La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

El Rusty Pub era uno de esos bares que parecía haber existido siempre en el East Village, resistiendo estoicamente la urbanización que transformaba el barrio a su alrededor.

Con sus paredes de ladrillo de cara vista, su barra de madera desgastada y su iluminación tenue, ofrecía el refugio perfecto para quienes buscaban escapar del estrés de Manhattan sin tener que abandonar la ciudad.

Valerie llegó diez minutos tarde, algo inusual en ella.

Escaneó rápidamente el local hasta localizar a Dee en una mesa del fondo, junto a la pequeña tarima donde ocasionalmente se presentaban bandas locales. Su amiga ya había pedido dos cervezas y parecía absorta en su teléfono.

—¡Perdón por el retraso! —exclamó Valerie mientras se acercaba, dejando caer su bolso en una silla vacía.

Dee alzó la mirada, y su rostro se iluminó con una sonrisa. Se levantó de un salto y extendió los brazos.

—¡Val! ¡Por fin! Estaba empezando a pensar que me ibas a dar plantón.

Las dos se fundieron en un abrazo cálido y prolongado, de esos que solo pueden darse personas que han compartido más de media vida.

Dee, con su casi metro ochenta, su cabello teñido de un rojo intenso y su piercing en la nariz, era físicamente lo opuesto a Valerie, pero su conexión iba más allá de cualquier diferencia superficial.

—Nunca te daría plantón, lo sabes —respondió Valerie cuando se separaron—. El jefe me ha retenido con unos documentos de última hora.

—Ah, el famoso señor Témpano de Hielo —dijo Dee con una sonrisa pícara, mientras ambas se sentaban—. ¿Sigue siendo tan intimidantemente guapo como en las fotos?

Valerie puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar sonreír. Tomó un sorbo de su cerveza antes de responder.

—No empieces, Dee. Es mi jefe, nada más.

—Un jefe que, según Google, figura en la lista de «Los 30 solteros más codiciados de Nueva York» por tercer año consecutivo —replicó Dee, arqueando una ceja con expresión juguetona—. He visto sus fotos en Internet. Está buenísimo, Val, admítelo.

Valerie soltó un suspiro exagerado, pero su sonrisa se amplió.

—Vale, sí, objetivamente hablando, Aston Cavendish es atractivo. Muy atractivo, si te gustan los hombres fríos, calculadores y completamente dedicados a su imperio empresarial.

—O sea, básicamente un Christian Grey, pero con mejor gusto por las corbatas —bromeó Dee.

—¡No! —exclamó Valerie, riendo a pesar de sí misma—. Aston Cavendish es... es diferente. No sabría explicarlo. Hay algo en él, como si llevara una coraza, ¿sabes? Es como si hubiera construido deliberadamente esa personalidad de hombre de negocios sin emociones que tiene.

Dee la observó con curiosidad, notando el cambio en su tono.

—Suena a que lo has estado analizando bastante para ser «solo tu jefe» —comentó, haciendo el gesto de las comillas en el aire con los dedos.

Valerie negó con la cabeza, sintiendo un ligero calor en las mejillas que atribuyó a la cerveza y al calor del bar.

—Es imposible no analizarlo cuando pasas más de nueve horas diarias trabajando para él. Pero créeme, es un témpano de hielo. Esta tarde, sin ir más lejos...

Se detuvo abruptamente, recordando cómo había pillado a Aston mirando los moretones en su brazo, a pesar de lo cuidadosa que había sido.

Su expresión había cambiado durante un instante, y sus ojos habían adquirido un destello de algo (¿ira?

¿preocupación?) tan fugaz que casi podría haberlo imaginado.

—¿Esta tarde qué? —insistió Dee, inclinándose hacia delante con interés.

Valerie sacudió la cabeza, dispersando el recuerdo, y agitó una mano en el aire.

—Nada importante. Solo... cosas de trabajo. ¿Qué tal tú? Cuéntame qué tal la exposición.

Dee era fotógrafa freelance, especializada en retratos urbanos que captaban la esencia más cruda de Nueva York. Recientemente había conseguido exponer su trabajo en una pequeña galería de Brooklyn, un logro que había estado celebrando las últimas semanas.

—¡Fue increíble! —exclamó. Sus ojos brillaban con entusiasmo—. Vendí tres piezas en la noche de apertura, y tengo un posible encargo para una revista de arte independiente.

—¡Eso es genial! —dijo Valerie—. Dios, vas a llegar muy lejos.

La conversación fluyó fácilmente, poniéndose al día sobre sus vidas, compartiendo anécdotas y riéndose de las peculiaridades que les pasaban. Era reconfortante, como ponerse un par de zapatos viejos y perfectamente amoldados a los pies.

Durante casi una hora, Valerie consiguió olvidar sus problemas.

Fue después de la segunda ronda de cervezas cuando Dee, tras un momento de silencio cómodo, fijó su mirada en Valerie con una expresión más seria.

—Vale, ahora que nos hemos reído un rato, ¿vas a contarme qué está pasando realmente? Tienes esa arruga entre las cejas que solo aparece cuando estás preocupada.

Valerie se llevó instintivamente los dedos al entrecejo, sorprendida.

—No tengo ninguna arruga —protestó débilmente.

—Sí que la tienes —insistió Dee con una sonrisa afectuosa—. Es tu señal de SOS personal, y la conozco desde que teníamos quince años. Así que suéltalo, ¿qué ocurre? ¿Es tu padre? ¿El trabajo? ¿O es ese imbécil de Marcus?

Al oír el nombre de Marcus, Valerie no pudo evitar tensarse ligeramente. Bajó la mirada hacia su cerveza, pasando el dedo por el borde del vaso.

—Un poco de todo —admitió finalmente.

—Empecemos por el más obvio, entonces —dijo Dee, y su tono se endureció notablemente—. ¿Qué ha hecho ahora Marcus?

Valerie se mordió el labio, dudando. Sabía perfectamente que Dee nunca había aprobado su relación con Marcus. Habían tenido varias discusiones al respecto a lo largo de los años.

—Se ha ido de casa —dijo—. Está quedándose con su amigo Derek.

Dee abrió mucho los ojos, sorprendida.

—¿En serio? Pues espero que no regrese nunca —soltó sin cortarse un pelo.

—Te diría que ojalá no se cumpliera tu deseo, pero yo también creo que es lo mejor —dijo Valerie, con un nudo en la garganta.

Con un movimiento lento, se subió la manga de la blusa, revelando los moretones en su antebrazo.

—¡Joder! —murmuró Dee. Todo su sarcasmo se evaporó de golpe—. ¿No me jodas que ese gilipollas te ha hecho eso?

—No fue exactamente como piensas —se apresuró a aclarar Valerie—. Estaba borracho, discutimos, y me agarró con demasiada fuerza. Lexe…

—¿Quién es Lexe? —interrumpió Dee.

—El chofer de Aston Cavendish. Lexe estaba allí y tuvo que intervenir.

—¿El chofer de tu jefe? ¿Qué pinta él en todo esto?

—Me llevó a casa porque nos habíamos quedado a trabajar hasta tarde.

Marcus estaba... bueno, bastante mal. Había bebido mucho.

Empezó a comportarse como un idiota, acusándome de estar liada con Aston, diciendo cosas como que me lo estaba follando.

Cuando intenté que entrara en razón, me sujetó así —explicó, señalando las marcas—.

Lexe le advirtió que me soltara, y cuando no lo hizo...

Digamos que lo miró de una forma que dejaba claro lo que le podía hacer, y al final Marcus terminó soltándome.

Dee sacudió la cabeza enérgicamente. Su expresión era una mezcla de rabia y preocupación.

—Val, esto no está bien. No es la primera vez que Marcus se pasa de la raya cuando bebe.

—Lo sé, lo sé —suspiró Valerie—. Es solo que... últimamente está peor. Desde que perdió su trabajo en la empresa de publicidad, es como si algo se hubiera roto dentro de él. Bebe más, está irritable, paranoico... No es el mismo hombre del que me enamoré.

—O quizás sí lo es —replicó Dee con suavidad, cubriendo la mano de Valerie con la suya—. Quizás este es quien realmente es, y el otro Marcus, el encantador y atento, era solo una fachada.

Valerie quiso protestar, defender de alguna manera los tres años que había invertido en esa relación, pero las palabras no salieron de sus labios.

En el fondo, sabía que Dee tenía razón. Las señales habían estado ahí desde el principio: los ataques de celos, las manipulaciones sutiles, la forma en que siempre lograba hacerla sentir culpable por sus propios errores.

—Déjalo, Val —continuó Dee, apretando su mano con cariño—. Ese tío es muy tóxico. Siempre lo ha sido, aunque tú creas que es algo de ahora. No lo es. No te conviene.

Valerie se mordió el labio inferior. Había una batalla interna que se reflejaba en sus ojos.

—No es tan fácil —murmuró.

—No es tan difícil —replicó Dee con firmeza—.

Solo tienes que mandarle a tomar por culo.

Mira, entiendo que tres años es mucho tiempo y que estés enamorada de él, pero ¿realmente quieres seguir desperdiciando el tiempo con alguien que te hace esto?

—Señaló los moretones—. ¿Qué será lo próximo, Val? ¿Un ojo morado? ¿Una costilla rota?

Valerie sintió que las lágrimas se acumulaban en sus ojos. Lo peor era que no podía rebatir la lógica de Dee. Sabía que tenía razón, que la situación solo podía empeorar.

Suspiró y se pasó la mano por la cabeza.

—Tienes razón, pero… no sé… —murmuró.

—Tienes que dejarle. Tienes que tomar una decisión y mandarle a la mierda de una vez por todas.

Valerie alzó los ojos y miró a su amiga.

—Lo único que tengo son problemas —comenzó—.

Estoy saturada, Dee. La semana pasada, me llamaron del hospital.

El cáncer de mi padre sigue avanzando, más agresivo, y la quimioterapia tradicional lo único que va a hacer es alargarle unos cuantos meses la vida, nada más.

Necesita un nuevo tratamiento experimental para recuperarse, pero el seguro no lo cubre —dijo, con la voz rota.

El rostro de Dee se descompuso.

—Oh, Val... Lo siento mucho —dijo.

—Cuesta una fortuna —continuó Valerie, ya sin poder contener las lágrimas—.

Estamos hablando de más de cuarenta mil dólares al mes, y eso solo para empezar.

No tengo ese dinero, Dee. Ni siquiera me acerco.

Y mi padre se niega a que busque una solución, dice que no vale la pena, que está preparado para irse.