CAPÍTULO 27 #2
Valerie asintió, sintiendo una extraña mezcla de agradecimiento e irritación. No necesitaba que nadie la protegiera, pero había algo reconfortante en saber que alguien como Aston Cavendish estaba de su lado. Sí, era reconfortante.
—Está claro —respondió, volviendo a su tono profesional—. ¿Necesita algo más antes de que me vaya?
Aston la observó unos segundos, como si quisiera añadir algo, pero finalmente negó con la cabeza.
—Puede irse. Buen fin de semana, señorita Scott.
—Igualmente, señor Cavendish.
Al salir de la sala de conferencias, Valerie exhaló lentamente.
La decisión de cambiar la cerradura de la puerta no fue impulsiva.
Estuvo dándole vueltas varios días. Pero el modo en que se estaba comportando Marcus le hizo pensar que tal vez cualquier día podía encontrárselo dentro del apartamento al llegar del trabajo y la sola idea la aterraba.
Así que terminó llamando a un cerrajero.
El hombre, un tipo fornido de unos cincuenta años con un espeso bigote canoso, la miró con comprensión mientras trabajaba.
—¿Problemas con su expareja? —preguntó casualmente mientras instalaba el nuevo mecanismo.
Valerie, sentada en el sofá con los brazos cruzados, asintió brevemente.
—¿Tan obvio es?
El cerrajero soltó una risita.
—Llevo treinta años cambiando cerraduras, señorita. Reconozco los patrones. Las mujeres que cambian cerraduras los sábados por la mañana suelen estar escapando de algo... o de alguien.
—No estoy escapando —se defendió Valerie—. Solo estableciendo límites.
El hombre asintió, ajustando un último tornillo.
—Buena manera de verlo. Y un consejo: considere también instalar una cámara en la entrada. No son caras y dan mucha tranquilidad.
Dos horas después, con una nueva cerradura en la puerta, Valerie se sintió un poco más segura. Aquella noche durmió mejor de lo que lo había hecho en días, sin sobresaltarse ante cada crujido del viejo edificio.
El domingo transcurrió con sorprendente tranquilidad. Ni llamadas, ni WhatsApps, ni apariciones inesperadas. Casi podía creer que Marcus finalmente había entendido el mensaje y la estaba dejando en paz. Casi.
Poco después de las siete de la tarde, mientras preparaba un poco de pasta para la cena, el timbre sonó. Valerie se quedó inmóvil, con la cuchara de madera suspendida sobre el bol.
No esperaba visitas. Cautelosa, se acercó a la puerta y miró por la mirilla.
Nadie.
Extrañada, estaba a punto de volver a la cocina cuando su teléfono vibró con un mensaje.
«Abre la puerta, Val. Sé que estás ahí.
Solo quiero hablar.»
El estómago se le contrajo en un nudo de ansiedad. Volvió a mirar por la mirilla, en aquella ocasión prestando atención a la zona más amplia del rellano.
Y ahí estaba Marcus, apoyado contra la pared junto al ascensor, fuera del alcance de la mirilla convencional pero perfectamente visible desde cierto ángulo.
Valerie respiró hondo, intentando calmar los latidos acelerados de su corazón. No iba a abrir. No iba a dejar que la manipulara de nuevo. El timbre volvió a sonar, con más insistencia, seguido de varios golpes en la puerta.
—¡Val! ¡Sé que me estás oyendo! —La voz de Marcus estaba amortiguada por la puerta, pero se escuchaba perfectamente—. ¡Solo quiero hablar! ¡Cinco minutos!
Valerie cerró los ojos, contando mentalmente hasta diez. Podía ignorarlo. Se cansaría y se iría. O podría enfrentarlo de una vez por todas, y dejar las cosas claras definitivamente.
Con la mandíbula apretada y la determinación brillando en sus ojos castaños, optó por lo segundo.
Abrió la puerta, manteniendo la cadena de seguridad que había colocado el cerrajero puesta, y miró a través de la rendija.
Marcus estaba allí, con aspecto desaliñado, el pelo revuelto y una barba incipiente que nunca antes se había dejado crecer. Los ojos, normalmente vibrantes, parecían opacos y enrojecidos.
—Val… —Sonó sorprendido, como si no esperara que realmente abriera—. Gracias por...
—Cinco minutos —le cortó ella con frialdad—. Y los estás gastando.
Marcus se pasó una mano por el pelo, despeinándolo aún más.
—Quiero disculparme —comenzó—. Mi comportamiento... no he estado bien. Te echo de menos, Val. Muchísimo. No puedo dormir, no puedo comer...
—No es mi problema, Marcus. —La voz de Valerie era firme—. Hemos terminado. Tienes que seguir adelante.
—No puedo. —Él dio un paso hacia la puerta, provocando que ella se tensara—. No sin ti. Has sido lo mejor que me ha pasado en la vida y lo he echado a perder. Lo sé. Pero la gente comete errores, ¿no? Tú siempre has sido comprensiva. Siempre has sabido perdonar.
Valerie negó con la cabeza, sintiendo como una extraña calma reemplazaba el miedo inicial. Esa comprensión de la que hablaba Marcus era la que había permitido que él la tratara como a una mierda.
—Esto no trata sobre perdonar, Marcus. Es sobre respeto. Respeto por mis decisiones, por mis límites, por mi vida. No quiero volver contigo. Ni ahora, ni nunca.
Marcus cambió de expresión. La súplica que había en sus ojos se transformó en cuestión de unos pocos instantes en algo más oscuro.
—Has cambiado la cerradura —afirmó, en tono acusatorio—. ¿Por qué has cambiado la cerradura, Val? ¿No confías en mí?