La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Las luces tenues del Élysée, uno de los restaurantes más exclusivos de Manhattan, bañaban las mesas con un resplandor dorado que hacía brillar las copas de cristal y los cubiertos.

Aston, enfundado en un traje negro hecho a medida que le sentaba como una segunda piel, contemplaba la carta de vinos con cierta expresión de indiferencia.

Frente a él, Vanessa resplandecía con un vestido de seda de color rojo que se ajustaba perfectamente a su cuerpo de modelo.

El diamante que adornaba su cuello captaba la luz y la proyectaba en pequeños destellos sobre el mantel blanco.

Cualquiera que los viera pensaría que formaban la pareja perfecta. El exitoso magnate y la bella modelo. Una portada de revista cobrando vida entre platos de porcelana y cubiertos bañados en plata.

Pero Aston sabía que las apariencias engañaban. Lo sabía mejor que nadie.

—¿Has decidido ya? —preguntó Vanessa, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos—. El sumiller nos ha estado mirando durante los últimos cinco minutos.

Aston alzó la vista de la carta.

—El Château Margaux del 2009 —respondió con ese tono decidido que usaba para cerrar negociaciones de millones de dólares—. A menos que prefieras algo más ligero.

Vanessa esbozó una sonrisa algo torcida.

—Perfecto —dijo, aunque era evidente que no le importaba realmente el vino—. Una elección... a la altura de las circunstancias.

Había algo en su tono, una insinuación que Aston decidió ignorar deliberadamente.

Llevaba varios días postergando aquella cena. Había accedido únicamente porque Vanessa había insistido, argumentando que hacía semanas que no pasaban tiempo juntos fuera de su oficina o los encuentros en su ático.

Con un gesto casi imperceptible, Aston llamó al sumiller, que apareció a su lado como materializado de la nada.

—El Château Margaux 2009, por favor —indicó.

El hombre asintió con reverencia, como si Aston acabara de pronunciar unas palabras sagradas, y se retiró con la misma discreción con la que había llegado.

—Me alegra que por fin hayas encontrado un hueco en tu apretada agenda para mí —comentó Vanessa, pasando un dedo por el borde de su copa vacía—. Empezaba a pensar que tendría que pedir una cita con tu asistente para poder verte.

Aston reprimió un suspiro. La noche apenas había comenzado y ya podía sentir la tensión acumulándose entre ellos como electricidad estática antes de una tormenta.

—He estado ocupado, Vanessa —respondió, optando por la sinceridad básica—. La adquisición de esta empresa requiere toda mi atención, te lo he explicado varias veces.

—Siempre hay algo que requiere toda tu atención, ¿verdad? —Vanessa sonrió, pero su mirada era afilada como la de un halcón—. Un nuevo contrato, una reunión crucial, una crisis empresarial... Todo parece ser más importante que yo.

Antes de que Aston pudiera responder, el sumiller regresó con la botella, realizando el ritual de presentación con la solemnidad de un sacerdote en un altar.

Descorchó el vino con habilidad y sirvió una pequeña cantidad en la copa de Aston para que lo probara.

Aston dio un pequeño sorbo, saboreando el líquido rubí. Asintió con aprobación, y el sumiller procedió a llenar ambas copas antes de retirarse nuevamente.

—A tu salud —dijo Vanessa, alzando su copa—. Por las prioridades en la vida.

El tono sarcástico era inconfundible.

Aston chocó ligeramente su copa con la de ella, y el cristal emitió un sonido claro y musical que contrastaba con la discusión que se estaba gestando entre ellos.

—Vanessa —comenzó, decidiendo enfrentar el problema directamente, sin rodeos—. Si hay algo que quieres decirme, preferiría que fueras clara.

Ella dio un sorbo de su vino, dejando una marca de pintalabios rojo en el cristal.

—Siempre tan directo, Aston. Es una de las cosas que me atrajo de ti, ¿sabes?

Esa brutal honestidad. —Dejó la copa sobre la mesa con deliberada lentitud—.

Muy bien, seré clara. Hemos estado juntos ocho meses.

Ocho meses en los que apenas te he visto más allá de eventos sociales o encuentros furtivos en tu ático…

Bueno, y en tu oficina. Y estoy empezando a preguntarme hacia dónde va esto.

Aston mantuvo su expresión imperturbable, aunque por dentro sintió que algo se tensaba.

—Nunca te he ocultado la naturaleza de mi trabajo, Vanessa. Ni lo que podía ofrecerte.

—¿Y qué es exactamente lo que me ofreces, Aston? —le preguntó ella. Sus ojos azules, normalmente calculadores, en aquel momento brillaban con una emoción real—. Porque cada vez tengo más claro que no es un futuro juntos.

El camarero eligió ese instante para acercarse con los entrantes: un tartar de atún para Vanessa y vieiras para Aston. Colocó los platos con precisión milimétrica y se retiró, aparentemente ajeno a la tensión que bullía en la mesa.

Aston tomó su tenedor, agradecido por la interrupción.

—Es un tema complicado para discutir durante la cena —dijo, intentando ganar tiempo.

Vanessa dejó escapar una risa seca, ignorando por completo su plato.

—¿Cuándo es el momento idóneo, entonces?

Cada vez que intento hablar de nosotros, estás demasiado ocupado, demasiado cansado, o simplemente no estás interesado.

—Hizo una pausa, estudiando su rostro—. ¿Sabes qué creo, Aston?

Creo que te gusta mantenerme en una especie de limbo.

Lo suficientemente cerca para cuando me necesitas, lo suficientemente lejos para que no interfiera con tu preciada independencia.

Aston dejó el tenedor junto al plato. Se le había quitado el apetito. Otra vez igual.

Miró directamente a Vanessa, y se dio cuenta de que aquella conversación ya era inevitable.

—Cuando comenzamos esta relación —dijo, controlando la voz—, fui muy claro sobre mis expectativas. Nunca te prometí exclusividad ni compromiso a largo plazo.

—No, no lo hiciste —admitió ella. Sus labios formaron una línea tensa—. Pero las personas cambian, Aston. Las relaciones evolucionan. O al menos, deberían hacerlo.

Un silencio incómodo se instaló entre ellos. Alrededor, el murmullo del restaurante continuaba, ajeno a la discusión que se desarrollaba en su mesa. Risas educadas, tintineo de copas, conversaciones banales sobre yates y propiedades en el Caribe.

—He cambiado —dijo finalmente Vanessa. Su voz sonaba más suave—. Estos meses contigo me han cambiado. Ya no quiero lo mismo que cuando nos conocimos.

Aston la observó.

Sabía lo que venía. Lo había visto antes, con otras mujeres. Ese momento en que las reglas tácitas ya no eran suficientes, en que querían más de lo que él estaba dispuesto a dar.

—¿Y qué quieres ahora, Vanessa? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.

Ella tomó aire, como preparándose para un salto al vacío… sin red.

—Quiero un compromiso, Aston. Quiero exclusividad. Quiero saber que tenemos un futuro, no solo unos cuantos encuentros cuando tu agenda te lo permite. —Sus ojos se clavaron en los de él—. En pocas palabras, quiero más.

Aston dejó que sus palabras flotaran entre ellos durante un momento. Fuera, las luces de Nueva York parpadeaban como estrellas caídas, indiferentes a todo.

—No puedo darte eso —respondió finalmente, con una honestidad que sabía que sería dolorosa—. No en este momento de mi vida.

Vanessa apretó los labios. Sus ojos se endurecieron.

—¿Y cuándo, Aston? ¿Cuándo será el momento adecuado? ¿Después de tu próxima adquisición? ¿Después de conquistar Wall Street? ¿Cuándo?

—No lo sé —admitió él—. Quizás nunca.

Las palabras cayeron entre ellos de forma seca, con un ruido sordo, como cuando algo extremadamente pesado choca con el suelo.

Vanessa lo miró como si lo viera por primera vez, y tal vez así era. Tal vez nunca había visto realmente al hombre detrás de la imagen que ella había construido.

—Entiendo. —Su voz era fría como el hielo—. Entonces supongo que ha llegado el momento de tomar una decisión.

Aston esperó, consciente de lo que seguía.

Una parte de él sentía casi alivio, porque por fin llegaría el final que llevaba semanas viendo acercarse como una tormenta en el horizonte.

—O nos comprometemos o termino contigo —declaró Vanessa, pronunciando cada palabra con suma claridad—. Ya no puedo seguir así, Aston. Necesito saber que vamos a alguna parte.

Aston la miró directamente a los ojos, sin pestañear ni dudar.

—Entonces terminamos —aseveró.

Durante unos segundos, el rostro perfecto de Vanessa se congeló en una máscara de incredulidad, como si le costara procesar que alguien, especialmente él, pudiera rechazarla tan directamente.

Luego, la incredulidad dio paso a la rabia.

Una rabia que transformó sus facciones delicadas en algo duro y peligroso.

—¿Así de fácil? —Su voz temblaba—. ¿Sin pensártelo siquiera?

—No hay nada que pensar, Vanessa —respondió Aston, manteniendo su tono calmado—. Si lo que necesitas es un compromiso, no puedo dártelo. Y no sería justo para ninguno de los dos pretender lo contrario.

Ella se echó hacia atrás en su silla, como si la hubiera golpeado una fuerza invisible. Su mano se cerró en torno a la copa de vino con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

—¿Sabes qué es lo que creo? —dijo en un tono que rezumaba veneno—. Creo que nunca has tenido la intención de comprometerte. Que he sido solo un accesorio conveniente, algo bonito que lucir en tu brazo en las galas benéficas. Algo con lo que pasar… el rato.

Aston mantuvo su expresión controlada, aunque todos sus músculos se tensaron como las cuerdas de un violín bien afinado.

—Eso no es justo, Vanessa. Siempre he sido sincero contigo.

—¡¿Sincero?! —Ella rio, pero su risa carecía por completo de humor—. ¿Llamas sinceridad a mantenerme esperando durante meses, a darme justo lo suficiente para no alejarme, pero nunca lo bastante como para que me sienta segura?

Su voz había comenzado a elevarse, atrayendo miradas curiosas de las mesas cercanas. Aston era consciente del espectáculo que estaban comenzando a montar.

—Vanessa —dijo en voz baja pero firme—. Este no es el lugar para tener esta conversación. La gente nos está mirando.