CAPÍTULO 26
El sol de la tarde caía implacable sobre el césped perfectamente recortado del Westchester Country Club.
El cielo, de un azul casi irreal, se extendía sin una sola nube, como si alguien hubiera ordenado específicamente tener el clima perfecto para una tarde de golf entre magnates.
Aston se colocó en posición, ajustando ligeramente su postura mientras evaluaba la distancia hasta el hoyo. Apenas unos seis metros, un putt que normalmente haría con los ojos cerrados.
Respiró hondo, sintiendo el peso del palo en sus manos. Se concentró en el pequeño agujero en la distancia, ignorando las miradas expectantes de los tres hombres que le acompañaban y de algunos curiosos que se habían acercado.
«Mantén los hombros relajados. La espalda recta. Los ojos en la bola. El movimiento suave», se recordó mentalmente, repitiendo el mantra que le habían enseñado desde que, siendo joven, se había dado cuenta que el golf podía acercarle a los ricos.
Pero justo cuando comenzaba el swing, una imagen se coló en su mente: unos ojos castaños abiertos de par en par, unas mejillas encendidas con un rubor intenso, y unos labios entreabiertos por la sorpresa.
Valerie Scott, congelada en aquel momento de vergüenza perfecta cuando la había pillado despotricando sobre los hombres, diciendo que todos eran unos imbéciles.
La bola salió disparada, desviándose ridículamente a la derecha, ni siquiera había rozado el borde del hoyo.
—Mierda —murmuró Aston entre dientes, tan bajo que solo él pudo oírse.
Charles Wellington, CEO de Wellington Industries y uno de sus más importantes clientes, soltó una risita que intentó disfrazar como una tos.
—Vaya, Cavendish, ha sido un tiro interesante —comentó con falsa inocencia—. No recuerdo haberte visto fallar uno tan sencillo desde que jugamos en Pebble Beach hace cinco años.
Aston esbozó una sonrisa tensa, esa que reservaba para las situaciones en las que preferiría estar en cualquier otro lugar.
—Todos tenemos días malos, Wellington —respondió con una calma estudiada, como si aquel fallo no le importara en absoluto.
Henry Harrington, otro de los presentes y viejo amigo, le dio una palmada comprensiva en el hombro.
—El sol está justo en tus ojos en esa posición —dijo con generosidad, aunque ambos sabían que era una excusa barata—. Yo habría fallado igual.
El tercer miembro del grupo, Paul Gere, un inversor de tecnología con quien Aston esperaba cerrar un trato de ciento cincuenta millones la próxima semana, observaba todo con una sonrisa enigmática.
No dijo nada, pero su mirada parecía calcularlo todo, desde el swing fallido hasta la tensión en los hombros de Aston.
—¿Problemas, Cavendish? —preguntó finalmente Gere mientras caminaban hacia el siguiente hoyo—. Estás muy disperso hoy. No es propio de ti.
Los cuatro hombres avanzaban por el sendero perfectamente cuidado. Sus zapatos de golf provocaban un suave crujido contra la grava.
Aston se tomó un momento para responder.
Ciertamente no iba a admitir que aquella distracción era por su asistente personal, por la forma en que había visto sus ojos iluminarse cuando él bromeó con ella, por cómo su voz había adquirido un tono más suave cuando lo miró antes de que él continuara su camino.
—Problemas con un contrato internacional —mintió con fluidez—. Una cláusula ambigua que podría costarnos millones si no la renegociamos.
Gere asintió, aparentemente satisfecho con la explicación.
—El diablo está en los detalles —comentó—. Esa es precisamente la razón por la que estoy interesado en trabajar contigo, Cavendish. Tu atención a los detalles es legendaria.
Aston contuvo una mueca irónica.
Si su atención a los detalles fuera tan legendaria como Gere creía, no estaría fantaseando con los labios de Valerie Scott en medio de una ronda de golf.
—Aprecio el cumplido, Gere —respondió, ajustándose las gafas de sol—. Te aseguro que, para nuestro proyecto, cada punto y coma será revisado personalmente.
Llegaron a la siguiente área de salida de un hoyo y Wellington se preparó para su golpe. Mientras los demás observaban, Aston permitió que su mente divagara nuevamente.
Había sido un momento tan insignificante, realmente. Valerie sentada en su escritorio, con ese sándwich a medio comer frente a ella, el teléfono pegado a la oreja, completamente ajena a su presencia hasta que fue demasiado tarde.
«Todos los hombres son unos idiotas.»
La frase había salido de sus labios con tanta convicción y vehemencia que durante un segundo Aston se preguntó si ella lo incluía en esa categoría.
Probablemente sí. No en vano, él tenía su fama.
Y luego, cuando se dio cuenta de que él la había escuchado, la forma en que sus ojos se habían agrandado, cómo sus mejillas habían adquirido ese tono rosado que le hacía parecer más joven, más vulnerable.
Aston no recordaba la última vez que había visto a alguien ruborizarse así, de una forma tan auténtica.
«¿Está segura de eso, señorita Scott?». Le había salido sin pensar, un impulso que normalmente habría controlado.
Él no bromeaba con sus empleados. Mantenía una distancia profesional, era parte de su código personal.
Pero algo en la expresión de Valerie, en la forma en que sostenía el teléfono, en la forma en la que se había expresado (coloquial y confiada), había derribado momentáneamente sus defensas.
—¡Excelente golpe, Charles! —La voz entusiasta de Harrington lo devolvió al presente.
Wellington había enviado la pelota en un arco perfecto, aterrizando a pocos metros del green , la zona que rodea el hoyo. El hombre parecía insufriblemente satisfecho consigo mismo mientras aceptaba los elogios con una falsa modestia que hacía que Aston quisiera poner los ojos en blanco.
—Tu turno, Paul —indicó Wellington, cediendo el tee a Gere con un gesto exagerado.
Mientras Gere se preparaba, Harrington se acercó discretamente a Aston.
—¿Seguro que solo es un contrato lo que te tiene así? —preguntó en voz baja—. Te conozco desde que te iniciaste en el mundo de las finanzas. Nunca te he visto perder la concentración por trabajo.
Aston le dirigió una mirada de advertencia que habría hecho retroceder a cualquier otra persona, pero Harrington era casi amigo, e inmune a sus intimidaciones.
—Solo estoy cansado, Henry —respondió finalmente—. Ha sido una semana larga.
Harrington lo estudió con esos ojos astutos que habían cerrado algunos de los tratos más importantes de Wall Street en las últimas décadas.
—¿Una semana larga o una mujer complicada? —preguntó con una sonrisa.
Aston sintió que su mandíbula se tensaba involuntariamente. Harrington siempre había sido demasiado perspicaz.
—No todo en la vida gira alrededor de mujeres —respondió, intentando sonar despreocupado.
—Por supuesto que no —estuvo de acuerdo Harrington con una nueva sonrisa que dejaba claro que no le creía en absoluto—. Pero cuando un hombre de tu calibre falla un putt de seis metros, suele haber unos ojos bonitos involucrados.
Aston no respondió.
El golpe de Gere resonó en el aire y ambos le devolvieron su atención al juego, pero las palabras de Harrington se quedaron flotando entre ellos como una verdad incómoda.
Mientras esperaba su turno, Aston se encontró pensando nuevamente en Valerie.
En la forma en que se mordía ligeramente el labio inferior cuando estaba concentrada en algo.
En cómo inclinaba la cabeza cuando lo escuchaba con atención, como si quisiera capturar cada palabra.
En la gracia con la que se movía por la oficina, eficiente y discreta.
No era solo su apariencia, aunque ciertamente Valerie Scott era guapa.
Era algo más, una cualidad intangible que la hacía destacar.
La manera en que mantenía la compostura incluso en situaciones difíciles, como cuando el imbécil de su exnovio había irrumpido en la oficina.
La inteligencia que brillaba en sus ojos de color café cuando aportaba ideas en las reuniones, ideas que a menudo eran mucho mejores que las de ejecutivos con décadas de experiencia.
—¡Cavendish! —La voz de Wellington lo devolvió bruscamente a la realidad—. Tierra llamando a Aston. Es tu turno.
Aston parpadeó varias veces seguidas, dándose cuenta de que los tres hombres lo miraban expectantes.
Sin decir palabra, se colocó en posición.
Intentó vaciar su mente, concentrarse únicamente en el golpe que tenía por delante.
Pero mientras se preparaba, volvió a verla: Valerie sonriendo ligeramente después de que él se alejara hacia su despacho, como si compartieran un secreto.
El swing salió con demasiada fuerza, enviando la bola mucho más allá del objetivo, perdiéndose entre los árboles que bordeaban el campo de golf.
—Joder —murmuró, aquella vez lo suficientemente alto como para que los demás lo escucharan.
Gere silbó por lo bajo.
—Ese contrato debe de ser realmente complejo —comentó con una mezcla de diversión y curiosidad.
—Quizá deberías tomarte un descanso, Aston —sugirió Wellington, no sin cierta satisfacción maliciosa en la voz—. No recuerdo haberte visto jugar tan mal desde... bueno, nunca.
Aston apretó el palo con tanta fuerza que los nudillos se pusieron blancos.
No era tanto la mierda de golpe que había dado lo que le irritaba, sino su propia incapacidad para controlar sus pensamientos.
Él, que había construido su reputación y su fortuna basándose en su control absoluto sobre cada situación, se encontraba a merced de recuerdos e imágenes que aparecían sin ser invitadas.
—Iré a buscar la bola —dijo, en un tono que no admitía compañía.
Se alejó por el campo hacia donde había visto que se había perdido su tiro.
El sol seguía brillando implacable, y Aston se desabrochó los botones superiores de su polo blanco.
¿Quién demonios había decidido que el golf debía jugarse con los botones abrochados?
Una tradición ridícula que ni siquiera su amor por la elegancia podía justificar en un día tan caluroso, a pesar de estar en otoño.
Mientras caminaba entre los árboles, buscando la bola blanca entre la vegetación, se permitió enfrentar lo que había estado evitando toda la semana.
¿Qué cojones le pasaba?
Él no era un adolescente cargado de hormonas.
Era Aston Cavendish, por el amor de Dios.
Dueño de uno de los imperios empresariales más importantes del país, un hombre que aparecía en la portada de Forbes con regularidad, considerado uno de los solteros más codiciados de Nueva York, aunque estaba saliendo con Vanessa.
No se obsesionaba con mujeres. Ellas se obsesionaban con él.
Encontró la bola bajo un roble y evaluó la situación. Estaba en una posición difícil, con ramas bajas obstruyendo un golpe directo hacia el campo. Tendría que sacarla lateralmente y luego intentar recuperar terreno en el siguiente tiro.
Mientras consideraba sus opciones, pensó en Vanessa.
En el tiempo que llevaban juntos, no recordaba haberse sentido como en aquel momento ni una sola vez.
Nunca había perdido la concentración pensando en ella, nunca había fallado un golpe de golf recordando su sonrisa.
Su relación era... No sabía cómo definirla.
Sexual. Conveniente. Apropiada. Ella era modelo, guapa.
El tipo de mujer que complementaba perfectamente su imagen pública.
Y ahora se encontraba pensando en una chica que era exactamente lo opuesto a las mujeres con las que solía salir.
Valerie Scott era una persona brillante, preciosa y auténtica, que había llegado a la empresa por sus propios méritos y que, por alguna razón inexplicable, se había instalado en su mente como un virus imposible de eliminar.
—¿Necesitas ayuda ahí dentro, Cavendish? —gritó Wellington desde el campo—. ¿O prefieres que declaremos la bola perdida y te anotemos un golpe de penalización?
Aston reprimió el impulso de responderle con una obscenidad, o de sacarle el dedo corazón. En su lugar, cogió el palo 9 de su bolsa y se preparó para el golpe.
Aquella vez, deliberadamente, pensó en Valerie. En su sonrisa, en la forma en que sus ojos brillaban cuando estaba contenta por algo, en cómo lo había mirado aquel día, con una mezcla de vergüenza y algo más... Algo que…
Negó con la cabeza.
Golpeó la bola con firmeza. Salió volando entre dos ramas, trazando un arco perfecto antes de aterrizar justo en el borde del campo, en una posición ideal para el siguiente tiro.
Los tres hombres se sorprendieron. Era un tiro imposible, aunque al parecer, no para Aston.
—¡Magnífico tiro, Aston! —exclamó Harrington, aplaudiendo brevemente—. Ese es el Cavendish que conocemos.
Aston se permitió una pequeña sonrisa mientras caminaba de vuelta hacia ellos.
Quizá sus pensamientos sobre Valerie no eran una distracción después de todo. Quizá eran una inspiración, si sabía cómo canalizarlos.
—Solo necesitaba un momento para aclarar mi mente —comentó cuando se reunió con el grupo.
Gere lo observaba con interés.
—¿Y lo has conseguido? —preguntó—. ¿Has aclarado tu mente?
Aston se encontró con su mirada, y advirtió la agudeza detrás de la pregunta aparentemente inocente.
—En realidad, no —admitió con una honestidad que le sorprendió incluso a él mismo—. Pero he decidido que quizás no siempre es necesario tener todo claro.
Gere sonrió, como si hubiera confirmado algo que ya sospechaba.
—Los mejores negocios que he hecho en mi vida han sido aquellos en los que me permití un margen de incertidumbre —dijo—. La perfección está sobrevalorada, Cavendish. A veces, son nuestras imperfecciones las que nos llevan a los lugares más interesantes.
Las palabras resonaron en Aston mientras continuaban el juego.
Los hoyos siguientes transcurrieron en un estado extraño para él: presente pero distante, concentrado pero pensando.
Y sorprendentemente, lanzó algunos de sus mejores tiros.
Era como si hubiera encontrado un nuevo equilibrio, uno en el que Valerie Scott podía existir en su mente sin sabotearlo completamente.
Cuando terminaron los dieciocho hoyos, el marcador mostraba una victoria modesta para Aston, a pesar de sus fallos iniciales. Los cuatro hombres se dirigieron al Club House, donde una mesa les esperaba para la cena.
—Ese último punto ha sido impresionante, Aston —comentó Wellington mientras se sentaban—. Parece que finalmente has logrado quitarte de la cabeza ese contrato tan complejo.
Aston sonrió enigmáticamente mientras el camarero les servía unos tragos de whisky.
—En realidad, no —respondió, girando el vaso en su mano y observando cómo la luz del atardecer se reflejaba en el color ámbar del líquido—. Simplemente he aprendido a jugar con la distracción.
Harrington soltó una carcajada.
—Deberías distraerte más a menudo, entonces —dijo, levantando su vaso—. Por las distracciones productivas —propuso.
Los cuatro brindaron, y mientras el whisky quemaba agradablemente su garganta, Aston se permitió pensar una vez más en Valerie. En cómo se mordía el labio, en su mirada sorprendida, en la forma en que sus mejillas se sonrojaban.
Y no dejaba de resultarle delicioso.