CAPÍTULO 19 #2
Su reflejo en el cristal le devolvió su propia imagen.
Un hombre de 32 años con el rostro esculpido por el dolor y la venganza, ojos azul acero que en ese momento estaban enrojecidos por la falta de un sueño reparador, y tenía un gesto amargo en los labios que rara vez abandonaba su expresión.
Nadie que lo viera en las reuniones negociando acuerdos multimillonarios con la frialdad de un experto, podría imaginar que aquel mismo hombre despertaba casi cada noche asfixiado por las pesadillas.
La misma pesadilla. Siempre la misma.
Aston cerró los ojos, pero eso solo empeoró las cosas. Sin la distracción visual, las imágenes de su sueño volvieron con una claridad brutal, como si alguien hubiera subido el contraste y la saturación de una película de terror hasta hacerla insoportablemente vívida.
Con pasos mecánicos, se dirigió al baño. Encendió la luz, parpadeando ante la repentina claridad, y se acercó al lavabo. Abrió el grifo y se echó agua fría en la cara una, dos, tres veces, como si pudiera lavar así los recuerdos.
Levantó la mirada hacia el espejo y observó su reflejo con ojos críticos. Tenía el pelo revuelto por el sueño inquieto, la barba incipiente que oscurecía su mandíbula, y unas profundas ojeras que ni todo el poder del mundo podía eliminar.
Bajo la implacable luz del baño, parecía exactamente lo que era: un hombre perseguido por fantasmas.
A veces, en momentos como ese, Aston se preguntaba qué pensaría su madre si pudiera verlo ahora.
Laura Cavendish había sido una mujer amable, de risa fácil, que creía en el poder de la bondad y en que la vida, a pesar de sus golpes, siempre ofrecía segundas oportunidades.
¿Qué diría si viera en qué se había convertido su hijo? ¿En el hombre frío, calculador y despiadado que ahora dominaba Wall Street con puño de hierro?
¿Estaría orgullosa del imperio que había construido? ¿O estaría horrorizada por el precio que había pagado su alma en el proceso?
Aquellas preguntas lo atormentaban casi tanto como las pesadillas.
Salió del baño y regresó a la habitación.
Sabía por experiencia que no volvería a quedarse dormido.
El recuerdo estaba demasiado vivo, demasiado presente.
Además, el amanecer no estaba tan lejos.
En una hora tendría que vestirse con uno de sus impecables trajes a medida, ponerse la máscara del imperturbable CEO, dirigir un imperio empresarial, y enfrentarse a otro día de negociaciones, decisiones y poder.
Nadie sospecharía jamás que el temido «Diablo de Wall Street» pasaba sus noches ahogándose en recuerdos y culpa.
En lugar de intentar volver a la cama, Aston se dirigió a su vestidor y se puso un pantalón de chándal y una camiseta.
Luego caminó hasta su estudio privado, una habitación en el extremo opuesto del ático que mantenía cerrada con llave en todo momento.
Ni siquiera el personal de limpieza tenía acceso a ese espacio.
Abrió la puerta con una llave que siempre llevaba consigo y entró, encendiendo solo una pequeña lámpara de escritorio. No necesitaba más luz; conocía cada centímetro de aquella habitación como la palma de su mano.
A diferencia del resto del ático, minimalista y contemporáneo, aquel estudio parecía sacado de una película de cine negro.
Forrada de madera oscura, con una gran mesa de roble en el centro, y lo más importante, las paredes cubiertas de fotografías, recortes de periódicos, documentos y mapas interconectados con hilos rojos.
Para cualquiera que lo viera, aquello parecería la guarida de un conspirador paranoico o el tablero de investigación de un detective obsesionado con un caso. Y no estarían del todo equivocados.
Aston se sentó en la silla de cuero detrás del escritorio y contempló la pared frente a él, donde destacaba la fotografía más grande: un hombre de unos 80 años, pelo canoso perfectamente peinado, traje impecable y sonrisa carismática.
Gerald Blackguard, el patriarca de los Blackguard, su abuelo y el hombre que había ordenado el asesinato de su madre y de su hermana.
Le había llevado años de investigación, sobornos, amenazas y recursos casi ilimitados descubrir la verdad. Los tentáculos de los Blackguard eran muchos y muy alargados. Tanto, que podían llegar a cualquier sitio.
Había muchas sospechas sobre ellos, pero lo que la mayoría de la gente no sabía era que estaban metidos en negocios con actividades turbias, y que eran los líderes de una de las organizaciones criminales más poderosas de la costa este, con conexiones que llegaban hasta las más altas esferas del gobierno y la justicia.
Los Blackguard habían matado a su madre y a su hermana, pero lo que no sabían era que había otro hijo, mellizo. Un error de cálculo que, años después, iba a convertirse en su perdición.
Porque Aston había jurado venganza. No una venganza rápida e impulsiva, sino una meticulosamente planeada, fría y total.
Destruiría todo lo que amaba su abuelo, todo lo que había construido, y solo entonces, cuando no le quedara nada, cuando todo estuviera reducido a cenizas; le revelaría quién era y por qué lo había hecho.
Y haría lo mismo con su padre.
Veinte años había tardado en prepararse para ese momento. Veinte años dedicados exclusivamente a convertirse en alguien con el poder, la influencia y los recursos necesarios para enfrentarse a una familia como los Blackguard en su propio terreno.
Aston pasó los dedos por la fotografía de Gerald Blackguard, trazando el contorno de su rostro sonriente con algo parecido a la ternura que un cazador podría sentir por la presa que ha estado acechando durante toda su vida.
—Pronto, mamá —susurró en la penumbra del estudio—. Muy pronto pagarán por lo que os hicieron.
Se levantó y se acercó a la pared donde, en un rincón discreto, había dos fotografías enmarcadas: Laura, con su sonrisa luminosa y sus ojos llenos de vida, sosteniendo un libro (probablemente de Jane Austen, su autora favorita); y Sophie, con sus trenzas perfectas y su expresión traviesa, abrazando a Lulu, la muñeca de trapo que ahora descansaba dentro de una caja fuerte en ese mismo estudio, la única posesión de su pasado que Aston había conservado.
—Os lo prometí —continuó. Su voz era apenas un susurro—. Y sabéis que siempre cumplo mis promesas.
El silencio que siguió a sus palabras pareció cargarse de una energía extraña, como si los fantasmas que poblaban sus pesadillas estuvieran allí, escuchando, esperando.
Aston casi podía sentir la presencia de su madre y su hermana, aunque sabía que era solo producto de su mente exhausta y atormentada.
El amanecer empezaba a insinuarse en el horizonte, tiñendo el cielo de un tono grisáceo que lentamente se transformaría en la explosión de colores del alba.
Un nuevo día comenzaba en Nueva York, la ciudad que nunca duerme. Y en lo alto de un rascacielos de Manhattan, Aston Cavendish se preparaba para continuar con la misión que había definido toda su existencia durante dos décadas.
Con movimientos deliberados, guardó el último informe, apagó la lámpara y salió del estudio, cerrando la puerta con llave. Era hora de convertirse nuevamente en el Aston Cavendish que el mundo conocía: el brillante hombre de negocios, el estratega implacable, el Diablo, como decían algunos.
El vengador esperaría su momento agazapado entre las sombras.
Solo un poco más.
Después de veinte años, podía esperar un poco más.