La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

El Hospital Memorial Saint Luke's no era un lugar desconocido para Valerie.

En las últimas semanas, había memorizado cada detalle del recorrido: la planta baja con su cafetería que servía un café sorprendentemente decente, el ascensor de la izquierda que era ligeramente más rápido que los otros, los pasillos de paredes color crema que intentaban parecer acogedores, y finalmente, la unidad de oncología con su inconfundible olor a antiséptico que ya no notaba tras las primeras visitas.

Aquel miércoles por la tarde, Valerie acompañaba a su padre a la sesión de quimioterapia.

En la sala de espera, sentados en las sillas de plástico, Valerie sacudió unas migas que su padre tenía en el jersey.

—Debería regañarte por comer esas galletas de la cafetería que sabes que no son buenas para ti —dijo.

Henry soltó una pequeña carcajada que derivó en una breve tos.

—No se te escapa nada, ¿eh? —dijo, guiñándole un ojo con complicidad—. Pero en mi defensa, ¿has probado las de chocolate con nueces? Son prácticamente medicinales.

Valerie puso los ojos en blanco.

La enfermera Jenkins, una mujer de mediana edad que era conocida por su amabilidad, apareció en aquel momento y les dedicó una sonrisa llena de calidez.

—¿Listo para la sesión, señor Scott? —le preguntó.

—Tan listo como se puede estar para que me bombeen veneno por las venas —respondió él, con ese humor negro que había desarrollado como mecanismo de defensa—. Aunque con usted administrándolo, hasta el veneno sabe dulce.

La enfermera rio, acostumbrada al carácter coqueto y bromista de Henry.

—Guarde esos encantos para alguien de su edad, señor Scott —replicó, guiñándole un ojo a Valerie—. Tu padre es todo un caso.

—Dímelo a mí —suspiró Valerie, sonriendo a pesar del nudo que tenía en la garganta.

—Entonces, vamos —indicó la enfermera.

Antes de que Henry se levantara de la silla, Valerie se inclinó y le dio un beso en la frente.

—Papá, voy a hablar un momento con el doctor Mercer mientras te preparan. ¿Estarás bien?

—Sobreviviré —aseguró Henry, haciendo un gesto despreocupado con la mano—. Ve, ve. La enfermera Jenkins y yo tenemos mucho de qué hablar. Ella aún no sabe la historia de cuando gané aquel concurso de karaoke en Atlantic City.

—Dios mío —murmuró Valerie, poniendo los ojos en blanco (otra vez)—. Te veré en un rato.

No pudo evitar sonreír. La capacidad de su padre para encontrar pequeños momentos de alegría en medio de todo aquello era algo que admiraba profundamente y que, al mismo tiempo, le partía el corazón.

Mientras la enfermera acompañaba a su padre hacia el interior de la sala, Valerie se quedó un momento inmóvil en el pasillo, permitiéndose una breve pausa para respirar.

Cada visita al hospital era un ejercicio de autocontrol, un esfuerzo constante por mantener la compostura, por ser el pilar que su padre necesitaba.

En esos breves momentos de soledad, sentía cómo el peso de todo (el cáncer de su padre, las facturas médicas, la ruptura con Marcus, la universidad de Ceci) amenazaba con aplastarla.

Con un suspiro profundo, recompuso la expresión de su rostro, y se dirigió hacia el despacho del doctor Mercer. Tras un breve golpe en la puerta, la voz grave del médico la invitó a entrar.

El doctor Mercer, un oncólogo de unos cincuenta años, levantó la vista de una pila de expedientes y le ofreció una sonrisa cansada pero sincera.

—Valerie, adelante —dijo, señalando la silla frente a su escritorio—. Estaba revisando los últimos resultados de tu padre.

Valerie se sentó, notando cómo sus manos se tensaban automáticamente sobre el bolso que sostenía en su regazo.

—¿Y bien? —preguntó, yendo directamente al grano—. ¿Hay algún cambio?

El doctor Mercer se quitó las gafas y las limpió meticulosamente con el borde de su bata.

—Me temo que la situación sigue siendo la misma —respondió, volviendo a colocarse las gafas—. La quimioterapia está haciendo lo que puede para ralentizar la progresión, pero como ya discutimos, el tipo de cáncer de tu padre es particularmente agresivo.

Valerie asintió, mordiéndose el interior de la mejilla para contener la emoción.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó.

Odiaba la frialdad de la pregunta, pero necesitaba la claridad de una respuesta concreta. Sin rodeos, sin adornos. Sin incertidumbres.

—Sin cambios en el tratamiento, estamos hablando de seis a ocho meses —respondió el médico. Su tono profesional estaba suavizado por una nota de compasión—. Con buena calidad de vida durante los primeros cuatro o cinco. Después... bueno, dependerá de cómo responda su organismo.

Valerie cerró los ojos brevemente, asimilando la información que ya conocía pero que no por ello resultaba menos devastadora cada vez que la escuchaba.

—Y respecto al tratamiento experimental que mencionó la última vez... —comenzó, aunque ya sabía la respuesta.

—Sigo creyendo que tu padre sería un candidato excelente —confirmó el doctor Mercer, inclinándose hacia adelante—. Los resultados preliminares son prometedores, Valerie. Hablamos de una posible remisión en casos similares al de tu padre, no solo de prolongar la vida unos meses.

—Pero no está cubierto por el seguro —apuntó Valerie, sintiendo cómo un peso invisible se instalaba sobre sus hombros.

—No todavía. Está en fase experimental y... —El médico hizo una pausa incómoda—… el coste sigue siendo significativo. Unos 250.000 dólares para el ciclo completo. 40.000 dólares al mes.

Valerie dejó escapar un sonido que era mitad risa, mitad sollozo.

—Me informaron ya del precio, una ganga —murmuró con una ironía amarga.

El doctor Mercer la miró con una mezcla de compasión y frustración profesional. Él veía ese tipo de cosas todos los días.

—Sé que es una cantidad muy grande —dijo, quitándose las gafas nuevamente.

Se frotó los ojos cansados—. Estoy presionando al comité del hospital para que considere incluir a tu padre en el programa de casos especiales, pero sinceramente, no puedo prometerte nada.

Los fondos son limitados y hay... demasiados pacientes en una situación similar.

Valerie asintió, intentando no derrumbarse allí mismo.

Había estado haciendo cálculos mentales durante semanas: sus ahorros, posibles préstamos, incluso había considerado vender el pequeño piso de su padre y que se fuera a vivir con ella.

Pero la brecha entre lo que podía reunir y los 250. 000 dólares seguía siendo insalvable.

—Lo entiendo —dijo finalmente—. Y agradezco lo que está haciendo por nosotros, de verdad.

El doctor Mercer se levantó y rodeó el escritorio, sentándose en la silla junto a Valerie. En un gesto poco común para el protocolo médico habitual, tomó las manos de ella entre las suyas.

—Tu padre es un hombre extraordinario —dijo con sinceridad—. Y tú eres una hija excepcional, Valerie. La forma en que lo cuidas, cómo te has hecho cargo de todo... Muchos de mis pacientes no tienen ese tipo de apoyo.

Las palabras del médico, aunque bienintencionadas, solo sirvieron para hacer más difícil contener las lágrimas que Valerie había estado reprimiendo.

—Es mi padre —respondió simplemente, como si eso lo explicara todo. Y para ella, así era.

Pero que su padre fuera un hombre extraordinario y ella una hija excepcional no iba a curarlo. Eso también era cierto.

—Lo sé —asintió el doctor Mercer, apretando ligeramente sus manos antes de soltarlas—. No pierdas la esperanza, ¿de acuerdo? Seguiré buscando opciones. Y mientras tanto, la quimio nos está dando tiempo.

—Tiempo —repitió Valerie, asintiendo mecánicamente—. Sí, tiempo es lo que necesitamos.

Después de despedirse del médico, Valerie caminó en modo automático hasta el baño más cercano. Una vez dentro, se encerró en un cubículo y finalmente permitió que las lágrimas fluyeran libremente.

Lloró en silencio, con la frente apoyada contra la fría pared de azulejos, intentando descargar algo de la presión que sentía en el pecho.

Cinco minutos. Se permitiría cinco minutos de debilidad, y luego volvería a ser fuerte para su padre.

Cuando salió del baño, con la cara lavada y una máscara de optimismo cuidadosamente colocada en el rostro, se dirigió a la sala de espera.

El tratamiento de su padre duraría al menos dos horas, tiempo suficiente para ponerse al día con algunos correos del trabajo que había dejado pendientes. O al menos ese era el plan hasta que su teléfono comenzó a vibrar con el nombre de Ceci en la pantalla.

—Hola, Ceci —contestó, intentando que su voz sonara normal.

—Hola, Val. ¿Cómo está papá? —preguntó su hermana—. ¿Ya ha empezado con la sesión?

Valerie se acomodó en una de las sillas de la sala de espera, que a esa hora de la tarde estaba casi vacía.

—Sí, acaba de entrar. La enfermera Jenkins dice que hoy parece tener buen color, así que...

—¿Has llorado? —interrumpió Ceci, con esa intuición que siempre había tenido para leer a su hermana, incluso a través del teléfono.

Valerie se quedó en silencio un momento, sorprendida por la pregunta directa.

—¿Qué? No, yo...

—Valerie, te conozco. —La voz de Ceci se volvió más firme—. Puedo notarlo en tu voz. Algo va mal, ¿verdad? ¿Es papá? ¿Ha empeorado?

Valerie cerró los ojos, sintiendo que el nudo en su garganta regresaba con más fuerza.

No quería cargar a su hermana con aquello.

Ceci apenas tenía dieciocho años, acababa de empezar la universidad.

Merecía concentrarse en sus estudios, en hacer amigos, en vivir esa etapa sin la sombra oscura de la enfermedad de su padre.

Pero también sabía que Ceci no era una niña, y que mantenerla al margen solo serviría para aislarla más.

—No exactamente —respondió, frotándose la frente—. Es...

—Dime qué pasa —pidió Ceci.

Valerie sintió cómo su compostura comenzaba a desmoronarse. Miró a su alrededor, comprobando que seguía relativamente sola en la sala de espera, y luego respiró hondo.

—Acabo de hablar con el doctor Mercer —empezó. Su voz sonaba más baja de lo normal—. Las cosas no... no han cambiado, Ceci. La quimioterapia solo está comprando tiempo. Seis meses, quizás ocho.