La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

Aston se acercó y examinó el contenido con expresión crítica.

Valerie se colocó a su lado, manteniendo una distancia prudencial.

Por nada del mundo quería volver a chocar con él.

Entre lo del café que tiró sobre los contratos millonarios y el empujón que le acababa de dar se estaba cubriendo de gloria.

La oferta no era precisamente tentadora: unas cuantas bolsas de patatas fritas, barritas energéticas que parecían haber estado allí desde el pleistoceno, y algunos sándwiches envasados de aspecto dudoso.

Aston sacó su cartera y metió un billete en la máquina.

—¿Qué le apetece, señorita Scott? La invito —ofreció, con un toque de ironía en la voz—. Tenemos que aprovechar que los generadores de electricidad las mantienen en funcionamiento. Nadie nos garantiza que no se apaguen dentro de diez minutos.

Valerie sonrió ante la absurdidad de la situación. Aston Cavendish, el hombre que cenaba regularmente en restaurantes con estrellas Michelin, ofreciéndole comida de una máquina expendedora como si fuera un maître presentando el menú del día.

—Muy generoso de su parte, señor Cavendish —respondió, siguiéndole el juego—. Creo que me arriesgaré con uno de esos sándwiches.

—Una elección… audaz —comentó él, pulsando los botones correspondientes.

La máquina hizo un ruido mecánico y el sándwich cayó con un golpe seco. Aston se agachó para recogerlo y se lo entregó a Valerie con un gesto ceremonioso.

—Su cena, señorita.

Luego volvió a meter dinero y seleccionó otro sándwich idéntico para él. Cuando lo tuvo en sus manos, lo examinó con escepticismo, girándolo para leer la fecha de caducidad en el envoltorio.

—Joder, este sándwich debe de estar en esta máquina desde antes de que yo comprara la empresa —comentó en tono serio, pero con un brillo travieso en los ojos que Valerie nunca había visto antes—.

Tengo que mandar que actualicen los productos, si quiero evitar que algún empleado me denuncie por intoxicación.

La observación, tan inesperada viniendo del normalmente serio Aston Cavendish, pilló por sorpresa a Valerie. Una carcajada escapó de sus labios antes de que pudiera contenerla, resonando en el silencio del edificio.

—Lo siento —se disculpó entre risas, tapándose la boca con la mano—. Es que no esperaba... usted nunca...

Aston la miraba con una expresión que parecía una mezcla de perplejidad y algo más, algo casi como sorpresa.

—¿Acabo de hacer una broma? —preguntó, como si el concepto mismo le resultara extraño.

Valerie asintió, intentando controlar su risa.

—Sí, y buena, además.

Durante unos segundos, Aston pareció complacido, como un niño que acaba de recibir un elogio inesperado. Era una faceta de él que Valerie nunca había visto, y que encontraba extrañamente encantadora.

—Bueno, no se lo diga a nadie —dijo él, con una pequeña sonrisa asomando en la comisura de sus labios—. Tengo una reputación que mantener.

Valerie hizo un gesto como de cerrar una cremallera sobre sus labios.

—Su secreto está a salvo conmigo.

También seleccionaron unas patatas fritas y unas barras de chocolate, completando así su improvisado festín. Con los brazos cargados del botín, regresaron al despacho de Aston, donde la luz de emergencia proporcionaba al menos suficiente iluminación para no comer a ciegas.

Aston despejó una parte de su escritorio y colocó la comida sobre él, en lo que parecía la versión de oficina de un picnic.

Luego, en un gesto que sorprendió a Valerie, se quitó la chaqueta del traje y la colgó cuidadosamente en el respaldo de su silla, quedándose solo con la camisa blanca y la corbata ligeramente aflojada.

—Por favor, póngase cómoda —le indicó, señalando uno de los lujosos sillones de cuero que había frente a su escritorio—. Si vamos a estar atrapados aquí, al menos intentemos que sea lo menos incómodo posible.

Valerie se sentó, agradeciendo la oportunidad de quitarse los tacones que habían estado torturando sus pies durante horas. Con un suspiro de alivio, se sacó los zapatos y los colocó ordenadamente junto al sillón.

Aston la observó con una ceja levantada.

—¿Lleva esos todo el día?

Valerie asintió, frotándose disimuladamente un pie contra el otro.

—Es parte del uniforme no oficial —respondió con una pequeña sonrisa.

Aston frunció ligeramente el ceño, como si esa idea le molestara.

—Parecen instrumentos de tortura —comentó, sentándose frente a ella—. Nadie debería tener que sufrir por estética en un entorno profesional.

—Dice el hombre que probablemente nunca ha llevado tacones en su vida —bromeó Valerie, sorprendiéndose a sí misma por su atrevimiento. Normalmente mantenía un tono estrictamente profesional con él, pero quizá la situación le tenía los nervios de punta.

¡Estaba atrapada en la oficina con su jefe!

Para su alivio, Aston no pareció ofenderse. De hecho, soltó algo que podría haber sido una risa ahogada.

— Touché , señorita Scott.

Abrieron sus respectivos sándwiches, que resultaron ser de pavo y queso, y aunque la textura del pan dejaba mucho que desear, el hambre hizo que supieran sorprendentemente bien.

—Debo decir que esto es una primicia —comentó Aston después de tragar un bocado—. Nunca he tenido una cena de negocios en mi propio despacho a oscuras.

—Y yo nunca he cenado con mi jefe sentada descalza —respondió Valerie, levantando sus pies desnudos como evidencia—. Supongo que los apagones tienen formas interesantes de romper los protocolos.

—Y puestos a romper los protocolos, dígame, señorita Scott, ¿es de Nueva York?

Valerie asintió mientras daba un mordisco a su sándwich.

—Sí —respondió—. Toda mi familia lo es. Bueno, lo era, mi madre ya no está con nosotros —añadió, sin saber muy bien por qué.

—¿Qué pasó? —preguntó Aston.

—Ella… se suicidó cuando yo tenía veinte años.