La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 24 #2
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CAPÍTULO 24 #2

Aston dejó su vaso sobre la barra con un golpe más fuerte de lo necesario.

—No estoy defendiendo a nadie. Estoy exponiendo hechos.

La señorita Scott es una buena profesional y conoce la empresa perfectamente porque lleva trabajando en ella desde antes de que yo la adquiriera.

No voy a prescindir de ella por algo que escapó completamente a su control, ni por un puñetero capricho tuyo.

Vanessa lo estudió en silencio. Había algo en su vehemencia que la inquietaba, una convicción que iba más allá de lo estrictamente profesional (o justo), y sintió una punzada de algo oscuro y amargo expandiéndose en su pecho.

—Pareces muy preocupado por el bienestar de tu asistente —comentó—. Casi diría que demasiado preocupado.

Aston entrecerró los ojos.

—¿Qué estás insinuando exactamente? —dijo.

—No estoy insinuando nada —respondió Vanessa con falsa inocencia—. Solo encuentro... interesante tu nivel de implicación en este asunto.

—Es mi empleada, Vanessa —dijo Aston, pronunciando cada palabra con una claridad deliberada—. Una empleada trabajadora que ha sido víctima de una situación desagradable. Cualquier CEO con un mínimo de sentido de la decencia haría lo mismo.

—Por supuesto —dijo ella, en un tono que sugería exactamente lo contrario—. Aunque no todos los CEOs curan personalmente las heridas de sus asistentes.

Aston se quedó inmóvil. Sus ojos estaban fijos en los de Vanessa con una intensidad que habría intimidado a cualquiera que no fuera ella.

—¿Cómo sabes eso?

Una sonrisa de satisfacción curvó los labios de Vanessa al notar que había dado en el blanco.

Ladeó la cabeza.

—Como te dije, el primo de Jake trabaja en marketing. Al parecer, la noticia de tu pequeña sesión de primeros auxilios con Valerie Scott también circuló rápidamente por la oficina.

Un músculo en la mandíbula de Aston se contrajo.

—Esto es absurdo —dijo, dándole la espalda para mirar hacia las vistas que regalaba el horizonte en plena noche—. No voy a justificar mis acciones ni alimentar rumores basados en malentendidos y exageraciones.

—Claro que no —respondió Vanessa. Su voz estaba cargada de sarcasmo—. ¿Por qué tendrías que hacerlo? Eres Aston Cavendish, el intocable. Las normas por las que se rige el resto de los mortales no se aplican a ti.

Se acercó a él, colocando una mano sobre su hombro, obligándolo a girarse y mirarla.

—Solo te pido que consideres las consecuencias, Aston. Para la empresa, para mí... para ti.

Aston sostuvo su mirada, y Vanessa lo único que vio en sus ojos fue determinación. No era fácil manipular a Aston y mucho menos hacer que cambiara de opinión.

—Mi decisión está tomada, Vanessa. La señorita Scott se queda.

Vanessa retiró su mano como si el contacto con él de repente le quemara. La frustración que había estado conteniendo estalló finalmente.

—¡Te dejo por imposible! —exclamó, alejándose unos pasos—. Siempre tan obstinado, tan convencido de que siempre tienes la razón.

—No se trata de tener razón —respondió él con una calma estudiada—. Se trata de hacer lo correcto.

—¿Lo correcto? —repitió Vanessa con incredulidad—. ¿O lo que tú quieres? Porque últimamente parecen ser la misma cosa en tu cabeza.

Aston apretó los labios, como conteniéndose para no responder algo que empeoraría la situación.

—Creo que deberíamos dejar esta conversación aquí —dijo finalmente—. Ambos estamos cansados y no llegaremos a ningún acuerdo.

—Por supuesto —respondió Vanessa con frialdad—. Como siempre, tú decides cuándo empieza y cuándo termina una discusión.

Se dirigió hacia el interior del ático, con Aston siguiéndola a una distancia prudencial. El silencio entre ellos era denso, cargado de un montón de cosas.

Vanessa recogió su abrigo con movimientos bruscos, visiblemente enfadada. Mientras se lo ponía, miró a Aston, que se había detenido junto a la mesa, observándola con una expresión inescrutable.

—Contigo últimamente no se puede hablar —dijo, ajustándose el cuello del abrigo—. Es como intentar razonar con una pared.

Aston no respondió, se limitó a mantener su mirada fija en ella. Su falta de reacción solo consiguió irritar más a Vanessa, que esperaba... algo. Una disculpa, quizás. Un intento de reconciliación. Cualquier cosa excepto aquella calma imperturbable.

Tomó su bolso y se dirigió al ascensor con pasos firmes. Antes de entrar en él, se giró por última vez hacia Aston, que seguía en la misma posición.

—Cuando decidas volver a ser el hombre con el que empecé a salir, llámame.

Las puertas del ascensor se cerraron, dejando a Aston solo en el vasto espacio de su ático. Permaneció inmóvil durante varios segundos, antes de soltar un largo suspiro que parecía contener el peso de toda la jornada.

Regresó a la terraza, donde recogió el vaso de whisky. Contempló el líquido ámbar durante un rato, como si pudiera encontrar respuestas en él, antes de apurarlo de un solo trago.

Para su sorpresa, lo que sentía no era enfado, ni frustración, ni siquiera preocupación por la discusión con Vanessa. Lo que sentía era alivio. Un innegable alivio de que ella se hubiera marchado, de que la tensión constante que parecía acompañarlos últimamente se hubiera disipado temporalmente.

Se dejó caer en el sillón de mimbre, recostándose hacia atrás y cerrando los ojos.

La imagen de Valerie apareció en su mente.

La expresión de determinación a pesar del miedo en sus ojos cuando se enfrentó a su exnovio, la vulnerabilidad en su rostro cuando le curó el brazo, la fuerza silenciosa con que manejaba cada desafío.

Aston abrió los ojos de golpe, sorprendido por la dirección de sus pensamientos. Se pasó las manos por la cara, como intentando borrar la imagen de Valerie de su cabeza.

El zumbido de su teléfono interrumpió el momento. Lo sacó del bolsillo, esperando ver el nombre de Vanessa, quizás con algún mensaje final, mordaz o conciliador, dependiendo de su estado de ánimo. Vanessa era imprevisible.

Pero no era ella. Era un email de Lexe con un PDF con información de los Blackguard. Justo lo que necesitaba para alejar su mente de terrenos por los que no debía ir.