CAPÍTULO 22 #2
Nunca antes se había permitido mirarlo de esa manera, como un hombre y no solo como su jefe, aunque su atractivo no pasaba desapercibido a nadie.
—Creo que debería tomarse un descanso —dijo Aston, volviéndose hacia ella—. Vaya a la cafetería, tómese algo caliente y relájese. Puede continuar con el trabajo después.
Valerie se puso de pie, sintiendo un ligero mareo que atribuyó al estrés del momento y no a la proximidad de Aston Cavendish.
—Gracias —dijo, consciente de que había repetido aquella palabra muchas veces en la última media hora—. Por todo.
Aston asintió, y por un momento Valerie tuvo la sensación de que iba a decir algo más. Pero finalmente se limitó a acompañarla hasta la puerta del despacho.
—Tómese el tiempo que necesite —fueron sus últimas palabras antes de que Valerie saliera de la estancia.
Cuando la puerta se cerró tras ella, Aston permaneció inmóvil durante unos segundos, con la mirada fija en el espacio que había ocupado Valerie. Luego, como si despertara de un trance, se pasó una mano por el rostro y caminó lentamente hacia el ventanal.
La ciudad se extendía bajo él, un laberinto de edificios y calles que normalmente le proporcionaba una sensación de control. En aquel momento, sin embargo, se sentía extrañamente desorientado.
¿Qué demonios había pasado ahí abajo? No solo lo del espectáculo del exnovio de su asistente personal, eso tenía una explicación obvia: un hombre inseguro y probablemente con problemas de alcohol incapaz de aceptar un rechazo. No, lo que le desconcertaba era su propia reacción.
Había bajado a la cafetería a por un café y había escuchado el alboroto.
En el momento en que distinguió la voz de Valerie Scott, algo primario se había despertado en él.
Sin dar una explicación, había dejado plantada a la camarera y a dos ejecutivos con los que se había encontrado en la cafetería, y se había dirigido a zancadas hacia el lugar de donde provenía la discusión con una urgencia que no recordaba haber sentido en mucho tiempo,
Y cuando vio a aquel tipo levantarle la mano a Valerie... Aston apretó el puño inconscientemente al recordarlo.
Le había hervido la sangre.
Casi literalmente.
Había sentido un calor insoportable subiendo desde su estómago hasta su garganta, una furia ciega que amenazaba con consumirlo todo. Incluso a él.
Había tenido que contenerse físicamente para no arrancarle la cabeza a aquel imbécil. Él, Aston Cavendish, conocido por sus nervios de acero y su capacidad para manejar crisis empresariales sin que se le moviera un pelo, había estado a punto de perder el control por completo.
¿Qué le estaba pasando?
Se alejó del ventanal y se sirvió un vaso de agua del dispensador que había en la esquina de su despacho.
No era propio de él.
No era así como funcionaba.
Él no perdía los estribos, no se dejaba llevar por emociones primitivas. Analizaba situaciones, evaluaba riesgos, tomaba decisiones calculadas.
Y sin embargo...
La imagen de Valerie, con sus grandes ojos marrones llenos de miedo y vergüenza, se coló en sus pensamientos. La forma en que había intentado mantener la compostura a pesar del dolor y la humillación.
La forma de mordisquearse ligeramente el labio inferior debido a los nervios…
El teléfono de su escritorio interrumpió sus cavilaciones. Con paso firme, se dirigió a atenderlo.
—Aston Cavendish —respondió secamente.
—Señor, soy George, de seguridad —dijo una voz grave al otro lado de la línea—. Quería informarle de que el individuo finalmente ha abandonado las instalaciones. Lo escoltamos hasta tres manzanas más allá para asegurarnos de que no regresara.
—Bien —respondió Aston—. ¿Mostró resistencia en algún momento?
—Nada que no pudiéramos manejar, señor —respondió George, con un tono que sugería que «manejar» probablemente había implicado algo más que palabras amables—. Pero creo que debería saber que hizo algunas amenazas mientras se alejaba.
Aston se tensó.
—¿Qué tipo de amenazas?
—Dijo que volvería. Que esto no había terminado. Lo habitual en estos casos, señor, pero...
—Quiero que dupliquen la seguridad en la entrada —interrumpió Aston, con una voz que no admitía discusión—.
Y quiero la foto de ese individuo en cada puesto de vigilancia.
Si intenta poner un pie en este edificio nuevamente, quiero saberlo de inmediato.
Y por supuesto, que no se acerque a la señorita Scott.
—Por supuesto, señor —respondió George—. Ya hemos tomado capturas de las cámaras de seguridad. En cuanto a la señorita Scott, ¿quiere que tomemos alguna medida especial?
Aston se detuvo a considerar la pregunta. Una parte de él quería asignarle un guardia personal, escoltarla hasta su casa, asegurarse de que aquel lunático no pudiera acercarse a ella nunca más. Pero sabía que eso sería excesivo, posiblemente invasivo, y definitivamente daría que hablar.
—Por ahora, mantengan un ojo en ella cuando entre y salga del edificio —respondió finalmente—. Y asegúrense de que alguien la acompañe hasta su coche esta tarde.
—Entendido, señor. Me encargaré personalmente de ello.
Aston colgó el teléfono y se dejó caer en su sillón, girándolo para mirar nuevamente hacia la ciudad.
En algún lugar, entre esos miles de edificios, estaba el hombre que había intentado dar una bofetada a Valerie. Y por alguna razón que no alcanzaba a comprender del todo, la idea le resultaba insoportable.
No era solo preocupación por una empleada valiosa.
No era solo indignación ante un acto de violencia hacia una mujer.
Era algo más, algo que hacía tiempo que no sentía y que no estaba seguro de querer analizar demasiado profundamente.
Necesitaba recuperar el control, volver a ser el Aston Cavendish que todos conocían: templado, distante, imperturbable.
Pero por más que lo intentaba, no podía quitarse de la cabeza la imagen de Valerie. Sus ojos vidriosos por las lágrimas contenidas, la vulnerabilidad en su mirada cuando le había preguntado si estaba enfadado con ella.
Y lo peor de todo era que, a pesar del caos y del escándalo, a pesar de los rumores que sin duda estarían circulando ya por toda la empresa (y que no le importaban lo más mínimo), lo único que realmente lamentaba era no haber evitado que aquel malnacido le hiciera los arañazos en el brazo.
Aston Cavendish, el Diablo de Wall Street, como algunos afirmaban que era, el hombre implacable, el hombre que había construido un imperio de la nada, estaba empezando a experimentar algo que hacía mucho tiempo había relegado al olvido.