CAPÍTULO 21
La voz de Marcus atravesó el elegante vestíbulo de cristal y mármol del edificio Cavendish como un disparo en una iglesia silenciosa.
—¡Quiero ver a mi novia, maldita sea!
Al oírlo, George, uno de los hombres de seguridad que nunca había necesitado alzar la voz más allá del discreto «buenos días» con el que recibía a los ejecutivos cada mañana, se irguió en toda su estatura, que no era poca.
—Señor, necesito que se calme —dijo con voz firme pero serena, colocando una mano sobre el hombro de aquel joven que parecía haber decidido que gritar era una forma aceptable de comunicarse un lunes a las once de la mañana—.
Si me indica a quién desea visitar, puedo llamar y comprobar si puede atenderlo.
Marcus, con los ojos inyectados en sangre y el cabello revuelto como si hubiera metido los dedos en un enchufe, se sacudió la mano del guardia como si fuera una mosca molesta.
—¡A Valerie Scott! ¡Mi novia! —escupió, y luego, como si temiera que aquel nombre no fuera suficiente, añadió—: ¡La secretaria del capullo de Aston Cavendish!
George se tensó visiblemente.
Conocía a Valerie.
Una chica encantadora que siempre tenía una sonrisa y una palabra amable para él, incluso en aquellos días en que llegaba con el tiempo justo y tecleando frenéticamente en su móvil. Jamás la había visto acompañada por aquel espécimen que ahora apestaba a alcohol rancio a pesar de ser media mañana.
—Señor —intentó de nuevo George, esa vez con un tono que indicaba que su paciencia empezaba a agotarse—, le pido que baje la voz o tendré que escoltarlo fuera del edificio.
El vestíbulo, normalmente un espacio de tránsito ordenado, lleno de empleados, se había convertido en un improvisado anfiteatro.
Ejecutivos con sus trajes bien planchados, asistentes que corrían a entregar documentos y visitantes que esperaban sus citas observaban la escena con una mezcla de incomodidad, y ese morbo inevitable que despierta el desastre ajeno.
—¡Me importa una mierda! —gritó Marcus, arrancándose la chaqueta de cuero como si de repente le quemara la piel y lanzándola sobre un sofá de diseño—. ¡No me voy a ir de aquí hasta hablar con ella! ¿Lo entiendes, abuelo?
George, que había manejado a borrachos, drogadictos y más de un ejecutivo con delirios de grandeza a lo largo de su carrera, presionó discretamente el botón de su Walkie Talkie.
—Necesito refuerzos en el vestíbulo principal —murmuró, sin apartar los ojos de Marcus—. Ya.
En el piso setenta, Valerie repasaba meticulosamente la agenda de Aston para comprobar que todo estaba bien, mientras mordisqueaba la tapa de su bolígrafo (un hábito de infancia que reaparecía inconscientemente cada vez que estaba concentrada).
Su escritorio era en aquel momento un monumento al orden.
Ni un papel fuera de lugar, la pantalla del ordenador perfectamente alineada y una taza de café que mantenía a exactamente veinte centímetros de cualquier documento importante.
Por nada del mundo quería que volviera a ocurrir lo que pasó en el despacho de Aston.
Así que todo líquido debía de estar a más de veinte centímetros.
Aston había salido hacía quince minutos para atender una llamada privada en la sala de conferencias, dejándole instrucciones específicas de reorganizar las citas de la semana para acomodar una reunión urgente con los asesores del señor Jones.
Mientras intentaba decidir qué compromiso sacrificar, un murmullo de voces agitadas y el sonido de tacones apresurándose hacia los ascensores la sacó de su concentración.
Claudia Dixon, del departamento de marketing, pasó frente a su escritorio con los ojos brillantes de emoción y el móvil ya en mano, como si se preparara para documentar algo.
—¿Qué pasa? —preguntó Valerie, intrigada por aquel repentino movimiento.
Claudia se detuvo, inclinándose hacia ella como quien comparte un secreto de estado.
—Hay un tipo en el vestíbulo montando el pollo del siglo. Está gritando que quiere ver a su novia y prácticamente se ha enfrentado al pobre George —respondió con ese tono que reservaba para los chismes jugosos—. Todo el mundo está bajando a mirar.
Un escalofrío recorrió la espalda de Valerie.
Una corazonada desagradable, de esas que siempre resultan acertadas, empezó a formarse en la boca de su estómago.
—¿Cómo es? —preguntó, intentando que su voz sonara casual y no como el chillido de pánico que amenazaba con escapar de su garganta.
—Alto, moreno, con una chaqueta de cuero negra —Claudia hizo una pausa dramática—. Y bastante guapo, si ignoramos que parece un loco que acaba de escapar de un manicomio.
El bolígrafo resbaló de entre los dedos de Valerie y rodó por el suelo, pero ella apenas lo notó.
«Mierda. Mierda. Mierda. Marcus.»
Porque estaba segura de que era él.
—Tengo que bajar —murmuró, levantándose tan abruptamente que su silla giratoria chocó contra el archivador que había a su espalda.
—¡Espérame! —exclamó Claudia, encantada con su reacción—. ¿Lo conoces?
Valerie no respondió. Ya estaba corriendo hacia los ascensores, rezando a cualquier deidad que quisiera escucharla para que no fuera demasiado tarde.
Mientras el ascensor descendía con una lentitud que parecía diseñada específicamente para torturarla, Valerie sintió que su vida profesional y personal colisionaban de la peor manera posible.
Solo hacía una semana que habían roto. Una semana de llamadas perdidas y mensajes interminables alternando entre súplicas patéticas y amenazas veladas.
Una semana intentando mantener su vida personal a raya mientras navegaba por las exigencias de su trabajo como asistente ejecutiva del hombre más intimidante y respetado de la industria financiera.
«Joder, mañana va a salir en todos los periódicos», pensó con horror, imaginando los titulares: «Escándalo en Cavendish Industries: el exnovio fuera de sí de la asistente personal del CEO monta un espectáculo en pleno vestíbulo».
Santo Dios.
Valerie notó cómo el estómago se le encogía.
El ascensor se detuvo con un suave ding que a Valerie le sonó como una sentencia de muerte. Las puertas de acero se abrieron, revelando exactamente el infierno que esperaba.
Marcus estaba en el centro del vestíbulo, con un círculo de espectadores a su alrededor. Dos guardias más se habían unido a George, manteniendo una distancia prudencial pero claramente preparados para intervenir.
—¡¿Dónde está?! —gritaba, girando sobre sí mismo como si esperara que Valerie emergiera mágicamente de detrás de una columna—. ¡Sé que está aquí! ¡VALERIE!
Al verla salir del ascensor, su rostro pasó en un instante de la ira al alivio, y finalmente a una sonrisa que pretendía ser encantadora, pero que con el pelo revuelto y los ojos enrojecidos resultaba más perturbadora que otra cosa.
—¡Val! —exclamó, avanzando hacia ella como si no hubiera un mar de gente observándolos—. Sabía que vendrías. Necesitamos hablar, cariño.
Valerie se quedó clavada en el suelo, sintiendo cómo el calor subía por su cuello hasta inundar sus mejillas.
Podía sentir los ojos de todos los presentes (compañeros con los que compartía ascensor cada mañana, ejecutivos a los que preparaba informes, el personal de limpieza que siempre le sonreía) fijos en ella, esperando su reacción.
—Marcus —dijo, con una voz tan tensa que apenas reconoció como suya—. ¿Qué demonios estás haciendo aquí?
Él avanzó, esquivando a uno de los guardias con una agilidad sorprendente para alguien que claramente había estado bebiendo.
—He venido a verte, por supuesto —respondió, como si fuera la cosa más natural del mundo presentarse ebrio en el trabajo de tu exnovia gritando como un poseso—. No contestas mis llamadas, no respondes mis mensajes... ¿Qué se supone que debía hacer?
Valerie dio un paso atrás, consciente de que cada palabra de aquella conversación sería repetida y analizada en la cafetería de la empresa por las chismosas de turno durante semanas.
—Marcus, vete —dijo, intentando mantener la compostura—. Hemos terminado. ¿Cuántas veces debo decírtelo?
Algo oscuro cruzó la mirada de Marcus, una sombra que Valerie conocía bien y que siempre precedía a sus peores momentos.
—No hemos terminado hasta que yo diga que hemos terminado —gruñó, acercándose más.
George dio un paso hacia ellos, pero Valerie le indicó con un gesto que se detuviera. Lo último que necesitaba era que los guardias tuvieran que reducir a Marcus. Eso definitivamente llegaría a la prensa.
Y probablemente Aston no se lo perdonaría.
—Sí, hemos terminado —replicó, con más firmeza de la que sentía—. Lo dejé muy claro el otro día. Ya no soy tu novia, Marcus. No tenías ningún derecho a venir aquí.
Él soltó una risa amarga que resonó en el silencio sepulcral que había caído sobre el vestíbulo.
—¿Ningún derecho? ¿Después de tres años juntos? ¿Después de todo lo que he hecho por ti?
Valerie sintió un nudo en la garganta.
¿Lo que había hecho por ella? ¿A qué coño se refería? ¿A los celos? ¿A las escenas que le montaba últimamente cada vez que llegaba tarde del trabajo?
Joder, si hasta el alquiler le pagaba ella sola.
Valerie apretó la mandíbula, reprimiendo las ganas de reírse de su audacia. Marcus tenía una habilidad especial para tergiversar la verdad, convirtiéndose siempre en la víctima.
—Por favor, vete —repitió, odiando el ligero temblor en su voz—. Estás es mi trabajo, Marcus. No puedes aparecer así, armando un escándalo.
—¿Tu trabajo? —Marcus escupió las palabras de la boca como si fueran veneno.
Valerie sabía qué sería lo siguiente que diría. Echó un vistazo a su alrededor. Dios, era como un puto circo. Toda la gente mirándolos.
—Será mejor que hablemos esto en privado —dijo.
La expresión de Marcus cambió.
—Es lo que quiero, hablar —masculló.
—Sígueme —indicó Valerie.
Alejó a Marcus de las miradas indiscretas de la gente. Los empleados no necesitaban más combustible para sus interminables chismes. No estaba dispuesta a continuar siendo la atracción de toda aquella gente.