CAPÍTULO 21 #2
Marcus la siguió hasta una zona situada más allá de la cafetería, cerca de las escaleras de emergencia, donde unos enormes ventanales permitían ver un patio interior, con el zumbido apagado de la oficina como telón de fondo.
Valerie se detuvo y Marcus lo hizo frente a ella. Le sonrió, como si pensara que aquello fuera a llevarlos a algún lado, pero Valerie no le devolvió la sonrisa.
—Marcus, hemos terminado. Pensé que lo había dejado claro —le dijo, cruzándose de brazos.
La expresión de Marcus volvió a cambiar y la falsa calidez de la sonrisa que había esbozado se desvaneció.
—Entonces, ¿eso es todo? —dijo, con voz baja y acusatoria—. Me sacas de tu vida y ¿ni siquiera te molestas en ver cómo estoy? ¿Tienes idea de por lo que estoy pasando por tu culpa?
—Marcus, lo nuestro no va a ningún lado.
—¡Porque tú no quieres! —espetó él. Su fachada de calma se resquebrajó por completo—. No has luchado por lo nuestro.
—No hay nada por lo que luchar —aseveró Valerie.
—No te importo lo suficiente…
—¡Basta! —La voz de Valerie atravesó sus palabras como un látigo, y vio la sorpresa en el rostro de Marcus—. No te atrevas a echarme la culpa de tus problemas a mí. He estado lidiando con mi propio caos y, francamente, tú no eres parte de la solución. Solo eres un problema más.
Marcus entrecerró los ojos y apretó la mandíbula mientras la estudiaba.
—Es por ese cabrón de tu jefe, ¿verdad?
Valerie sintió que le faltaba el aire.
Aquel era exactamente su miedo: que Marcus volviera con esas acusaciones delirantes de que estaba liada con Aston.
¿Qué pensaría el señor Cavendish si le escuchara? No quería ni imaginárselo.
—No sabes lo que estás diciendo —respondió, luchando por mantener la calma. Aunque le estaba costando un mundo—. Estás borracho.
—No estoy borracho —protestó Marcus, pero su ligero tambaleo traicionaba sus palabras—. Estoy viendo las cosas claras por primera vez. ¿Crees que no sé cómo funciona este mundo?
Valerie sintió que algo se rompía dentro de ella. La vergüenza y el miedo dieron paso a una ira fría y precisa.
—Esto debe parar, Marcus.
Él frunció el ceño y una mezcla de confusión e indignación nubló su rostro.
—¿De qué cojones estás hablando? Estoy aquí por ti, Valerie. ¡Pensé que esto era lo que querías!
Ella dejó escapar un suspiro brusco. La exasperación estaba empezando a arañarla.
—¿Pensaste que lo que quería era que irrumpieras en mi lugar de trabajo, provocando una escena y que me culparas de todos tus problemas? ¿En serio?
Marcus apretó la mandíbula y Valerie pudo ver la frustración hirviendo bajo la superficie.
—No me hables así. He estado intentando hacer las cosas bien, pero tú…
—Necesito un descanso de ti, Marcus —lo interrumpió Valerie. Su voz era firme e inquebrantable—. De tus celos, tu control, tu incapacidad para respetar los límites. Me estás asfixiando.
Marcus parpadeó, claramente descolocado por aquella respuesta. Luego, su rostro se contorsionó en una mueca de desprecio.
—No eres más que una puta —siseó, y antes de que nadie pudiera reaccionar, levantó la mano para darle una bofetada.
Valerie cerró los ojos instintivamente, esperando el impacto. Pero nunca llegó.
Cuando volvió a abrirlos, vio algo que jamás habría esperado. A Aston Cavendish, con su impecable traje de tres piezas y su expresión habitualmente impasible, sujetando la muñeca de Marcus con una fuerza que hizo que los nudillos se le pusieran blancos.
—Creo que acaba de cometer un error muy grave —dijo Aston, con una voz tan suave que resultaba más aterradora que cualquier grito.
—No se meta donde no le llaman. Estoy hablando con mi novia —masculló Marcus, intentando liberarse de su mano sin éxito.
—Ya no soy tu novia —repitió Valerie, encontrando una nueva fuerza en la presencia de Aston—. Se acabó, Marcus.
Aston ni siquiera había mirado a Valerie. Sus ojos, que habían adquirido un gris acerado, casi negro, no se apartaban de Marcus.
—Está en mi empresa, acosando a mi empleada, y acaba de intentar agredirla físicamente. Le sugiero que reconsidere su posición —continuó, con la misma calma inquietante que había utilizado hasta ese momento.
Por fin soltó la muñeca de Marcus. Él se la frotó mientras miraba a Aston con un odio visceral.
—¿Su empleada? —escupió—. ¿Es así como la llama ahora?
Valerie sintió que se le cerraba la garganta.
«Por favor, Dios, que se calle, que se calle ya», pidió en silencio.
Aston esbozó una sonrisa tan fría que habría congelado el infierno.
—Señorita Scott —dijo, dirigiéndose a Valerie por primera vez, pero sin apartar los ojos de Marcus—, ¿desea presentar cargos contra este... caballero?
Antes de que pudiera responder, Marcus se volvió hacia ella, agarrándola del brazo con tanta fuerza que Valerie dejó escapar un pequeño grito.
—¡No vas a presentar ninguna maldita denuncia! —gritó, tirando de ella—. ¡Nos vamos de aquí ahora mismo! ¡Vas a venir conmigo y vamos a arreglar esto a solas!
Valerie se retorció, intentando liberarse.
—¡Suéltame, Marcus! ¡Me haces daño!
Con un tirón desesperado, logró soltarse, pero las uñas de Marcus se arrastraron por su antebrazo, dejando dos profundos arañazos que inmediatamente comenzaron a sangrar.
—¡Mira lo que me obligas a hacer! —gritó él, como si la herida que le había hecho fuera culpa de ella y no suya.
Eso fue la gota que colmó el vaso para Aston. Su máscara de calma profesional se deslizó lo suficiente para mostrar una expresión que Valerie nunca había visto en el tiempo que llevaba trabajando para él: furia.
—Si no se va por las buenas —dijo Aston, con una voz que había descendido varias octavas—, le garantizo que se irá por las malas.
Marcus, en un alarde de estupidez o de valor suicida, se acercó a Aston hasta que sus rostros quedaron a unos cuantos centímetros.
—¿Me está amenazando, señor Cavendish?
Aston no retrocedió ni un milímetro. Ni uno solo.
—No. Le estoy informando de un hecho. O se va, o yo mismo le saco a patadas.
Algo en su tono debió finalmente atravesar la bruma de alcohol y rabia de Marcus, porque una expresión de duda cruzó su rostro por primera vez.
Miró a su alrededor, como si acabara de darse cuenta de dónde se encontraba y de lo que estaba haciendo.
George y los otros dos guardias aprovecharon ese momento de duda para acercarse.
—Vamos, señor —dijo George, colocando una mano firme sobre el hombro de Marcus—. Es hora de que se marche.
Sorprendentemente, Marcus no se resistió cuando los guardias lo flanquearon y comenzaron a escoltarlo hacia la salida. Pero mientras se alejaba, se giró una última vez hacia Valerie.
—¡Esto no ha terminado, Val! —gritó. Las facciones de su rostro estaban distorsionadas por la rabia—. ¡Te vas a arrepentir! ¡Y usted también, Cavendish! ¡Disfrute de mis sobras!
Valerie cerró los ojos, deseando que el suelo se abriera y la tragara. Podía sentir la sangre tibia resbalando por su brazo, goteando sobre el inmaculado suelo de mármol.
Solo cuando perdió de vista a Marcus, la gente que se aglomeraba al principio del pasillo pareció volver a la vida, como si antes todo hubiera estado en pausa.
Los murmullos estallaron como un enjambre, y Valerie fue dolorosamente consciente de que acababa de protagonizar el escándalo del año en la empresa de Aston Cavendish.
«Joder.»
Aquello iba a ser el fin. Pero el fin de verdad.
Aston se volvió hacia el público improvisado que se había desplazado hasta allí, y bastó una mirada suya para que todos recordaran repentinamente que tenían asuntos urgentes que atender en cualquier otro lugar.
Incluso algunos chocaron entre sí tratando de escapar de los ojos del jefe.
El lugar se vació con una rapidez impresionante.
Cuando por fin se quedaron solos, Valerie se atrevió a mirar a Aston, esperando ver decepción, enfado o peor aún, esa fría indiferencia con la que despedía a los empleados que no cumplían sus expectativas.
En cambio, lo que vio la desconcertó.