CAPÍTULO 25
Valerie contempló el sándwich que había sacado de su bolsa: pavo, queso, aguacate y mostaza de miel en pan integral.
Se había propuesto empezar a comer mejor. Con la época que estaba atravesando, estaba abusando de la comida basura de manera desmesurada, y tenía que parar.
«Cuerpo sano, mente sana», se repetía mientras tomaba el primer bocado sin demasiado entusiasmo.
La vibración de su teléfono la hizo poner los ojos en blanco. Era la quinta vez que el nombre de «Ceci» aparecía en la pantalla ese día. La energía de su hermana pequeña parecía multiplicarse exponencialmente con cada hora que pasaba. No entendía el concepto de «estoy trabajando, hablamos luego».
Las cuatro llamadas anteriores las había enviado directamente al buzón de voz, pero sabía que Ceci seguiría insistiendo.
Con un suspiro resignado, Valerie deslizó el dedo por la pantalla para responder mientras masticaba apresuradamente su bocado.
—Por fin, Val, ¿por qué nunca contestas al teléfono?
—La voz de Ceci resonó con tanta fuerza que Valerie tuvo que alejar el móvil de su oído—.
¿Sabes lo frustrante que es que siempre me mandes al buzón de voz?
Es como hablarle a un robot con tu voz. «Hola, soy Valerie Scott, en este momento no puedo atenderte, y bla, bla, bla… »
Valerie tragó el bocado de sándwich antes de responder.
—Estoy trabajando, Ceci. Como la mayoría de los adultos a la una de la tarde de un miércoles —dijo, aunque una sonrisa involuntaria se dibujó en sus labios—. ¿Qué es tan urgente que necesitas llamarme cinco veces?
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea. Un silencio tan inusual en Ceci que Valerie dejó de masticar, súbitamente alarmada.
—Val... —La voz de su hermana sonaba extrañamente seria—. Creo que estoy embarazada...
El bocado que Valerie acababa de morder se quedó atascado en su garganta. Tosió violentamente, sintiendo que se ahogaba, mientras intentaba procesar lo que acababa de escuchar. Agarró la botella de agua que tenía junto al teclado y dio un largo trago.
—¡¡¡¿Qué?!!! —exclamó, elevando la voz. Dos compañeros del departamento de contabilidad que pasaban cerca se volvieron para mirarla con curiosidad—. Ceci, por Dios, no puedes estar...
Una sonora carcajada interrumpió el pánico que estaba empezando a sentir Valerie.
—¡Es broma, tonta! —La risa de Ceci resonó a través del teléfono como un torrente—. ¡Tendrías que haber visto tu cara! Bueno, no puedo verla, pero puedo imaginarla. Seguro que has puesto esa expresión de pez fuera del agua que pones cuando te asustas.
Valerie cerró los ojos y contó mentalmente hasta diez. A veces se preguntaba cómo era posible que compartieran el mismo ADN.
—Cecilia Scott, ¿acabas de fingir un embarazo para que te cogiera el teléfono? —preguntó, manteniendo la voz baja pero cargada de reproche—. Eso es bajo incluso para ti.
—No, no, no ha sido para que me cogieras el teléfono —aclaró Ceci, sin un ápice de remordimiento en su voz—. Ya me lo habías cogido. Solo ha sido para ver si estabas prestando atención. Y claramente lo estabas, así que... misión cumplida.
Valerie tomó otro bocado de su sándwich, masticando con más fuerza de la necesaria. Dios, qué ganas tenía en esos momentos de estrangular a su hermana.
—De acuerdo, ya tienes mi atención. ¿Qué pasa? —preguntó, intentando sonar molesta aunque, en el fondo, la capacidad de su hermana para sacarla de su rutina siempre tenía algo de refrescante. Era como un soplo de aire fresco.
Hubo otro silencio, pero fue diferente.
Valerie conocía a su hermana lo suficiente como para saber cuándo el silencio significaba que estaba pensando una nueva travesura y cuándo significaba que algo iba realmente mal.
—Es Brad —dijo finalmente Ceci. Su voz perdió toda la efervescencia anterior—. Ha roto conmigo, definitivamente.
El tono de su hermana la hizo dejar el sándwich sobre la servilleta. La relación de Ceci con Brad había sido una montaña rusa desde el principio. Habían roto y vuelto tantas veces que Valerie había perdido la cuenta, pero algo en la voz de su hermana sugería que esa vez era diferente.
—Oh, Ceci —murmuró, deseando poder abrazarla a través del teléfono—. Lo siento. ¿Qué ha pasado?
—Lo de siempre pero peor —respondió Ceci con un suspiro tembloroso—. Me dijo que necesitaba «espacio para crecer individualmente». ¿Puedes creerlo? Cinco meses juntos y ahora necesita «espacio». ¿Qué mierda significa eso?
—Bueno —comenzó Valerie, intentando ser diplomática—, a veces la gente realmente necesita tiempo para...
—No lo defiendas —la interrumpió Ceci—. Resulta que su «espacio para crecer» tiene nombre, apellido y un perfil de Instagram lleno de fotos en bikini. Se llama Amber, por el amor de Dios. ¿Qué clase de nombre es ese? Suena a perfume barato de bazar chino.
Valerie no pudo evitar sonreír ante la indignación de su hermana.
—Encontré sus mensajes en su iPad —continuó Ceci, ganando intensidad en la voz—. No es que estuviera husmeando, ¿vale? Simplemente apareció la notificación mientras yo lo usaba para ver Netflix. Y déjame decirte, Val, no eran mensajes sobre el clima o sus planes de carrera.
—Ceci, no me digas que leíste toda la conversación...
—¡Por supuesto que sí! —exclamó como si fuera la respuesta más obvia del mundo—.
Eran tres semanas de mensajes, Val. Tres.
Semanas. Mientras me decía que me quería, que solo estaba «estresado por los exámenes», y lo que estaba haciendo era enviándole fotos de...
bueno, ya sabes qué, a la tal Amber. Que, por cierto, es su compañera de laboratorio de química.
Al parecer han estado haciendo mucha «química» juntos.
Valerie hizo una mueca. Su hermana podía ser dramática, exagerada, pero si lo que decía era cierto, Brad se había comportado como un auténtico gilipollas.
—Me enfrenté a él, por supuesto —siguió Ceci—.
No podía simplemente ignorarlo. Y ¿sabes lo que me dijo?
Que yo estaba «invadiendo su privacidad» y que eso demostraba que «no confiamos el uno en el otro».
¡Él hablando de confianza! El tipo que ha estado engañándome durante tres malditas semanas con Amber-perfume-barato.
—Es un imbécil —dijo Valerie con sinceridad—. Un completo y absoluto imbécil.
—¡Exacto! —exclamó Ceci, como si Valerie por fin hubiera entendido la gravedad de la situación—. Me dijo que nunca planeó que las cosas fueran así, que simplemente sucedieron. Como si engañar a alguien fuera algo que «simplemente sucede», como un resfriado o una lluvia inesperada.
—No hay excusa para lo que hizo —aseguró Valerie, sintiendo que la indignación de su hermana comenzaba a contagiarla—. No mereces que te traten así, Ceci. Nadie lo merece.
—Lo sé —respondió ella, y Valerie pudo imaginarla asintiendo vigorosamente—.
Le dije exactamente eso. Y luego, ¿sabes lo que hice?
Le tiré su estúpida colección de figuras de Star Wars por la ventana.
Todas y cada una de ellas. Incluida esa horrible de Jabba el Hutt por la que pagó doscientos dólares.
—Ceci, no... —Valerie se llevó una mano a la frente—. Destruir propiedad ajena es un delito, no puedes simplemente...
—Relájate, estábamos en un primer piso —interrumpió Ceci con un bufido—. Cayeron sobre el césped, ni siquiera se rompieron. Aunque hubiera deseado que sí. Ese idiota cuidaba más esas figuras que nuestra relación.
Valerie no pudo evitar soltar una pequeña risa ante la imagen mental de Brad viendo volar su preciada colección por la ventana, mientras Ceci gritaba como una valquiria furiosa.
—De todos modos —continuó Ceci con un suspiro—, después de cinco meses, de todos los planes que habíamos hecho... se acabó así. Con él recogiendo figuras de plástico del césped mientras yo lloraba. Patético, ¿verdad?
—No es patético —respondió Valerie con firmeza—. Lo que es patético es cómo él ha hecho las cosas. Joder, todos los hombres son unos idiotas.
Las palabras salieron de la boca de Valerie justo cuando Aston, al que no había visto llegar, pasaba por delante de su escritorio.
—¿Está segura de eso, señorita Scott? —preguntó Aston con una ceja levantada y una expresión entre divertida e intrigada en su rostro.
El calor ascendió por el cuello de Valerie como una marea imparable, tiñendo sus mejillas de un rojo intenso.
Se quedó paralizada, con el teléfono pegado a la oreja, el mordisco de sándwich a punto de caérsele de la boca y los ojos muy abiertos, como un ciervo deslumbrado por los faros de un coche.
—Yo... eh... no... señor Cavendish, yo solo estaba... —balbuceó, incapaz de formar una frase coherente.
La sonrisa de Aston se amplió ligeramente, creando pequeñas arrugas en las comisuras de sus ojos que, por alguna razón, Valerie encontró fascinantes.
—No se preocupe —dijo él en un tono ligero que rara vez utilizaba en la oficina—. Solo me preguntaba si su afirmación incluía alguna excepción. Las reglas a veces tienen excepciones.
Había algo en su mirada, un destello de complicidad que hizo que el estómago de Valerie diera un vuelco inesperado. Aston raras vez mostraba su sentido del humor.
—Yo... hablaba en términos generales —logró articular como buenamente pudo, sorprendida por el tono casi juguetón de su jefe.
—En términos generales… —repitió él, asintiendo lentamente, como si estuviera considerando seriamente el asunto—. Me deja más tranquilo.
Su mirada se detuvo en la de Valerie durante un segundo más de lo estrictamente necesario, y ella sintió como si algo invisible pero tangible pasara entre ellos, una conexión silenciosa, una chispa de algo que no podía nombrar.
—Disfrute de su almuerzo, señorita Scott —añadió, señalando con un gesto el sándwich a medio comer, antes de reanudar su camino hacia su despacho.
Valerie se quedó mirándolo alejarse, notando (no por primera vez), cómo el traje se ajustaba perfectamente a su espalda, cómo su paso denotaba una seguridad que nunca parecía arrogante.