CAPÍTULO 24
El ático de Aston ocupaba los dos últimos pisos de uno de los rascacielos más exclusivos del centro de Nueva York.
Las vistas panorámicas de la ciudad, con sus luces que titilaban como estrellas, servían de telón de fondo para un espacio que combinaba elegancia minimalista con una opulencia discreta.
Eran casi las diez de la noche cuando Vanessa salió del ascensor privado que la llevaba directamente al vestíbulo del ático. Su llegada no estaba programada, pero eso nunca había sido un problema. A fin de cuentas, desde hacía ocho meses, era la novia oficial de Aston Cavendish.
Dejó su abrigo de cachemir sobre el respaldo de un sillón y avanzó con paso decidido.
Sus altos tacones resonaban contra el suelo de mármol.
Su rostro, normalmente impecable para cualquier aparición pública, mostraba signos evidentes de irritación.
Las cejas perfectamente depiladas se juntaban en una expresión que contrastaba con la armonía habitual de sus facciones.
—¿Aston? —llamó. Su voz atravesó el espacio abierto del salón principal.
El silencio fue su única respuesta.
Avanzó hacia la terraza exterior, una extensión de casi doscientos metros cuadrados con jardines minimalistas, una piscina de borde infinito y una zona de estar bajo techo.
Fue allí donde encontró a Aston, sentado en uno de los sillones de mimbre, con un vaso de whisky en la mano y la mirada perdida en el horizonte urbano.
Aston no pareció sorprendido al verla, como si hubiera anticipado su llegada. Vestía aún parte del traje que había llevado al trabajo: pantalones oscuros y camisa blanca, en aquel momento con los primeros botones desabrochados y las mangas arremangadas hasta los codos.
El aspecto impecable que mantenía en público se había relajado en la privacidad de su casa.
—Vanessa —dijo simplemente, girando ligeramente la cabeza hacia ella—. No te esperaba esta noche.
Ella se detuvo frente a él, cruzando los brazos sobre su pecho. La tensión era palpable, como si el aire entre ellos estuviera cargado de electricidad.
—Evidentemente —respondió. Su tono dejaba claro que aquella no era una visita amistosa—. Tenemos que hablar.
Aston dio un sorbo a su whisky, manteniendo una calma que solo consiguió irritar más a Vanessa.
—¿Ha pasado algo? —preguntó, aunque el tono sugería que ya sabía la respuesta.
—¿Que si ha pasado algo? —repitió ella, con una risa seca y sin humor—. ¿Quieres decir aparte de que todo Manhattan está comentando el espectáculo que ha tenido lugar hoy en tu empresa?
Una breve sombra de fastidio cruzó el rostro de Aston antes de recuperar su expresión neutra.
—Los rumores siempre vuelan más rápido que la verdad —comentó, haciendo un gesto hacia el sillón frente a él—. ¿Quieres sentarte?
—No, gracias. No creo que vaya a quedarme mucho tiempo —replicó Vanessa, aunque dio un par de pasos hacia el sillón sin llegar a sentarse—.
Estaba en una sesión de fotos cuando Carol Westwick vino a maquillaje y empezó a hablar de lo que había ocurrido.
Al principio pensé que exageraba, ya sabes cómo es Carol con los chismes, pero luego Jake me confirmó la historia.
Su primo trabaja en el departamento de marketing de tu nueva empresa.
Aston depositó el vaso en la mesa auxiliar y se enderezó. La relajación inicial dio paso a una postura más formal, más cercana a la del CEO que todos conocían.
—¿Y qué versión te han contado exactamente? —preguntó, en un tono que parecía evaluar hasta qué punto los rumores habían distorsionado la realidad.
—¿Importa? —respondió Vanessa, elevando ligeramente el tono—. Lo que importa es que el exnovio de tu asistente personal montó un escándalo en el vestíbulo de la empresa, que la agredió y luego insinuó que vosotros dos estáis teniendo una aventura. ¿Se me olvida alguna cosa?
Algo centelleó en los ojos de Aston. Un destello de rabia contenida que desapareció tan rápido como había surgido.
—Sí, se te olvida que el tipo en cuestión estaba borracho y que fue sacado del edificio por seguridad en menos de diez minutos —dijo con frialdad—.
Un incidente desafortunado, sin duda, pero nada que justifique que «todo Manhattan» esté hablando de ello, como sugieres. No seas tan exagerada, Vanessa.
Vanessa se pasó una mano por el pelo perfectamente liso, un gesto inconsciente que revelaba su frustración.
—Aston, por favor. Sabes perfectamente cómo funcionan estas cosas. La gente no necesita hechos, solo necesita algo jugoso que comentar mientras beben su Martini de cinco dólares.
Avanzó hasta situarse junto a la barandilla de cristal templado que separaba la terraza del vacío, dándole la espalda a propósito. Cuando volvió a hablar, su voz era más suave pero no menos determinada.
—Tienes que despedirla.
Aston, que se había puesto de pie y se había acercado a ella, se detuvo en seco.
—¿Perdón?
Vanessa se giró para enfrentarlo. Sus ojos azules estaban fijos en los de él.
—Has oído perfectamente lo que he dicho. Tienes que despedir a tu asistente personal.
La expresión de Aston se endureció visiblemente. Cuando habló, cada palabra parecía medida con exactitud.
—No voy a despedir a una empleada porque su exnovio decidiera comportarse como un gilipollas.
—No se trata solo de eso —insistió Vanessa, acercándose un paso—. ¿Quién te dice que ese tipo no va a volver? Hoy ha sido un escándalo en el vestíbulo, pero ¿mañana qué será? ¿Una escena en la junta de accionistas? ¿O tal vez decida esperarte en el garaje con algo más peligroso que palabras?
Aston soltó una risa breve y seca.
—Estás siendo muy exagerada, Vanessa. George ya ha reforzado la seguridad y, de todos modos, ese individuo no es tan estúpido.
—Yo no estaría tan segura —replicó Vanessa, elevando una ceja perfectamente depilada—. Los hombres despechados hacen cosas estúpidas. Créeme, lo he visto.
—¿Crees que Lexe dejaría que me tocara un pelo? —lanzó Aston.
Lexe, que era como su sombra, retorcería el cuello de cualquiera que quisiera hacerle algo.
Se produjo un breve silencio.
Aston retrocedió hasta una pequeña barra exterior donde se sirvió otro vaso de whisky, en aquella ocasión vez un dedo más alto que el anterior.
Vanessa observó sus movimientos con atención, notando la tensión en sus hombros, la forma en que sus nudillos se blanqueaban ligeramente al sujetar la botella.
—¿Sabes la mala imagen que da ese tipo de cosas a la empresa si sale a la luz o si se repite?
—continuó ella, siguiéndolo hasta la barra—.
La prensa sensacionalista se te tirará a la yugular, Aston.
«CEO multimillonario y su asistente personal: ¿romance secreto o acoso laboral?
». Puedo ver los titulares desde aquí. —Chasqueó la lengua.
Aston se giró bruscamente, y por primera vez en la noche, su rostro mostró abiertamente su irritación.
—No me importan los rumores, Vanessa. Los rumores es algo con lo que he tenido que vivir toda mi vida.
Vanessa lo observó con una mezcla de incredulidad y frustración.
—Pero a mí sí me importan —dijo. Su voz bajó un poco—. Mi carrera depende en gran parte de mi imagen pública, y por extensión, de la tuya. ¿Te has parado a pensar cómo me afecta a mí que se insinúe que mi novio está teniendo una aventura con su asistente?
Aston la miró fijamente, como si estuviera evaluándola. Cuando habló. Su voz contenía una nota de frialdad que rara vez dirigía hacia ella.
—Primero, nadie que tenga dos dedos de frente va a creer esos rumores absurdos de un tío que se nota a la legua que esta despechado. Segundo, si alguien decide creerlos, es su problema, no el nuestro. Y tercero, no voy a despedir a la señorita Scott. Fin de la discusión.
Un rubor de indignación coloreó las mejillas de Vanessa. No estaba acostumbrada a que le negaran lo que pedía, y menos aún a que no le hicieran caso de forma tan contundente.
—¿Fin de la discusión? —repitió—. ¿Así es como funciona esto, Aston? ¿Tú dictas sentencia y yo debo acatarlo sin más?
Aston se pasó una mano por la cabeza, un gesto que delataba su creciente exasperación.
—No se trata de dictar sentencias, se trata de tomar decisiones racionales. Despedir a la señorita Scott no sería justo ni profesional. Es una buena trabajadora.
—¿Y desde cuándo el mundo de los negocios se rige por la justicia? —contraatacó Vanessa—. No me vengas con discursos morales, Aston. Sé perfectamente cómo funcionan las cosas en tu mundo.
Aston dio un largo trago a su whisky antes de responder, como si necesitara el calor del alcohol para mantener su templanza.
—¿Qué es lo que realmente te molesta, Vanessa? ¿Los supuestos rumores o el hecho de que no esté dispuesto a despedir a la señorita Scott?
La pregunta flotó pesada en el aire, como un desafío velado que hizo que Vanessa sintiera un nudo en el estómago. Por un instante, temió que él hubiera visto a través de su fachada, que hubiera detectado el verdadero motivo de su insistencia.
Aston no era ningún tonto.
Porque lo que verdaderamente la corroía, lo que había estado alimentando su creciente inseguridad durante días, era la forma en que Aston se comportaba alrededor de Valerie Scott.
Los pequeños detalles que quizás él mismo no notaba: cómo su rostro se suavizaba imperceptiblemente cuando ella entraba en su despacho, cómo parecía valorar sus opiniones, cómo a veces la miraba cuando creía que nadie estaba prestando atención.
Vanessa, entrenada durante años en la industria para observar y ser observada, lo había notado todo. Y la sensación que le provocaba era como ácido corroyendo sus entrañas.
Pero jamás lo admitiría en voz alta. Su orgullo no se lo permitiría. Antes muerta.
—Lo que me molesta —respondió finalmente, controlando su tono— es que no pareces entender la gravedad de la situación. Esa chica es un imán para los problemas.
—No, lo que pasa es que tuvo la mala fortuna de elegir como compañero de vida a la persona equivocada —corrigió Aston—. Algo que, permíteme señalar, ya ha solucionado rompiendo la relación con él.
Vanessa soltó un bufido de incredulidad.
—¿Ahora la defiendes? ¿En serio?