La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 29 #2
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CAPÍTULO 29 #2

—¿Y desde cuándo te importa lo que piense la gente? —lo desafió ella, alzando aún más la voz—. ¿O es que el gran Aston Cavendish tiene miedo de que su imagen de diablo se vea empañada? —se burló.

Con un movimiento súbito, Vanessa alzó su copa de vino.

—Por nosotros —declaró con una falsa alegría—. Por lo que nunca será.

Y antes de que Aston pudiera reaccionar, arrojó la copa contra el suelo con todas sus fuerzas.

El cristal se hizo añicos, esparciendo vino y fragmentos por el suelo del restaurante. El sonido del cristal rompiéndose pareció congelar todo el lugar durante un instante. Todas las conversaciones cesaron y docenas de ojos se volvieron hacia ellos.

—¡Vanessa! —exclamó Aston, mitad sorprendido, mitad furioso.

Ella se puso de pie. Su esbelto cuerpo temblaba de ira apenas contenida.

—¡Te arrepentirás de esto, Aston! —declaró. Sus ojos brillaban llenos de lágrimas—. Nadie me trata como a un objeto desechable. ¡Nadie!

Aston se levantó también. Su rostro era una máscara de control forzado.

—No me amenaces —dijo en voz baja pero cargada de autoridad—. Siéntate. Podemos resolver esto como adultos.

—¿Resolver qué? Ya lo has dejado perfectamente claro. No hay nada que resolver. —Vanessa tomó su bolso de la silla con un movimiento brusco—. No te preocupes, no montaré más «espectáculos», como dices tú. Tu reputación está a salvo.

A pesar de las palabras de Aston, pidiéndole que se calmara, que no hiciera una escena, ella lo ignoró completamente. Con la cabeza alta y los ojos fijos en el frente, Vanessa se abrió paso entre las mesas. Los tacones resonaban como disparos sobre el suelo de mármol.

Cuando desapareció por la puerta del restaurante, el silencio permaneció unos segundos más antes de que las conversaciones se reanudaran gradualmente, salpicadas de susurros y miradas de reojo hacia la mesa de Aston.

El maître se acercó inmediatamente. Su rostro era una mezcla de preocupación profesional y curiosidad apenas disimulada.

—Señor Cavendish, lamento mucho este... incidente. ¿Puedo ofrecerle algo?

Aston, que había vuelto a sentarse, miró los fragmentos de cristal que un camarero ya estaba recogiendo con diligencia.

—Añada el coste de la copa a la cuenta —dijo con voz tranquila—. Y pido disculpas por lo que ha pasado.

—No se preocupe, señor. Estas cosas... ocurren. —El maître hizo un gesto con la mano, y un segundo camarero apareció para limpiar las salpicaduras de vino que tenía la mesa—. ¿Desea que le traigamos el plato principal o prefiere posponerlo?

Aston consideró la pregunta. La idea de sentarse a comer solo, bajo las miradas curiosas y los susurros, no le resultaba especialmente atractiva. Pero tampoco estaba dispuesto a huir como si hubiera hecho algo malo.

—Continúe con la cena, por favor —decidió.

El maître asintió y se retiró, dejando a Aston solo con sus pensamientos, mientras el primer camarero terminaba de recoger los últimos fragmentos de cristal del suelo.

Miró hacia la ciudad que se extendía bajo él, un océano de luces en la oscuridad. La sensación que lo invadía no era de tristeza ni de arrepentimiento. Era, sorprendentemente, de alivio.

Su relación con Vanessa había estado condenada desde el principio.

Ella siempre había querido más: más tiempo, más atención, más compromiso. Y él nunca había estado dispuesto a dárselo. Sabía que terminarían así, entre gritos y reproches. Era el final inevitable de un camino que habían recorrido demasiadas veces.

El camarero se acercó, y Aston lo observó mientras servía el vino en su copa con movimientos precisos.

—Gracias —dijo cuando el hombre terminó.

Solo en la mesa, Aston tomó la copa y dio un sorbo, saboreando el vino que ahora le parecía más intenso que antes.

¿Por qué siempre terminaba así? ¿Por qué las mujeres siempre esperaban de él algo que nunca había prometido dar?

Él siempre era claro desde el principio.

No ofrecía futuros compartidos ni anillos de compromiso.

Ofrecía exactamente lo que estaba dispuesto a dar: compañía, placer, momentos compartidos sin ataduras ni promesas.

Y, sin embargo, inevitablemente, llegaba ese momento.

El momento en que ya no era suficiente, en que los términos del acuerdo tácito dejaban de ser satisfactorios.

Como si algo en él las empujara a querer domesticarlo, a buscar, bajo la superficie del CEO implacable, para encontrar...

¿qué? ¿Un corazón oculto? ¿Un alma romántica reprimida?

Aston casi sonrió ante lo absurdo de la idea.

Lo que veían era lo que había. No existía un Aston secreto esperando ser descubierto, un hombre diferente bajo la armadura de trajes a medida y decisiones de negocios.

Bueno, eso no era del todo cierto. Sí había un Aston diferente, pero no era el que ellas imaginaban.

No era un príncipe encantador esperando ser despertado por el beso del amor verdadero.

Era un hombre con una obsesión, una misión que consumía cada rincón de su ser que no estaba dedicado a los negocios.

Una vendetta personal que había definido su existencia desde que tenía doce años.

¿Cómo podría explicarle eso a alguien como Vanessa? ¿Cómo podía decirle que no había espacio en su vida para el tipo de relación que ella anhelaba porque cada parte de él ya estaba comprometida con una promesa hecha ante las tumbas de su madre y de su hermana?

Terminó su copa de un solo trago y consultó su reloj.

Apenas habían pasado veinte minutos desde la salida teatral de Vanessa, pero habían parecido una eternidad.

El día había sido agotadoramente largo, entre reuniones interminables, decisiones estratégicas y esa sensación constante de estar corriendo contra el tiempo que nunca lo abandonaba.

Con un gesto discreto, llamó al maître.

—La cuenta, por favor —pidió cuando el hombre se acercó.

Pagó la cuenta, dejando una propina generosa que sabía que compensaría en parte las molestias causadas, y se dirigió hacia la salida.

Las miradas seguían fijas en él, pero las devolvió con esa indiferencia glacial que había perfeccionado a lo largo de los años.

La noche neoyorquina lo recibió con una brisa fresca que agradeció después del ambiente cargado del restaurante. Su Lexus LC negro esperaba en la zona de aparcacoches, tan elegante y discreto como su dueño.

Cogió las llaves de la mano del joven que se acercó y se deslizó tras el volante, agradeciendo el momento de soledad y silencio.

Condujo por las calles de Manhattan, sintiendo cómo la tensión iba abandonando sus hombros con cada kilómetro que lo alejaba del Élysée y de Vanessa. La ciudad brillaba a su alrededor como un circuito eléctrico gigante, vibrando con vida y energía incluso a esa hora.

Cuando finalmente llegó a su ático, lo recibió el silencio y la penumbra. Justo lo que necesitaba.

Se aflojó la corbata mientras caminaba hacia el ventanal que dominaba la sala de estar, contemplando la vista que nunca dejaba de fascinarle: Nueva York extendida bajo él como un universo propio, con sus millones de luces como estrellas caídas en la tierra.

En algún lugar entre aquellas luces estaba su objetivo. Los Blackguard. Su padre. La justicia que había estado persiguiendo durante veinte años.

Y comparado con eso, ¿qué importancia tenía realmente una copa hecha añicos y una relación rota?

Aston se sirvió un whisky y brindó en silencio con la ciudad. Por las prioridades, había dicho Vanessa. Y él tenía las suyas propias.