CAPÍTULO 32
El lunes amaneció con un cielo plomizo que parecía reflejar el estado de ánimo de Valerie.
Había pasado el fin de semana entero alternando entre llamadas con su padre (intentando sonar optimista cuando ambos sabían que la situación era desesperada) y estudiando su economía una y otra vez, como si por arte de magia pudieran aparecer doscientos cincuenta mil dólares que no tenía.
Mientras organizaba los documentos en su escritorio, intentando concentrarse en la avalancha de trabajo que Aston le había asignado, su teléfono vibró. La pantalla mostró el nombre del hospital, y su corazón dio un vuelco.
—¿Hola? —contestó, tratando de controlar el temblor en su voz.
—¿Valerie? Soy el doctor Mercer.
—Sí, doctor. Estaba esperando su llamada —Valerie se dio cuenta de que estaba apretando el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Conscientemente, aflojó el agarre.
Hubo una pausa incómoda al otro lado de la línea que le dijo todo lo que necesitaba saber incluso antes de que el médico hablara.
—Me temo que no tengo buenas noticias. Presenté el caso de tu padre ante el comité del hospital esta mañana, pero... —el médico suspiró pesadamente— lo han denegado. Lo siento mucho, Valerie.
Aunque había intentado prepararse para esa posibilidad, las palabras fueron como un puñetazo en el estómago. Valerie cerró los ojos, intentando mantener la compostura.
—¿Puedo... puedo preguntar por qué? —logró articular.
—El tratamiento experimental tiene plazas muy limitadas. Este mes recibimos más de cuarenta solicitudes para solo cinco espacios disponibles. El comité prioriza a pacientes más jóvenes y con mejor pronóstico de recuperación.
Valerie sintió que algo se rompía dentro de ella. Su padre solo tenía cincuenta y ocho años. ¿Cuánto más joven debía ser para merecer una oportunidad?
—¿Y qué se supone que debemos hacer ahora? —preguntó. Su voz se quebró ligeramente.
—Seguiremos con el tratamiento convencional, por supuesto —respondió el médico con ese tono compasivo que Valerie había llegado a detestar—. Y hay otras opciones que podemos...
—¿Se refiere a opciones que no necesitan aprobación de ningún comité, pero que cuestan un cuarto de millón de dólares? —interrumpió Valerie, incapaz de contener la amargura.
El silencio al otro lado de la línea fue su respuesta.
—Lo siento —se disculpó inmediatamente, frotándose la frente—. No es justo que descargue mi frustración con usted. Sé que ha hecho todo lo posible.
—Lo entiendo, Valerie —respondió el médico con sinceridad—. Y me gustaría poder hacer más. Si la situación cambia, o si surge otra oportunidad, serás la primera en saberlo.
—Gracias —murmuró Valerie, consciente de que ambos sabían lo improbable que era esa posibilidad.
Tras colgar, Valerie se quedó mirando fijamente la pantalla del ordenador sin verla realmente.
Las palabras nadaban frente a ella, sin sentido, mientras la realidad de la situación se asentaba como una roca en su pecho.
Su padre se estaba muriendo, y el único tratamiento que podría salvarlo estaba fuera de su alcance, por dinero y por burocracia.
Joder.
Sintió que las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos y supo que no podría contenerlas mucho tiempo. Miró a su alrededor, consciente de que estaba en medio de la oficina. No podía derrumbarse allí, no donde todos pudieran verla.
Con movimientos mecánicos, se levantó y caminó hacia el baño de la planta, manteniendo la cabeza agachada para evitar el contacto visual con cualquiera que pasara o se cruzara con ella. El baño era el único lugar donde podría tener un momento de privacidad.
Una vez dentro, se encerró en el último cubículo y finalmente dejó que las lágrimas fluyeran libremente. Se tapó la boca con la mano para amortiguar los sollozos que sacudían su cuerpo.
Imágenes de su padre (fuerte, vital, siempre con una sonrisa, incluso en aquellos momentos) desfilaban por su mente, mezclándose con el temor de perderlo.
No supo cuánto tiempo permaneció allí, dejando salir toda la angustia acumulada, toda la pena, pero los sollozos se convirtieron en respiraciones entrecortadas. Se sentía vacía y agotada, como si el cerebro se negará a continuar.
Con manos temblorosas, cogió un poco de papel higiénico y se limpió la cara lo mejor que pudo.
Cuando salió, el espejo del baño le devolvió una imagen lamentable: ojos hinchados y enrojecidos, nariz irritada, y un rastro de rímel corrido que ni siquiera el papel higiénico que pasó por sus mejillas logró eliminar completamente.
—Fantástico —murmuró para sí misma con ironía—. Ahora además de sentirme como un desastre, parezco uno.
Hizo lo que pudo por arreglar su maquillaje con los pocos productos que llevaba en el bolso. Luego, respiró hondo varias veces, intentando recuperar la compostura.
Tenía que volver al trabajo. Los problemas no desaparecerían por mucho que llorara en el baño, y aún tenía facturas que pagar.
Cuando finalmente se calmó, salió del baño con la esperanza de regresar a su escritorio sin que nadie notara su estado. Pero el universo, según parecía, tenía otros planes.
Al girar la esquina del pasillo, casi chocó de frente con la última persona que deseaba ver en ese momento: Aston Cavendish.
—Disculpe, señor Cavendish —murmuró, bajando rápidamente la mirada mientras intentaba esquivarlo.
Pero él no se movió. En lugar de eso, se quedó quieto, bloqueando sutilmente su camino.
—Señorita Scott —dijo. Su voz tenía un tono que Valerie nunca antes había escuchado en él. No era el habitual deje frío y autoritario, sino algo más suave—, ¿se encuentra bien?
—Perfectamente, señor —respondió Valerie automáticamente, todavía sin mirarlo a los ojos—. Solo necesitaba ir el baño. Pero ya vuelvo a mi puesto.
Intentó nuevamente pasar junto a él, pero Aston se desplazó ligeramente, impidiéndoselo sin parecer demasiado obvio.
—Señorita Scott, míreme —ordenó, aunque con una suavidad inusual.
Valerie levantó lentamente la mirada, consciente de que sus ojos enrojecidos la delatarían al instante. ¡Mierda!
Cuando finalmente sus ojos se encontraron con los de Aston, vio algo que la sorprendió: preocupación.
—Ha estado llorando. —no era una pregunta.
—No es nada, señor. Simplemente... —Su mente buscó frenéticamente una excusa—… alergia.
Una de las cejas oscuras de Aston se elevó con escepticismo.
—¿Alergias en octubre? —preguntó con incredulidad—. A menos que sea alérgica a las calabazas de Halloween, o a la decoración de estas fechas, me temo que tendrá que elaborar una mentira más convincente.
A pesar de la situación, Valerie casi sonrió ante el comentario. Casi.
—De verdad, señor Cavendish, no es nada que deba preocuparle —insistió—. No interferirá con mi trabajo, se lo aseguro.
Aston la estudió durante un momento, como si estuviera evaluando un complejo informe financiero.
—Señorita Scott, sígame —dijo finalmente, girando sobre sus talones sin esperar respuesta.
Valerie se quedó paralizada.
¿Seguirlo? ¿Adónde? ¿Estaba en problemas por haberse ausentado unos minutos de su puesto de trabajo?
Antes de que pudiera decidir qué hacer (si seguirlo o salir corriendo a casa), Aston se detuvo y la miró por encima de su hombro.
—¿Viene o prefiere que discutamos sus problemas personales aquí, en medio del pasillo?
Sin más opción, Valerie lo siguió hasta una pequeña sala de reuniones vacía. Aston cerró la puerta tras ellos y le indicó que tomara asiento. Ella obedeció, sintiéndose extrañamente vulnerable bajo la intensa mirada de su jefe.
Aston no se sentó. En lugar de eso, se apoyó contra la pared, cruzando los brazos sobre el pecho, en una postura que debería haber parecido relajada pero que en él solo resaltaba su imponente presencia.
—Ahora, señorita Scott, ¿va a decirme qué ocurre o tengo que adivinarlo?
Valerie se removió incómoda en su asiento.
—De verdad, señor Cavendish, es un asunto personal. No debería molestarle con él.
—Si afecta al desempeño laboral, me concierne —respondió con pragmatismo—. Y si algo la altera lo suficiente como para hacerla llorar en horas de trabajo, claramente es algo serio.
Había una lógica implacable en sus palabras que Valerie no podía refutar. Aun así, la idea de abrirse emocionalmente ante Aston Cavendish, el hombre de hielo, resultaba tan atractiva como saltar a un estanque helado en pleno invierno.
Ante su silencio, Aston entrecerró ligeramente los ojos.
—¿Es por su exnovio? —preguntó abruptamente—. ¿Ha vuelto a molestarla?
La pregunta tomó a Valerie completamente desprevenida.
—¿Mi exnovio? No, no, no tiene nada que ver con él —respondió confundida.
Un silencio incómodo se instaló entre ellos. Valerie jugueteó, nerviosa, con el borde de su falda, mientras Aston la observaba con esa mirada penetrante que parecía poder desmontar todas sus defensas.
—Es… mi padre. —Las palabras escaparon de sus labios antes de que pudiera contenerlas—. Tiene cáncer.
Algo cambió sutilmente en la postura de Aston. Una casi imperceptible tensión abandonó sus hombros. Él ya conocía esa información, se la había comentado Lexe, aunque no estaba al tanto de los pormenores.
—Lo siento mucho —respondió, y Valerie sintió que realmente lo decía en serio—. ¿Ha habido algún cambio? —preguntó.
Valerie se mordió el labio inferior, luchando contra una nueva oleada de lágrimas.
—El médico me acaba de llamar. Mi padre necesita un tratamiento experimental, pero el comité del hospital ha denegado su solicitud.
—Las palabras empezaron a salir sin control, como una presa que finalmente cede—.
Según me ha dicho, no es lo suficientemente joven o su pronóstico no es lo suficientemente optimista para merecer una oportunidad.
La amargura en su voz era palpable. Aston la observó en silencio.
—¿No hay alternativas? —preguntó finalmente.
—Sí, pagar doscientos cincuenta mil dólares para acceder al tratamiento de forma privada —respondió Valerie con una risa sin humor—. Lo cual, evidentemente, está fuera de mis posibilidades, a menos que descubra que soy la heredera perdida de alguna fortuna que desconozco.