La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

Valerie cerró los ojos durante un momento. Hubiera sido tan fácil ceder, aceptar sus disculpas, volver a la falsa seguridad de lo conocido. Pero cuando los abrió de nuevo, su mirada estaba llena de una determinación tranquila.

—Lo siento, Marcus. Se acabó.

Dos palabras. Simples, directas, definitivas. Como cerrar una puerta y tirar la llave.

El rostro de Marcus se transformó ante sus ojos, la vulnerabilidad fue reemplazada por una ira que empezó a crecer de golpe. Sus mejillas se enrojecieron y apretó la mandíbula con tanta fuerza que Valerie casi pudo escuchar el crujido de sus dientes.

—Es por él, ¿verdad? —espetó Marcus, con los ojos entrecerrados—. Por tu jefe. El ricachón estirado.

Valerie parpadeó, confundida por el giro que había tomado la conversación.

—¿Qué? No, esto no tiene nada que ver con él.

—¡No me mientas! —exclamó Marcus, elevando la voz lo suficiente como para que una pareja que pasaba por la acera les lanzara una mirada curiosa—. Siempre ha habido algo ahí. La forma en que hablas de él, cómo siempre estás disponible cuando te pide que te quedes fuera del horario laboral…

—Es mi trabajo, Marcus, y las horas extras me vienen muy bien para pagar las facturas —respondió Valerie, luchando por mantener la calma—.

Y esto no tiene absolutamente nada que ver con Aston Cavendish o con cualquier otra persona.

Es sobre nosotros, sobre en lo que se ha convertido nuestra relación.

Pero Marcus ya no estaba escuchando. Una vena palpitaba visiblemente en su frente, y sus ojos tenían ese brillo peligroso que afloraba cuando bebía demasiado, aunque ahora parecía perfectamente sobrio.

—Claro, claro —se burló—. No tiene nada que ver con él. ¿Y pretendes que me lo crea? Todas sois iguales.

Valerie sintió una punzada de dolor ante la crueldad deliberada de sus palabras, pero se mantuvo firme. No iba a mostrar cuánto la habían afectado; no le daría esa satisfacción.

Sus palabras estaban diseñadas para herir, para provocar, para arrastrarla a una pelea que desviara la atención del verdadero problema. Era otra táctica que Valerie conocía demasiado bien.

—Creo que deberías irte —dijo simplemente.

—Claro que me voy —respondió él, retrocediendo un paso—. Pero recuerda esto, Val: cuando te des cuenta de que has cometido el mayor error de tu vida, no vengas corriendo de vuelta a mí.

Valerie tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta.

—Adiós, Marcus —dijo.

Él la miró fijamente durante unos largos segundos, como si esperara que cambiara de opinión en el último momento. Cuando se dio cuenta de que no lo haría, su rostro se contrajo en una mueca de furia que fue incapaz de disimular.

Lanzó la pequeña flor que había estado sosteniendo al suelo y la pisoteó con fuerza.

—Te vas a arrepentir de esto —murmuró, lo suficientemente alto como para que Valerie lo escuchara.

Y con eso, se dio la vuelta y se alejó a grandes zancadas. Su figura tensa de rabia se fue perdiendo poco a poco en la oscuridad de la noche neoyorquina.

Valerie permaneció inmóvil hasta que desapareció de su vista, solo entonces se permitió soltar el aliento que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo en los pulmones.

Sentía las piernas como si fueran de gelatina, y tuvo que apoyarse en la pared del edificio para mantenerse en pie.

«Lo he hecho —pensó con una mezcla de incredulidad y alivio—. Realmente lo he hecho. He roto con Marcus.»

Miró la flor pisoteada en el suelo (una margarita simple que probablemente había arrancado de algún parque cercano) y sintió que era una metáfora demasiado obvia de su relación: algo que una vez fue bonito, ahora estaba destruido por la ira impulsiva de Marcus.

Con un suspiro profundo, Valerie se irguió, sacó las llaves de su bolso y entró al edificio. El ascensor estaba averiado, como era habitual, así que subió los cinco pisos por las escaleras, cada escalón le parecía más pesado que el anterior.

Cuando finalmente entró a su apartamento, se sintió extrañamente desorientada, como si hubiera entrado en la casa de otra persona.

El espacio era el mismo (el sofá gastado pero cómodo, los estantes llenos de libros, las fotografías enmarcadas en las paredes) y, sin embargo, algo había cambiado.

O quizás era ella quien había cambiado.

Se quitó los zapatos y dejó caer el bolso en el recibidor, dirigiéndose directamente al baño. Necesitaba una ducha caliente, necesitaba lavar aquel día de su piel.

Mientras el agua corría, calentándose, Valerie se miró en el espejo, estudiando su reflejo como si buscara alguna evidencia física de la transformación interior que sentía.

Sus ojos estaban ligeramente enrojecidos por haber llorado con Dee, y había una tensión en su mandíbula que no recordaba haber tenido antes. Pero también había algo más: una chispa de determinación en su mirada de ojos marrones que había estado ausente durante demasiado tiempo.

Se quitó la blusa y observó los moretones en su brazo, pasando la yema de los dedos suavemente sobre ellos.

Sanarían.

Las marcas físicas desaparecerían. Y con el tiempo, esperaba, también lo harían las cicatrices emocionales que Marcus le había dejado.

Bajo el chorro de agua caliente, Valerie cerró los ojos y dejó que las lágrimas se deslizaran por su rostro.

No eran lágrimas de arrepentimiento, sino de duelo. Estaba llorando por los tres años que había pasado con Marcus y que habían terminado, por la persona que creyó que era, por los sueños que habían construido juntos y que ahora se desvanecían como castillos de arena frente a la marea.

Pero incluso mientras lloraba, sentía crecer esa sensación de ligereza, de libertad. Como si hubiera estado llevando una mochila llena de piedras durante meses y finalmente hubiera decidido dejarla caer.

Cuando salió de la ducha, envuelta en su bata favorita, Valerie tomó su teléfono y envió un mensaje a Dee, como había prometido:

«Estoy en casa. Marcus estaba esperándome en la calle. Hemos terminado. Oficialmente, y no hay vuelta atrás. Te cuento mañana. Te quiero.»

La respuesta de Dee no se hizo esperar:

«¡¡¡NO SABES LO ORGULLOSA QUE ESTOYDE TI!!!

Llámame cuando quieras, día o noche.

Estoy aquí para lo que necesites.»

Valerie sonrió, y agradeció tener a alguien como Dee en su vida. Se metió en la cama, exhausta pero extrañamente en paz.

Mañana tendría que enfrentar un nuevo día, con todos sus desafíos: el trabajo, la enfermedad de su padre, las facturas pendientes...

Pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que podía hacerlo. Había dado un paso enorme hoy, había elegido respetarse a sí misma por encima de la comodidad de lo conocido. Y eso, se dijo mientras el sueño empezaba a envolverla, era un buen comienzo.

No iba a dar ni un solo paso atrás con Marcus. Ya no.