CAPÍTULO 15 #2
Su voz se rompió completamente en la última frase, y los sollozos que había estado conteniendo durante días finalmente escaparon. Dee se levantó inmediatamente y se sentó a su lado, rodeándola con un brazo protector y estrechándola contra ella.
—Eh, eh, tranquila —susurró, frotando su espalda en un gesto reconfortante—. No estás sola en esto, ¿me oyes? Encontraremos una solución.
Valerie apoyó la cabeza en el hombro de Dee, dejando que las lágrimas fluyeran libremente. Era un alivio poder finalmente desahogarse, liberar parte de la presión que había estado acumulando.
—Es que es todo a la vez, Dee —logró decir entre sollozos—. Marcus, mi padre, el trabajo... Me siento como si estuviera ahogándome, como si no pudiera respirar. Y tengo que mantenerme fuerte por mi padre, mostrarle que hay esperanza, cuando en realidad estoy aterrorizada.
Dee la estrechó con más fuerza.
—Lo sé, cariño, lo sé. Es demasiado para una sola persona. Pero escúchame —se separó ligeramente para mirarla a los ojos—, eres la mujer más fuerte que conozco. Has superado cosas que habrían destrozado a cualquiera. Superarás esto también.
Valerie intentó sonreír a través de las lágrimas.
—No me siento muy fuerte ahora mismo.
—Nadie se siente fuerte cuando está en medio de la tormenta —respondió Dee con una sabiduría que contrastaba con su imagen rebelde—. Pero lo eres. Y no tienes que hacerlo sola. Me tienes a mí, tienes a tu hermana, tienes a tu padre...
—Que se está muriendo —interrumpió Valerie con amargura.
—Que está luchando —corrigió Dee—. Y que te quiere más que a nada en este mundo. Él también es fuerte por ti, ¿sabes? Es un círculo vicioso de gente intentando protegerse mutuamente.
Valerie asintió, secándose las lágrimas con una servilleta. Sabía que Dee tenía razón. Su padre, siempre tan estoico, tan rotundo para no ser una carga, probablemente estaba tan asustado como ella.
—Lo que necesitas ahora —continuó Dee, con un tono más ligero—, es simplificar tu vida.
Y el primer paso es eliminar las toxinas.
—Hizo un gesto como si estuviera sacudiendo algo desagradable de sus manos—.
Fuera Marcus, fuera drama innecesario. Concéntrate en lo que realmente importa: tú, tu padre, tu trabajo.
—Sí, es verdad. Tengo que empezar a quitarme peso de encima —dijo Valerie.
—Val… —continuó Dee—, podrías hablar con tu jefe sobre la situación de tu padre. No estoy diciendo que le pidas dinero, pero quizás podría ayudarte a encontrar opciones, o conocer a alguien que pueda hacerlo. Los ricos siempre conocen a otros ricos implicados en causas benéficas, ¿no?
Valerie negó con la cabeza automáticamente.
—No, no, imposible. No puedo mezclar mis problemas personales con el trabajo. Aston es... bueno, ya te lo he dicho. No es el tipo de persona a la que le cuentas tus problemas, y, además, llevo muy poco tiempo trabajando para él. Sería una locura.
—¿Estás segura? —insistió Dee.
Valerie guardó silencio, considerando la idea durante unos segundos.
—No, Dee. No puedo decírselo a mi jefe.
—Como quieras —dijo Dee—. Pero a veces, las soluciones aparecen en los lugares más inesperados.
Un silencio se instaló entre ellas, roto solo por la suave música chill-out que llegaba desde los altavoces. Valerie miró su cerveza, reuniendo valor para lo que estaba a punto de decir.
—Estoy pensando en pedir un préstamo usurero —confesó finalmente, levantando la mirada para enfrentar la de su amiga.
La reacción de Dee fue inmediata y exactamente como Valerie había anticipado. Sus ojos se abrieron como platos, y casi se atragantó con su bebida.
—¡¡¿Qué?!! —exclamó, inclinándose tanto hacia adelante que por un momento Valerie temió que se cayera de su asiento—. Dime que estás bromeando. Por favor, dime que la cerveza te ha afectado el cerebro y que no estás considerando seriamente meterte con prestamistas.
—No sé qué más hacer, Dee —respondió Valerie, pasándose una mano por la frente—. He explorado todas las opciones legales, incluso he estado a punto de vender un riñón en el mercado negro.
—No tiene gracia, Val —replicó Dee. Su rostro mostró una preocupación real—. A saber dónde te lleva eso. La gente que hace ese tipo de préstamos son delincuentes y mafiosos. No puedes meterte en algo así.
Valerie suspiró, consciente de la verdad que había en las palabras de Dee, pero estaba acorralada por la desesperación.
—He estado investigando —intentó explicar—. Hay algunos que no son tan... extremos. Cobran intereses altos, sí, pero no son exactamente de la mafia.
—Val, escúchame bien —dijo Dee, tomando sus manos por encima de la mesa y mirándola directamente a los ojos—.
No existe un prestamista usurero «no tan extremo».
Es como decir que hay tiburones blancos «no tan hambrientos».
Al final del día, siguen siendo depredadores que se aprovechan de la desesperación de la gente.
—¡Pero es que estoy desesperada! —exclamó Valerie, más fuerte de lo que pretendía.
Algunas personas en las mesas cercanas se giraron para mirarlas, y ella bajó la voz inmediatamente—.
Estoy desesperada, Dee. Hablamos de la vida de mi padre.
¿Qué se supone que debo hacer? ¿Quedarme de brazos cruzados mientras se me acaba el tiempo?
La expresión de Dee se suavizó.
—Lo entiendo, de verdad —dijo con voz calmada—.
Pero meterte con usureros no es la solución.
Esa gente no juega limpio, Val. Te dan el dinero fácil al principio, pero luego los intereses se acumulan, y cuando no puedes pagar, empiezan las amenazas, la intimidación.
No puedes meterte en algo así. No sabes cómo terminarás o dónde.
Valerie miró a su amiga, viendo la preocupación en sus ojos. Una parte de ella quería discutir, insistir en que era un riesgo que estaba dispuesta a correr por su padre. Pero otra parte, la que todavía podía pensar con claridad a pesar de la desesperación, sabía que Dee tenía razón.
—Escucha —continuó Dee, apretando suavemente sus manos—. Podemos encontrar otra manera. ¿Has considerado el crowdfunding? La gente dona a causas así todo el tiempo. O tal vez podríamos organizar algún tipo de evento benéfico, algo que llame la atención sobre el caso de tu padre.
—He pensado también en eso —admitió Valerie—. Pero incluso las campañas más exitosas rara vez llegan a cantidades tan grandes. Y no sé si tenemos tanto tiempo.
—Al menos vale la pena intentarlo —insistió Dee—. Y es infinitamente mejor que acabar debiendo dinero a gente que no dudará en partirte las piernas si no pagas a tiempo.
Valerie guardó silencio, considerando las palabras de Dee mientras daba vueltas a su cerveza. La imagen de sí misma tratando con prestamistas, viviendo con miedo a represalias, posiblemente poniendo en peligro no solo a ella, sino a su padre y a Ceci... Era una perspectiva que la acojonaba.
—Tienes razón —dijo finalmente con un suspiro de resignación—. No puedo pedir un préstamo usurero. Sería saltar de la sartén al fuego.
El alivio en el rostro de Dee fue evidente.
—Gracias a Dios —murmuró—. Por un momento he pensado que tendría que atarte a la silla hasta que entrases en razón.
Valerie no pudo evitar sonreír.
—Habría sido interesante verte intentarlo —comentó—. Pero tienes razón. No es el camino. Solo que... a veces siento que se me acaban las opciones.
—Siempre hay opciones —aseguró Dee con firmeza—. Solo tenemos que ser más creativas al buscarlas. Y lo haremos juntas, ¿de acuerdo? No estás sola en esto.
Valerie asintió.
En medio de todo el caos y la incertidumbre, era reconfortante saber que tenía personas como Dee a su lado, dispuesta a sostenerla cuando sentía que estaba a punto de caer. O para quitarle ideas absurdas de la cabeza.
—Gracias —dijo, sabiendo que Dee entendería todo lo que había detrás de esa palabra.
—No tienes que darme las gracias, Val —respondió Dee—. Solo prométeme que no volverás a valorar lo del préstamo usurero.
—Te lo prometo.
—Nunca más.
—Nunca más. —Valerie levantó la cerveza—. Por las amigas que te salvan de ti misma —brindó.
—Y por encontrar soluciones que no involucren a matones con bates de béisbol —añadió Dee con una sonrisa, chocando su copa con la de Valerie.