La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

El sol de la tarde caía implacable sobre el campo de fútbol donde Aston, entonces un adolescente delgado, celebraba con sus amigos la victoria de su equipo.

A sus doce años, el mundo era un lugar de posibilidades infinitas: le iba bien en la escuela, destacaba en los deportes, y tenía una familia que lo adoraba.

Su madre, Laura, la camarera de una pastelería con una sonrisa permanente, y Sophie, su hermana melliza, que lo seguía a todas partes como una sombra entusiasmada.

Ese día había metido el gol de la victoria en los últimos minutos del partido. Sus amigos lo habían alzado en hombros, y él había sentido ese cosquilleo de orgullo y felicidad que solo se experimenta en la adolescencia, cuando las victorias, por pequeñas que sean, parecen épicas y trascendentales.

—¡Nos vemos mañana, campeón! —le gritó Jamie, su mejor amigo, mientras cada uno tomaba su camino a casa.

—¡Prepárate para que te vuelva a dar una paliza! —respondió Aston, riendo y caminando hacia atrás para poder ver a su amigo fingir indignación.

—¡En tus sueños, Cavendish!

Con la mochila al hombro y una sonrisa imposible de borrar, Aston emprendió el camino a casa. Le dolían un poco las piernas por el esfuerzo, y tenía un rasguño en el codo derecho de cuando se había lanzado para hacer aquella asistencia en el primer tiempo, pero se sentía invencible.

No veía la hora de contarle a su madre y a Sophie cómo había sido el partido. Sophie siempre quería saber cada detalle, y luego intentaba recrear sus jugadas en el pequeño jardín trasero de la casa, con Aston como entrenador personal.

La casa era un hogar de clase media en un barrio tranquilo: dos plantas, fachada de ladrillo rojo, un jardín bien cuidado con un columpio que su tío, el hermano de su madre, había instalado para ellos.

Y a pesar de las dificultades, Laura había logrado mantener el hogar como un lugar lleno de calidez y de estabilidad para sus dos hijos.

Aston abrió la pequeña verja blanca del jardín delantero y subió los tres escalones del porche. La puerta estaba sin llave, como de costumbre. En ese vecindario nadie se preocupaba demasiado por la seguridad; nunca pasaba nada fuera de lo común.

—¡Ya estoy en casa! —anunció alegremente mientras entraba, dejando la mochila en el recibidor—. ¡No os vais a creer lo que he hecho en el partido! ¡Hemos ganado tres a dos y yo metí el gol de la victoria en el último minuto!

Esperaba escuchar la voz de su madre desde la cocina, donde solía estar preparando la cena a esa hora, o los pasos apresurados de Sophie bajando las escaleras para recibirlo. Pero solo le respondió un silencio extraño, pesado, casi físico.

—¿Mamá? ¿Sophie? —llamó de nuevo, avanzando por el pasillo.

Un escalofrío recorrió su espalda.

Algo no estaba bien.

Podía sentirlo en el aire. Una especie de tensión, como la calma antinatural que precede a una tormenta devastadora. Y había un olor... un olor metálico, ferroso, que no identificó de inmediato pero que activó todos sus instintos.

—¿Hay alguien? —Su voz ya no sonaba alegre sino cauta, casi un susurro.

Lentamente, como si estuviera moviéndose bajo el agua, Aston avanzó hacia la cocina. La puerta estaba entreabierta, y por el resquicio se filtraba la luz de la tarde, proyectando un rectángulo dorado sobre el suelo del pasillo.

Más tarde, en los momentos de mayor lucidez, Aston se preguntaría por qué no había dado media vuelta y había corrido a buscar ayuda.

Por qué no había llamado a la policía de inmediato.

Por qué había seguido avanzando cuando todos sus instintos le gritaban que algo terrible lo esperaba detrás de aquella puerta.

La respuesta era simple y desgarradora: porque al otro lado de esa puerta estaban las personas que más amaba en el mundo, y abandonarlas nunca fue una opción, ni siquiera cuando su subconsciente ya sabía lo que encontraría.

Empujó la puerta de la cocina. El panel de madera se abrió con un chirrido que pareció amplificado por el silencio sepulcral.

Lo primero que vio fue el color.

Rojo.

Un rojo brillante, húmedo, imposible, que contrastaba obscenamente con el blanco impoluto de las baldosas del suelo. Su mente, en un desesperado intento por protegerlo, trató de convencerlo de que era pintura, salsa de tomate, cualquier cosa menos lo que realmente era.

Pero entonces vio a Sophie.

Su hermana melliza estaba tendida de costado junto a la mesa de la cocina, con su vestido de flores (el azul, su favorito) parcialmente oculto bajo un charco oscuro que seguía expandiéndose lentamente.

Su brazo derecho estaba extendido como si intentara alcanzar algo, y en su mano aún sostenía a Lulu, la muñeca de trapo que Aston le había regalado en su último cumpleaños.

El pelo de Sophie, siempre perfectamente peinado en dos trenzas, ahora estaba desordenado y parcialmente teñido de carmesí.

Sus ojos, azules como los de Aston, como los de toda la familia de su madre, estaban abiertos, fijos en algún punto de la nada, con una expresión de sorpresa e incomprensión que resultaba aún más devastadora que el miedo.

Un sonido escapó de la garganta de Aston, algo entre un gemido y un sollozo, pero no era consciente de haberlo emitido.

Sus piernas se movieron automáticamente, llevándolo hacia Sophie, mientras su mente gritaba que no podía ser real, que era una broma pesada, una alucinación, cualquier cosa menos la realidad.

Y entonces vio a su madre.

Laura Cavendish yacía a unos metros de Sophie, casi en el centro de la cocina.

A diferencia de su hija, ella había caído boca arriba, con los brazos extendidos como en una macabra imitación de un abrazo.

Llevaba el delantal verde que siempre usaba para cocinar, y que en ese momento estaba empapado en sangre que brotaba de un agujero oscuro en el centro de su pecho.

Su rostro, ese rostro que solo conocía sonriendo, estaba congelado en una expresión de horror y negación, como si hasta su último instante se hubiera negado a aceptar lo que estaba sucediendo.

Sus ojos (los mismos ojos azules que Aston veía cada mañana en el espejo) miraban hacia el techo, vidriosos e inexpresivos.

Aston cayó de rodillas entre los cuerpos de su madre y su hermana, en medio de aquel charco imposible que seguía expandiéndose, manchando sus pantalones, sus zapatillas deportivas, sus manos que temblaban incontrolablemente mientras intentaba tocar a Sophie, a su madre, como si pudiera despertarlas de ese sueño horroroso.

—¿Mamá? —susurró. Su voz era apenas audible—. ¿Sophie? Por favor...

La sangre estaba fría. No acababa de suceder. Habían estado así, solas, muertas, mientras él celebraba un estúpido gol en un estúpido partido de fútbol.

Algo se rompió dentro de Aston en aquel momento. Un sonido casi imperceptible, como el de un cristal despedazándose en mil trozos.

Y entonces gritó.

Gritó con todo el aire de sus pulmones.

Un aullido primitivo de dolor, rabia e impotencia que pareció sacudir los cimientos mismos de la casa.

Gritó hasta quedarse sin voz, hasta que los vecinos, alarmados, entraron a la casa y lo encontraron allí, arrodillado en la sangre, abrazando el cuerpo sin vida de su hermana, meciéndola como si pudiera consolarla, mientras repetía una y otra vez: «Lo siento, lo siento, no estaba aquí para protegeros, lo siento... »

***

Aston abrió los ojos de golpe, volviendo violentamente al presente.

Su reflejo en el espejo que tenía de frente mostraba un rostro contorsionado por el dolor, con lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas. Se las secó con un gesto brusco, casi agresivo, como si fueran una ofensa personal.

Veinte años habían pasado desde aquel día, y la herida seguía tan fresca como si hubiera sucedido ayer.

El tiempo, ese supuesto gran sanador, solo había servido para que Aston aprendiera a funcionar con su dolor, a usarlo como combustible para su ambición implacable. Pero sanar... sanar era otra historia.

A las tres de la madrugada, el silencio en su ático era tan absoluto que su repentino jadeo pareció desgarrar el aire como un disparo.

Se incorporó violentamente en la cama, con las sábanas empapadas en sudor, pegándose a su cuerpo como una segunda piel. Su respiración era irregular, casi dolorosa, como si hubiera estado corriendo una maratón en lugar de durmiendo en su lujosa cama de tamaño gigante.

La habitación, decorada en un estilo minimalista, elegante, en tonos de gris y azul profundo, parecía darle vueltas mientras intentaba orientarse.

Sus pupilas, dilatadas por el pánico, tardaron unos segundos en reconocer el entorno familiar.

Los ventanales que ofrecían una vista panorámica de Nueva York, el mobiliario contemporáneo, los detalles en acero y cristal que reflejaban su personalidad meticulosa.

Todo estaba en su lugar. Todo excepto él mismo.

Aston pasó una mano temblorosa por su rostro, sintiendo la humedad del sudor frío que lo cubría.

Su corazón latía con tanta fuerza que podía oírlo martilleando en sus oídos, como un reloj descontrolado marcando un ritmo frenético.

El eco de la pesadilla seguía reverberando en su mente, tan real como hacía veinte años.

—Otra vez no —murmuró. Su voz era tan ronca que apenas era reconocible para él mismo.

Se levantó con movimientos rígidos, como si cada músculo de su cuerpo estuviera agarrotado por una tensión inhumana. Al ponerse de pie, sintió que sus piernas amenazaban con fallarle, pero se obligó a mantener la compostura.

Incluso solo, sin testigos, Aston Cavendish se negaba a mostrar debilidad.

Caminó hasta el ventanal y apoyó la frente contra el cristal frío, buscando un alivio temporal para el calor febril que lo consumía.

Desde las alturas de su imperio financiero, Nueva York se extendía bajo él como un océano de luces parpadeantes: preciosa, tentadora y completamente ajena a su tormento.

Había conquistado aquella ciudad (y medio mundo) con una determinación implacable, pero en noches como aquella, todo su poder y riqueza se convertían en nada más que una frágil fachada.