La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

Aston cerró los ojos un segundo, apretando ligeramente el puente de la nariz. Vanessa. Otra vez.

—Está bien. Pásemela —respondió con voz controlada, aunque su mandíbula se tensó visiblemente.

Un breve pitido indicó que la llamada había sido transferida.

—Vanessa —dijo Aston, manteniendo un tono lo más templado que pudo—. Estoy en medio de...

—¡¿Se puede saber por qué diablos no me coges el móvil?! —El tono duro de Vanessa atravesó el auricular con tal intensidad que Aston tuvo que alejarlo ligeramente de su oído—. ¡Llevo toda la mañana intentando hablar contigo!

Aston inspiró profundamente, buscando la paciencia que últimamente escaseaba cuando se trataba de Vanessa.

—Estoy trabajando, Vanessa. ¿Te has olvidado de que tengo una empresa que dirigir? —respondió.

Su voz todavía estaba controlada, pero un filo gélido comenzaba a asomarse a ella.

—¡Por supuesto que no me he olvidado! ¡Es lo único de lo que hablas últimamente!

Cavendish Industries por aquí, nuevas adquisiciones por allá...

—El tono de Vanessa era cada vez más agudo, más desdeñoso—.

¡Pero soy tu novia, Aston! ¡Tu maldita novia!

¿No crees que eso debería ser motivo suficiente para cogerme el teléfono?

Aston se levantó de la silla y caminó hasta el ventanal, dándole la espalda a la puerta como si alguien pudiera entrar y ver la tensión que reflejaba su rostro.

—Tengo una reunión detrás de otra desde las ocho de la mañana, Vanessa. Literalmente no he tenido cinco minutos para ir al baño, mucho menos para atender llamadas personales.

—¿Llamadas personales? —Vanessa pasó de la indignación a una incredulidad ofendida—. ¿Así es como me consideras ahora? ¿Una «llamada personal» que puede esperar? Debería estar por encima de tu trabajo, Aston. Por encima de esa mierda de empresa que acabas de comprar.

Algo en el interior de Aston se tensó como una cuerda de violín a punto de romperse.

—No es una mierda de empresa, Vanessa —respondió, con una voz notablemente más fría—. Es una adquisición estratégica vital para...

—¡No me importa! —lo interrumpió ella—. ¿Y si me hubiera pasado algo? ¿Un secuestro, un accidente o cualquier otra cosa? Estarías tan ocupado con tus importantes reuniones que ni siquiera te enterarías de que tu novia está en el hospital o... ¡o algo peor!

Aston apretó con tanta fuerza el teléfono que los nudillos se le pusieron blancos.

Las palabras de Vanessa, su excesivo dramatismo sobre accidentes y tragedias, golpearon demasiado cerca de las heridas que albergaba su corazón y que nunca habían cicatrizado realmente.

—No exageres, por favor —dijo con una frialdad que sorprendería a quienes solo conocían al Aston Cavendish de las salas de juntas—. Si hubiese una verdadera emergencia, me habrían localizado.

—¿Una verdadera emergencia? —repitió Vanessa. Sus palabras temblaron, entre la ira y las lágrimas—. ¿Estás insinuando que mis preocupaciones no son lo suficientemente importantes para el gran Aston Cavendish? ¿Que solo merezco tu atención si estoy literalmente muriéndome?

Aston cerró los ojos, notando cómo un dolor sordo comenzaba a palpitar en sus sienes.

Vanessa había sido divertida, despreocupada y refrescante cuando la conoció en aquella gala benéfica hacía ocho meses.

Una modelo y socialité que parecía entender su mundo y las presiones que conllevaba.

Pero últimamente se había vuelto cada vez más demandante, más absorbente, insistiendo en convertirse en el centro de un universo que Aston ya tenía completamente organizado con un solo propósito en mente.

—No he dicho eso —respondió, controlando cuidadosamente cada palabra. No estaba para discusiones y últimamente con Vanessa era lo único que tenía—. Solo digo que hay momentos en los que no puedo atenderte de inmediato, y necesito que lo entiendas y que lo respetes.

—¿Respetar? —soltó ella con una risa amarga—. ¿Como tú respetas nuestra relación? Llevas semanas cancelando planes, llegando tarde a las cenas, pasando más tiempo con esa asistente tuya que conmigo.

Aston frunció el ceño.

Pero ¿por qué cojones Vanessa metía a Valerie Scott en la discusión?

—No metas a mi asistente en esto. —El tono de Aston bajó peligrosamente—. Ella solo hace su trabajo, y lo hace muy bien.

—Oh, estoy segura de que es excepcional. —El veneno en la voz de Vanessa era casi palpable—. Tan eficiente, tan profesional, siempre a tu disposición...

Aston no aguantaba más. No tenía energía para discutir. Y menos con Vanessa, que cada día que pasaba se estaba volviendo más insoportable.

—Basta, Vanessa —la interrumpió con firmeza—.

No voy a tener esta conversación ahora, y mucho menos por teléfono en medio de mi jornada laboral.

Hablaremos esta noche si quieres, pero tiene que ser después de las doce porque tengo una cena con el embajador que no puedo cancelar y no sé a qué hora va a terminar.

Vanessa bufó al otro lado de la línea telefónica.

—¿Las doce? ¿En serio, Aston? ¿Pretendes que te espere despierta hasta las doce o más tarde, para que te dignes a dedicarme unos minutos de tu precioso tiempo? Mañana tengo que despertarme a las cinco y media, tengo una sesión de fotos para la revista Enquirer.

—Si no quieres esperar, lo entenderé —respondió él con una calma que no sentía—. Podemos discutir esto mañana o cuando ambos estemos menos... alterados.

—¿Alterados? —La risa de Vanessa sonó casi histérica—. No estoy alterada, Aston. Estoy harta. Harta de ser siempre la última de tus prioridades, de competir con tu trabajo, con tu agenda, con tus obsesiones...

La palabra «obsesiones» hizo que Aston se tensara de golpe. ¿Qué sabía ella realmente de sus obsesiones?

—Creo que es mejor que terminemos esta llamada ahora —dijo con una finalidad que dejaba poco espacio para réplicas—. No estamos llegando a ningún lado.

—Por supuesto. —El tono de Vanessa era glacial—.

El gran Aston Cavendish ha decidido que la conversación ha terminado, así que todos debemos obedecer.

¿Sabes qué? No te molestes en llamarme esta noche.

Ni mañana. Quizás necesites unos días para decidir si realmente quieres una relación o solo una compañía conveniente para tus eventos sociales.

Aston no pudo evitar sentir una punzada de alivio. La verdad era que Vanessa tenía razón en algo: nunca había sido una prioridad real para él. No estaba enamorada de ella. Nunca lo había estado. Y quizá eso empezaba a pasarle factura.

—Tal vez sea lo mejor —respondió, con una voz más suave pero igual de tajante—. Ambos necesitamos reconsiderar lo que queremos de esta relación.

Un silencio tenso se extendió a lo largo de varios segundos.

—Bien —dijo finalmente Vanessa, visiblemente enfadada—. Perfecto. Disfruta de tu importante reunión y de tu cena con el embajador. No te preocupes por mí.

Antes de que Aston pudiera responder, la línea quedó en silencio. Vanessa había colgado.

Permaneció de pie junto al ventanal un rato más, observando la ciudad que se extendía bajo él.

Y sintió una mezcla extraña de emociones: culpabilidad por no poder ser el hombre que Vanessa necesitaba, y alivio por no tener que seguir fingiendo un interés y un compromiso que nunca habían sido reales. Esa era la verdad.

No podía permitirse distracciones. No ahora. No cuando estaba tan cerca de cumplir la promesa que había hecho ante los cuerpos sin vida de su madre y de su hermana.

Con un suspiro casi imperceptible, Aston volvió a su escritorio y presionó el botón del intercomunicador.

—Señorita Scott, prepare todo para la reunión con el departamento legal. Quiero empezar diez minutos antes.

—Por supuesto, señor Cavendish —respondió Valerie con su diligencia habitual.