CAPÍTULO 22
Preocupación.
Eso es lo que vio. Una preocupación real.
—Está sangrando —dijo Aston, señalando su brazo.
Valerie bajó la mirada hacia los arañazos, que habían dejado un reguero rojo hasta su mano.
—No es nada —murmuró, aunque el escozor decía lo contrario.
Para su sorpresa, Aston sacó un pañuelo de tela del bolsillo de su pantalón, se acercó y lo presionó suavemente contra el brazo de Valerie.
—Necesitamos desinfectar la herida —dijo—. Subamos a mi despacho, tengo un botiquín para emergencias.
Y pusieron rumbo a la zona de los ascensores.
El ascensor se detuvo en el piso setenta con un suave tintineo.
Aston, sin mediar palabra, posó delicadamente su mano en la parte baja de la espalda de Valerie para guiarla cuando las puertas se abrieron.
Fue un gesto instintivo, protector, que provocó en ella un cosquilleo inesperado que recorrió toda su columna vertebral.
El silencio en el pasillo era absoluto. Parecía que la noticia del altercado en el vestíbulo había vaciado la planta, o quizás los empleados, conociendo el temperamento de su jefe, habían decidido sabiamente mantenerse alejados.
Por si acaso.
—Por aquí —indicó Aston, dirigiéndose directamente hacia su despacho en vez de detenerse en el escritorio de Valerie.
Ella lo siguió en silencio, todavía sosteniendo el fino pañuelo de lino contra su antebrazo, donde los arañazos de Marcus continuaban sangrando levemente.
Cada paso que daba parecía irreal, como si estuviera moviéndose a través de un sueño bizarro.
Hacía apenas un rato estaba organizando tranquilamente la agenda de su jefe, y ahora caminaba junto a él con el brazo herido después de un fuerte enfrentamiento público con su exnovio.
—Siéntese, por favor —dijo Aston, señalando hacia uno de los sillones de cuero en la zona de reuniones informales, no al otro lado de su imponente escritorio donde normalmente se sentaban las visitas.
Mientras Valerie se acomodaba, observó cómo Aston se dirigía con pasos decididos hacia un elegante armario de madera oscura situado en una esquina de la oficina. Lo abrió revelando, además de algunas botellas que parecían whisky carísimo, un botiquín de primeros auxilios sorprendentemente completo.
—¿Tiene un botiquín en su despacho? —preguntó, realmente sorprendida.
Aston tomó la caja blanca con la cruz roja y se volvió hacia ella con una leve sonrisa.
—Dirigir una empresa como ésta implica muchas heridas de guerra, aunque generalmente son metafóricas —respondió con un toque de ironía, acercándose a ella—. Este es para las ocasiones excepcionales, por si alguien se grapa un dedo —bromeó.
Se sentó en el sillón contiguo al de Valerie, colocando el botiquín en la mesita auxiliar. Lo abrió.
—Déjeme ver —dijo, extendiendo su mano hacia ella.
Valerie dudó un instante.
Había algo tremendamente íntimo en la situación, algo que iba mucho más allá de la relación profesional que habían mantenido durante las últimas semanas, aunque después del apagón había otro tipo de conexión entre ellos.
Lentamente, retiró el pañuelo, manchado de sangre, y le ofreció su brazo herido.
Aston lo tomó con una delicadeza sorprendente. Sus dedos apenas rozaban la piel.
Examinó los arañazos con el ceño fruncido, como si estuviera evaluando un problema financiero muy complejo.
—No son profundos, pero necesitan limpiarse de forma adecuada para que no se infecten —concluyó, alcanzando un bote de agua oxigenada y algunas gasas estériles del botiquín—. Esto puede escocer un poco.
Valerie asintió, preparándose mentalmente para el dolor. Sin embargo, cuando el líquido frío entró en contacto con los arañazos, no pudo evitar que un pequeño gemido involuntario emergiera de sus labios.
—Lo siento —murmuró Aston inmediatamente. Sus ojos se elevaron para encontrarse con los de ella—. Intentaré ser más cuidadoso.
—No, está bien —se apresuró a responder Valerie, avergonzada por su reacción—. No escuece tanto.
Pero Aston ya había ajustado su técnica, aplicando el antiséptico con un toque tan ligero que apenas lo sentía.
Mientras él trabajaba meticulosamente, limpiando cada arañazo con precisión, Valerie se encontró estudiando su rostro con una atención que nunca se había permitido antes.
Desde tan cerca, podía apreciar detalles que pasaban desapercibidos durante las reuniones o al entregarle los documentos: el ceño ligeramente fruncido, las pequeñas arrugas en las comisuras de los ojos que solo aparecían cuando se concentraba intensamente, la forma perfecta en que su mandíbula se tensaba mientras trabajaba, el marcado relieve de los labios...
—Yo... lo siento mucho, señor Cavendish —se escuchó decir, rompiendo el silencio—. Sé que esto es imperdonable, que...
Aston detuvo sus movimientos y levantó la vista. Sus ojos se fijaron directamente en los de ella. Valerie sintió que se le secaba la garganta ante la intensidad de aquella mirada.
—No tiene por qué sentirlo —dijo.
—¿No... no está enfadado? —preguntó Valerie en un hilo de voz.
Aston enarcó una ceja, un gesto que Valerie había visto a menudo en reuniones cuando alguien decía algo que consideraba absurdo.
—¿Con usted? ¿Por qué habría de estarlo?
—Porque acabo de causar un escándalo en su empresa —respondió Valerie, sintiendo que las lágrimas que había estado conteniendo amenazaban con desbordarse—. Todo el mundo ha visto... ha oído...
Dios, todavía le ardía la cara de la vergüenza.
—Lo que todo el mundo ha visto… —la interrumpió Aston con firmeza—… es a una empleada siendo acosada por un exnovio violento. Lo que han oído son los delirios de un hombre con una borrachera de cuidado.
Una lágrima rebelde escapó y rodó por la mejilla de Valerie, pero la apartó rápidamente con su mano libre. Sin embargo no fue lo suficientemente rápida; Aston la había visto, y algo en su expresión se suavizó.
—Van a hablar —insistió ella—. Lo que dijo sobre nosotros...
Aston mantuvo una suave presión sobre su brazo mientras alcanzaba más gasas, pero su mirada se dulcificó de una manera que Valerie nunca había visto en él.
—Señorita Scott... —comenzó—. He dirigido empresas durante más de doce años. Créame cuando le digo que he escuchado rumores mucho peores y sobre cosas mucho más escandalosas que una supuesta aventura con mi asistente personal.
Valerie sintió una oleada de gratitud tan intensa que apenas podía respirar.
—Pero su reputación...
—Mi reputación está perfectamente segura —respondió Aston con una ligera sonrisa—. Y la suya también lo estará. Me aseguraré personalmente de ello.
Valerie asintió en silencio, incapaz de encontrar palabras que pudieran expresar lo que sentía.
El alivio de saber que no iba a perder su trabajo, mezclado con la adrenalina del enfrentamiento con Marcus y el dolor punzante de los arañazos, la tenía ligeramente mareada.
Aston continuó con su tarea, aplicando una pomada antibiótica sobre los arañazos, con la misma delicadeza con la que lo haría un restaurador de arte ante una pieza invaluable.
Mientras Valerie lo observaba, Aston vio cómo sus dientes se hundían en su labio inferior.
Trató de continuar con la tarea, pero ese maldito labio llamó su atención de nuevo, rojo allí donde los dientes hacían presión.
¿Qué narices le pasaba? ¿Qué demonios tenía de particular su labio? ¿O el maldito gesto de mordisqueárselo? ¿Se estaba volviendo loco?
—Gracias —dijo finalmente Valerie, cuando encontró su voz, y Aston emergió de su ensimismamiento—. Por salir en mi defensa allí abajo. Si usted no hubiera intervenido, Marcus… Marcus me habría dado una bofetada.
Un músculo se tensó en la mandíbula de Aston, y durante un instante, Valerie vislumbró nuevamente aquella furia controlada que había mostrado en el pasillo.
—Es lo que tenía que hacer —respondió él simplemente, mientras comenzaba a desenrollar una venda—. No me gustan los hombres que ejercen violencia contra las mujeres. De hecho —añadió, en un tono que había descendido un par de octavas—, no me gustan en absoluto.
Sus manos trabajaban con movimientos precisos, envolviendo el antebrazo de Valerie con la venda con una agilidad que sugería práctica.
—¿Dónde ha aprendido a hacer eso? —preguntó ella con curiosidad.
Una sombra de sonrisa apareció en los labios de Aston.
—Lexe es un hombre muy precavido. Me obligó a hacer un curso de primeros auxilios hace años. Dijo que todo el mundo tiene que saber lo básico para poder ayudar a los demás en casos de emergencia.
En realidad se lo había enseñado para poder socorrerse a sí mismo. Nunca se sabía cuándo lo podría necesitar. Sobre todo si espiabas a los Blackguard.
Valerie no pudo evitar esbozar una pequeña risa, que pareció aligerar la pesada atmósfera que los rodeaba.
—Si me permite un consejo —continuó Aston, asegurando la venda con un trozo de esparadrapo—, debería mantenerse alejada de su exnovio. No parece... una buena persona.
Sus ojos se encontraron de nuevo, y esa vez, hubo algo diferente en la mirada que compartieron. Un entendimiento silencioso, una conexión que iba más allá de las palabras.
Durante un fugaz instante, el mundo exterior desapareció. Por completo. No había empresa, ni posiciones jerárquicas, ni rumores... Solo dos personas mirándose como si se vieran realmente por primera vez.
Valerie fue la primera en romper el contacto visual, sintiendo un rubor que nada tenía que ver con la vergüenza por el bochornoso espectáculo que había montado Marcus minutos antes.
Carraspeó.
—No se preocupe por eso —dijo, volviendo inconscientemente al trato formal—. No tengo la más mínima intención de volver con él.
Aston terminó de guardar los materiales del botiquín, cerrándolo con un suave clic .
—Me alegra oírlo, es una buena decisión —respondió, y había algo en su tono que sugería que realmente sentía lo que decía—. No debería permitir que nadie la trate así.
Se levantó, y llevó el botiquín de vuelta al armario. Valerie observó su espalda ancha y la forma en que su traje a medida se ajustaba perfectamente a sus hombros.