La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

—¿Val? ¿Valerie? ¿Sigues ahí? —La voz de Ceci en el teléfono la devolvió bruscamente a la realidad—. ¿Quién era ese? Sonaba como un hombre. Un hombre con una voz muy sexy , por cierto.

Valerie parpadeó varias veces, intentando recomponerse.

—Era... mi jefe —respondió, sin poder evitar que una pequeña sonrisa se dibujara en sus labios a pesar del momento de vergüenza.

—¿Tu jefe? —repitió Ceci con repentino interés—. ¿El famoso Aston Cavendish en persona? ¿El multimillonario guapísimo por el que la mitad de las mujeres de Nueva York suspiran? ¿El tempano de hielo? ¡No puedo creer que nunca me hayas enviado una foto personal suya!

—No voy a enviarte fotos de mi jefe, Ceci —replicó Valerie, bajando instintivamente la voz.

—Pero Google dice que es un bombón —insistió Ceci—.

¿Lo es? Porque las fotos de la prensa a veces son muy engañosas.

He visto a Brad en fotos con su grupo de laboratorio y parece un modelo, cuando en realidad tiene las orejas como Dumbo y ese tic nervioso de morderse las uñas. Tiene los dedos casi en carne viva.

Valerie se mordió el labio, intentando no pensar en cómo describir a Aston Cavendish. ¿Cómo explicar que las fotos no le hacían justicia? ¿Que la cámara no podía captar ese magnetismo que parecía rodearle?, ¿o la forma en que sus ojos cambiaban de tonalidad según la luz?

—Es... objetivamente atractivo —dijo, decidiendo que era una descripción neutra.

Ceci soltó una carcajada.

—¿«Objetivamente atractivo»? ¿Qué demonios significa eso? Suenas como un folleto de recursos humanos. Simplemente dime: en una escala del 1 al 10, ¿dónde lo pondrías?

—No voy a puntuar a mi jefe, Cecilia —respondió Valerie, aunque no pudo evitar pensar «11» antes de reprimir mentalmente el pensamiento.

—Vale, vale —accedió Ceci, pero Valerie podía escuchar su sonrisa al otro lado del teléfono—.

Pero, si todos los hombres son idiotas, al menos algunos son idiotas guapos.

Y hablando de idiotas, o mejor dicho, de superidiotas, ¿qué pasó finalmente con Marcus?

No me has contado nada desde... bueno, desde aquella noche.

La mención de Marcus fue como un jarro de agua fría.

Valerie inhaló hondo, notando que el buen humor que la conversación con su hermana le había proporcionado comenzaba a disiparse.

—Hemos roto —dijo simplemente.

—¿En serio? —preguntó Ceci. Su tono cambió a uno más serio—. ¿Qué ha pasado exactamente? La última vez que hablamos, estabas bastante enfadada pero no me diste detalles.

Valerie miró a su alrededor, asegurándose de que nadie estuviera lo suficientemente cerca como para escuchar. Bajó aún más la voz.

—Después de romper con él apareció en mi trabajo —comenzó, sintiendo que el mero hecho de recordarlo le provocaba una mezcla de vergüenza y rabia—. Estaba borracho, Ceci. A las once de la mañana.

—¿Qué? —exclamó su hermana—. ¿Se presentó borracho?

—Sí —confirmó Valerie—. Empezó a gritar en el vestíbulo, diciendo que quería verme, que era mi novio y que tenía derecho a verme, que estaba liada con mi jefe. Fue... joder, fue espantoso, Ceci.

—Oh, Dios mío —murmuró su hermana—. Val, lo siento mucho. ¿Y qué hiciste?

—Intenté calmarlo, sacarlo de allí antes de que las cosas empeoraran —explicó—. Pero empezamos a discutir y trató de darme una bofetada.

—¡¿Te pegó?! —la indignación en la voz de Ceci era palpable—. ¿Ese cabrón se atrevió a pegarte? Dime dónde vive, Val. Te juro que voy a ir a su casa y voy a hacer que se arrepienta...

—No, Ceci, es algo que ya pasó —la interrumpió Valerie, aunque una parte de ella apreciaba la vehemencia con la que su hermana pequeña la protegía—. Seguridad lo sacó del edificio. Y... Aston Cavendish intervino.

—¿Tu jefe? —preguntó Ceci con sumo interés—. ¿Qué hizo?

Valerie recordó la expresión de Aston mientras sujetaba la muñeca de Marcus, la furia contenida en sus ojos, la forma en que le había dicho que lo sacaría a patadas él mismo si no se iba por las buenas, la gentileza de sus manos cuando le curó los arañazos.

—Él... se aseguró de que estuviera bien —respondió, eligiendo cuidadosamente sus palabras—. Fue muy profesional al respecto.

—¿Profesional? —repitió Ceci—. Val, conozco ese tono. Es el mismo que usabas cuando hablabas del hijo de los vecinos, Ray, antes de admitir que te gustaba.

—No es nada de eso —se apresuró a aclarar Valerie, aunque sintió que sus mejillas volvían a calentarse—. Es mi jefe, Ceci. Solo eso.

—Si tú lo dices —respondió su hermana, sin sonar en absoluto convencida—. Pero volviendo a Marcus... ¿Has vuelto a saber de él?

—Me ha llamado varias veces para disculparse —admitió Valerie—. Dice que estaba pasando por un mal momento, que no era él mismo, que nunca quiso hacerme daño...

—Típico —interrumpió Ceci con desdén—. El manual del maltratador, capítulo uno: «No era yo, era el alcohol» o «Mira lo que me obligas a hacer». No vuelvas con él nunca, Val. Nunca. No le perdones.

Valerie asintió con la cabeza, aunque su hermana no pudiera verla.

—No le voy a perdonar —aseguró—. Ya no siento nada por él, Ceci. Solo quiero dejarlo atrás y seguir adelante con mi vida.

—¡Bien! —dijo Ceci con firmeza—. Porque mereces algo mejor.

Ambas lo merecemos. Yo he conocido a un chico de clase que está buenísimo...

Tendrías que verlo, Val. Se llama Miguel, es español, está de intercambio.

Tiene ese acento que te derrite y una sonrisa que, Dios mío, debería venir con advertencia sanitaria, porque es capaz de provocar infartos.

Valerie puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar reír ante el cambio brusco en el estado de ánimo de su hermana. Estaba entusiasmada. Ese era el efecto Ceci: podía pasar de la tristeza a la euforia en cuestión de segundos, arrastrándote con ella en el proceso.

—¿No acabas de terminar con Brad? —preguntó, intentando sonar seria.

—Exactamente, acabo de terminar con un imbécil que me engañaba —respondió Ceci como si fuera lo más lógico del mundo—.

¿Qué mejor forma de superarlo que conocer a alguien nuevo?

Además, no digo que vaya a casarme con él.

Solo que está muy bueno, que es inteligente y que parece no ser un completo idiota.

Eso ya es más de lo que puedo decir sobre el 99% de los hombres que he conocido.

Valerie sonrió, escuchando cómo su hermana comenzaba a detallar todas las cualidades de Miguel: cómo levantaba la mano en clase para responder preguntas difíciles, cómo ayudaba a una compañera que iba en silla de ruedas, cómo había compartido sus apuntes con ella cuando se perdió una clase por culpa de la ruptura con Brad.

A pesar de todo lo que había pasado, la capacidad de Ceci para encontrar el lado positivo, para seguir creyendo en las posibilidades buenas de la vida, era contagiosa. Y justo ahora, Valerie necesitaba desesperadamente algo de ese optimismo.

Mientras su hermana seguía parloteando sobre las virtudes de Miguel, Valerie se sorprendió a sí misma mirando hacia el despacho de Aston, recordando la forma en que le había sonreído, ese breve momento de conexión que había tenido lugar entre ellos. Por qué no eran imaginaciones suyas, ¿verdad?

«Es mi jefe —se recordó con firmeza—. Solo mi jefe.»

Pero había algo en esa sonrisa, en esa mirada que había compartido con Aston, que se negaba a encajar en la pulcra etiqueta de «estrictamente profesional» donde Valerie intentaba meterlo.

—¿Me estás escuchando? —La voz de Ceci la sacó de sus pensamientos.

—Por supuesto —mintió Valerie—. Miguel, español, sonrisa increíble, buen tío.

—Exacto —dijo Ceci, aparentemente satisfecha con la respuesta—. Mira, tengo que irme a clase. Pero me alegro de que ambas hayamos decidido deshacernos de la basura en nuestras vidas. Somos las hermanas Scott, somos demasiado geniales para conformarnos con menos de lo que merecemos, ¿verdad?

Valerie sonrió, sintiendo un repentino afecto por su hermana pequeña que, a pesar de ser ocho años menor que ella, a veces parecía tener mucha más sabiduría de la que dejaba entrever.

—Verdad —confirmó—. Te quiero, Ceci. Gracias por llamar.

—Cinco veces —puntualizó su hermana con una risita—. He tenido que llamarte cinco veces. Y también te quiero. Cuídate, Val. Y mándame una foto de tu jefe sexy cuando puedas. Es para un proyecto de investigación.

Antes de que Valerie pudiera protestar, Ceci había colgado.

Valerie se quedó mirando el teléfono, negando con la cabeza pero sonriendo. Su hermana era un torbellino, pero un torbellino que siempre conseguía, de alguna manera, iluminar incluso los días más oscuros.

Volvió a su sándwich, que estaba un poco duro después de tanto tiempo abandonado sobre la mesa, y dio otro bocado. Por alguna razón, sabía mejor que antes.

Miró nuevamente hacia el despacho de Aston, recordando su pregunta, la chispa en sus ojos.

«¿Está segura de eso, señorita Scott?»

Sonrió, y aquella vez su sonrisa no tuvo nada que ver con la conversación con su hermana.

«No —pensó, permitiéndose por un momento soñar con algo que sabía que no debería—. No estoy segura en absoluto.»