La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

El cielo de Nueva York había comenzado a teñirse de naranja y púrpura mientras el sol se ocultaba lentamente entre los rascacielos.

Desde la ventana del despacho de Aston, la ciudad parecía un océano de luces que iba despertando a medida que la oscuridad se apoderaba del horizonte.

Pero ni Aston ni Lexe estaban prestando atención al espectáculo que ofrecía el atardecer. Ambos se encontraban inclinados sobre el escritorio, con expresiones tensas mientras revisaban el contenido de una carpeta negra que Lexe había llevado consigo.

—Esto es todo lo que hemos podido recopilar hasta ahora —dijo Lexe, pasando una página llena de fotografías, documentos financieros y transcripciones de conversaciones—. El imperio de los Blackguard es como una telaraña. Cada vez que tiramos de un hilo, descubrimos diez más.

Aston asintió.

Su mandíbula se veía tensa mientras examinaba los documentos. A través del papel, los rostros de la familia Blackguard lo observaban: hombres de traje, sonrisas calculadas y ojos fríos que habían dominado el submundo de Nueva York durante generaciones.

—Lavado de dinero a través de sus casinos y su conglomerado de empresas, sobornos a funcionarios públicos, extorsión a empresarios... —Aston pasó el dedo por una lista de delitos que ocupaba toda una página—. Y esto solo es la punta del iceberg.

Lexe se pasó una mano por el pelo corto, un gesto que revelaba su frustración.

—El problema es que son condenadamente buenos ocultando sus huellas y su rastro —continuó, apoyándose contra el borde del escritorio—. Tienen a media ciudad en el bolsillo: jueces, policías, políticos... Lo malo es que no tenemos pruebas suficientes para incriminarlos.

Aston cerró la carpeta de golpe y se levantó de la silla, caminando hacia la ventana. Su reflejo en el cristal mostraba a un hombre conteniendo apenas una tormenta interior.

Se aflojó ligeramente la corbata, como si de repente le estuviera ahogando.

—Entonces, ¿todo esto no sirve para nada? —preguntó. Su voz sonaba baja pero cargada de intensidad—. ¿Años de investigación para tener un montón de sospechas que no podemos usar?

Lexe observó a su amigo y jefe con una mezcla de comprensión y preocupación. Conocía esa mirada, ese tic en la mandíbula que aparecía cuando Aston estaba a punto de explotar.

—No he dicho eso —respondió con calma—. Tenemos piezas del rompecabezas. Necesitamos más, es cierto, pero cada día estamos más cerca.

Aston golpeó el cristal con la palma de la mano, un gesto inusualmente impulsivo para alguien que siempre mantenía un control férreo sobre sus emociones.

—Más cerca... siempre estamos «más cerca», Lexe —dijo con amargura—. Han pasado veinte años. Veinte malditos años desde que mataron a mi madre y a Sophie. Y los Blackguard siguen ahí fuera, intocables, haciendo negocios sucios como si nada hubiera pasado.

Lexe se aproximó a su jefe, manteniendo una distancia respetuosa, pero lo suficientemente cerca para hablar en un tono más confidencial.

—Hay algo más —dijo, cambiando ligeramente de tema—. Creo que hemos encontrado a alguien que puede darnos información sobre tu padre.

Aston se giró tan rápidamente que por un momento pareció que iba a perder el equilibrio. Sus ojos, que normalmente proyectaban frialdad, brillaban con una intensidad casi febril.

—¿A quién? —Su voz apenas era un susurro.

—Un ex contable que trabajó para los Blackguard hace unos quince años —explicó Lexe, regresando al escritorio para sacar otra carpeta más delgada de su maletín—.

Morris Kepler. Lo despidieron cuando empezó a hacer preguntas incómodas sobre ciertos movimientos de dinero.

Sorprendentemente, sigue vivo, lo que sugiere que no sabía lo suficiente como para que lo consideraran una verdadera amenaza.

Aston se acercó y tomó la carpeta, abriéndola para encontrarse con la fotografía de un hombre de aspecto anodino: entrado en los sesenta, calvo, con gafas gruesas y expresión nerviosa.

—¿Y crees que este hombre sabe dónde está mi padre?

Lexe asintió, cruzándose de brazos.

—Kepler manejaba las cuentas personales de algunos miembros de la familia, incluido Edgar.

Según mi fuente, después de que tu padre desapareciera oficialmente de la vida pública, Kepler siguió realizando transferencias regulares a una cuenta en Argentina.

Transferencias que solo podían haber sido autorizadas por alguien que supiera dónde estaba Edgar y cómo contactarlo.

Una chispa de esperanza, peligrosa y frágil, se encendió en el pecho de Aston. Después de años de callejones sin salida, quizás por fin tenían una pista real.

—¿Has hablado con él?

—Lo intenté —respondió Lexe con una mueca—. Me cerró la puerta en las narices. Está aterrorizado, Aston. Los Blackguard pueden haberlo dejado vivir, pero se aseguraron de que entendiera lo que pasaría si hablaba de más.

Aston apretó los puños.

Su padre era la pieza central del rompecabezas, el origen de todo.

El hombre que había abandonado a su madre embarazada, dejándola vulnerable ante la ira de los Blackguard cuando descubrieron que su precioso heredero había dejado embarazada a una simple criada.

El hombre que, por acción u omisión, había firmado la sentencia de muerte de Laura y Sophie Cavendish.

—Encuéntralo de nuevo —ordenó Aston. Su voz recuperó esa cualidad de acero que hacía temblar a cualquiera que no acatara sus órdenes—.

Si tiene miedo, dale razones para que nos tema más a nosotros que a los Blackguard.

Si quiere dinero, ofrécele lo que pida. Si necesita protección, proporciónasela.

No me importa lo que cueste, Lexe. Si ese hombre sabe dónde está Edgar Blackguard, lo hará hablar.

Lexe asintió, pero había una sombra de preocupación en sus ojos.

—Hablaré con él —aseguró—. Pero Aston... tienes que estar preparado para la posibilidad de que Edgar ya no esté vivo.

Aston negó con la cabeza. Su expresión se volvió aún más dura.

—Está vivo —afirmó con una certeza que rozaba lo irracional—. Ese bastardo no puede morir antes de que yo lo encuentre. No puede escapar así.

Se hizo un silencio entre ambos, un silencio en el que colgaba el eco de una venganza que había definido la vida de Aston durante dos décadas.

Lexe se acercó al minibar que había en una esquina del despacho y sacó una botella de whisky y dos vasos. Vertió una generosa cantidad en cada uno y le tendió uno a Aston.

—Veinte años es mucho tiempo, Aston —dijo mientras su jefe aceptaba el vaso—. La mayoría de la gente habría abandonado, habría seguido adelante con su vida.

Aston tomó un sorbo del licor, dejando que el calor del alcohol le quemara la garganta antes de responder.

—La mayoría de la gente no vio lo que yo vi —respondió con una voz que de repente sonaba más joven, más vulnerable—. No encontró a su madre y a su hermana en un charco de sangre. No tuvo que identificar sus cuerpos en la morgue a los doce años.

Lexe bajó la mirada, respetando el dolor que nunca abandonaba a su amigo.

—Lo sé —dijo suavemente—. Y por eso estoy aquí, contigo. Hasta el final. Pero a veces me preocupa que esta venganza te esté consumiendo. Han pasado veinte años y apenas has vivido, Aston. Todo gira en torno a los Blackguard y a Edgar.

Aston se tensó, como siempre hacía cuando alguien cuestionaba, aunque fuera ligeramente, su obsesión.

—¿Y qué sugieres? —preguntó con un filo de impaciencia en su voz—. ¿Que lo olvide? ¿Que finja que no pasó nada? ¿Que perdone a esos monstruos que destrozaron a mi familia?

—No he dicho eso —respondió Lexe con calma—. Solo digo que quizá sería bueno que tuvieras algo más en tu vida además de esta venganza. Algo que te recuerde por qué vale la pena seguir adelante cuando todo esto termine.

—¿Y qué pasa si nunca termina, Lexe? —preguntó Aston en voz baja—. ¿Y si nunca encuentro a Edgar? ¿Y si nunca consigo las pruebas para hundir a los Blackguard? A veces tengo la sensación de que estoy persiguiendo fantasmas, de que me moriré sin haber conseguido justicia para mi madre y para Sophie.

Lexe nunca había visto a Aston expresar sus dudas de manera tan abierta. El hombre que el mundo conocía como el implacable CEO que no mostraba debilidad, en ese momento parecía agotado, cargando con un peso invisible que lo aplastaba lentamente.

—Lo conseguiremos —afirmó Lexe con una convicción que no admitía discusión—.

Quizá no mañana, ni la semana que viene, pero lo conseguiremos.

Los Blackguard han cometido demasiados errores a lo largo de los años.

Su arrogancia será su perdición. Y en cuanto a Edgar...

—Hizo una pausa, eligiendo cuidadosamente las palabras que iba a decir—, si está vivo, lo encontraremos. Y pagará por lo que ha hecho.

Aston asintió lentamente, apurando su whisky antes de dejar el vaso en el escritorio.

—Tienes razón —dijo, recuperando algo de su habitual compostura—. Hemos llegado demasiado lejos para rendirnos ahora.

Lexe sonrió ligeramente, aliviado de ver que su amigo volvía a encontrar su determinación.

—Además —añadió—, los tenemos nerviosos. Han empezado a cometer errores. Ese intento de sabotear tu adquisición de la farmacéutica… fue torpe, desesperado…

—Y costoso para ellos —completó Aston, permitiéndose una pequeña sonrisa de satisfacción—. Perdieron más de cien millones en esa jugada.

—Exactamente. —Lexe dejó su vaso y regresó a las carpetas que había encima del escritorio—.

Están empezando a verte como una amenaza, aunque no sepan quién eres realmente.

Lo que significa que, de alguna manera, ya estamos ganando.

Porque tú sabes quiénes son ellos, pero ellos no saben quién eres tú.

Aston volvió a mirar por la ventana. La ciudad ahora estaba completamente iluminada. Un mar de luces que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. En algún lugar, entre esos millones de ventanas iluminadas, estaban los Blackguard. Y quizá, también su padre.

—Encuentra a Kepler —dijo sin volverse—. Y cuando lo hagas, no le des opción. Necesitamos saber dónde está Edgar.

—Lo haré —prometió Lexe—. Pero mientras tanto, hay algo más que deberías ver.

Aston se giró, intrigado por el cambio en el tono de Lexe. Su amigo había sacado otra carpeta del maletín, de un color rojo intenso.

—¿Qué es eso?

—Información sobre tu asistente personal —respondió Lexe, extendiéndole la carpeta—. La señorita Scott.

Aston frunció el ceño, confundido.

—¿Por qué demonios has investigado a mi asistente?

Lexe mantuvo una expresión neutral mientras Aston tomaba la carpeta con una evidente reticencia.

—Es un protocolo estándar —explicó—. Investigamos a todos los que trabajan cerca de ti. Pero con lo de su exnovio y todo ese incidente... pensé que deberías saber un poco más sobre ella.

Aston abrió la carpeta y se encontró con un perfil completo de Valerie: historial académico, antecedentes familiares, situación financiera actual, informes médicos de su padre...

—Su padre tiene cáncer terminal —dijo Lexe mientras Aston leía—. Cáncer de hígado en etapa avanzada. El seguro no cubre el tratamiento experimental que podría salvarlo. El coste: 40.000 dólares mensuales.

Aston sintió una punzada de algo que no supo identificar. ¿Compasión? ¿Preocupación? Lo que fuera, era un sentimiento incómodo que preferiría no tener. No le gustaban aquel tipo de emociones.

—¿Y su exnovio? —preguntó, pasando rápidamente las páginas hasta encontrar la sección dedicada a Marcus.

—Un fracasado —respondió Lexe sin rodeos—. Sin trabajo estable desde hace meses. Problemas con el alcohol. Un par de detenciones por alteración del orden público, nada grave. Vivía prácticamente a costa de la señorita Scott.

Aston cerró la carpeta de golpe, repentinamente molesto sin saber exactamente por qué.

—¿Por qué me muestras esto, Lexe?

Lexe lo miró directamente, con la franqueza que solo él podía permitirse con Aston.

—Porque la última vez que te vi interesarte por el bienestar de alguien fuera de... todo esto —hizo un gesto abarcando las carpetas de los Blackguard—… fue hace tanto tiempo que ni siquiera lo recuerdo.

Aston desvió la mirada, incómodo con la insinuación.

—Es una buena empleada —dijo en tono neutro—. No me gusta que los problemas personales interfieran con el rendimiento laboral, eso es todo.

—Por supuesto —respondió Lexe, permitiéndose una pequeña sonrisa que desapareció rápidamente—. En cualquier caso, deberías saber que su ex está escalando en su acoso. Ha intentado entrar en su apartamento varias veces desde que ella cambió la cerradura.

Algo oscuro y primitivo se agitó en el pecho de Aston.

—¿Cómo sabes eso?

Lexe se encogió de hombros con fingida casualidad.

—Puede que haya asignado a alguien para que la vigile. Solo por precaución. La señorita Scott me cae bien.

Aston debería haber estado furioso por aquella extralimitación de Lexe, pero en lugar de eso, sintió un extraño alivio.

—Mantenme informado —dijo simplemente—. Y si ese imbécil intenta algo...

—Me encargaré —aseguró Lexe, comprendiendo perfectamente lo que Aston no necesitaba decir.

Un silencio cómplice se instaló entre ellos, mientras el cielo de Nueva York terminaba de oscurecerse por completo. La ciudad de los sueños, la ciudad de las pesadillas. Tantos secretos ocultos tras sus brillantes luces.

Aston volvió a mirar la carpeta roja, permitiendo que sus dedos descansaran sobre ella durante un segundo antes de deslizarla hacia Lexe.

—Encuentra a Kepler —dijo, volviendo al tema principal—. Y mientras tanto, sigue recopilando todo lo que puedas sobre los Blackguard. Cada pequeño detalle. No se pueden esconder para siempre.

—Nadie puede —respondió Lexe, recogiendo todas las carpetas y guardándolas en su maletín—. Ni siquiera tu padre.

Aston asintió, y su rostro volvió a ser la máscara impenetrable que mostraba al mundo.

—Veinte años, Lexe —murmuró, más para sí mismo que para su amigo—. A veces me pregunto si reconocería a Edgar si lo tuviera delante. Ha pasado tanto tiempo...

—Lo reconocerías —afirmó Lexe con certeza—. Hay cosas que no se olvidan, por muchos años que pasen.

Mientras Lexe se dirigía a la puerta, Aston sintió el peso de su objetivo, de su obsesión, asentarse nuevamente sobre sus hombros.

Pero por primera vez en mucho tiempo, ese peso compartía espacio con algo más: la imagen de unos ojos de color avellana, una sonrisa tímida, y la silenciosa dignidad de una chica que luchaba con sus propios demonios.

—Un poco más de tiempo —se dijo en voz baja cuando se quedó solo—. Solo necesito un poco más de tiempo.

La noche había caído por completo sobre Nueva York, y en su despacho en lo alto del mundo, Aston Cavendish seguía buscando sombras entre las luces.