfermedades que sufra la persona y potencial de respuesta al tratamiento.
—En otras palabras, juegan a ser Dios —comentó Aston con un deje de desdén.
Lexe lo miró brevemente, sorprendido por su comentario.
—Es una forma de verlo. La realidad es que tienen recursos limitados y demasiados pacientes desesperados —Hizo una pausa antes de continuar—. Henry Scott puntuó relativamente bien en la mayoría de los criterios, pero no lo suficiente para entrar en los cinco primeros puestos.
Aston frunció el ceño.
—¿Y qué hay sobre acceder al tratamiento de forma privada?
—Esa es la parte interesante —respondió Lexe.
Cogió unos documentos para mostrárselos a Aston—.
BioNexus Therapeutics ofrece el tratamiento de forma privada a través de su programa, pero a un costo prohibitivo para los pacientes: doscientos cincuenta mil dólares para el ciclo completo de tratamiento.
—Pero con resultados esperanzadores —comentó Aston.
—Sí —asintió Lexe—. El tratamiento consiste en tres fases a lo largo de seis meses, con seguimiento y ajustes continuos. Si funciona, podría darle años adicionales al señor Scott, posiblemente con una calidad de vida aceptable, o la recuperación total.
Aston se levantó y caminó hacia la ventana, observando la ciudad bajo la luz de la tarde.
Desde su posición privilegiada en el piso 70, las personas en la calle parecían diminutas, insignificantes.
Y, sin embargo, cada una de ellas tenía una vida, sueños, personas que las amaban. Como Valerie Scott amaba a su padre.
—¿Hay alguna posibilidad de que el señor Scott entre como candidato en el programa experimental en este momento? —preguntó sin volverse.
—Me temo que no —respondió Lexe con pesimismo—. La selección para este ciclo ya está cerrada, y los cinco pacientes elegidos comenzarán el tratamiento la próxima semana. El próximo ciclo de selección no será hasta dentro de seis meses.
—Tiempo que el señor Scott no tiene —murmuró Aston.
—Precisamente.
Aston permaneció en silencio unos segundos, mientras su mente analizaba la situación desde todos los ángulos posibles, como haría con cualquier decisión de negocios.
Pero eso no era un negocio. No se trataba de maximizar beneficios o minimizar pérdidas. Se trataba de una vida humana.
Se giró de repente, con una decisión tomada.
—Investiga la forma y paga el tratamiento para el padre de la señorita Scott —ordenó con la misma voz firme que usaba para cerrar un acuerdo multimillonario.
Lexe, a pesar de su habitual compostura, no pudo evitar que una leve expresión de sorpresa cruzara su rostro.
—¿Estás seguro? —preguntó, aunque ya estaba tomando notas.
—Completamente —respondió Aston, volviendo a sentarse tras su escritorio—. Quiero que se realicen todos los arreglos necesarios para que el señor Scott pueda comenzar el tratamiento lo antes posible. Coordina lo que sea oportuno con el hospital, con los médicos, con quien sea necesario.
Lexe asintió, pero había algo en su expresión, una leve sonrisa contenida, que hizo que Aston entornara los ojos.
—¿Hay algo más que quieras decir, Lexe?
Él se aclaró la garganta.
—Solo comentar que... creo que es una buena idea. Una muy buena acción por tu parte.
Aston le lanzó una mirada perspicaz, consciente de que Lexe rara vez expresaba opiniones personales sobre sus decisiones.
—Para mí, 250.000 dólares no son nada y para el padre de la señorita Scott es la vida —respondió, como si estuviera justificando una inversión empresarial—. Creo que es lo que tengo que hacer.
La pequeña sonrisa de Lexe se mantuvo, irritando ligeramente a Aston.
—Por supuesto —comentó, en un tono que sugería exactamente lo contrario.
Aston decidió ignorar la insinuación.
—¿Cuánto tiempo llevará hacer todos los arreglos?
—Para mañana estará todo listo —aseguró Lexe, volviendo a su eficiencia habitual—. Me pondré en contacto con BioNexus inmediatamente. Al tratarse de un caso de acceso privado, los trámites son considerablemente más rápidos cuando el dinero no es un problema.
—Bien —asintió Aston—. Y Lexe, esto es crucial: la señorita Scott no debe enterarse bajo ninguna circunstancia de que he sido yo quien ha pagado el tratamiento.
Lexe alzó una ceja.
—¿Puedo preguntar cómo planeas explicar que su padre de repente tenga acceso a un tratamiento de un cuarto de millón de dólares?
Era una pregunta válida. Aston lo había estado considerando desde que tomó la decisión.
—Que parezca que el hospital ha reconsiderado su caso. O que ha sido seleccionado para un programa especial de financiación. —Hizo un gesto vago con la mano—. Eres creativo, Lexe. Estoy seguro de que puedes elaborar una historia convincente que no me involucre directamente.
—Lo haré —asintió Lexe, aunque parecía estar conteniendo otra sonrisa—. ¿Puedo preguntar por qué deseas mantener tu generosidad en secreto? Sería una buena ocasión para quitarte de encima esa reputación de diablo que tienes.
Aston entrecerró los ojos. Tenía la sensación de que la conversación se estaba adentrando en un terreno peligrosamente personal.
—No quiero que se sienta en deuda —respondió secamente.
—Por supuesto —asintió Lexe, con ese tono que sugería que entendía mucho más de lo que Aston estaba dispuesto a admitir—. Eso es importante.
Aston le lanzó una mirada admonitoria.
—¿Hay algo más que quieras decir, Lexe? —repitió la pregunta.
Lexe compuso rápidamente su expresión más aséptica.
—En absoluto. Me aseguraré de que todo se maneje con la máxima discreción y rapidez.
—Bien —asintió Aston—. Eso es todo por ahora.
Lexe se levantó.
—Me pondré a ello inmediatamente —dijo, recogiendo la carpeta.
Después se giró y salió del despacho.
Una vez solo, Aston se reclinó en el sillón, frotándose el puente de la nariz.
¿Qué demonios estaba haciendo? Ese no era su estilo. Él no se involucraba en los problemas personales de sus empleados. No realizaba actos de caridad anónimos. No gastaba un cuarto de millón de dólares por... ¿por qué exactamente?
La imagen de Valerie, con sus ojos enrojecidos por el llanto, pero aún tratando de mantener la compostura, se coló en su mente. La forma en que había intentado esconder su dolor, la desesperación mal disimulada en su voz cuando hablaba de su padre.
Aston sacudió la cabeza, intentando dispersar aquellos pensamientos.
Eran peligrosos.
Valerie Scott era su asistente personal, nada más.
Con un gruñido de frustración, volvió a centrarse en los documentos frente a él. Tenía trabajo que hacer. No podía permitirse ese tipo de distracciones.
Sin embargo, a medida que la tarde avanzaba, se sorprendió a sí mismo mirando ocasionalmente hacia la puerta, preguntándose si Valerie seguiría en su escritorio, cómo estaría sobrellevando la noticia, si habría encontrado algún consuelo.
«Esto es ridículo, joder», pensó, cerrando bruscamente una de las carpetas que había sobre la mesa.
Necesitaba poner distancia, necesitaba volver a ese espacio en su cabeza donde las emociones no interferían con sus decisiones.
Pero por alguna razón, ese espacio parecía cada vez más difícil de encontrar.
Mientras tanto, Lexe se alejaba a zancadas por el pasillo, con una pequeña sonrisa jugando en sus labios.
Después de media vida trabajando para Aston Cavendish, creía conocerle bastante bien.
Lo había visto cerrar tratos implacables, despedir empleados sin pestañear y negociar como si no tuviera corazón.
Pero aquello... aquello era diferente.
En todos los años que llevaba junto a Aston, nunca le había visto hacer algo así. Los regalos que hacía a sus socios comerciales eran inversiones estratégicas. Nada más.
Y, sin embargo, ahí estaba, gastando una cantidad considerable de dinero para salvar al padre de una empleada, y ni siquiera quería reconocimiento por ello.
El ascensor llegó con un suave timbre, y Lexe entró, pulsando el botón para bajar al vestíbulo. Mientras las puertas se cerraban, su sonrisa se amplió ligeramente.