CAPÍTULO 27
El estridente sonido del móvil despertó a Valerie de un sueño que apenas recordaba.
Tanteó con la mano la mesilla de noche, palpando a ciegas hasta dar con el teléfono que vibraba con insistencia. Entreabrió un ojo para mirar la pantalla iluminada y un suspiro exasperado escapó de sus labios.
Marcus.
Otra vez.
Con un movimiento brusco, deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el teléfono al oído.
—¿Qué parte de «hemos terminado» no entiendes exactamente, Marcus? —Su voz sonaba ronca por el sueño, pero firme—. Son las tres y cuarenta de la madrugada, joder.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea, como si su ex estuviera sorprendido de que por fin hubiera respondido después de ignorar sus últimas veinte llamadas.
—Val, cariño, solo quiero hablar. —La voz de Marcus tenía ese tono dulzón que usaba cuando intentaba manipularla. Valerie lo conocía bien—. No puedes simplemente cortar toda comunicación después de tres años juntos. No es justo.
Valerie se incorporó en la cama, completamente despierta ya, sintiendo cómo una ola de frustración subía por su pecho.
—¿Justo? —siseó, conteniendo el impulso de gritar para no despertar a los vecinos—. ¿Me hablas de justicia después de lo que hiciste? Te recuerdo que fuiste tú quien se presentó en mi trabajo montando un escándalo. Tú el que intentó darme una bofetada…
—Fue un error, Val. Un estúpido error. —Su voz sonaba casi llorosa—. La gente comete errores. Tú misma lo has dicho mil veces. Si le das una segunda oportunidad hasta al repartidor de Amazon que deja los paquetes bajo la lluvia, ¿por qué no puedes perdonarme a mí?
Valerie cerró los ojos y contó mentalmente hasta diez. Ese era el problema con Marcus. Siempre sabía qué decir para hacerla dudar, para hacerla sentir culpable por mantener límites sanos.
Pero ya no iba a ceder. De ninguna manera.
—Deja de llamarme, Marcus —pronunció cada palabra con deliberada lentitud—. Deja de enviarme mensajes. Deja de aparecer donde sabes que voy a estar. Si quieres justicia, déjame en paz. Es lo único que te pido.
—No puedo, Val. —Su tono cambió, adquiriendo una inflexión más dura—. No puedo simplemente dejarte ir. Lo que tenemos es especial, siempre lo ha sido. Y sé que en el fondo lo sabes. Solo estás dolida.
—Lo que teníamos —corrigió ella—. Tiempo pasado. Y ahora, voy a colgar y a bloquear tu número. Busca ayuda profesional, Marcus. De verdad.
Sin esperar respuesta, cortó la llamada y procedió a bloquear el número, sabiendo perfectamente que Marcus encontraría la manera de contactarla desde otro teléfono. Siempre lo hacía.
Se dejó caer de nuevo sobre las almohadas, sintiendo el pulso acelerado y una inquietud que sabía que no la dejaría volver a dormir.
Resopló.
Su relación con Marcus había terminado, pero él parecía negarse a aceptarlo, como buen narcisista que era.
Lo que había comenzado como llamadas ocasionales implorando otra oportunidad, se había convertido en un patrón de comportamiento que cada vez la asustaba más.
Primero habían sido los WhatsApps diarios, luego las llamadas a todas horas, después los emails y, finalmente, los «encuentros casuales» en lugares donde ella solía ir.
—Necesito parar esto de alguna manera —se dijo, pasándose la mano por la frente, mientras miraba al techo.
La mañana siguiente llegó demasiado rápido.
Con ojeras pronunciadas y un humor de perros, Valerie se preparó para ir al trabajo siguiendo una ruta diferente a la habitual.
Los días que no se llevaba el coche, en lugar de tomar el autobús en la parada más cercana a su apartamento, caminaba un par de manzanas para subirse en otra línea.
Le suponía quince minutos más de trayecto, pero la sensación de paranoia que la acompañaba últimamente hacía que el sacrificio valiera la pena.
Mientras el autobús atravesaba la ciudad, repasó mentalmente la agenda del día.
Una reunión con el equipo de marketing a las diez, preparar la presentación para los inversores alemanes, y aquella llamada con los abogados que Aston le había pedido que coordinara.
La sola mención mental de su jefe provocó una curiosa sensación en su estómago, algo entre nerviosismo y una extraña calidez que prefería no analizar.
Sacudió ligeramente la cabeza, y se concentró en el paisaje urbano que desfilaba tras las ventanas del autobús.
Lo último que necesitaba era complicar aún más su vida alimentando sentimientos (que no fueran de odio) por su jefe.
El trayecto transcurrió sin demasiados atascos y, al salir del autobús, Valerie se permitió relajarse un poco.
En Cavendish Industries, con su sistema de seguridad y sus vigilantes en la entrada, podía fingir que todo estaba bien, que su vida personal no se desmoronaba bajo la persistente presión de Marcus.
A las 7:45 en punto entró en la oficina, dejó su bolso en el cajón inferior de su escritorio y encendió el ordenador. El ritual de cada mañana: revisar el correo de Aston Cavendish, organizar su agenda, preparar los documentos para sus reuniones. La rutina era reconfortante.
Su teléfono sonó con una videollamada. Valerie rezó para que no fuera Marcus. Suspiró aliviada cuando vio que era Dee.
Descolgó.
—Buenos días, cariño —la saludó Dee con su habitual entusiasmo.
—Buenos días, Dee.
—No tienes buen aspecto, Valerie. Lo digo con todo el amor del mundo.
Valerie no pudo evitar soltar una pequeña risa.
—Siempre tan encantadora —respondió.
—¿Has dormido algo? —preguntó Dee con aparente despreocupación, aunque sus ojos estudiaban a Valerie con atención.
Valerie dio un sorbo del café que había comprado en la cafetería de la esquina antes de subir.
—Marcus me ha llamado en la madrugada —respondió finalmente—. Nada nuevo.
Dee frunció el ceño. Toda su actitud jovial se evaporó al instante.
—¿Cuántas veces ha llamado esta semana?
—He perdido la cuenta. —Valerie se encogió de hombros, intentando restarle importancia—. ¿Quince? ¿Veinte? También me manda WhatsApps.
—Val, esto ya no es normal —Dee bajó la voz, inclinándose hacia la pantalla—. No es un ex despechado, es un acosador. Deberías hablar con la policía.
—¿Y qué les digo? ¿Que mi ex me llama mucho y me envía WhatsApps? —Valerie negó con la cabeza—. Se le pasará, Dee. Solo necesita tiempo para asimilar que hemos terminado.
—Yo creo que deberías pensarte lo de denunciarle en la policía —insistió Dee.
Valerie se pasó la mano por el pelo.
—Ya le he bloqueado —fue su respuesta.
—¿Crees que bloquearle será suficiente para que deje de molestarte?
Valerie lanzó un suspiro de cansancio.
—No lo sé… Supongo que no.
El ding del ascensor sonó y Valerie giró la cabeza.
Era Aston Cavendish quien salió de él, impecablemente vestido como siempre, con un traje gris oscuro que parecía hecho exclusivamente para él. Valerie notó cómo se le aceleraba ligeramente el pulso.
—Tengo que dejarte, Dee. Luego hablamos. Un beso —dijo con carrerilla y colgó.
Enderezó la postura.
—Buenos días, señor Cavendish —lo saludó con una formalidad que reservaba exclusivamente para su jefe.
Aston asintió brevemente en su dirección.
—Buenos días, señorita Scott. ¿Tiene los documentos para la reunión con marketing listos?
—Por supuesto, señor —Valerie ya estaba de pie, cogiendo una carpeta de su escritorio—. También he preparado un resumen con los puntos clave que quería destacar, y me he coordinado con Suzanne para que los prototipos estén disponibles durante la presentación.
Los ojos de Aston la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose un momento en las marcadas ojeras que el maquillaje no había logrado disimular del todo.
—¿Se encuentra bien, señorita Scott? —preguntó con una nota de preocupación en la voz.
Valerie forzó una sonrisa.
—Perfectamente. Solo una noche de insomnio, nada importante.
Aston la estudió un momento más, como si quisiera decir algo, pero finalmente asintió y tomó los documentos.
—Venga a mi oficina en diez minutos. Quiero revisar algunos detalles antes de la reunión.
Seguidamente se dirigió hacia su despacho, dejando tras de sí el sutil aroma de su carísimo perfume.
***
La semana transcurrió con relativa normalidad en la oficina, pero la situación con Marcus escalaba día a día.
Después de bloquear su número, había comenzado a recibir llamadas desde teléfonos desconocidos, y mensajes que alternaban súplicas y reproches aparecían en su email a todas horas.
Y dos veces, al salir del trabajo, lo había visto esperando en la acera de enfrente, fingiendo casualidad cuando sus miradas se cruzaban.
El viernes por la tarde, tras una reunión tensa con los inversores, Valerie se quedó a solas con Aston en la sala de conferencias. Mientras recogía los documentos y ordenaba las sillas, sentía la mirada de su jefe siguiendo cada uno de sus movimientos.
—Señorita Scott… —La voz grave de Aston rompió el silencio—, ¿está bien?
—Sí, ¿por qué lo pregunta?
—Esta semana la he notado… algo dispersa. —Valerie guardó silencio—. ¿Debo saber algo? —continuó Aston—. ¿Su exnovio ha seguido molestándola?
La pregunta la tomó tan desprevenida que casi dejó caer la carpeta que sostenía. ¿Cómo lo sabía?
—No, señor —mintió, evitando su mirada—. Todo está bajo control.
Aston se acercó unos pasos, invadiendo ligeramente su espacio personal. Olía a cedro y a algo indefinible que era puramente él. Puramente Cavendish.
—No me gusta que me mientan, señorita Scott —dijo en voz baja.
El sonido de su voz envió un escalofrío por la espalda de Valerie. Alzó la vista y se encontró con aquellos ojos penetrantes que parecían ver a través de todas sus defensas.
—No es problema suyo, señor Cavendish —respondió con cierto apuro—. Agradezco su preocupación, pero puedo manejar mi vida personal sola.
Un destello de algo que Valerie no supo descifrar cruzó el rostro de rasgos perfectos de Aston.
—Por supuesto que puede —dijo él—. Pero si ese tipo se presenta de nuevo en esta oficina o interfiere en su trabajo, se convertirá definitivamente en asunto mío. ¿Está claro?