La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

El apartamento de Valerie, que normalmente era un espacio acogedor lleno de pequeños toques personales, parecía en esos momentos un campo de batalla donde se libraba la guerra del final de una relación.

En el suelo se alineaban varias cajas de cartón de distintos tamaños, algunas ya cerradas con cinta adhesiva, otras todavía abiertas, esperando a ser llenadas con los restos de tres años compartidos.

Dee, con el pelo recogido en un moño improvisado y vestida con ropa cómoda, sostenía en alto una camiseta de los Knicks como si fuera una evidencia forense.

—¿En serio, Val? ¿Dejabas que Marcus saliera a la calle con esto? —preguntó, arrugando la nariz al examinar la prenda desgastada y con pequeños agujeros en el dobladillo—. Esto no es vintage, es arqueología textil.

Valerie, sentada en el suelo entre dos cajas, levantó la vista de la pila de videojuegos que estaba organizando y no pudo evitar sonreír.

A pesar del nudo que tenía en la garganta desde que habían empezado a recoger las cosas de Marcus, la capacidad de Dee para encontrar humor en cualquier situación era como un pequeño rayo de luz.

—Era su camiseta de la suerte —explicó, mientras separaba los juegos de la PlayStation de los de la Xbox—. Se negaba a tirarla porque la llevaba puesta el día que los Knicks ganaron aquel partido en el último minuto. Ya sabes cómo son las supersticiones.

—Lo único afortunado de esta camiseta es que ahora va a estar fuera de tu armario —respondió Dee, doblándola con exagerada repulsión antes de colocarla en una de las cajas—. Sinceramente, esta es la mejor parte de las rupturas: la limpieza de primavera no programada.

Valerie dejó escapar un suspiro mientras etiquetaba una caja con «Videojuegos y electrónica». El orden externo era su forma de intentar controlar el caos interno que sentía.

—No sé si estoy haciendo lo correcto, Dee —confesó en voz baja, deteniendo sus manos—. Tres años es mucho tiempo.

Dee abandonó su actitud risueña y se acercó a Valerie, sentándose a su lado en el suelo. Con delicadeza, colocó una mano sobre la de ella.

—Cariño, lo correcto dejó de ser una opción hace tiempo. Ahora solo tienes opciones difíciles, y estás eligiendo la que te permite respirar de nuevo. —Sus ojos, normalmente traviesos, mostraban una seriedad poco habitual—. El Marcus del que te enamoraste... ese chico ya no está, Val.

Valerie asintió lentamente, sintiendo cómo las palabras de su amiga ponían voz a algo que ella misma había estado pensando durante meses.

—Es como si alguien lo hubiera reemplazado por una versión alternativa de sí mismo —murmuró, pasando distraídamente los dedos por la carátula de un videojuego de zombis que Marcus adoraba—. Una versión más oscura, más... perdida.

—Más gilipollas, querrás decir —corrigió Dee con su franqueza característica.

Valerie no pudo evitar reírse, aunque el sonido salió mezclado con algo parecido a un sollozo.

—No es solo eso —dijo, intentando ser justa incluso en esas circunstancias—.

Hay algo roto en él, Dee. Algo que ha cambiado, o que quizás siempre ha estado ahí y yo no quise verlo.

Esos ataques de ira, la forma en que comenzó a beber, cómo se aislaba durante días...

—Se detuvo, recordando momentos dolorosos—.

Y cuando intentaba hablar con él, era como chocar contra un muro.

Dee movió la cabeza, recogiendo una sudadera gris que había quedado olvidada al lado del sofá.

—Sabes que intentaste ayudarle de todas las formas posibles, ¿verdad? —preguntó, sacudiendo la prenda antes de doblarla—. Le sugeriste ir al psicólogo, le ofreciste apoyo, incluso hablaste con sus amigos cuando las cosas se pusieron feas. Hiciste más de lo que la mayoría habría hecho.

Valerie sintió que las lágrimas amenazaban con aparecer nuevamente, pero respiró hondo y las contuvo. Había llorado suficiente en las últimas semanas.

—A veces me pregunto si podría haber hecho algo más —confesó, cerrando la caja de los videojuegos con cinta adhesiva—. Si debería haber insistido más, o esperado más tiempo.

—¿Para qué? ¿Para que te arrastrara con él en su espiral de autodestrucción? —Dee negó con la cabeza firmemente—. No, cariño. No puedes ayudar a alguien que se niega a ser ayudado. Créeme, lo sé por experiencia.

Valerie sabía que su amiga hablaba desde el conocimiento doloroso de su propia historia familiar. El padre de Dee había luchado contra el alcoholismo durante años, rechazando cualquier intento de ayuda hasta que fue demasiado tarde.

—Supongo que tienes razón —cedió Valerie, alcanzando otra caja para empezar a llenarla con libros y cómics—. Es solo que... cuando lo conocí, Marcus era tan diferente. Tenía esa energía, esa pasión por la vida. Me hacía reír hasta que me dolía el estómago, ¿recuerdas?

—Lo recuerdo —confirmó Dee. Su voz se suavizó un poco—.

También recuerdo cómo te miraba, como si fueras la octava maravilla del mundo.

—Hizo una pausa, tomando una figura de acción de Batman que había estado en una de las estanterías de Valerie—.

Pero las personas cambian, Val. Algunas evolucionan, otras...

involucionan. Y no es tu trabajo sacrificar tu felicidad intentando rescatar a alguien que está empeñado en hundirse.

El timbre del apartamento sonó, sobresaltándolas a ambas. Valerie miró su reloj y sintió una oleada de nervios.

—Debe de ser Derek —dijo, poniéndose de pie y alisándose la camiseta con gestos automáticos.

Dee se levantó también, apretando ligeramente el brazo de su amiga en un gesto de apoyo.

—¿Quieres que abra yo? —ofreció.

Valerie negó con la cabeza, cuadrando los hombros como si estuviera preparándose para un enfrentamiento.

—No, está bien. Puedo hacerlo.

Caminó hacia la puerta intentando proyectar una seguridad que no sentía.

Al abrirla, se encontró con Derek, el mejor amigo de Marcus desde la universidad. Alto, con una barba bien cuidada y ojos amables que la miraban con una mezcla de incomodidad y compasión.

—Hola, Val —saludó, con una sonrisa tímida.

—Hola, Derek —respondió ella, haciéndose a un lado para dejarlo entrar—. Gracias por venir. Sé que esto es... incómodo.

Derek entró, saludando con un gesto a Dee, que había comenzado a cerrar las últimas cajas abiertas con la cinta adhesiva.

—No hay problema —dijo, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta—. Yo... bueno, lo siento. Por todo esto.

Valerie asintió, agradecida por su tacto. Siempre había apreciado a Derek, con su naturaleza tranquila y sensata. A menudo se había preguntado cómo dos personas tan diferentes como él y Marcus habían mantenido una amistad tan duradera.

—Las cajas están casi listas —indicó, señalando las pilas que ocupaba parte de su sala de estar—. No es tanto como parece. La mayoría son cosas que fue dejando aquí poco a poco... ya sabes cómo es.

Derek inclinó la cabeza, afirmando. Ambos conocían a Marcus, sus costumbres, sus manías, la forma en que iba apropiándose de los espacios gradualmente, como una enredadera que va extendiéndose poco a poco, en silencio.

—¿Necesitas ayuda para bajarlas al coche? —preguntó Dee, rompiendo el momento.

—Sí, os lo agradecería —respondió Derek—. Tengo el coche justo enfrente, no debería llevarnos mucho tiempo.

Los tres comenzaron a cargar las cajas, formando una pequeña procesión desde el apartamento hasta el viejo Subaru de Derek.

Valerie se sorprendió de lo ligero que se sentía todo el proceso, como si estuviera participando en un extraño ritual de limpieza. Cada caja que desaparecía en el maletero o el asiento trasero del coche parecía llevarse con ella un pequeño fragmento del dolor que había estado acumulando.

Después de varios viajes, solo quedaban un par de cajas en el piso.

Mientras Dee bajaba la penúltima, Valerie y Derek se quedaron solos durante un momento, de pie en el salón que ahora parecía extrañamente vacío, a pesar de que la mayoría de los muebles y de la decoración seguían en su lugar.

—Gracias por venir a recoger sus cosas —comenzó Valerie—. No creo que pudiera enfrentarme a él ahora mismo. —Hizo una pausa, mordiéndose el labio inferior. Había una pregunta que le quemaba en la garganta—. ¿Cómo está?

Derek dudó, como calibrando cuánta verdad podía soportar Valerie.

—Está... sobreviviendo —respondió—. Ya lo conoces. Pretendiendo que todo está bien, saliendo demasiado.

—Bebiendo demasiado —añadió Valerie, no como una pregunta sino como una afirmación.

Derek no lo negó, lo cual fue respuesta suficiente. En ese momento, Dee regresó al apartamento, justo a tiempo para escuchar el final de la conversación. Con su habitual falta de filtro, fue directa al grano.

—Deberías recomendarle a tu amigo que vea a un profesional, Derek —dijo, colocándose junto a Valerie en un gesto protector—. No está bien. Y no lo digo por despecho ni nada parecido. Es obvio que necesita ayuda.

Derek pasó una mano por su barba, un gesto que Valerie reconoció como una señal de su incomodidad.

—Ya lo he hecho —admitió—. Varias veces, en realidad. Pero él insiste en que solo está pasando por una mala racha, que puede manejarlo solo. Ya sabéis cómo es de testarudo.

—No está bien —intervino Valerie, con una voz más firme de lo que esperaba—.

Yo intenté ayudarle, Derek. De verdad que lo intenté.

Le sugerí ir a terapia, incluso busqué algunos psicólogos que podrían ser buenos para él.

Intenté hablar con él sobre lo que le estaba pasando, pero siempre se cerraba en banda o...

—Se detuvo, no queriendo entrar en detalles dolorosos.

—O explotaba —completó Derek, hablando con conocimiento de causa—. Lo sé, Val. He estado ahí para recoger los pedazos más veces de las que puedo contar.

—¿Entonces por qué no haces algo? —presionó Dee, con ese tono que usaba cuando estaba frustrada—. Eres su mejor amigo. Si alguien puede hacerle entrar en razón, eres tú.

Derek dejó escapar un suspiro cansado, y por un momento Valerie vio en él el peso de una amistad que se había vuelto cada vez más difícil de sostener.

—Lo intento, créeme —dijo—. Pero Marcus tiene que querer ayudarse a sí mismo, y ahora está en una fase de negación total.

Piensa que todos exageramos, que el problema es el mundo y no él.

—Miró a Valerie con una expresión que mezclaba culpa y tristeza—.

Parte de él cree que, si tú no hubieras roto la relación, todo estaría bien.

Valerie sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. La culpa, esa vieja conocida, amenazó con asfixiarla nuevamente.

—No es justo que piense eso —intervino Dee, advirtiendo inmediatamente el efecto que las palabras de Derek habían tenido en su amiga—. Valerie aguantó mucho más de lo que cualquier persona razonable habría aguantado.

—Lo sé —aseguró rápidamente Derek, dirigiéndose directamente a Valerie—. Y no lo digo para hacerte sentir mal, Val. Solo quiero que entiendas dónde está su cabeza ahora mismo. No está pensando con claridad.

Valerie asintió, agradeciendo su sinceridad a pesar del dolor que le causaba.

—Espero que encuentre ayuda antes de que sea demasiado tarde —dijo con franqueza. Realmente lo sentía—. A pesar de todo, no le deseo ningún mal.

Un pequeño silencio cayó sobre ellos.

Finalmente, Derek carraspeó y se aclaró la garganta.

—Debería irme —dijo, señalando hacia las dos últimas cajas que había en el salón—. ¿Me ayudas con esa?

Valerie asintió.

Mientras Derek organizaba el espacio en el maletero, Valerie se encontró mirando todas las etiquetas (ropa, libros, videojuegos, recuerdos) y pensando en cómo toda una relación podía reducirse a unas cuantas cajas de cartón.

—Gracias por hacer esto, Derek —dijo, cuando él cerró finalmente el maletero—. Sé que no es fácil estar en medio.

Derek le ofreció una sonrisa cansada pero sincera.

—No hay problema, Val. Y... para que lo sepas, creo que estás haciendo lo correcto. Ojalá las cosas hubieran sido diferentes, pero...

—Pero no lo son —terminó de decir ella, con una pequeña sonrisa de resignación—. Cuídate, Derek. Y si puedes, cuida también de él.

—Lo intentaré —prometió, antes de subir al coche y arrancar.

Valerie lo observó alejarse, sintiendo una extraña mezcla de dolor y liberación. Cuando el coche desapareció en la esquina, se permitió soltar el aliento que no sabía que estaba conteniendo.

Al volver al apartamento, encontró a Dee sentada en el sofá, esperándola. Sin decir palabra, su amiga abrió los brazos, y Valerie se dejó caer en ellos, y las lágrimas que había estado conteniendo finalmente se liberaron.

—Es la mejor decisión que has podido tomar —murmuró Dee, acariciando suavemente su pelo—. Lo sabes, ¿verdad?

Valerie asintió contra el hombro de su amiga, incapaz de hablar.

—Lo sé —logró decir finalmente, separándose un poco para secar sus lágrimas—. Pero han sido tres años, Dee. Tres años de mi vida. Y duele que haya acabado así, sin nada que salvar, solo... escombros.

—Lo sé, cariño —respondió Dee, con una comprensión que iba más allá de las palabras—. Y está bien que duela. Sería extraño si no lo hiciera. Pero este dolor pasará, te lo prometo. Y mientras tanto, aquí estoy yo para lo que necesites.

Valerie miró a su alrededor, a su apartamento, que ahora estaba desprovisto de cualquier rastro visible de Marcus. Era extraño cómo el espacio parecía al mismo tiempo más vacío y más suyo.

—¿Sabes qué? —dijo, secándose las últimas lágrimas con determinación—. Creo que necesito redecorar. Cambiar algunas cosas, hacer este lugar completamente mío de nuevo.

Dee sonrió, reconociendo los primeros signos de curación en su amiga.

—Me parece una idea excelente —aprobó, poniéndose de pie con una energía renovada—. De hecho, ¿qué te parece si empezamos ahora mismo moviendo algunos muebles? Siempre he pensado que ese sillón estaría mejor junto a la ventana.

Valerie se rio. Una risa real que sintió como el primer rayo de sol después de una larga tormenta.

—Eres increíble, ¿lo sabías? —dijo, levantándose también.

—Por supuesto que lo sé —respondió Dee, fingiendo arrogancia—. Ahora, manos a la obra. Este apartamento no va a transformarse solo.

Y mientras comenzaban a mover muebles y a imaginar nuevas posibilidades para el espacio, Valerie sintió que algo similar estaba ocurriendo dentro de ella: un reordenamiento, una limpieza, el comienzo tentativo de algo nuevo.

El dolor seguía ahí, como un eco, pero ya no amenazaba con ahogarla. Y por primera vez en mucho tiempo, se permitió pensar en un futuro que fuera enteramente suyo, sin las sombras que habían oscurecido los últimos meses de su relación con Marcus.

Era un pensamiento a la vez aterrador y liberador. Pero, de momento, era un comienzo.