CAPÍTULO 23
Valerie cerró la puerta de su piso con un suspiro prolongado que parecía contener todo el estrés del día.
Dejó caer su bolso en el pequeño recibidor, se quitó los zapatos de tacón con un movimiento ágil y caminó descalza hasta el sofá, donde se dejó caer como si sus piernas ya no pudieran sostenerla un segundo más.
El reloj de la cocina marcaba las nueve y veinte.
Había permanecido en la oficina mucho después de su hora habitual, en parte porque quería demostrar que el incidente con Marcus no la había afectado profesionalmente, y en parte porque no se atrevía a enfrentar las miradas curiosas de sus compañeros.
Al final, George, de seguridad, había insistido en acompañarla hasta su coche, un gesto que le había parecido extraño hasta que él mencionó discretamente que «eran órdenes directas del señor Cavendish».
Valerie extendió el brazo vendado frente a ella, observando el trabajo meticuloso de Aston.
La venda estaba perfectamente colocada, ni demasiado apretada ni demasiado suelta. Un recordatorio de un momento de intimidad inesperada con un hombre que, hasta esa mañana, había sido poco más que una presencia intimidante detrás de un escritorio de caoba.
Su teléfono vibró en el bolsillo de su pantalón. La imagen sonriente de Dee apareció en la pantalla, como si su mejor amiga tuviera un sexto sentido para detectar cuando ella estaba al borde de un colapso emocional.
—Hola, Dee —contestó, intentando sonar más animada de lo que realmente se sentía.
—¡Por fin! —exclamó la voz enérgica de Dee al otro lado—. Te he estado llamando toda la tarde. ¿Dónde demonios te habías metido? Ni siquiera has respondido a mis WhatsApp.
Valerie se mordió el labio inferior.
En realidad, había visto las llamadas perdidas y los mensajes de Dee, pero necesitaba un tiempo para procesar todo lo sucedido antes de hablar con alguien.
—Lo siento, ha sido... un día complicado.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea, y cuando Dee volvió a hablar, su tono había cambiado completamente. La preocupación había reemplazado a la alegría.
—¿Qué ha pasado, Val? ¿Estás bien?
Valerie cerró los ojos unos segundos, preguntándose por dónde empezar. Eran tantas cosas.
Dejó escapar un suspiro.
—Marcus ha aparecido hoy en la empresa —dijo finalmente, con la voz ligeramente temblorosa.
—¿Qué? —La incredulidad en la voz de Dee era palpable—. ¿En tu trabajo? ¿Por qué narices ha ido a tu trabajo?
—Estaba borracho, Dee. Como una cuba, a las once de la mañana.
—Joder...
Valerie podía imaginar perfectamente la expresión de su amiga. Los ojos muy abiertos, una mano tapando su boca, probablemente ya estaba incorporándose del sofá, preparándose para lo peor.
—Montó un pollo en el vestíbulo —continuó Valerie, sintiendo que cada palabra liberaba un poco de la tensión acumulada durante todo el día—.
Gritando mi nombre, diciendo que quería verme, que teníamos que hablar.
Cuando bajé a ver qué sucedía, olía a alcohol a tres metros de distancia y apenas podía mantenerse en pie sin tambalearse.
—Qué vergüenza, por Dios —murmuró Dee.
—Eso no es lo peor. —Valerie inspiró profundamente—. Empezamos a discutir y trató de darme una bofetada.
—¡¡¿Qué?!! —gritó Dee al otro lado de la línea—. ¿Ese hijo de puta te pegó? —rugió, con una indignación que hizo que Valerie se sintiera extrañamente reconfortada.
—No, Aston Cavendish le detuvo justo a tiempo. Le agarró la muñeca y evitó que me abofeteara —respondió.
—Joder, no me lo puedo creer. —Dee ese había echado las manos a la cabeza.
Después, intentó sujetarme para que lo escuchara, y cuando me zafé de él... me arañó el brazo. Tengo dos marcas bastante feas.
El jadeo horrorizado de Dee fue tan audible que Valerie lo escuchó como si la tuviera al lado.
—¿Y luego qué? ¿Llamasteis a seguridad? ¿A la policía? Joder, ese tío se merece estar en la cárcel, Val. Es un cabrón de mierda.
—Al final, el personal del edificio lo sacó fuera. —Valerie se acomodó en el sofá, subiendo las piernas y abrazando sus rodillas con el brazo que tenía libre. No sabes el jaleo que se ha montado y la puñetera vergüenza que me ha hecho pasar.
—¿Cómo es posible que Marcus se haya atrevido a llegar a tanto? —La voz de Dee había descendido a un tono peligrosamente bajo, el que Valerie reconocía como la calma previa a una tormenta—. Te juro que si lo veo por la calle le arranco los...
—Dee, por favor —la interrumpió Valerie, aunque no pudo evitar que una pequeña sonrisa se deslizara por sus labios ante la feroz protección de su amiga—. El señor Cavendish se interpuso y lo detuvo antes de que pudiera hacer nada. Luego ordenó a seguridad que lo sacaran del edificio.
—Bien hecho por parte de tu jefe —dijo Dee, aunque todavía sonaba furiosa—. ¿Y tú? ¿Estás realmente bien? —Su voz se dulcificó.
Valerie miró otra vez su brazo vendado.
—Físicamente, sí. Son solo unos arañazos. Fue Aston quien me los curó.
Hubo un silencio al otro lado de la línea telefónica, y Valerie casi podía escuchar las cejas de Dee elevándose con interés.
—¿Tu jefe, el famoso Aston «Témpano de Hielo» Cavendish, te curó personalmente los arañazos? —preguntó Dee, con un tono que mezclaba incredulidad, curiosidad y por supuesto, picardía.
—Tiene un botiquín en su despacho —respondió Valerie, sintiendo un calor inexplicable subiéndole por el cuello al recordar el momento—. Fuimos después del incidente y me vendó el brazo. La verdad es que fue muy amable, para lo que es él.
—Vaya, vaya —canturreó Dee—. Eso no encaja mucho con su imagen pública de robot sin sentimientos.
Valerie carraspeó. No quería ir por ese camino.
—No es Aston Cavendish el protagonista aquí, sino Marcus —dijo, intentando desviar la conversación—. Está descontrolado, Dee. No para de beber y eso está desmoronando su vida. No controla lo que hace ni lo que dice.
—¿A qué te refieres?
Valerie se mordió el labio, dudando si debía compartir la parte más vergonzosa del incidente.
—Insinuó que estoy liada con Aston —dijo en voz baja—. Delante de la gente, y el propio Aston lo escuchó.
Hubo un silencio momentáneo, hasta que Dee tomó de nuevo la palabra.
—¿Lo dices en serio? —Su voz era una mezcla de horror e incredulidad.
—Totalmente en serio. Joder, fue bochornoso.
—¿Y te va a despedir?
Valerie dejó escapar un suspiro.
—No —negó—, y la verdad es que no sé por qué, porque razones y motivos no le faltarían. Si vieras qué pollo montó Marcus... Todavía se me cae la cara de vergüenza al recordarlo. Estaba fuera de sí.
Valerie se levantó del sofá y caminó hacia la cocina, sujetando el teléfono entre la oreja y el hombro mientras se servía un vaso de agua. El simple acto de moverse y beber algo frío le ayudó a calmar un poco la ansiedad que sentía cada vez que recordaba los acontecimientos del día.
—Marcus está fatal —declaró Dee con contundencia—. Ha cruzado todas las líneas posibles. Invadir tu espacio de trabajo, agredirte físicamente, intentar golpearte... Lo mejor que has podido hacer es romper con él, Val. Y quizás deberías considerar una orden de alejamiento.
—Lo sé —respondió Valerie, recostándose contra la encimera de la cocina—. Estoy de acuerdo contigo. Ha pasado todas las líneas rojas. Y soy consciente de que Marcus no me lo va a poner fácil. Hoy ha sido solo el comienzo.
—No deberías pasar por esto sola. —La voz de Dee se suavizó—. ¿Quieres que me quede contigo unos días? Puedo llevarme el portátil y trabajar desde tu apartamento.
Valerie sonrió ante el ofrecimiento. Dee, con su carrera como fotógrafa freelance, siempre estaba dispuesta a trasladar su oficina improvisada a donde fuera necesario.
—Gracias, pero estaré bien. De verdad —añadió, ante el silencio escéptico de su amiga—. Lo que voy a hacer mañana es cambiar la cerradura de la puerta. No quiero que Marcus me dé un susto.
—Hazlo sin falta —aseveró Dee.
—En cuanto cuelgue contigo voy a buscar un cerrajero en Internet. Tengo que aprender a manejar esto por mí misma —dijo Valerie.
—Bueno, al menos tienes a tu jefe para defenderte —apuntó Dee, y Valerie pudo imaginar perfectamente la sonrisa traviesa que estaría adornando su rostro—. Te salvó del villano como todo un príncipe azul, ¿eh?
Valerie puso los ojos en blanco tan intensamente que casi le dolieron.
—Por favor, no empieces con eso, que sé por dónde quieres ir —dijo.
La risa de Dee resonó a través del teléfono.
Era imposible.
—Vamos, tienes que admitir que tiene cierto aire de héroe romántico: el poderoso ejecutivo que abandona una importante reunión para salvar a su asistente personal de las garras de un ex vengativo. Es prácticamente el argumento de una peli romántica.
—¡Yo no veo ese tipo de películas! —protestó Valerie.
—Por supuesto que no —respondió Dee en tono burlón—. Pero, en cualquier caso, no puedes negar que Aston Cavendish se portó como todo un caballero. Para ser, ya sabes, el hombre al que toda la ciudad apoda «el Diablo de Wall Street».
Valerie volvió al sofá, acurrucándose en una esquina.
—La verdad es que se ha portado genial conmigo —admitió, con un tono más suave de lo que pretendía—. Incluso me dijo que no me preocupara por los rumores, que él se encargaría de todo.
—Mmmm… —murmuró Dee, y ese simple sonido contenía un mundo de especulaciones—. ¿Hay posibilidades de que te guste... aunque sea un poquito?
—No, qué va, si tiene novia —respondió Valerie demasiado rápido—. Aston ya está cogido.
—¿Y eso te molesta?
—¡Dee! —exclamó Valerie—. Por supuesto que no. Es mi jefe, por el amor de Dios.
—Un jefe que, según acabas de contar, te llevó a su despacho para curarte personalmente, te vendó el brazo con sus propias manos, y te defendió como si fueras... no sé, alguien importante para él.
Valerie se quedó callada unos segundos, sin saber cómo responder. Las palabras de Dee habían tocado algo dentro de ella, un pensamiento que había intentado reprimir durante toda la tarde.
—Pero eso lo ha hecho porque es un buen tío —contestó—. Creo que, en el fondo, a pesar de su fama y de su reputación, no es un mal tipo —dijo—. Solo es un hombre... complicado. ¿Sabes? A veces tengo la sensación de que esconde algo. Aparte de que tiene un pasado muy duro.
—¿A qué te refieres?
Valerie suspiró, intentando ordenar sus pensamientos.
—No lo sé exactamente. Es solo una sensación que tengo. Hay momentos en los que parece... no sé, vulnerable, supongo. Como si detrás de toda esa fachada de ejecutivo perfecto e implacable hubiera alguien completamente diferente.
—O quizás… —sugirió Dee con voz cantarina—… solo eres tú la que ve algo en él que los demás no ven.
Valerie sintió un hormigueo en el estómago ante aquella posibilidad.
—No digas tonterías —respondió, aunque sin la convicción que hubiera deseado—. Pasamos muchas horas juntos. Simplemente he aprendido a leer sus estados de ánimo. Es una habilidad necesaria si quieres sobrevivir como su asistente personal.
—Si tú lo dices... —Dee claramente no estaba convencida—. Pero si alguna vez te das cuenta de que quizás ese «príncipe azul con aires de ejecutivo malote» te interesa más de lo que estás dispuesta a admitir, sabes que puedes contármelo, ¿verdad?
Valerie sonrió a pesar de las pocas ganas que tenía.
—Eres de lo que no hay, ¿lo sabías?
—Por eso me quieres —respondió Dee con absoluta confianza—. Y ahora, cuéntame más sobre esos momentos en su despacho. No escatimes en detalles, por favor.
—Dee...
—Vamos, Val. Ha sido un día horrible para ti. Vamos a disfrutar un poco de la parte donde el guapo millonario te cura las heridas y te consuela.
Valerie soltó una risita real por primera vez en todo el día.
—Está bien —accedió—. Pero esto no sale de aquí, ¿entendido?
—Palabra de scout —prometió Dee con solemnidad, aunque Valerie sabía perfectamente que su amiga nunca había sido scout.
Y así, acurrucada en el sofá, con una taza de té caliente que había preparado mientras hablaban, Valerie comenzó a relatar a Dee el extraño encuentro con Aston Cavendish en la privacidad de su despacho.
Cómo sus dedos habían rozado su piel con una delicadeza sorprendente; la intensidad en sus ojos cuando le aseguró que no estaba enfadado con ella; la manera en que le había aconsejado sinceramente que se alejara de Marcus, que no debía permitir que nadie la tratara así.