CAPÍTULO 32 #2
Aston frunció ligeramente el ceño.
—¿Y su seguro médico?
—No cubre tratamientos experimentales —explicó Valerie—. He agotado todos los recursos, señor Cavendish. He hablado con bancos para préstamos, he considerado vender la casa de mi padre... pero incluso así, no llego ni a la mitad de lo necesario.
Se produjo un silencio mientras Aston parecía procesar toda aquella información. Su expresión era indescifrable, como siempre, pero había algo en sus ojos que sugería que estaba calculando algo mentalmente.
—¿Cuánto tiempo tiene? —preguntó con suavidad.
Valerie tragó saliva.
—Sin este tratamiento, unos seis u ocho meses, según los médicos. Con él... podría tener años, incluso curarse. Es una terapia nueva, con resultados prometedores en casos como el suyo.
Aston asintió lentamente, como si estuviera tomando una decisión interna.
—Señorita Scott, yo…
El estridente sonido de su teléfono interrumpió lo que estaba a punto de decir. Sacó el móvil de su bolsillo, miró la pantalla y frunció el ceño.
—Tengo que atender esta llamada —dijo.
Valerie lo miró y, por primera vez desde que lo conocía, parecía realmente molesto por la interrupción. Asintió rápidamente, aprovechando la oportunidad para escapar.
—Por supuesto, señor Cavendish. No quiero retenerlo más —se levantó, alisando su falda con gestos nerviosos—. Gracias por su... preocupación.
Aston la miró un momento más, como si quisiera decir algo importante, pero el teléfono seguía sonando insistentemente en su mano.
—Continuaremos esta conversación más tarde —dijo finalmente, en un tono que no admitía réplica.
Valerie simplemente movió la cabeza y salió rápidamente de la sala, aliviada por la interrupción, pero inexplicablemente decepcionada al mismo tiempo. Aunque no sabía por qué.
Mientras regresaba a su escritorio, intentó procesar lo que acababa de ocurrir.
Aston Cavendish, el jefe implacable, el jefe de hielo, ¿mostrando preocupación por sus problemas personales? Era tan inesperado como encontrar un pingüino en el desierto.
Se sentó en la silla, intentando concentrarse en el trabajo que tenía pendiente, pero su mente seguía volviendo a la expresión de Aston cuando le había contado lo de su padre. No había visto pena en su rostro, gracias a Dios.
Valerie detestaba la pena. Había sido algo diferente, más... ¿considerado? ¿Reflexivo?
Mientras tanto, en la pequeña sala, Aston terminaba su llamada.
Había sido breve y concisa, pero su cerebro apenas había registrado la mitad de lo que había hablado. Sus pensamientos seguían en su asistente personal y la desesperación que había visto en sus ojos castaños.
Sin perder tiempo, se movió por la lista de llamadas realizadas de su teléfono y marcó.
—Lexe…
—¿Sí?
Aston se dirigió hacia los ventanales.
—Necesito que amplíes la información que me diste hace unos días sobre el cáncer que sufre el padre de Valerie Scott y que investigues todo sobre un tratamiento experimental que al parecer funciona bien en casos similares —comenzó.
Su voz volvió a su tono habitual de negocios—.
Averigua el precio, y las condiciones que hay que tener para acceder a él.
Lexe, impasible como siempre, simplemente tomó nota mental.
—¿Quieres detalles sobre el tratamiento en sí, o solo información sobre cómo acceder a él? —preguntó.
—Todo —respondió Aston, contundente—. Quiero saber qué es exactamente, su efectividad, qué hospital lo administra, precio…
Una chispa de comprensión brilló en los ojos de Lexe.
—Entiendo. ¿Con qué urgencia necesitas esta información?
Aston miró por la ventana hacia el horizonte de la ciudad. Su rostro era inescrutable.
—Inmediatamente —respondió—. Prioridad máxima.
—Me pondré en ello ahora mismo —aseguró Lexe.
—Y Lexe… —añadió Aston, antes de colgar—. Discreción absoluta. La señorita Scott no debe enterarse de esto bajo ninguna circunstancia.
—Por supuesto —respondió Lexe con una pequeña sonrisa, como si la idea de ser indiscreto fuera absurda—. Tendré un informe preliminar a primera hora de la tarde.
—Perfecto —dijo Aston.
Solo de nuevo, Aston contempló el paisaje urbano mientras su mente trabajaba a toda velocidad.
No era propio de él involucrarse en los problemas personales de sus empleados. De hecho, había construido toda su carrera manteniendo una distancia personal inquebrantable.
Pero había algo en la desesperación de Valerie Scott, en la manera en que había intentado mantenerse fuerte incluso cuando se estaba derrumbando por dentro, que había tocado algo dentro de él. Algo que creía haber enterrado hacía mucho tiempo.
Se pasó una mano por la cara, en cierto modo irritado consigo mismo.
Esa era precisamente el tipo de complicación que siempre había evitado. Y, sin embargo, ahí estaba, movilizando recursos para ayudar a una empleada con un problema personal.
—Es lo correcto —se dijo.
Pero incluso en la soledad de la sala, la excusa sonaba hueca. Sin embargo era mejor que admitir la verdad: que por alguna razón inexplicable, le importaba. Valerie Scott le importaba.
Aston se giró y salió de la estancia, intentando ignorar la incómoda sensación de que se estaba adentrando en un territorio donde las reglas que había establecido para sí mismo durante años comenzaban a desdibujarse.