La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

El aire fresco de la noche golpeó a Valerie como una bofetada agradable cuando salió del Rusty Pub.

La conversación con Dee había sido exactamente lo que necesitaba: una dosis de realidad envuelta en el cariño incondicional que solo una amiga de toda la vida puede ofrecer.

Sentía los ojos ligeramente hinchados de haber llorado, pero también experimentaba esa extraña ligereza que viene después de soltar una carga emocional que has estado arrastrando demasiado tiempo.

—¿Seguro que no quieres que te acompañe a casa? —preguntó Dee, ajustándose la chaqueta de cuero mientras se detenían en la acera.

Sus ojos, enmarcados con delineador negro, la estudiaban con una preocupación maternal.

Valerie negó con la cabeza, sintiendo cómo el viento jugaba con los mechones sueltos que se habían escapado de su moño.

—Estoy bien, en serio. Necesito caminar un poco, aclarar la mente.

—Vale, pero me mandas un mensaje cuando llegues, ¿prometido? —insistió Dee, levantando su meñique en un gesto infantil que las dos llevaban haciendo desde el instituto.

Valerie sonrió y entrelazó su meñique con el de su amiga.

—Prometido. Y gracias... por todo.

Se abrazaron una última vez, y luego cada una tomó su camino.

Valerie decidió dar un paseo en lugar de coger el metro o un taxi. Su apartamento no quedaba muy lejos, la noche era agradable y la idea de moverse, de sentir la ciudad vibrando a su alrededor, resultaba reconfortante.

Nueva York de noche tenía su propia magia.

Las luces de los edificios brillaban como estrellas, el murmullo constante de las conversaciones, de las risas y la música escapando de bares y restaurantes, la ocasional bocina de un taxi impaciente...

Era una sinfonía urbana que siempre la hacía sentir menos sola.

Mientras caminaba, Valerie dejó que su mente vagara, repasando mentalmente la conversación con Dee, saboreando la sensación de determinación que había nacido entre cervezas y confesiones.

Tenía razón.

Era hora de simplificar, de priorizar, de cortar lo que la estaba dañando. Y Marcus... Marcus definitivamente la estaba dañando.

No siempre había sido así, por supuesto.

Al principio, había sido exactamente lo que ella creía necesitar: un artista apasionado, con esa intensidad magnética que solo poseen quienes viven entregados a su arte.

La había conquistado con largas conversaciones sobre creatividad y música en buena parte de las cafeterías de Brooklyn, con su manera de mirarla como si fuera la obra más fascinante que jamás hubiera contemplado.

Pero poco a poco, tan lentamente que apenas lo había notado, esa intensidad se había transformado en algo más oscuro. Los celos sutiles se volvieron acusaciones, la pasión se convirtió en posesión, y esa mirada que antes la hacía sentir especial ahora solo la hacía sentir vigilada, juzgada.

—Se acabó —murmuró para sí misma mientras esperaba en un semáforo, saboreando la contundencia de esas palabras en su boca.

Se acabó.

Dos palabras tan pequeñas y, sin embargo, tan poderosas. Tan liberadoras y, a la vez, tan aterradoras.

Cuando finalmente llegó a su edificio, en el límite entre Chelsea y el West Village, la determinación seguía ardiendo en su pecho. Entonces lo vio, y sintió cómo esa llama vacilaba momentáneamente.

Marcus estaba sentado en el bordillo frente a la entrada, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza gacha.

Llevaba la misma camiseta negra desgastada con la que se había ido, vaqueros ajustados y sus eternas zapatillas Nike.

Su cabello castaño oscuro caía desordenadamente sobre su frente, y entre sus dedos giraba lo que parecía ser una pequeña flor arrancada de algún jardín cercano.

Durante un segundo (un brevísimo y traicionero segundo), Valerie sintió esa familiar oleada de compasión.

Parecía tan perdido, tan vulnerable... Pero entonces recordó los moretones en su brazo, el miedo en el estómago cuando lo vio acercarse borracho aquella noche, las innumerables discusiones que terminaban con ella disculpándose por cosas que ni siquiera había hecho.

«No —se dijo firmemente—. Nunca más.»

Al sentir su presencia, Marcus levantó la mirada. Sus ojos, de un marrón cálido que contrastaba con su personalidad cada vez más fría, se iluminaron al verla. Se puso de pie de inmediato, sacudiéndose los vaqueros.

—Val... —Su voz sonaba ronca, como si hubiera estado fumando demasiado o tal vez llorando. Con Marcus, y el estado en el que estaba, siempre era difícil saberlo.

Valerie se detuvo a unos metros de distancia, manteniendo deliberadamente el espacio entre ellos. No iba a caer en la trampa de la proximidad física, de dejar que el calor familiar de su cuerpo nublara su juicio.

—¿Qué haces aquí, Marcus? —preguntó, intentando que su voz sonara firme, no afectada por el torbellino de emociones que sentía.

Él dio un paso hacia ella, extendiendo la pequeña flor como una ofrenda de paz patéticamente inadecuada.

—Quería verte. Necesitaba verte. Han sido los peores tres días de mi vida, Val. Me siento… vacío sin ti.

«¿Vacío? —repitió Valerie para sus adentros—. Pero si prácticamente me ha ignorado durante semanas.»

—¿De dónde vienes? —preguntó él repentinamente, sus ojos estrechándose ligeramente mientras la estudiaba—. Es tarde.

El cambio en su tono, ese matiz acusatorio que se había vuelto tan familiar, fue como un balde de agua fría sobre la cara de Valerie. Y exactamente lo que necesitaba para reforzar su determinación, sin en algún momento se había tambaleado.

—Ya no te incumbe de dónde vengo, Marcus —respondió con una calma que la sorprendió incluso a ella misma.

Su respuesta pareció descolocarlo por completo. Parpadeó varias veces, como si le hubiera hablado en un idioma extranjero.

—¿Cómo que no me incumbe? Soy tu novio, claro que me incumbe.

Valerie respiró hondo.

Era el momento.

Las palabras que había estado ensayando mentalmente durante su caminata pugnaban por salir.

—No, Marcus. Ya no eres mi novio. O al menos, no quiero que lo seas más.

Lo dijo con claridad, sin titubeos, mirándolo directamente a los ojos. Durante un segundo, el silencio entre ellos fue tan denso que casi podía tocarse.

—¿Qué? —Marcus soltó una risa de incredulidad, como si Valerie acabara de hacer una broma absurda—. Venga ya, Val. Si esto es por lo del otro día, ya te he dicho que lo siento. Tuve un mal día, bebí demasiado. No volverá a pasar.

Valerie negó con la cabeza, sintiendo una extraña mezcla de tristeza y audacia.

—No es solo por lo del otro día, aunque eso fue...

—Se detuvo, buscando la palabra adecuada—.

Eso fue el último clavo en el ataúd de algo que ya está muerto, Marcus.

Nuestra relación está deteriorada, lo ha estado durante mucho tiempo.

No nos lleva a ninguna parte, ni a ti ni a mí.

Solo nos estamos haciendo daño mutuamente.

Marcus se pasó una mano por el pelo. Un gesto nervioso que Valerie conocía bien. Su expresión fluctuaba entre la incredulidad y el comienzo de la ira.

—¿De qué demonios hablas? Tenemos nuestros problemas, como cualquier pareja, pero...

—No, Marcus —interrumpió Valerie con firmeza—. Lo que tenemos va más allá de unos problemas normales de pareja. Lo que tenemos es una relación tóxica.

La palabra pareció golpearlo físicamente. Marcus dio un paso atrás, como si hubiera recibido un puñetazo, y luego su expresión se endureció.

—¿Relación tóxica? ¿En serio? ¿Has estado viendo demasiados vídeos de autoayuda en YouTube o qué? —La burla en su voz era como un cuchillo, diseñada para hacerla sentir estúpida, pequeña, exagerada.

Era una táctica familiar, una que había funcionado innumerables veces en el pasado. Pero no funcionaría aquella vez.

—Esto es exactamente a lo que me refiero —respondió Valerie, manteniendo la calma—. En lugar de escucharme, intentas invalidar lo que siento, hacerme dudar de mí misma.

—Oh, por favor —bufó Marcus, cruzándose de brazos—. Ahora resulta que soy algún tipo de manipulador perverso. Muy conveniente, Val.

Valerie sintió un nudo en la garganta, pero se obligó a continuar. Esa conversación era demasiado importante para dejarla a medias.

—No he dicho que seas perverso —aclaró—. Pero nuestra relación es insana. Y esto —añadió, subiéndose la manga de la blusa para revelar los moretones, de un color púrpura verdoso—, esto no es normal, Marcus. No lo es.

Marcus miró las marcas y su expresión cambió. La arrogancia dio paso a la vergüenza, y sus hombros se hundieron visiblemente.

—Dios, Val, lo siento tanto... —Su voz se rompió—. Te juro que nunca quise hacerte daño. Fue un accidente, estaba borracho y frustrado, pero nunca, nunca quise...

—Lo sé —interrumpió ella suavemente, bajando la manga—. Sé que no lo hiciste a propósito. Pero eso no lo hace menos grave. Y el problema es que no puedo confiar en que no vuelva a ocurrir.

—Te prometo que no volverá a pasar —insistió Marcus, avanzando hacia ella con ojos suplicantes—. Puedo cambiar, Val. Por ti, puedo cambiar. Dejaré de beber, iré al psicólogo, lo que sea necesario.

Había una desesperación en su voz que hizo que el corazón de Valerie se contrajera dolorosamente. Parte de ella quería creerle, quería darle una oportunidad más. Esa parte que recordaba los buenos momentos, las risas compartidas, los sueños que habían tejido juntos.

Pero la otra parte, la que había estado escuchando a Dee, la que había pasado las últimas semanas viviendo con miedo en su propio hogar, sabía que lo mejor era cerrar la puerta a lo que fuera que tuvieran. Por su propio bien.

—Te he dado tantas oportunidades, Marcus... —dijo con tristeza—. Y siempre volvemos al mismo punto. Prometes cambiar, las cosas mejoran durante un tiempo, y luego volvemos a caer en los mismos patrones.

—Esta vez será diferente —insistió él. Su voz cada vez más desesperada—. Lo digo en serio, Val. Estos días sin ti... me han hecho darme cuenta de lo mucho que te necesito, de lo estúpido que he sido.