La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 17
26%

CAPÍTULO 17

El día había sido agotador.

Valerie llevaba desde las ocho de la mañana corriendo de una reunión a otra, coordinando teleconferencias con Hong Kong, Sídney y Londres, y equilibrando las órdenes interminables de Aston, que ese día estaba particularmente exigente.

Eran casi las nueve de la noche, y Valerie se encontraba en el despacho de Aston revisando los últimos detalles del contrato con unos inversores australianos que debía estar listo para el día siguiente.

El resto del edificio ya se encontraba prácticamente vacío; solo quedaban ellos dos y, probablemente, el personal de seguridad en la planta baja.

Aston estaba sentado detrás de su imponente escritorio de madera. Su figura se recortaba contra el espectacular skyline de Manhattan que se desplegaba como un océano de luces tras el ventanal que iba del suelo al techo.

La ciudad parecía especialmente fascinante aquella noche, con el cielo despejado y todas las luces brillando como si fueran estrellas.

Valerie intentaba concentrarse en el documento que tenía frente a ella, pero el cansancio empezaba a hacer mella. Los números bailaban ante sus ojos, y tuvo que frotárselos para mantenerse despierta.

—¿La estoy reteniendo demasiado tarde, señorita Scott? —La voz profunda de Aston la sobresaltó.

Valerie levantó la vista para encontrarse con su mirada penetrante fija en ella. Como siempre, su jefe parecía completamente fresco e impecable, como si acabara de comenzar su jornada en lugar de estar terminándola. Ni un solo pelo fuera de lugar, ni una arruga en su traje hecho a medida.

A veces Valerie se preguntaba si aquel hombre era realmente humano, o algún tipo de androide ultrasofisticado programado para rendir al máximo.

—En absoluto, señor Cavendish —respondió con una sonrisa profesional, aunque sus ojos ardían de cansancio—. Solo estoy asegurándome de que todo esté perfecto para mañana.

Aston asintió levemente, un gesto que podría haber sido de aprobación o simplemente de reconocimiento. Con él, siempre era difícil saberlo.

—Aprecio su dedicación, pero no es necesario que sacrifique su descanso. El contrato puede esperar hasta mañ…

No pudo terminar la frase. De repente, las luces del despacho parpadearon una, dos, tres veces, y luego se apagaron por completo, sumiendo la estancia en una oscuridad casi total.

El único resplandor provenía de algunas luces lejanas de la ciudad, que se filtraban por los ventanales, y de las pantallas de sus ordenadores portátiles.

Valerie contuvo la respiración durante un segundo, esperando a que las luces volvieran. Cuando no lo hicieron, miró hacia la ventana y se dio cuenta de algo alarmante: las luces de varios edificios cercanos también se habían apagado, creando extraños huecos negros en el paisaje urbano.

—¿Qué demonios...? —murmuró Aston, poniéndose de pie y acercándose al ventanal.

Valerie se unió a él, manteniendo una distancia profesional pero lo suficientemente cerca para ver lo que él veía.

La escena era surrealista: bloques enteros de la ciudad estaban a oscuras, como si alguien hubiera borrado partes del paisaje con un pincel gigante.

—Parece un apagón —comentó Valerie, sintiendo cómo su corazón se aceleraba ligeramente ante lo inesperado de la situación—. Y uno grande.

En ese momento, las luces de emergencia se activaron, bañando el despacho en un tenue resplandor anaranjado que creaba sombras extrañas y daba al espacio un aire casi onírico.

Aston sacó su teléfono del bolsillo y marcó un número rápidamente.

—Seguridad, habla Aston Cavendish. ¿Qué está pasando? —Su voz sonaba firme, autoritaria, sin un atisbo de pánico.

Valerie no podía escuchar la respuesta, pero por la expresión cada vez más seria de Aston, no eran buenas noticias.

—¿Un apagón masivo? ¿En media ciudad? —preguntó Aston, frunciendo el ceño—. ¿Qué hay de los generadores de emergencia del edificio? —Pausa—. ¿Y los ascensores? —Otra pausa—. Entiendo. Manténganme informado.

Colgó y se volvió hacia Valerie. Su rostro estaba parcialmente oculto por las sombras, lo que le daba un aspecto misterioso.

—Parece que estamos ante un apagón masivo que afecta a la mitad de Manhattan. Los generadores de emergencia están funcionando, pero solo alimentan las luces básicas y los sistemas esenciales. Los ascensores están fuera de servicio por seguridad.

Valerie procesó la información, y entonces la realidad la golpeó como un mazo.

—Estamos en el piso 70 —dijo lentamente, como si decirlo en voz alta pudiera cambiar el hecho de que sí, de que estaban en el piso 70—. Sin ascensores.

Aston asintió.

—Exacto.

—No puede ser... —murmuró Valerie, sin creerse lo que estaba pasando.

Había leído sobre los apagones históricos de Nueva York, pero nunca había experimentado uno (por suerte). Y ciertamente nunca había imaginado que se encontraría atrapada a más de 280 metros de altura con Aston Cavendish.

—¿Cuánto tiempo creen que durará? —preguntó, tratando de mantener la compostura profesional.

—No lo saben. Podría ser una hora o toda la noche —respondió Aston, regresando a su escritorio y sentándose en el sillón—. Nos recomiendan quedarnos aquí. Bajar 70 pisos por las escaleras de emergencia no es precisamente seguro, especialmente porque la iluminación es limitada.

Valerie asintió.

—Y yo no estoy segura de que mis pulmones lo aguantaran.

¿Cuántos peldaños son? ¿1700? —trató de bromear para aligerar el ambiente, intentando no pensar en todas las implicaciones de pasar la noche atrapada en la oficina con su jefe.

Se sentó frente a él, agradeciendo la poca luz que había, y que ocultaba el rubor que sentía subir por sus mejillas.

Para su sorpresa, Aston soltó una pequeña risa, un sonido tan raro viniendo de él que casi la sobresaltó.

—Yo tampoco confío mucho en los míos —siguió la broma.

Valerie lo dudó. Era evidente que Aston iba al gimnasio. Sus músculos le delataban. Pero agradeció que se solidarizara con ella.

El estómago de Valerie eligió aquel momento para gruñir ruidosamente, recordándole que no había comido nada desde el sándwich que había engullido a toda prisa a la hora de la comida. Sintió sus mejillas arder de vergüenza.

—Lo siento —murmuró, con la cara roja.

Aston la miró con algo que parecía casi diversión en sus ojos normalmente fríos.

—No se disculpe, señorita Scott. Es normal que el estómago pida. ¿Cuándo ha comido algo por última vez?

—A la hora de la comida —respondió Valerie.

Aston alzó las cejas.

—¿En serio?

Valerie movió la cabeza arriba y abajo.

—Sí.

—Vale, pues como no quiero que le dé una bajada de azúcar, será mejor que busquemos una solución rápido.

Aston se quedó pensativo por un momento, y luego dijo:

—Creo que hay una máquina expendedora en esta planta. No será un festín gourmet, pero es mejor que nada.

—Sí, está al final del pasillo —comentó Valerie.

Aston se puso de pie con un movimiento fluido, sacando su teléfono y activando la linterna.

—Vamos —indicó, dirigiéndose hacia la puerta.

Valerie lo siguió rápidamente, también encendiendo la linterna de su móvil.

El pasillo estaba aún más oscuro que el despacho, con solo unas pocas luces de emergencia que apenas iluminaban el camino.

Aston avanzaba con la confianza de alguien que conoce cada centímetro del lugar, mientras que Valerie iba más cautelosa, temerosa de tropezar con algo en la penumbra y acabar con los dientes hechos añicos en el suelo.

La escena tenía algo de irreal, casi como si se hubieran quedado solos en un mundo abandonado.

—Creo que está por aquí —dijo Aston, girando en una esquina.

Valerie intentaba seguirlo de cerca, pero en un momento dado, Aston se detuvo abruptamente para orientarse y ella, que iba mirando las sombras extrañas que proyectaban sus linternas en el suelo, no se dio cuenta.

Se chocó de lleno contra la espalda sólida de su jefe con un «¡ups!» de sorpresa.

El impacto, aunque no fue fuerte, fue suficiente para hacerla perder el equilibrio. Sus tacones de diez centímetros no ayudaron, y sintió cómo empezaba a caer hacia atrás.

Antes de que pudiera siquiera procesar lo que estaba pasando, Aston se giró con unos reflejos sorprendentemente rápidos y la sujetó por la cintura con firmeza, evitando que cayera.

De repente, Valerie se encontró a centímetros de su rostro, con las manos instintivamente agarradas a sus brazos para estabilizarse.

El tiempo pareció detenerse.

Incluso en la tenue luz, podía ver perfectamente sus ojos, de un azul tan intenso que parecían brillar en la oscuridad.

Nunca había estado tan cerca de él, nunca había sentido el calor de su cuerpo ni había olido su perfume (algo elegante, sin duda, con notas de madera y especias) de manera tan directa.

Durante un momento, algo cambió en la mirada de Aston, algo que Valerie no pudo descifrar, pero que hizo que su corazón se acelerara por razones que no tenían nada que ver con la sorpresa de la caída.

—¿Está bien? —preguntó él, con una voz extrañamente ronca.

Valerie asintió, muy consciente de que sus manos seguían sobre los brazos de Aston, sintiendo los músculos firmes bajo la tela de su traje.

—Sí, yo... lo siento mucho —se disculpó, apartándose rápidamente, avergonzada por haberlo empujado y por su propia torpeza—. No vi que se había parado.

Aston la soltó, pero se quedó observándola un segundo más de lo necesario, como si estuviera asegurándose de que realmente estaba bien.

—No tiene importancia —dijo finalmente, restándole hierro al asunto.

Su tono volvió a ser el de siempre, profesional y distante, como si el momento de conexión nunca hubiera ocurrido. Se dio la vuelta y continuó caminando.

—La máquina expendedora debería estar justo doblando esta esquina —comentó por encima del hombro.

Y efectivamente, allí estaba.

Al final del pasillo, en otra de las salas de descanso que había en la planta.

Iluminada tenuemente por una luz de emergencia, se encontraba la máquina expendedora, una caja de cristal y metal que ahora parecía más misteriosa de lo habitual en la semioscuridad.