La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Aston dejó de masticar, y levantó el rostro para mirarla. En la penumbra, podía ver su perfil, la manera en que mantenía la vista fija en la ventana como si fuera más fácil hablar a la ciudad oscura que a él.

—Tenía... problemas —continuó Valerie—. Depresión, ansiedad, trastorno bipolar. La medicación la hacía sentir como un zombi, decía. Así que dejó de tomarla. Y luego un día...

Su voz se quebró ligeramente.

—Un día simplemente decidió que era demasiado —terminó en un susurro—.

Dejó una nota diciendo que lo sentía, que nos quería mucho pero que el mundo era demasiado ruidoso, demasiado brillante, demasiado...

todo. Ceci tenía solo doce años. Yo tuve que ser...

tuve que convertirme en muchas cosas muy rápido.

—Lo siento —dijo Aston, sin apartar los ojos de ella, y lo decía en serio.

—No es su culpa. —Valerie finalmente lo miró, intentando esbozar una sonrisa—. Así es la vida…, supongo. A veces da asco.

—Sí, es verdad. A veces da mucho asco.

Se quedaron en silencio un momento, el único sonido era el crujir de las patatas fritas y el zumbido distante del generador de emergencia que mantenía las luces esenciales encendidas.

Nueva York, la ciudad que nunca dormía, estaba sumida en una oscuridad antinatural que se extendía en edificios enteros.

—Mi madre y mi hermana melliza murieron cuando yo tenía doce años —dijo de pronto Aston.

Valerie frunció el ceño.

—Fue... —Aston tragó saliva, odiaba tener que mentir, que disfrazar la historia, pero sabía que la verdad era imposible de verbalizar—. Fue un robo con violencia que salió mal. Entraron en casa mientras yo estaba jugando al fútbol con mis amigos. Ellas estaban solas y...

—Dios. Lo siento. —Valerie lo miró con horror.

Aston asintió.

—Mi madre era... era luz. —Las palabras salían de sus labios con más facilidad de lo que esperaba, tal vez porque en la oscuridad era más fácil hacerse a la idea de que estaba hablando solo, o porque Valerie, por alguna razón que desconocía, le daba la suficiente confianza para hablar sobre ello, a pesar de que para él era un tema tabú—.

Siempre estaba riendo, siempre estaba cantando —dijo—.

Mi hermana se llamaba Sophie —continuó, mirando hacia la oscuridad de Manhattan—.

Era... era brillante. Quería ser médica.

—¿Y su padre? —preguntó Valerie.

«Mi padre es un monstruo», pensó Aston para sus adentros.

—Abandonó a mi madre cuando supo que estaba embarazada.

Valerie no salía de su asombro.

La vida de Aston Cavendish era una tragedia. Más incluso que la suya propia.

Él estaba solo.

Por eso quizá era cómo era. Hermético, reservado, duro. Aston había construido muros tan altos que ni él mismo recordaba cómo escalarlos.

Aston tomó aire.

—¿Tiene hermanos? —le preguntó a Valerie, cambiando de tema.

—Sí, una hermana, Ceci. —Valerie abrió un paquete de galletas, ofreciéndole una a Aston.

—Ceci… ¿La chica que dijo que usted me había descrito como un modelo de revista con el carácter de un témpano de hielo? —recordó Aston.

Valerie casi se atragantó con su galleta. Dios, no podía creer que se acordara de eso. Su rostro adquirió un tono rojo que era visible incluso en la penumbra.

—Como ya le dije, eso estaba... estaba totalmente sacado de contexto.

—¿En serio? ¿Qué contexto hace que «modelo de revista con carácter de témpano de hielo» suene mejor? —dijo Aston.

—El contexto donde... donde yo estaba... describiendo objetivamente a mi jefe para mi preocupada hermana pequeña.

—Objetivamente —repitió Aston, disfrutando de la mortificación de Valerie—. Entonces, ¿objetivamente soy un modelo de revista?

Valerie sintió que el rostro le ardía. Joder y mil veces joder. Iba a matar a Ceci, por bocazas.

—Objetivamente… Sí, bueno. —Tragó saliva. La pobre no sabía dónde meterse.

—Si sirve de consuelo, me han llamado cosas peores —comentó Aston.

—¿Peor que «témpano de hielo»?

—Mi último asistente personal me dijo algo así como que era un «robot con tendencias dictatoriales».

Valerie no dijo nada, porque bastante tenía ella ya, pero el último asistente personal de Aston tenía toda la razón. Sin embargo, involuntariamente, se le escapó una medio sonrisa.

—Por su sonrisa, deduzco que está de acuerdo —afirmó Aston.

—Oh, no, no, ni mucho menos —se apresuró a desmentir Valerie.

—Sé qué reputación tengo —dijo Aston, metiéndose la galleta en la boca—. Soy consciente de que no me voy a llevar el premio al jefe más simpático del año.

Valerie no pudo evitar echarse a reír. Uno de los edificios que permanecía apagado, se encendió, llamando su atención.

—En uno de los bloques ha vuelto la luz —comentó, levantándose y dirigiéndose hacia los ventanales.

Aston imitó su gesto.

La ciudad se veía extraña, con secciones enteras sumidas en oscuridad, mientras otras brillaban como islas de luz en un mar negro.

—Mi madre adoraba los apagones —dijo Valerie de repente—. Sé que suena raro, pero cuando todavía estaba bien, cuando había un apagón, hacía de ello una aventura. Sacaba velas, contaba historias de fantasmas, hacíamos fortalezas con mantas.

—Suena... bonito.

—Lo era. Incluso con su enfermedad, tenía esos momentos de pura magia. Como si pudiera convertir lo malo en bueno solo con fuerza de voluntad.

—¿Su hermana lo recuerda?

—Algunas cosas. Más los momentos buenos que los malos, lo cual supongo que es una suerte para ella.

—¿Y usted recuerda ambos?

—Alguien tenía que hacerlo. —Valerie se encogió de hombros—. Alguien tenía que asegurarse de que mi madre tomara sus medicinas, de que fuera a sus citas, de que Ceci fuera al colegio cuando mamá no podía levantarse de la cama. Mi padre no abarcaba a todo.

Aston la entendía, en cierta manera.

Después de que su madre y Sophie murieran, después de descubrir la verdad sobre su padre, él había tenido que crecer muy rápido. Solo que su crecimiento había sido hacia la oscuridad, hacia la venganza, mientras que el de Valerie había sido hacia la luz, hacia mantener a otros a flote.

—¿Su hermana sabe lo duro que fue para usted? —preguntó.

Valerie se asombró ante aquella pregunta. Alzó un hombro.

—Ceci vive en su propia burbuja de optimismo. Solo tiene dieciocho años. Sale, entra, va viene, no se aclara con los novios, practica yoga con cabras...

Aston frunció el ceño.

—¿Yoga con cabras? —repitió.

—No pregunte.

—En serio, ¿eso existe?

—Oh, sí, ya lo creo que existe —afirmó Valerie—. Es una práctica de yoga que incorpora cabras enanas que interactúan con los participantes durante la clase, ya sea subiéndose encima de ellos, jugando a su alrededor o simplemente dando vueltas por ahí. Mi hermana dice que es divertido y relajante.

Para sorpresa de Valerie, Aston soltó una carcajada.

—¿Lo está diciendo en serio?

—Le aseguro que nunca he hablado más en serio en toda mi vida —contestó Valerie en tono grave.

—Pero… ¿cómo es posible que exista algo así? —preguntó Aston entre risas.

—Al parecer reduce el estrés y ayuda a combatir la ansiedad… Menos cuando a la cabra le da por hacer sus necesidades encima de ti, entonces ahí se acaba la diversión.

—¿Qué? —Aston no salía de su asombro y no podía parar de reír.

—A Ceci le pasó una vez. Estuvo dos meses sin ir —explicó Valerie con toda la naturalidad del mundo.

—Madre de Dios —masculló Aston.

Valerie nunca había visto reír a Aston de aquella manera. Las carcajadas provocaban un sonido profundo y grave que retumbaba entre las paredes del despacho y hacía que pareciera mucho más joven.

—¿Usted ha hecho yoga con cabras alguna vez? —le preguntó él.

Valerie sacudió la cabeza enérgicamente.

—No se me ocurriría jamás, yo para relajarme utilizo una pelota antiestrés y algún grito que otro contra un cojín —bromeó.

Aston la miró, realmente la miró. En la luz tenue de la ciudad medio apagada, con su pelo escapándose de la coleta, su blusa ligeramente arrugada después de horas trabajando, y manchas de chocolate en los dedos, se veía... real. No perfecta, solo real.

—¿Qué? —preguntó Valerie, notando su mirada—. ¿Tengo algo en la cara?

—No, solo... nada —masculló Aston.

—Esa es una respuesta muy poco elocuente para alguien que supuestamente es un genio de los negocios.

—Los genios también nos sorprendemos de vez en cuando.

—¿Ah, sí?

—Sí —respondió Aston, sin apartar los ojos de Valerie.

Valerie carraspeó, incómoda. La mirada de Aston podía ser muy intensa.

—Estaba pensando… ¿qué le parecería si incorporo unas clases de yoga con cabras para los empleados de la empresa? —lanzó Aston.

Valerie abrió los ojos de par en par.

—¡¿Qué?! ¡Ni se le ocurra! —exclamó.

—Pero ha dicho que son buenas para el estrés.

—Yo no voy a dejar que ningún animal, por muy tierno que sea, se me suba a la chepa. Ponga una piscina de bolas, ya verá cómo nos relajamos —dijo Valerie.

Aston volvió a reír.

De repente, las luces parpadearon y, tras un zumbido, volvieron a encenderse por completo, bañando el despacho en su habitual luz blanca y brillante. El contraste fue tan brusco que ambos entrecerraron los ojos, momentáneamente cegados.

Y entonces el hechizo se rompió.

—Parece que la crisis ha pasado —comentó Aston, mirando hacia la ventana.

La ciudad volvía a brillar en todo su esplendor, como si el apagón nunca hubiera ocurrido.

Valerie sintió una extraña mezcla de alivio y... ¿decepción? La vuelta de la electricidad significaba que podían irse a casa, pero también marcaba el final de ese extraño interludio de intimidad que habían tenido.

—Supongo que los ascensores ya funcionarán —dijo, poniéndose nuevamente los tacones y comenzando a recoger los restos de su cena improvisada.

Aston asintió, volviendo a ponerse la chaqueta y ajustándose la corbata, transformándose de nuevo en el impecable ejecutivo que todos conocían.

—La llevaré a casa —ofreció, y no era una pregunta.

Valerie pensó en protestar, decir que podía tomar el metro, pero algo en la expresión de Aston le dijo que sería inútil.

—Gracias —aceptó en su lugar.

El viaje en el ascensor y luego en el elegante Lexus de Aston transcurrió en un silencio cómodo, roto ocasionalmente por direcciones que Valerie proporcionaba para llegar a su apartamento.

Cuando finalmente se detuvieron frente a su edificio, Valerie se giró hacia él.

—Gracias por traerme, y por... la cena —dijo con una pequeña sonrisa—. No ha estado tan mal.

Aston la miró, como si estuviera memorizando sus facciones bajo la luz amarillenta de las farolas.

—No —estuvo de acuerdo—. Descanse, señorita Scott. Nos vemos mañana.

Ella asintió y salió del coche, consciente de que él la observaba.

Mientras avanzaba, podía sentir su mirada en la espalda. Solo cuando introdujo la llave en la puerta y entró al vestíbulo, escuchó el suave ronroneo del motor del Lexus alejándose.

Subió a su piso con la mente llena de pensamientos contradictorios. Aquella noche había visto un lado de Aston Cavendish que probablemente muy pocos conocían. Un lado vulnerable, humano, incluso cálido, a su manera.

Y lo más perturbador de todo: le había gustado lo que había visto.