La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

La ducha caliente ayudó a relajar la tensión de sus músculos, pero no pudo arrastrar la pesadez que sentía en el pecho. Esa sensación constante de asfixia que lo acompañaba desde aquella tarde de verano.

Aston dejó que el agua corriera por su cuerpo durante un largo rato, apoyando las manos contra los azulejos y dejando caer la cabeza hacia adelante, permitiéndose un momento de debilidad que nunca mostraría fuera de la intimidad de su cuarto de baño.

Cuando finalmente salió, envuelto en una toalla, el espejo empañado le devolvió una imagen borrosa de sí mismo.

Así se sentía, presente pero difuminado.

Con movimientos mecánicos, se afeitó, se secó el pelo y comenzó el ritual diario de transformación.

Seleccionó uno de sus carísimos trajes hechos a medida.

Uno gris oscuro, casi negro, con una camisa blanca impoluta y una corbata de seda azul que resaltaba el color de sus ojos.

Se vistió con precisión militar, ajustando cada elemento con exactitud, como si estuviera poniéndose una armadura.

En cierto modo, lo era.

Cada botón abrochado, cada pliegue perfecto del pañuelo en el bolsillo de la chaqueta, cada movimiento preciso al ajustar los gemelos de platino (un regalo que se había hecho cuando su imperio empresarial había alcanzado su primer billón en la bolsa) era parte de un elaborado ritual que le permitía convertirse en la versión de sí mismo que necesitaba ser.

Cuando terminó, el hombre que se reflejaba en el espejo de cuerpo entero de su vestidor parecía pertenecer a una especie diferente del que había despertado sobresaltado y sudoroso horas antes.

Ese Aston Cavendish irradiaba poder, seguridad y un frío control que resultaba casi intimidante.

Sus ojos, aunque estaban ligeramente enrojecidos por la falta de sueño, brillaban con una determinación dura como el acero, y su postura era la de alguien acostumbrado a que el mundo se inclinara ante su voluntad.

Satisfecho con su transformación, Aston salió del vestidor y se dirigió a la cocina.

Su ama de llaves, la señora Wilson, aún no había llegado, así que se preparó un café solo en la máquina de espresso italiana que era una de sus pocas indulgencias personales.

Mientras esperaba que el café estuviera listo, revisó su agenda en el iPad.

El día prometía ser intenso: reuniones desde las 8:30 hasta media tarde, luego la junta directiva trimestral, y finalmente, la reunión con el equipo legal para ultimar los detalles de la OPA hostil contra los laboratorios farmacéuticos más importantes del país.

A las 7:15 en punto, su teléfono emitió un discreto pitido. Era la señal de que Lexe acababa de aparcar frente al edificio y estaba listo para llevarlo a la oficina.

Aston terminó su café, recogió su maletín de cuero y salió del ático.

En el ascensor privado que lo llevaba directamente al vestíbulo, se permitió un último momento de introspección. La pesadilla seguía ahí, agazapada en los rincones de su mente, pero ahora estaba firmemente bajo control, encerrada tras las puertas blindadas de su voluntad.

Durante las próximas diez horas aproximadamente, sería únicamente el CEO de Cavendish Industries. Los fantasmas tendrían que esperar.

Las puertas del ascensor se abrieron, y Aston caminó con paso decidido a través del lujoso vestíbulo de mármol. El portero del turno de noche, un hombre mayor llamado Frederick que llevaba más de treinta años en el edificio, lo saludó con una inclinación respetuosa.

—Buenos días, señor Cavendish.

—Buenos días, Frederick —respondió Aston con cordialidad.

Fuera, el Lexus LC negro lo esperaba, con Lexe de pie junto a la puerta trasera, tan impecablemente vestido con su uniforme como siempre.

Al ver aproximarse a Aston, abrió la puerta con un movimiento fluido.

—Buenos días.

—Lexe —saludó Aston con un breve asentimiento, deslizándose en el asiento trasero de cuero.

El interior del vehículo estaba perfectamente acondicionado, con la temperatura exacta que Aston quería, ni demasiado fría ni demasiado cálida.

Mientras el Lexus se deslizaba por las calles de Manhattan, Aston revisó sus emails y mensajes en su teléfono. Ya tenía más de veinte correos que requerían su atención, a pesar de que apenas empezaba la jornada laboral.

Al pasar por Central Park, Aston levantó brevemente la mirada.

El exuberante verde del parque contrastaba con el gris de los rascacielos que lo rodeaban. Un pequeño oasis de naturaleza en medio del cemento y el cristal.

Durante un instante fugaz, pensó en su hermana Sophie. A ella le habría encantado Nueva York, especialmente Central Park. Siempre había sido una niña fascinada por los árboles y los animales, que coleccionaba hojas secas y plumas que encontraba durante sus paseos...

Aston cortó el pensamiento de raíz. No podía permitirse aquellas divagaciones sentimentales en ese momento. El día que tenía por delante requería toda su concentración y frialdad.

—No pareces haber dormido bien —observó Lexe, mirando a Aston por el espejo retrovisor—. ¿Otra pesadilla? —intuyó.

Aston apretó los labios hasta formar una línea.

—Sí, y es como si lo reviviera una y otra vez —contestó.

—¿Has pensado en lo que te sugerí? ¿Hablar con un profesional?

La preocupación era evidente en el rostro de Lexe, que a veces actuaba como un padre para Aston.

Aston negó con la cabeza.

—No tengo tiempo para eso ahora, Lexe. Estamos demasiado cerca.

Lexe suspiró y dio por zanjado el tema. Con Aston no valía de nada insistir.

El Lexus LC se detuvo frente al imponente edificio que ahora era suyo. Un impresionante rascacielos de cristal y acero que se elevaba setenta pisos sobre la Quinta Avenida.

Lexe se apeó del coche y se apresuró a abrir la puerta, y Aston emergió del vehículo con la gracia felina que lo caracterizaba. Varios empleados que entraban al edificio en ese momento se detuvieron unos segundos, observándolo con una mezcla de admiración y temor.

—Que tengas un buen día —le deseó Lexe.

Aston asintió.

Con pasos seguros, Aston cruzó el espacioso vestíbulo de la torre, maletín en mano.

El personal de seguridad lo saludó con una respetuosa inclinación de cabeza, y la recepcionista, una mujer de mediana edad llamada Aurore, le dedicó una sonrisa cordial.

—Buenos días, señor Cavendish. La señorita Scott ya ha llegado —dijo.

Aston tomó el ascensor que lo llevó directamente al piso 70, donde se encontraba su despacho.

Durante el ascenso, respiró profundamente varias veces, preparándose mentalmente para el día que tenía por delante.

La pesadilla ya estaba casi completamente enterrada bajo capas de concentración, relegada a un rincón oscuro de su mente hasta la próxima noche.

Cuando las puertas se abrieron, Valerie ya lo esperaba.

—Buenos días, señor Cavendish —lo saludó, entregándole una tablet con el informe matutino ya preparado—.

He actualizado su agenda para incluir la llamada con Brasil a las 14:30, y he retrasado media hora la reunión con el departamento legal como me pidió.

El informe del mercado alemán está en su escritorio, y he señalado los puntos clave para la junta directiva de esta tarde.

Aston tomó la tablet y asintió brevemente.

—Gracias.

—¿Necesita algo más?

Aston la observó durante unos segundos. Llevaba un traje de color granate, el pelo estaba semirrecogido. Normalmente no llevaba el pelo suelto, pero Aston pensó que le quedaba muy bien.

Valerie Scott era competente, leal… y divertida. Sí, era divertida. Lo había comprado durante el apagón. También había comprobado que era una de esas personas especiales (y raras) que hacían la vida de los demás mejor.

Lo del yoga con cabras todavía le hacía sacar una sonrisa. Algo que no le sucedía en mucho tiempo.

Sin saber la razón, Aston se preguntó qué pensaría la señorita Scott si conociera la verdad, si supiera que el hombre para el que trabajaba dedicaba cada minuto de su existencia a una venganza meticulosamente planeada.

¿Sentiría horror? ¿Pena? ¿O quizás comprendería la necesidad visceral de justicia que lo consumía?

Bueno, no importaba, se respondió rápidamente a sí mismo.

Valerie Scott, como todas las demás personas en su vida, solo necesitaba conocer la versión oficial de Aston Cavendish.

Nadie, excepto Lexe, podía saber lo que realmente se escondía tras la fachada del brillante hombre de negocios. Ni siquiera Vanessa.

—Eso es todo por ahora —dijo, volviendo a la realidad—. Estaré en mi despacho. No me pase llamadas durante la próxima hora a menos que sea muy importante.

—Entendido —respondió Valerie.

Aston entró en su amplio despacho. Se sentó tras su escritorio, encendió el ordenador y se sumergió en el trabajo, permitiendo que los números, los gráficos y las estrategias financieras ocuparan por completo su mente, cada espacio de su mente.

Ahí, Aston podía pretender (al menos durante unas horas), que era simplemente un hombre exitoso y no un niño traumatizado, atrapado en una espiral interminable de dolor y venganza.

Pero incluso mientras analizaba las tendencias del mercado y preparaba estrategias empresariales, una parte de su cerebro seguía tratando de hallar el modo de encontrar a su padre.

Después de veinte años de espera, solo era cuestión de tiempo que los Blackguard comprendieran quién era realmente Aston Cavendish y por qué había entrado en sus vidas.

Y entonces, por fin, su madre y Sophie podrían descansar en paz. Y quizás él también descubriría algo parecido a la paz que llevaba dos décadas buscando.

A media mañana, el teléfono de la línea interna sonó en el despacho de Aston mientras revisaba los últimos informes financieros.

Frunció el ceño, ligeramente irritado por la interrupción cuando había dado instrucciones claras de que no se le molestara.

Alargo el brazo y cogió el teléfono.

—¿Sí? —dijo impaciente.

—Señor Cavendish… —La voz suave de Valerie sonó a través de la línea—. Disculpe la interrupción. Sé que pidió no ser molestado, pero la señorita Rothwell está al teléfono y parece... bastante urgente. Ha llamado tres veces en los últimos veinte minutos.