CAPÍTULO 27 #3
Valerie supo de inmediato que si Marcus sabía que había cambiado la cerradura, era porque había intentado abrir la puerta con su antigua llave.
—Por supuesto que no confío en ti —respondió, sin molestarse en ocultar su exasperación—. No me gusta la manera en que te estás comportando últimamente.
—¡Tengo cosas dentro! —exclamó Marcus, señalando hacia el interior del apartamento—. Mi ropa, mis libros, mis discos. No puedes simplemente cambiar la cerradura y dejarme sin acceso a mis propias pertenencias.
Valerie respiró hondo, tratando de mantener la calma.
—No te preocupes por tus cosas. Recogeré todo y te lo dejaré en el rellano. Puedes venir mañana a por ellas.
La incredulidad se dibujó en el rostro de Marcus.
—¿En el rellano? —repitió, como si no pudiera creer lo que oía—. ¿Vas a dejar mis pertenencias en el maldito rellano como si fueran basura?
—Puedes venir a recogerlas cuando te avise —continuó ella, ignorando su tono indignado—. O mejor aún, que venga tu amigo Derek a por ellas. No quiero encontrarme de nuevo contigo, Marcus.
—¿Cómo puedes ser así? ¿Dónde está la chica que eras antes?
Valerie no iba a responder más a sus preguntas. Estaba cansada.
—Tus cinco minutos han terminado, Marcus. Vete o llamaré a la policía.
Hizo ademán de cerrar la puerta, pero Marcus colocó rápidamente el pie en el hueco, impidiéndoselo.
—No hemos terminado de hablar, Val —insistió. Y de pronto su voz adquirió un tono amenazante—. No puedes simplemente echarme de tu vida como si no significara nada.
El miedo volvió a apoderarse de Valerie, pero se negó a mostrarlo. En su lugar, sacó el teléfono del bolsillo de su pantalón.
—Estoy marcando el 911 ahora mismo —advirtió, con el pulgar sobre la pantalla—. Tienes tres segundos para quitar el pie.
Se miraron fijamente a través de la rendija de la puerta. Ninguno estaba dispuesto a ceder. Valerie apretó los dientes. Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, Marcus retiró el pie.
—Esto no ha terminado, Val —murmuró, retrocediendo un paso—. Pertenecemos el uno al otro. Lo sabes tan bien como yo.
Valerie cerró la puerta de golpe y echó el cerrojo, apoyándose contra la madera mientras las piernas le temblaban. El sonido de los pasos de Marcus alejándose por el pasillo fue lo único que rompió el silencio durante varios segundos.
Con manos temblorosas, marcó el número de Dee en el teléfono. Necesitaba hablar con alguien, alguien que la entendiera sin juzgarla.
Dee respondió al segundo tono.
—¡Val! Qué sorpresa, estaba pensando en llamarte. —Su voz alegre se interrumpió al notar el silencio que había al otro lado—. ¿Val? ¿Estás bien?
—Marcus acaba de estar aquí —respondió Valerie, dejándose caer en el sofá—. He tenido que amenazarlo con llamar a la policía para que se fuera.
—¡Dios mío! —La preocupación era palpable en la voz de Dee—. ¿Estás bien? ¿No te ha hecho nada? Puedo estar ahí en media hora. En veinte minutos si me salto algún semáforo. Es domingo y hay poco tráfico.
—Estoy bien —aseguró Valerie, pasándose una mano por la cabeza—. Solo... asustada. Y enfadada. Y cansada de todo esto.
—¿Por qué no lo denuncias? —preguntó Dee con seriedad—. Esto es acoso, Val. No es normal que siga así después de haber roto con él.
Valerie suspiró, recostándose contra los cojines del sofá.
—Espero que con el tiempo lo vaya asimilando —dijo, aunque la convicción en su voz flaqueaba.
—¿Y si no es así, Val? —La voz de Dee adoptó ese tono que usaba cuando intentaba hacerla entrar en razón—.
Su comportamiento está empeorando, no mejorando.
¿Qué pasa si la próxima vez no se detiene cuando lo amenaces con llamar a la policía?
¿Qué pasa si decide que ya no le importan las consecuencias?
Un escalofrío recorrió la espalda de Valerie. La idea de que Marcus pudiera volverse verdaderamente peligroso no era algo que hubiera querido contemplar, pero la mirada en sus ojos que había visto hoy... había algo diferente, algo perturbador.
—Tal vez tengas razón —admitió finalmente—. Si no para, voy a hacerte caso, y voy a denunciarlo.
—Quizás esa sea la única forma de que se detenga —comentó Dee.
—Quizás. A ver qué pasa cuando recoja sus cosas del apartamento. —Valerie cerró los ojos, sintiendo el peso del cansancio emocional—. Y, Dee... gracias. Por estar ahí.
—Siempre, tonta —respondió su amiga con cariño—. ¿Quieres que me quede un rato más? Podemos hablar de tonterías para que te distraigas.
Valerie sonrió levemente, agradeciendo la normalidad que Dee le ofrecía.
—Cuéntame qué tal te fue en la cita que tuviste el viernes —le pidió, acomodándose mejor en el sofá—. ¿El tío del gimnasio resultó ser tan intenso como parecía?
Mientras escuchaba a Dee despotricar sobre su desastrosa cita, Valerie miró hacia la puerta, con su nueva cerradura.
Marcus se había convertido en una sombra amenazante, pero iba a seguir el consejo de Dee. Si no paraba, presentaría una denuncia. Porque algunos problemas, como Marcus, no desaparecían simplemente con el tiempo. A veces, había que forzarlos a salir de tu vida.